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TEATRO Y LITERATURA EN LA ARGENTINA

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TEATRO

Entre los años 1902 y 1910 coinciden en las carteleras nacionales los nombres de Roberto J. Payró, Florencio Sánchez y Gregorio de Laferrere, que son los autores que se hallaron al frente de la denominada "época de oro" de la escena nacional.
En 1902 estrenó Payró su primera obra, "Sobre las ruinas", en el teatro Apolo de Buenos Aires. En 1910 fallece Florencio Sánchez; quien en 1902 había estrenado en la ciudad de Rosario su obra inicial "Canillita" -en realidad, era la versión de la antigua "Ladrones", escrita un lustro antes-. Pero habrá que esperar hasta el año siguiente en que se impuso con " Mi hijo el doctor " en la sala porteña del antiguo Teatro de la Comedia. Al mismo escenario que, dos años después, habrá que subir la primera obra de Gregorio de Laferrere " ¡Jettatore!", que obtuviera un suceso resonante.
El sainete, como género, tuvo su profunda razón de ser en su tiempo: fue el arte escenario popular de la etapa inmigratoria. Los inmigrantes poblaron las orillas y los conventillos (nuestros "barrios bajos") y sus vidas, realidad y sueños, cansancio y tesón, estaban ahí al alcance del talento y del pincel colorido de los autores de sainetes. La escenografía preferida del sainete era el patio trajinado del conventillo, en donde convivían todas las razas y, en ocasiones, hasta se mezclaban. No en vano era el albergue típico del inmigrante.
En "Mustafá", sainete que Armando Discépolo escribiera en colaboración con Rafael José de Rosas y se estrenara en 1921, don Gaetano se entusiasmaba entre la "mescolanza" del conventillo, cuna, según él, " de la raza forte". Armando Discépolo escribió tres obras esenciales dentro del "grotesco criollo" bajo su sola firma, y una en colaboración con su hermano Enrique Santos Discépolo, el hondo filósofo de nuestro tango.

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Los teatros nacionales y municipales
Creados en 1935 por la Comisión Nacional de cultura, de acuerdo con el mandato de la ley 11.723, el elenco del teatro nacional de comedia hizo su presentación pública al año siguiente con una versión excelente de locos de verano, de Gregorio de Laferrere. Fue el comienzo de una actividad destacada, en todos los aspectos del espectáculo, que se extiende de manera orgánica a lo largo de un lustro; mientras se encontró a su frente un maestro de la escena como fuera Antonio Cunill Cabanellas. Nombrado director general del teatro nacional de comedia y del Instituto Nacional de Estudios de teatro, ambos organismos trabajaron en forma muy responsable ofreciéndose funciones, creándose una biblioteca especializada, dictándose conferencias, editándose libros, cuadernos y boletines, poniéndose en funciones el Primer Museo de teatro de que dispuso el país. Todo ello ocurría en la sala del antiguo teatro Cervantes, convertido en un verdadero centro del arte y de cultura teatral.
Además de las obras clásicas y modernas del repertorio universal, fueron subiendo a escena las creaciones más representativas del repertorio nacional y se presentó a nuevos autores. Al empezar los cambios de dirección casi siempre por presiones de políticas extraartísticas, la travesía del teatro oficial padeció altibajos muy serios. Sobre todo lo que concierne al mantenimiento de un repertorio vivo, que era lo que se había proyectado y hacía lo que debía tenderse.
Además de la actividad descollante de los directores nombrados, se ofrecieron puestas notables por su calidad a cargo de Elías Alippi, Armando Discépolo, Esteban Serrador y muchos otros. Entre las obras que subieron al escenario oficial es oportuno, en lo que a la producción nacional se refiere, las del viejo repertorio, bien representadas por Gregorio de Laferrere ( Locos de verano ), Florencio Sánches (En familia ), Roberto J. Payró ( Marcos Severi ), Martiniano Leguizamón ( calandria ), Paul Groussac (La divisa punzó), etc.
Cabe observar que fueron subiendo al escenario oficial, por el merecimiento de sus obras, autores muy representativos de la escena independiente, como Carlos Gorostiza, Pablo Palant y Atilio Betti, demostrando que los integrantes del movimiento de los teatros libres habían desbordado su propio cauce y, al ir integrándose en los distintos niveles de nuestro quehacer escénico, influían, decisivamente, sobre el desarrollo de la escena nacional.
Al desalojarse el teatro del pueblo del edificio de que disponía en plena calle corrientes (antiguo teatro nuevo), en donde la institución, siempre dirigida por Leónidas Barletta, ofreciera su valor labor artístico cultural más transcendente por su cualidad y su efectiva resonancia popular, la municipalidad creó su propio teatro: El Teatro Municipal de la ciudad de Buenos Aires. Al correr de los años, seria echado abajo, juntamente con un viejo cine que tenía a su vera izquierda, y en ese predio se levantó el edificio fabuloso del actual teatro Municipal General de San Martín. La labor que se ha cumplido, a través de distintas etapas, desde la inauguración en 1944 del primitivo teatro municipal, con pasión y muerte de Silverio Leguizamón, de Bernardo Canal Feijóo, hasta la representación ofrecida recientemente con cremona, de Armando Discépolo, ya en la sala mayor (Martín Coronado) del monumental edificio del teatro San Martín de estos días, presenta serios desniveles y, particularmente, falta de coherencia. Entre los espectaculos, siempre basados en obras de autor nacional, cabe recordar los más cercanos, ofrecidos con la mentira, de Julio Mauricio, y la pucha, de Oscar Viale, y, por su particular significado, el ya nombrado cremona, de Armando Discépolo.

