Aplacadas las convu1siones de las guerras civiles que siguieron a la independencia y lograda la unidad nacional, se crearon las condiciones económicas internacionales necesarias para aprovechar las riquezas potenciales del suelo argentino. Hacia 1860 el país disponía de todo lo necesario para dar surgimiento a la segunda Argentina, la "Argentina universal" capaz de enviar los productos de su tierra fecunda al viejo mundo y gozar de la euforia de una riqueza ilimitada. Sólo le faltaba la mano de obra. La frase de Alberdi, "gobernar es poblar", revela rápidamente su carácter profético. Las élites nacionales se abocan a atraer los recursos humanos necesarios para introducir al país en la era del crecimiento económico y el mundo de las curvas ascendentes. El éxito de una vigorosa política de fomento de la inmigración europea - tal como lo estipula el articulo 25 de la Constitución- modifica en menos de cincuenta años la fisonomía social de la Argentina, volcada desde entonces a la economía de exportación.
A fin de integrarse al mercado mundial en el marco de la "división internacional del trabajo establecida a mediados del siglo XIX, la Argentina recibe a millones de trabajadores europeos. Entre 1861 y 1870 llegan 160.000 extranjeros; el número de inmigrantes asciende de 841.000 entre 1881 y 1890 a 1.764.000 de 1901 a 1910. En total, entre 1857 y 1930, el "desierto argentino" recibe a 6.330.000 inmigrantes; teniendo en cuenta la partida de los trabajadores estacionales - los llamados golondrinas- que cruzan el Atlántico en la época de las cosechas, queda un saldo de 3.385.000 inmigrantes. De acuerdo con el primer censo, efectuado en 1869, la Argentina contaba con 1.737.000 habitantes. Estas cifras demuestran el peso de los extranjeros en la formación de la Argentina moderna, a través de una transfusión poblacional que fue, en términos relativos, la más alta de todos los países del nuevo mundo, incluido Estados Unidos.
Parecía evidente que la oleada inmigratoria ininterrumpida provocaría una duplicación de la población cada veinte años. Efectivamente, así sucedió desde principios de siglo hasta la gran crisis de 1930. Había 3.954.000 habitantes en 1895, 7.885.000 en 1914 y 14.484.000 en 1939. Pero a partir de entonces el flujo de inmigrantes se detuvo y el crecimiento demográfico se volvió muy lento. Entre 1947 y 1980 la población aumentó de 16,1 millones de habitantes a apenas 27.720.000.
Fin del siglo XVIII (estimación) 300.000-380.000
| 1869 1.877.490 hab. |
1895 3.954.911 hab. |
1914 7.885.227 hab. |
| 1939 14.484.657 hab. |
1947 16.108.573 |
1960 20.959.100 |
| 1970 23.375.000 hab. |
1980 27.720.000 hab. |
1990 (proyección) 32.356.000 hab. |
A principios de siglo lo más asombroso no es el crecimiento del potencial demográfico nacional sino la elevada proporción de extranjeros en la población nacional: 30 %, de acuerdo con el tercer censo, realizado en 1914, pero en algunos centros urbanos la proporción se eleva al 70 u 80 %. En 1914 más del 50 % de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires no son argentinos. Y aun en 1970 el 18 % de la población de la muy cosmopolita Capital Federal son extranjeros. La mayoría de sus habitantes sólo son argentinos de primera o segunda generación. Pero en las provincias mediterráneas pobres, alejadas de las zonas dinámicas del litoral y la pampa, como Catamarca o Santiago del Estero, la proporción de extranjeros jamás superó el 3 o 4 %. Por otra parte, nueve de cada diez extranjeros se radican en la región pampeana, y el 62 % de éstos en la Capital Federal o en la provincia de Buenos Aires.
