LOS INMIGRANTES EN LA CIUDAD. CRECIMIENTO ECONÓMICO, INNOVACIÓN Y CONFLICTO SOCIAL
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Investigación en Internet
La inmigración ha sido una característica permanente de las ciudades desde el comienzo
de la historia. La inmigración es consustancial a la ciudad y ha significado una
aportación de gran valor, factor de crecimiento económico y de innovación. Y lo sigue
siendo hoy a pesar de que los cambios en las sociedades desarrolladas exigen en la
actualidad una menor demanda de mano de obra y, por consiguiente, un menor número de
inmigrantes para el mercado de trabajo. En esta exposición hablaré sucesivamente de:
1) los inmigrantes en la ciudad;
2) los efecto positivos de la inmigración para las ciudades;
3) la segregación y el conflicto social;
4) migración y cualificación en la crisis del Estado del Bienestar; y
5) las relaciones entre inmigración y el mercado de trabajo, así como los problemas de localización en la ciudad. La investigación se cierra con unas reflexiones finales.
I. LOS INMIGRANTES EN LA CIUDAD
De una manera general, puede afirmarse que el crecimiento urbano
se ha producido por la inmigración y sólo en parte ha sido generado internamente por el
incremento natural de su población. Es cierto que en algunas ocasiones la llegada de los
inmigrantes y, en la época contemporánea, la disminución de la mortalidad ha mejorado
el crecimiento vegetativo urbano. Pero son los inmigrantes quienes han seguido asegurando,
en lo fundamental, la expansión de las ciudades.
Desde hace tres siglos -es decir desde el famoso estudio de John Graunt, en 1667, y desde
los análisis de los economistas y aritméticos políticos europeos del XVII y XVIII- se
sabe que las ciudades tenían un exceso crónico de muertes en relación con el número de
nacimientos, así como cifras más bajas de natalidad que las áreas rurales. Es decir que
la población urbana no podía reemplazarse por el crecimiento natural. En buena parte,
eso era debido a las terribles epidemias que se abatían sobre las ciudades y elevaban
brúscamente su mortalidad. Desde el siglo XVIII se sabe también que eso era debido a la
insalubridad de las ciudades, motivada por las fuertes cifras de densidad y -podemos
añadir hoy- por la facilidad del contagio en esas concentraciones humanas.
Los inmigrantes encontraban en la ciudad nuevas oportunidades de empleo. Y se integraban
también rápidamente desde el punto de vista demográfico, contrayendo pronto matrimonio
con los nativos. Conocemos, en efecto, que desde la baja edad media y durante toda la edad
moderna las ciudades europeas se caracterizaron por un índice bajo de masculinidad, es
decir un exceso de mujeres, lo que se traduce, a su vez, en cifras más elevadas de
celibato femenino y en una menor fertilidad. Eso daba oportunidades a los inmigrantes
varones. Por esa razón, dichos inmigrantes podían encontrar de forma relativamente
rápida una esposa, lo que desde luego era más difícil para las mujeres. En todo caso,
los matrimonios entre personas de diferentes procedencias geográficas eran un fenómeno
generalizado.
Las migraciones fueron, sin duda, el factor clave en la regulación de las poblaciones
urbanas en la sociedad preindustrial. La ciudad necesitaba de la inmigración para
mantener su población estable y más aún para aumentarla. Y en muchas ocasiones dicha
inmigración era verdaderamente esencial.
En primer lugar, cuando se producían episodios de fuerte mortalidad por epidemias; lo
cual generaba elevados aflujos de población que rápidamente reemplazaba a la fuerza de
trabajo que moría, y que podía suponer la pérdida del 20 al 40 por 100 de su
población. Y también cuando aumentaba el dinamismo de su economía por la realización
de nuevas inversiones.
La situación demográfica de las ciudades empezó a experimentar cambios significativos
en el siglo XIX, ante todo en los países que más tempranamente realizaron la Revolución
industrial y demográfica. En efecto, a partir de fines del XVIII las ciudades inglesas,
primero, y otras, más tarde, dejaron de experimentar tasas negativas de crecimiento
vegetativo, gracias a la reducción de la mortalidad. Pero no por ello los movimientos
inmigratorios desaparecieron. De hecho se mantuvieron o aumentaron, lo que, como es
sabido, aceleró considerablemente el crecimiento de la población urbana.
Los historiadores de la población mundial han mostrado el ritmo y las diferencias
regionales de ese proceso. Y han estudiado esas "gigantescas migraciones" desde
las areas rurales hacia los nuevos núcleos mineros, las áreas portuarias y las fábricas
textiles y metalúrgicas de las ciudades.Entre 1800 y 1930 unos 40 millones de europeos
abandonaron el Viejo continente para ir a vivir otros países. Entre 1846 y 1932 llegaron
a Estados Unidos 34,2 millones de inmigrantes; a Argentina y Uruguay 7,1; a Canadá 5,2; a
Brasil 4,4; a Australia y Nueva Zelanda 3,4; a Cuba 0,9; y aunque algunos retornarían
más tarde a sus países de origen, la inmensa mayoría permanecieron en el lugar de
destino.