El Teatro Independiente
En 1930, al fundarse el Teatro del Pueblo, surgió el Teatro Independiente, movimiento de arte que trata de luchar contra el teatro comercial. Este movimiento se extendió por todo el país formándose muchísimos grupos que intentaron difundir el buen teatro. Como parte de este proceso surgieron autores nuevos, como Aurelio Ferreti, Carlos Gorostiza, Osvaldo Dragún, Andrés Lizarraga y Agustín Cuzzani que dieron un estilo inédito a la expresión dramática.
En 1943, los conjunto del teatro del pueblo, teatro la Máscara y teatro Juan B. Justo, auténticos puntales de la escena libre, fueron desalojados de la salas que ocupaban y que les había sido cedidas por la municipalidad. El efecto fue la desintegración, casi inmediata, de dos de los grupos (Juan B. Justo y la Mascara), y la clausura de una etapa en la historia del teatro independiente.
Así surgen nuevos estilos como el realismo social que se ve reflejado en "Soledad para cuatro" de Ricardo Halac, "Nuestro fin de semana" y "Los días de Julián Bisbal" de Roberto Cossa.

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Bajo la influencia de las obras de Ionesco y Beckett surgen nuevos exponentes como Eduardo Pavlosky y Griselda Gambaro, que juntos realizaron "El desatino", y separados "Los siameses" -Gambaro- y él "Espera trágica" y "El señor Galindez".
También aparece una tendencia que viene del grotesco, sus personajes son tragicómicos. "La fiaca" de Ricardo Talesnik (1967) y "La valija" de Julio Mauricio (1968) son dos ejemplos característicos de este estilo.
En 1980, cuando el gobierno militar empezó a debilitar las presiones, autores como Carlos Gorostiza, Osvaldo Dragún, Roberto Cossa y Carlos Soamigliana, que a su vez contaron con el apoyo de otros autores y demás gente del teatro, crearon las funciones de Teatro Abierto que inició su actividad el 28 de Julio de 1981. Esta iniciativa tuvo continuidad y en el '82 se sumaron nuevos autores, directores y actores.
Surgieron en el último tiempo nuevos autores: Carlos Pais, Mauricio Kartun, Daniel Veronese, Enrique Morales, Eduardo Rouner y Roberto Perinelli, son sólo algunos de ellos.

El Teatro Colón
Unos de los centros más importantes de la vida artística argentina es el teatro Colón de Buenos Aires. Fue inaugurado el 25 de mayo de 1908 con la opera Aída, de verdi. En 1925 la municipalidad debió dar el primer paso para hacerse cargo del teatro, porque no se presento ninguna empresa a licitar la temporada, hasta entonces, una comisión administradora, dependiente de la intendencia de Buenos Aires, organizaba los ciclos de primavera; los principales quedaban a cargo de los ganadores de las licitaciones. Ese año, las circunstancias obligaron a inaugurar un sistema de explotación mixta, que permitió al colón dejar de ser "la sucursal" del célebre teatro Alla Scala, de Milan.
A pesar de las injerencias política, traducidas en intereses creados e imposiciones, y el teatro se estabilizó, tuvo una actividad anual no menor de los diez meses, roto su repertorio con criterio selectivo y escasa intervención de los interpretes privo el criterio en el armado de las temporadas internacionales, fue reducida la participación de lo elementos extranjero a los indispensables y hubo mayor estimulo y mejores posibilidades para los artistas argentinos ,Así se destacaron, entre otros :Isabel Marengo, Luisa Bertana, Felipe Romito, Hina Spani, Pedro Mirassou y Delia Rigal.
Se crearon las escuelas de canto y en 1938 se inauguraron los talleres escenográficos, con lo que termino la importación de los decorados para las funciones, y los técnicos Argentinos pudieron ir reemplazando a los hasta entonces imprescindibles profesionales extranjeros.
Durante treinta años la cúpula estuvo pintada de ocre hasta que en 1966 se le solicitó al maestro Raúl Soldi pintarla gratuitamente. Así lo hizo y hoy de la "cúpula" del Colón se habla en todo el mundo.
El 10 de octubre de 1971 una tragedia enluta al Colón y a todo el país. Los primeros bailarines José Neglia y Norma Fontenla, junto con integrantes del ballet que los acompañaba en gira a Trelew, mueren trágicamente en un accidente en el que cayó el avión que los transportaba en el Río de la Plata.