La mayoría de los países europeos aportan su cuota de inmigrantes. Los franceses (principalmente vascos y bearneses) forman por su importancia numérica el tercer grupo, aunque son apenas el 4 % del total. Los siguen los rusos, en su mayoría judíos que huyen de los pogroms zaristas - razón por la cual "ruso" es sinónimo de "judío" en la Argentina- y los súbditos del imperio otomano, llamados genéricamente turcos aunque en su mayoría eran sirio-libaneses cristianos. Los visionarios positivistas de la "organización nacional", particularmente Sarmiento y Alberdi, fascinados por el auge de los Estados Unidos, querían atraer hacia el Plata a las "razas dinámicas" del norte de Europa, pero sus esperanzas se vieron frustradas por cuanto el 80 % de los inmigrantes fueron italianos y españoles. Casi la mitad de los nuevos habitantes (47,4 %) son de origen italiano. Y el conocido dicho de que los argentinos son italianos que se creen ingleses y hablan el español con acento genovés o napolitano no carece por completo de fundamento.
La gran mayoría de estos inmigrantes latinos son agricultores, campesinos que cruzan el Atlántico para mejorar su situación, es decir, conseguir tierras para cultivar. Los atrae el espejismo del enriquecimiento rápido (los salarios son más altos que en el sur de Europa, como lo demuestran los trabajadores golondrinas) en un país de tierras fértiles donde faltan hombres. Pero en realidad las mejores tierras públicas ya están vendidas. La distribución del suelo pampeano habla concluido en 1885, a través de la adquisición de propiedades inmensas. Esta concentración no facilita las cosas. Por otra parte, la elite esclarecida que fomenta la inmigración sólo aspira a conseguir la mano de obra indispensable para valorizar sus campos, no sólo a través de la agricultura, sino también mediante la construcción de equipos de infraestructura y la prestación de servicios. Lo cual imprime a los nuevos habitantes una gran movilidad. Los amos de la tierra, que ven en la inmigración un mal necesario cuyos beneficios recogerán, no desean favorecer el arraigo de los extranjeros.
Por ese motivo en ningún momento se encara una política oficial de colonización sistemática que hubiera podido dotar al país de una población estable y equilibrada y sentar las bases de un desarrollo armonioso de la economía. En general los únicos inmigrantes que pudieron acceder a la propiedad de la tierra fueron una minoría que disponía de cierto capital. Sea como fuere, aunque sólo afectó a regiones relativamente marginales, la colonización no dejó de ejercer su influencia sobre la formación de la sociedad argentina. Organizada en grupos nacionales, dio surgimiento a comunidades prósperas y atractivas, como la de los piamonteses en Santa Fe y los judíos en Entre Ríos. El éxito de la colonia de franceses del departamento de Aveyron en Pigué, en el sur de la provincia de Buenos Aires, es un buen ejemplo de una migración colectiva organizada con inteligencia. Los galeses asentados en Chubut y, posteriormente, los viñateros italianos en Mendoza y los colonos alemanes del Chaco y Misiones son testimonio de lo mismo.
A las dificultades del acceso a la propiedad deben agregarse las condiciones especiales del arrendamiento, escasamente aptas para atraer al inmigrante. En la zona pampeana y el litoral los contratos de arrendamiento rural son muy breves. Puesto que en la primera época la agricultura estaba subordinada a la ganadería, se trataba más bien de contratos de servicio de cuatro o cinco años de duración que dejaban escasa libertad de acción al hombre que trabajaba la tierra. El propietario lo obligaba a roturar la tierra, cultivar cereales y, al vencer el contrato, a devolverla sembrada con forrajeras. En la mayoría de los casos el agricultor pasa sin dejar rastro, ni siquiera un árbol. Es un trabajador nómade hasta que se promulgan las leyes de 1944 y 1949, que prorrogan los contratos.
Es así como una inmigración masiva de origen rural desembarca en un enorme país despoblado para asentarse, paradójicamente, en las ciudades, sobre todo en la más grande de todas. La sobreurbanización de la Argentina y la hipertrofia de su capital, Buenos Aires, a partir de principios de siglo, son la consecuencia de este fenómeno singular que luego se acentuará por otras razones.