Casi todos los países americanos, más Australia, Nueva Zelanda y algunas
regiones de Afríca colonizada por los europeos se convirtieron en áreas de fuerte
inmigración en el XIX, y recibieron a masas de inmigrantes de múltimples nacionalidades.
En Estados Unidos la llegada de inmigrantes (hasta 1861 unos 5 millones y luego otros 4
millones entre 1865 y 1880, de los que al menos las tres cuartas partes se quedaron en el
país) supuso la arribada de contingentes de origen y culturas muy diversas. A partir de
1880 la inmigración se intensificó. El desarrollo económico era ya importante y atraía
a numerosos inmigrantes. Llegaron así más de 17 millones nuevos, de los que se quedaron
15 millones. Esos inmigrantes buscaron empleo en las ciudades, donde había demanda por la
industrialización, llegando a constituir más de un tercio de los efectivos en las
ciudades de más de 100.000 habitantes y el 66 % de la población urbana total.
Lo mismo sucedió en los países iberoamericanos durante el siglo XIX, aunque con un
cierto retraso cronológico respecto a lo ocurrido en los Estados Unidos.
Los fuertes ritmos de crecimiento demográfico que tuvieron las ciudades más dinámicas
de Europa y América son los que encontramos a lo largo de nuestro siglo en las de muchos
países de otros continentes.
En los países considerados subdesarrollados la evolución ha sido semejante, aunque con
proporciones e intensidad muy superior durante el siglo XX. Durante amplios períodos se
pueden detectar crecimientos de hasta 7, 8 y 10 por ciento, y ello tanto en ciudades
pequeñas como grandes.
Las razones de esos crecimientos tienen que ver, por un lado, con el movimiento natural,
que se ha hecho fuerte con la rápida disminución de la mortalidad, manteniendo alta la
fertilidad; y por otro, con las elevadas cifras de inmigración.
El crecimiento por inmigración ha alcanzado una fuerte intensidad, como resultado del
éxodo rural a gran escala "que vacía literalmente el campo, especialmente en
América Latina y en Africa, de sus elementos más jóvenes y más emprendedores.En lo que
se refiere al conjunto de los países iberoamericanos, algunos cálculos someros estiman
que entre 1940 y 1970 el éxodo rural supuso el déficit de unos 51 millones de personas
que en igual cifran habrían pasado a las ciudades, representando el 63 por ciento del
incremento total del sector urbano en esas tres décadas. La proporción de nacidos fuera
en muchas ciudades se ha elevado así hasta cifras considerables: en la década de 1960
podía ser de 33% de inmigrantes en Santiago de Chile, 58 % en Buenos Aires y 74 % en
varias ciudades brasileñas, entre las cuales Sâo Paulo, Rio de Janeiro y Belo Horizonte.
II LOS EFECTOS POSITIVOS DE LA INMIGRACION
La sociedad, en general, y las ciudades, en particular, obtienen grandes
beneficios con la inmigración.
La migración es un proceso de movilidad espacial y social que ha permitido la ocupación
de todo el espacio terrestre y la mejora de las condiciones de vida de la humanidad. A las
ciudades les ha permitido, como hemos visto, el mantenimiento de su población y el
desarrollo de su actividad económica.
En las sociedades tradicionales, incluso en las más estáticas, la movilidad espacial se
hace, en general, necesaria con el aumento de la familia. Las estructuras familiares
dominantes en muchas sociedades, por ejemplo, en la europea, implican que una parte de los
hijos deban abandonar la casa paterna para establecerse por separado. Eso puede realizarse
cerca del hogar familiar o, con mucha frecuencia, a una distancia mayor, lo que incluye
también la movilidad espacial hacia lugares en donde existan posibilidades de
subsistencia.
En algunas sociedades, como en la Europa preindustrial, la emigración a las ciudades
forma parte de un proceso más general de estratificación social y de redistribución
ocupacional.
No era simplemente el crecimiento vegetativo rural ni las necesidades de la supervivencia
en el sector agrario lo que conducía a la emigración hacia las ciudades. La misma
agricultura y la artesanía rural podían absorber una parte del crecimiento poblacional.
En los siglos XVII y XVIII la protoindustrialización en el medio rural se convirtió
igualmente en una posibilidad que se ofrecía a los migrantes potenciales.
Pero las ciudades atraían también de forma intensa porque ofrecían mayores
oportunidades para la supervivencia y el trabajo. Y además permitían acrecentar las
posibilidades nupciales, mejorar la educación, y dar mayor seguridad física, y libertad
jurídica o religiosa.