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Entre los más destacados artistas, tanto de la opera como del ballet que pasaron por el Colón en éste su primer siglo de vida, debemos recordar además de los mencionados a María Callas, Liliana Belfíore, Maya Plisetskaya, Placido Domingo, Luciano Pavarotti, Mijail Barishnicov, Rudolf Nureyev, nuestros exitosos Maximiliano Guerra y Julio Boca.

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Literatura argentina
El siglo XX recogió la cosmovisión y la estética polifónica del siglo XIX y aportó otras tendencias que se sumaron a las anteriores.
Los acontecimientos de principio de siglo sumados al espíritu del centenario llevaron a los intelectuales a replantearse temas como la unidad, la liberación, y la originalidad. El aluvión inmigratorio que seguía creciendo introducía nuevos elementos y una distinta concepción de la vida. Una nueva clase social presionaba cada vez más la política de la vieja oligarquía, acentuando su participación en la misma. De la mezcla de los recién llegados y de los nativos sacó el suburbio su aspecto y en ese escenario nació el tango. Almafuerte cantó las miserias de este grupo social al que la oligarquía llamaba "la chusma".
Poco después, en un primer rapto de entusiasmo nacionalista, Leopoldo Lugones proclamaría la epopeya nacional al casi olvidado Martín Fierro de José Hernández.
La fiebre del centenario acuñó definitivamente el tópico de "la grandeza nacional" y llevó a Leopoldo Lugones a escribir, en 1910, sus Odas Seculares.
La Primera Guerra Mundial produjo en los jóvenes un hondo sentimiento de insatisfacción en cuanto a la actitud frente a la vida y a las inquietudes intelectuales. Si los ecos de la guerra repercutieron en el ámbito social y el de las ideas, era inevitable que influyeran el ámbito de la sensibilidad. Modernismo e impresionismo eran las corrientes que predominaban en el campo de la creación, pero ya modificadas.
Irrumpieron, entonces, las vanguardias, como un grito desesperado de libertad y renovación. La necesidad de experimentar llevó a muchos autores a formar pequeños grupos, que en algunos casos sólo sobrevivían un corto período, a organizarse alrededor de un fundador que se encargaba de redactar un manifiesto donde constaban sus principios fundamentales. Esta época, entre la pre- guerra y fines de la década del 30’, es conocida como el período de los "ismos": cubismo, expresionismo, dadaísmo, ultraísmo, superrealismo.
Las vanguardias irrumpen en América de la mano de los escritores que volvían de Europa. La concepción de estética tradicional sufría un cambio radical y el tronco común de todas las corrientes vanguardistas fue el rechazo del estilo preciosista del modernismo. El ultraísmo, corriente que pretendía sintetizar todos los "ismos" y que tenía como objetivo "renovar" fue introducida al país por Jorge Luis Borges. Inspirado en esta corriente, Oliverio Girondo escribe el manifiesto martinfierrista y junto a otros escritores, como Leopoldo Marechal y Macedonio Fernández, fundan una revista, Martín Fierro, que tenía su redacción en la calle Florida, y de la cual el grupo tomó el nombre. En contraposición a esta tendencia, escritores que seguían el modelo del realismo ruso y que se consideraban más comprometidos con la realidad social conformaron el grupo "Boedo", y contestaban las peleas de los vanguardistas desde su revista "Claridad". Entre sus integrantes se encontraban Castelnuovo, Gonzalez Tuñón, Tiempo.
Con el escenario sombrío de la 2da Guerra Mundial, las vanguardias van perdiendo peso y aparecen dos actitudes fundamentales: la que continua con el espíritu vanguardista y la que retorna a la escritura de estilo clásico, actitud sencillista. Los poetas tiñen su producción con un sentimiento de destrucción absoluta, donde aparece la problemática existencial. Se destacan entre sus representantes Silvina Ocampo, Olga Orozco y María Granata. Muchos autores de la talla de Roberto Arlt y Javier Villafañe, a través de sus escritos lograron la reflexión filosófica y la restauración de la escencia argentina.
La poesía de la generación del 60’ estuvo fuertemente vinculada con la problemática política. Esto provocó la paradoja de la escritura argentina desde el exterior ya que la mayoría de los escritores estaba exiliado, como fue el caso de Juan Gelman.
En narrativa se destacan Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar y Manuel Mujica Lainez.
Los más importantes narradores argentinos de este siglo interpretan a través de la literatura diversas temáticas: El inicio de la industrialización, la migración de las poblaciones rurales, la sociedad marginal. Y buscan una manera original de hacerlo en sus cuentos y novelas.
Los textos narrativos contemporáneos se conforman sobre la base de ciertas categorías: la ambigüedad, el humor, el lirismo, la parodia(como en Triste, solitario y final donde Osvaldo Soriano parodia el policial de Chandler), lo fantástico, la mitificación, el rescate de géneros caídos en desuso o considerados secundarios (como el folletín en Boquitas pintadas de Manuel Puig).
Muchos son los escritores que representan esta época: Ernesto Sábato, Rodolfo Walsh, Andrés Rivera, Abel Posse, David Viñas, Juan José Saer.