La Argentina vive de la tierra, pero es una sociedad sin campesinos que habita en las ciudades. Las aldeas, pequeñas aglomeraciones de casas en torno al campanario de una iglesia prácticamente no existen. El hábitat está conformado esencialmente por casas aisladas y aglomeraciones urbanas. En 1869 la población urbana era apenas el 33 % del total, pero alcanza el 42 % en 1895 y el 58 % en 1914. Compárense estas cifras con las de Francia, donde en 1946 un 50 % de la población era rural. En 1938, con un 74 % de población urbana, la Argentina sólo era aventajada en grado de urbanización por dos países industriales: Gran Bretaña y Holanda; esta tendencia, absolutamente atípica en la América Latina de esa época (México contaba con un 67 % de población rural) ha avanzado aún más. En 1980, el 85,7 % de los argentinos vivía en ciudades de más de 25.000 habitantes.
El congelamiento de las estructuras agrarias, que obliga a gran parte del flujo inmigratorio a radicarse en las ciudades, también modificó el hábitat y el paisaje. La urbanización vinculada a la economía agroexportadora provoca una distorsión de la población activa y contribuye a modelar específicamente la estratificación social. El 68,5% de los inmigrantes italianos y el 78 % de los españoles se establecen en las ciudades. A falta de acceso al codiciado suelo de la pampa, los extranjeros se dedican al comercio y la artesanía y tratan de salir adelante. En 1914 los inmigrantes constituyen más de la mitad de los sectores secundario y terciario: sobre algo más de 47.000 empresarios industriales, 31.500 no son argentinos. La modernización económica y la expansión preindustrial dotan a la población activa de 1914 de ciertos rasgos inesperados por tratarse de un país agrario: sector primario, 28%; secundario, 35%; terciario, 35,9%. Corresponde, grosso modo, a la estructura de la población activa de Francia en 1954, con la diferencia de que la Argentina en esa época no poseía un gran número de manufacturas ni, menos aún, una industria pesada. El sector terciario se ve inflado por el comercio minorista, la intermediación y principalmente los servicios de todo tipo que exigen la opulencia de las ciudades y el lujo de los particulares.
A partir de 1930 el éxodo rural reemplaza a la inmigración de ultramar y la Argentina se convierte cada vez más en un país de grandes ciudades. Una decena de ciudades del interior alcanzan o sobrepasan los 200.000 habitantes y comprenden, junto c~ la Capital Federal, el 70% de la población total. La vieja ciudad colonial y clerical de Córdoba, ubicada en la confluencia de los Andes del noroeste con la pampa, capital de la industria automotriz desde los años cincuenta, es la más grande, con 900.000 habitantes, seguida por Rosario, capital agraria de la pampa del norte, ciudad italiana y comercial, antes rival de Buenos Aires, que perdió el segundo lugar por falta de auge industrial y cuenta con 750.000 habitantes. La aglomeración de Mendoza, verdadera metrópoli andina con alardes de elegante ciudad sudeuropea, tiene 500.000 habitantes. Tucumán supera los 350.000, mientras que Mar del Plata, Buenos Aires: una ciudad, un mundo: Buenos Aires no es tan sólo una capital ni menos aún un sitio geográficamente privilegiado. Es ante todo una historia y, para los argentinos, el reflejo del auge nacional.
El emplazamiento de la capital argentina sobre la margen ligeramente escarpada del río, sobre un terreno absolutamente plano donde el llano culmina en el agua, parece más bien artificial. Su clima no es de los más favorables. Ciudad húmeda, caracterizada por bruscos cambios de temperatura y vientos, Buenos Aires está situada en una especie de corredor entre dos zonas de presión antagónicas y su clima es sumamente inestable. No es infrecuente que en un lapso de pocas horas el viento del norte, húmedo y asfixiante, sea reemplazado por el pampero, frío, seco y violento. Ciudad portuaria por excelencia, cuyos habitantes se autodenominan porteños, Buenos Aires goza de un cuasi monopolio del comercio exterior - los ferrocarriles y rutas conducen todas las riquezas del país hacia ella- pero su ubicación es mediocre. Durante un largo periodo los buques de alta mar debían permanecer alejados, mientras se desembarcaban hombres y mercaderías en lanchas. En la actualidad llegan a los muelles de Buenos Aires por un estuario de 200 kilómetros a través de canales dragados constantemente y a gran costo para mantener una profundidad de apenas 10 metros. La Argentina aún no posee el puerto de aguas profundas que exigen su comercio y el tonelaje de los buques.
La fortuna de Buenos Aires, simple apostadero colonial en la ruta del Alto Perú convertido luego en sede de un virreinato se debe al comercio Atlántico y a una burguesía mercantil que impuso su monopolio sobre el intercambio con Europa. Al desplazar a otros puertos, mejor situados pero menos dinámicos y emprendedores, las elites porteñas, unión de comerciantes y dueños de la tierra, se aseguraron el control de la aduana, que durante el periodo de construcción de la Argentina moderna fue la principal fuente de ingresos del Estado. Las guerras civiles que sobrevinieron tras la independencia tuvieron por objeto el control de esos ingresos fiscales. Del monopolio del comercio importador que ejerce Buenos Aires se deriva la extraordinaria concentración de actividades, funciones y poder que han hecho de esa salida a Europa lo que es.
En 1869 Buenos Aires era apenas una "gran aldea" sumamente austera de unos 200.000 habitantes, casas de una sola planta y calles polvorientas. En 1914, con cerca de dos millones, se había convertido en la "capital de un continente". El auge de Buenos Aires, con su infraestructura y sus servicios públicos data del gran período de asentamiento y valorización de la pampa húmeda. Esta metrópoli de la "belle époque" es la vidriera del país. A tono con la euforia económica que conoció la Argentina hasta 1930, la Capital Federal no tiene nada que envidiarle, en lujos y comodidades, a las capitales europeas a cuya imagen se construyó. Ese "segundo París", que hace más bien pensar en Londres, lleva también la impronta de la desmesura americana. Administradores que pensaban en grande hicieron construir la "calle más larga del mundo", una ópera más grande que el Palacio Garnier, la de París, la avenida más ancha, que aún hoy sigue sin terminar. Los urbanistas más renombrados, los arquitectos más eminentes, los escultores más destacados viajaron de Europa junto con el mármol, la piedra y la madera. Nada era suficiente para la "perla del Plata". El ostentoso lujo de los palacetes finiseculares construidos por los estancieros simboliza la riqueza nacional. Esos monumentos a la vanidad encarnan el proyecto transformado de la elite positivista que quiso imponer el triunfo de la "civilización" europea sobre la "barbarie" americana.
Abierta en abanico hacia el interior a partir de un centro a la vez político y financiero donde se alzan los imponentes edificios de los Bancos de la city, de espaldas al puerto, la ciudad se caracteriza por el cosmopolitismo de su población. Jamás existieron guetos nacionales, pero los inmigrantes de la primera generación tendían a agruparse. Los primeros inmigrantes italianos se apiñaron en el barrio de pescadores de la Boca, donde construyeron casas cubiertas de chapas multicolores para luego ubicarse en barrios más alejados del centro como Balvanera, Villa Devoto, Nueva Pompeya, Villa Mazzini.
Los sirio-libaneses se concentraron cerca de plaza San Martín, en la zona vecina al puerto, los "rusos", en su mayoría israelitas, en los alrededores de la estación del Once. Pero la distribución es social y funcional, más que nacional. Los ingleses, alemanes y algunos franceses habitan los hermosos barrios de la zona norte y Belgrano, porque son en su mayoría ejecutivos y jefes de empresas. Los italianos, que constituyen la mayoría de los inmigrantes proletarios, habitan los barrios obreros del sur.