Adolfo Bioy Casares:
Nació en Bs. As. En 1914. Cultivó el cuento, la novela y el ensayo.
Fue reconocido por su novela La invención de Morel donde manifiesta su interés por el género fantástico. La temática de la doble identidad, los trucos de la memoria, los mundos simultáneos y las máquinas fantásticas aparecen también en Plan de evasión.
Escribió junto a su mujer Silvina Ocampo Los que aman, odian y con J.L. Borges bajo el seudónimo de "H. Bustos Domecq" varias novelas de detectives, en las que parodian el estilo y las soluciones de las novelas policíacas.
Entre sus obras se encuentran
La trama celeste (1948)
Historia prodigiosa (1956)
Historias de amor e Historias fantásticas
El lado de la sombra (1962)
El héroe de las mujeres (1978)
El sueño de los héroes (1954)
Dormir al sol (1973)

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Julio Cortázar
En Luis Hars, Los nuestros, 265-266, el autor reproduce las siguientes palabras de Cortázar:
"...desde niño todo lo que tuviera vinculación con un laberinto me parecía fascinador. Creo que eso se refleja en mucho de lo que llevo escrito. De pequeño fabricaba laberintos en le jardín de mi casa. Me los proponía". Por ejemplo, de su casa en Banfield hasta la estación del ferrocarril había unas cinco cuadras. "Cuando yo iba solo, iba saltando. He sabido que los niños gustan de imponerse ciertos rituales: saltar en un pie, con los dos pies... Mi laberinto era un camino que yo tenía perfectamente trazado y que consistía principalmente en cruzar de una vereda a otra a lo largo del camino. En ciertas piedras que me gustaban yo daba el salto y caía sobre esa piedra. Si por casualidad no podía hacerlo o me fallaba el salto tenía la sensación de que algo andaba mal, de que no había cumplido con ese ritual. Varios años viví obsesionado por esa ceremonia, porque era una ceremonia".

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Este autor nació el 26 de agosto de 1914, en Bruselas, Bélgica, hijo de padres argentinos, inscripto en el Consulado argentino de ese país. Vino al país cuando tenía 4 años. Se recibió de maestro en 1932 y de profesor en letras en 1935. En 1951 viajó a París, donde vivió hasta su muerte, en 1984.
Su primer libro de cuentos fue Bestiario (1951), luego siguieron, final del juego (1976), las armas secretas (1959), Historias de cronopios y de famas (1962), Todos los fuegos el fuego (1966), La vuelta al día en 80 mundos (1967), Octaedro (1974), Un tal Lucas (1979) y Queremos tanto a Glenda (1980).
Paralelamente, hace su aparición en el ámbito de la novela donde se destaca Rayuela, ya que en ella nuclea la problemática de toda su obra: el juego del lenguaje, de la existencia, el de la propia creación estética. En Rayuela, el lector emprende un juego donde pone las reglas, puede elegir la forma de encarar la lectura "saltando" por los capítulos de la novela.
Uno de sus grandes temas es la relación entre el creador, lo creado y el público.

Ernesto Sábato
Nació en Rojas, provincia de Buenos Aires, en 1911. Se recibió de doctor en física en 1938. Viajó a Europa y a los EE.UU. Para desarrollar su labor científica. A partir de 1943 abandonó progresivamente las ciencias para dedicarse a la literatura de ficción y el ensayo. Muchas de sus obras escritas fueron destruidas por él mismo antes de su publicación. Su novela más importante Sobre Héroes y Tumbas, se salvó milagrosamente del fuego gracias a la esposa del escritor.

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Entre las obras fundamentales se destacan El túnel (1948), Abaddón el exterminador (1974). También escribió los ensayos El escritor y sus fantasmas (1963) y Tres aproximaciones a la literatura de nuestro tiempo: Robbe-Grillet, Borges, Sartre (1968)

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