Ciudad de administración y comercio, de servicios y poder, la Capital Federal posee demasiadas ventajas como para no ser asimismo el centro industrial del país. Las fábricas de carne que son los mataderos frigoríficos se instalan cerca del río. La concentración de la población atrae a las industrias de alimentos y se multiplican los talleres. Este proceso se acelera con el desarrollo de la industria sustitutiva de los años treinta y luego del peronismo: las empresas mecánicas, eléctricas y químicas proliferan y se instalan anárquicamente en un espacio urbano desorganizado. En la actualidad la aglomeración del Gran Buenos Aires, inflada por el éxodo rural y las migraciones internas, abarca el 55 % de la mano de obra, el 45 % del consumo y la producción de energía eléctrica, el 45 % de los establecimientos industriales. Es lícito afirmar que la Argentina sufre de hidrocefalia. El centralismo "porteño" es un fenómeno sin parangón en América Latina y el mundo entero, habida cuenta de la población y la superficie del país.
Se ha dicho que los argentinos son un pueblo "transplantado", similar en ese sentido a las poblaciones de Norteamérica y Nueva Zelanda, esto significa olvidar los innegables aportes autóctonos y fenómenos tales como el mestizaje cultural o étnico. Es verdad que en términos relativos la inmigración europea es el signo distintivo de la población argentina y que ha jugado un papel decisivo en la conformación de la sociedad nacional. Pero la multiplicidad de sectores que desembarcaron en las márgenes del Plata no dio lugar a un mosaico de comunidades étnicas a la manera norteamericana. La Argentina, a diferencia de sus vecinos del subcontinente, no padece de un problema de minorías. Ello se debe en gran medida a la extraordinaria fuerza de. absorción del país. No sólo no hay una yuxtaposición de pueblos en esta nación de inmigrantes, sino que el crisol nacional ha producido una homogeneidad social y cultural sin igual en las Américas. Aparte de algunos casos numéricamente irrelevantes, la Argentina, a diferencia de Brasil, no conoce vigorosas colonias extranjeras que se aferran a su lengua y tradiciones y resisten la asimilación. Es frecuente que los argentinos de primera generación desconozcan la lengua de sus padres. En la actualidad no faltan quienes lamentan la nivelación de las comunidades étnicas que siguió a la erradicación de las culturas indígenas y rurales y la desaparición de las particularidades regionales. Esta rígida homogeneidad, esta imposición de valores urbanos y europeos a todo un país es producto de una historia, incluso de un proyecto de transformación nacional instrumentado a partir de 1880 con el propósito de introducir la "civilización europea" en el país de los querandíes y ranqueles.
Sin embargo, esta vigorosa asimilación es consecuencia de las características del fenómeno migratorio más que de una política deliberada de las elites modernizadoras. En efecto, es de destacar que alrededor del 80 % de los inmigrantes son de origen latino, es decir, culturalmente cercanos a la sociedad receptora. La naturalización de los extranjeros, en un principio alentada por ley, en la práctica se lleva a cabo de manera parsimoniosa y muy limitativa. A principios de siglo la proporción de naturalizados sobre extranjeros adultos no superaba el 2 a 4 %. La elite no aspiraba a integrarlos al electorado por miedo a desequilibrar la vida política "criolla", lo que podría poner en peligro su primacía. En 1880 el presidente Roca afirmaba que la inmigración masiva era un "espectáculo reconfortante", ¡pero que las cosas se complicarían cuando llegara el momento de gobernar a los hijos de los inmigrantes!
Es por ello que la educación primaria, gratuita por disposición de la Constitución de 1853, se vuelve obligatoria en virtud de una ley de 1884. Para los gobernantes argentinos, temerosos de los peligros de la "desnacionalización", la escuela es un medio para arraigar a los hijos de los extranjeros. La escolarización amplia tiene por objeto consolidar la cohesión nacional. A falta del apego a la tierra, que pocos poseen, la admiración por los prohombres de la patria elegida por sus padres al huir de la ancestral miseria europea es el medio para inculcar en los nuevos argentinos la defensa de los valores nacionales. El dogma patriótico también es transmitido por el servicio militar obligatorio, instituido en 1901. La conscripción es el antídoto del cosmopolitismo. El ejército educador debe neutralizar el virus de la disolución social que viene del viejo mundo, argentinizar al hijo del inmigrante y forjar a un ciudadano a imagen de la elite modernizadora y paternal que preside la construcción del país.
La configuración de los grupos sociales en la edad de oro de la república pastoral, de 1880 a 1930, fue forjada por el mismo proceso histórico. Fue, de alguna manera, la resultante de dos formas contradictorias: la herencia de la colonización española y el impacto de la inmigración masiva. La crisis general que se abate sobre el país a partir de la Segunda Guerra Mundial también hunde sus raíces en la compleja estructura de una sociedad sin terminar, pero de mecanismos fácilmente perceptibles.
Brechas cronológicas en función del arribo de las comunidades europeas al país, sutil discriminación nacional en función inversa de la participación en el contingente inmigratorio, exclusivismo social de la elite establecida, desarrollo desmesurado de las clases medias, exclusión social y moral de los habitantes primitivos del territorio argentino y sus descendientes mestizos: tales son los grandes rasgos del paisaje social en el apogeo de la Argentina.
El grupo dominante está conformado por los primeros europeos que ocuparon y trabajaron las tierras sin dueño y aquellos que construyeron la economía agropastoral volcada hacia el viejo mundo y administraron el proyecto civilizador de la Argentina extravertida. Es una elite única y natural, que llevó la prosperidad al país y reveló a éste ante el mundo. Apoyados en ese éxito, estos "patricios", provistos de una legitimidad perfecta e indiscutida, consideran que tienen derecho a regir los destinos del país. Liberales y cosmopolitas, "laicos" y progresistas, estos "eupátridas" ejercen sobre la Argentina una dominación ilustrada. Desde luego que la base económica de su poder social es la propiedad terrateniente. La producción agropecuaria es el motor de la prosperidad y la tierra ennoblece a quien la posee. Pero estos "amos de la tierra", enriquecidos en muchos casos mediante el comercio y las finanzas, no se limitan a poseer vastas extensiones de tierra y enormes manadas. Tienen en sus manos los recursos decisivos de la actividad nacional y se esfuerzan por aprovechar su posición privilegiada en su exclusivo beneficio.
En la cima de la pirámide social se ubican las "viejas familias", de antigüedad bastante relativa. Un europeo llegado antes de 1880 puede reivindicar linaje de antigua cepa. Pero el extranjero que viene mezclado con la turba de inmigrantes pobres de 1890 no es más que un gringo, un recién venido que a lo sumo podrá llegar a ser un parvenu. Salvo que pertenezca a una nacionalidad favorecida por los prejuicios locales, en cuyo caso podrá incorporarse a la "buena sociedad". Un anglosajón, aunque haya llegado ayer, puede aprovecharse de la fama de que gozan los laboriosos súbditos de Su Majestad Británica; Asimismo un lechero vasco podrá ascender en la sociedad gracias a la abundancia de apellidos euzkara en el Gotha argentino. En cambio el italiano, emprendedor pero apto para todo servicio, ocupa el nivel más bajo de la escala del status. Al español se lo mira con cierto desdén. Los Fernández y Pérez llegados a mediados del siglo XIX son "criollos" notables, pero sus homónimos que arribaron a partir de 1890 son meros gallegos, perdidos en la multitud de mozos de cordel y peones provenientes de las provincias más pobres del norte de la madre patria.
Si bien el acceso al grupo dominante, capa social cerrada y hereditaria que constituye una auténtica oligarquía, es muy restringido, los escalones inferiores de la sociedad argentina se caracterizan por cierta fluidez. No puede ser de otra manera en un país de inmigrantes. La aspiración de los recién venidos de mejorar su situación afecta toda la vida social. La lucha por la vida y el éxito es tan despiadada como en Estados Unidos. El individualismo a ultranza proviene del desarraigo de la mayoría de los habitantes. Esta esperanza tenaz se ve favorecida por la urbanización y la importancia del sector de los servicios. Hoy, como ayer, la Argentina se muestra como un país de clase media. Incluso se puede afirmar que el concepto de clase media es uno de los mitos motores, eje ficticio de la sociedad nacional. Los hijos de los inmigrantes y de las clases urbanas en general buscan el ascenso social en los títulos universitarios y en el ejercicio de profesiones liberales. La enorme afluencia a las universidades y la saturación de la sociedad urbana del litoral en número de abogados y médicos son, entre otras cosas, una manifestaci6n de ese conformismo ascendiente. El deseo de movilidad, hoy fuente de tensiones, sirvió para distender el clima social durante el periodo de la inmigración masiva. En esta tierra acogedora y generosa se daba por sentado que la lucha de clases sólo podía ser un producto importado del viejo mundo en decadencia. Los trabajadores manuales, que a su arribo estaban dispuestos a aceptar cualquier empleo por rudo que fuera, trataron luego de mejorar su situación individual. La esperanza o ilusión de que la condición de obrero es puramente transitoria se vio alimentada por ascensos tan innegables como meteóricos, reflejados en la literatura de la época. La clase media es el objetivo y el grupo referente. En cuanto a los alborotadores, portadores de ideologías disolventes, hasta 1958 la ley preveía su deportación a sus países de origen.
Los descendientes de los habitantes primitivos son excluidos en forma oficial. El proyecto nacional de la Argentina moderna está teñido de darwinismo social. La civilización es europea; las "razas americanas" son irremediablemente inferiores. Su presencia en suelo argentino no es sino un obstáculo para el triunfo de las "luces" y el progreso. Una vez exterminados los indios, la ola inmigratoria europea desplaza a los mestizos que se ven relegados a las faenas rurales tradicionales. El indomable gaucho se convierte en peón. No se puede hablar de mestizos en el "único país blanco al sur de Canadá"; un rastro de sangre indígena en la Argentina de la "belle époque" era una tara para cualquier familia decente. Sin embargo, la presencia del "criollo" de tez cobriza no pasará inadvertida para el observador atento no bien ponga un pie fuera de Buenos Aires.
La dinámica de la prosperidad argentina garantiza la cohesión del conglomerado social, fuertemente imbuido de la ideología del crecimiento hacia afuera. El éxito del proyecto de desarrollo agroexportador da legitimidad a las clases superiores, responde a las aspiraciones de los inmigrantes y disminuye las tensiones sociales. Todo esto se trastorna con la gran crisis de 1929. La desorganización de las corrientes comerciales pone fin tanto a la preponderancia británica como a la inmigración. El desarrollo de una industria nacional que permite producir lo que el país no puede adquirir afuera romperá el equilibrio social al atraer hacia las ciudades a las masas criollas hasta entonces marginadas de la vida nacional.
A partir de 1930 el progreso vertiginoso y sin término se vuelve cosa del pasado. Pero no surge ningún grupo dirigente con un proyecto de recambio capaz de reorganizar la sociedad nacional. La "oligarquía", convencida de que se trata de una crisis pasajera, defiende por todos los medios el status quo; su incapacidad para proponer una estrategia de desarrollo coherente y a largo plazo la despoja de su hasta entonces incuestionada legitimidad. Las clases medias contemplan atemorizadas la invasión de los arrabales de las ciudades por un proletariado de sangre mestiza al que se apresura a bautizar peyorativamente de cabecitas negras o directamente negros. A partir de entonces todos esos seres en busca de rol y seguridad aguardarán un milagro autoritario y alimentarán la inestabilidad social. Una nación de inmigrantes no puede admitir fracasos: se comprende, pues, que la frustración provocada por las crisis en serie y el estancamiento económico recurrente haya quebrantado el sentimiento nacional. La fórmula de los fundadores de la nacionalidad, ubi bene ibi patria, se vuelve contra su propio proyecto. Así recupera su actualidad el interrogante de Alberdi, de silos argentinos son "ciudadanos o habitantes" de la Argentina.
La Argentina es un país subpoblado y parece destinado a seguir siéndolo. La aspiración de llegar a la clase media, el estilo de vida europeo y la hiperurbanización también caracterizan al perfil demográfico del país. A pesar de un ligero repunte a fin de la década de 1970, la tasa de natalidad argentina viene en descenso desde hace más de sesenta años. El número de nacimientos fue de 37,9 º/oo habitantes en 1910-1914; hoy supera apenas el 21,4 º/oo y podría descender al 17,4 en 1995. La tasa de natalidad de los países latinoamericanos - dejando de lado a Chile, Uruguay y Cuba- oscila entre el 36 y 42 º/oo. En las provincias más ricas y la Capital Federal las tasas son aún más bajas (15 º/oo en la provincia de Buenos Aires), y se compara solamente con las de los países desarrollados: Estados Unidos, 14,7 º/oo; Francia, l3,60 º/oo en 1978.
La tasa de mortalidad excepcionalmente baja de 1967 (8,7 º/oo, mientras que la francesa fue del 11 º/oo), fruto de las buenas condiciones de higiene, muestra una tendencia reciente a aumentar debido a la disminución de los gastos sociales. En la actualidad es del 9,1 º/oo. Este dato no merecería una mención si no fuera que la mayoría. de los países vecinos muestran una mejoría en ese sentido (México, 8,7 º/oo; Venezuela, 7 º/oo). La mortalidad infantil, que ha disminuido en la mayor parte del continente, experimentó un ligero aumento en la Argentina, país que se encontraba al tope de la estadística hace quince años. La tasa de mortalidad infantil en la Argentina aumentó del 58,3 º/oo en 1967 a 59 º/oo en la actualidad, mientras que en el mismo período la de México bajó del 64,2 º/oo al 48,2 º/oo. (Francia, 12,6 º/oo; Suecia 8,3 º/oo).
También en este terreno aparecen grandes disparidades regionales, que van de algo menos del 40 º/oo en la Capital Federal al 120 º/oo en la provincia subtropical de Jujuy.
Sea como fuere, con su tasa de crecimiento demográfica del 1,6 % anual en 1970-1980 - contra el 2,6 para el conjunto de América Latina, varios de cuyos países superan el 3 %, el envejecimiento de su población y la explosión demográfica de algunos de sus vecinos, la Argentina se halla en una situación delicada. Su inmenso territorio muestra una densidad de 9 habitantes por kilómetro cuadrado. Los cálculos oficiales prevén apenas 35 millones de habitantes para el año 2000. La Argentina, que siempre ha aspirado al liderazgo regional, pasará del tercer al cuarto lugar, detrás de Brasil, México y Colombia. Ni su economía ni su clima político permiten suponer que el país podría compensar su débil crecimiento demográfico con un reinicio de la inmigración internacional. Tanto más por cuanto el país de inmigrantes se ha convertido desde hace algunos años - temerariamente, sin duda- en una nación de emigrantes: los trabajadores bolivianos y paraguayos fueron ahuyentados por la desocupación; los intelectuales y técnicos que huyeron de la represión política durante la última dictadura militar conforman una brillante diáspora a través del mundo. ¿No será que la Argentina, con sus inmensas riquezas, es un país excesivamente poblado?