Así ha sucedido en todas las épocas. Y así sigue sucediendo hoy. Los estudios
existentes sobre el proceso de urbanización de Africa durante nuestro siglo han puesto de
manifiesto la importancia que para desencadenar el exodo rural tienen el deseo de los
jóvenes de escapar del poder y de las presiones de los jefes y de los viejos de las
tribus, el huir de los penosos y desagradables trabajos del campo, de las enemistades
locales y de los chismes de la aldea. Por ello no extraña que muchos prefieran la
suciedad de los suburbios de la gran ciudad a la vida de la aldea.
Inmigración, mestizaje, heterogeneidad social e innovación
La ciudad se ha caracterizado también desde su nacimiento por otro rasgo importante, la
heterogeneidad social; tan importante que ha entrado en numerosas definiciones de lo
urbano. Dicha heterogeneidad tiene que ver con la complejidad social y económica así
como con la llegada de población de múltiples procedencias. Lo que ha hecho al medio
urbano particularmente dinámico, desde la antigüedad hasta nuestros días.
Las ciudades se convierten en lugar de relaciones, de contactos, de creatividad y de
innovación. Son también el lugar privilegiado donde se forjan preferentemente ciertos
valores favorables al crecimiento económico.
La ciudad ha sido siempre el lugar de la libertad, un lugar de refugio para los pobres y
desarraigados. Y para minorías de todo tipo, que han encontrado protección en la ciudad
-hasta que un estallido social las ha puesto, eventualmente, a merced de la mayoría. La
diversidad de orígenes es una constante de la población de las ciudades. La ciudad ha
sido con frecuencia el espacio de la coexistencia y del mestizaje. Lo que no se ha
producido sin dolor y dificultades. Pero ha tenido siempre consecuencias positivas para
las áreas urbanas y para el desarrollo de la cultura en general.
Siempre en las ciudades esa diversidad ha sido mayor que en las áreas rurales, y mayor en
las grandes ciudades que en las pequeñas. Y eso en todas las épocas, países y culturas.
En la ciudad americana hispanocolonial, las ciudades eran el lugar de coexistencia,
convivencia y conflicto de grupos raciales numerosos. A fines del XVIII en una muestra de
95 ciudades que en total reunían 1 millón de habitantes, las cifras relativas eran:
indios 58,5 %, españoles: 26,8 %; mestizos 7,2 %, mulatos 7,0 % y negros 0,4 % En las
ciudades mineras la proporción de españoles era superior: en un total de 38 villas
mineras con 222.000 habitantes, el porcentaje de españoles era de 45,2, de mestizos de
34,9, mientras que los indios eran sólo el 10 %, los mulatos en 9,4 % y los negros el 0,9
%. Los negros esclavos trabajaban sobre todo en el campo y sólo una minoría pasaba a
residir en la ciudad como sirvientes o libres, pero encontraban allí siempre mayores
oportunidades que en las areas rurales.
La ciudad y la movilidad social
La ciudad es también el lugar de la movilidad social, del ascenso social. Respecto a esto
los datos son igualmente concluyentes. Las posibilidades que ofrece la ciudad en ese
sentido son siempre infinitamente mayores que las que se dan en el campo. Los testimonios
sobre ello son abrumadores en ciudades de diferentes épocas históricas y de diferentes
países.
La movilidad social en la ciudad se ha producido incluso en sociedades que mantenían la
esclavitud y fuertes diferencias sociales durante el siglo XIX. Así, por ejemplo, con
referencia al Brasil de la primera mitad del siglo XIX se ha podido escribir que
"no obstante el carácter limitado de los núcleos urbanos y el escaso desarrollo del artesanado y del comercio interior, éstos crearon oportunidades de emancipación para el esclavo urbano y una relativa movilidad de las capas inferiores de la sociedad. El artesanado, el pequeño comercio, los servicios, constituirían los vehículos de la ascensión social de esos grupos. En la ciudad el esclavo deambulaba por las calles, uniéndose a compañeros de la misma condición, entraban el contacto con negros y mulatos libres, se asociaba a cofradías o hermandades que funcionaban como sociedades de mutuo auxilio. En las ciudades conseguían más fácilmente que en las zonas rurales acumular algún peculio".
III. SEGREGACIÓN SOCIAL Y CONFLICTO
Pero todo ello, es decir, la incorporación e integración del immigrante a la vida
urbana, no se hace sin conflictos. Se trata de otra realidad, el conflicto social, que es
también una característica permanente de la ciudad, como de la sociedad en general.
Las profundas diferencias sociales, la segregación y los ghetos son igualmente una
constante de las ciudades desde la antigüedad. Los grupos marginales o vencidos se
situaban normalmente en lugares aparte: barrios de parias, judíos, morerías, barrios
indígenas en las ciudades coloniales.
La existencia de enclaves étnicos en la ciudad preindustrial aparece reconocida por los
datos disponibles, y se integra en los modelos sobre ese tipo de ciudad, como el de G.
Sjoberg.
La percepción de la "otra mitad"
La segregación social en la ciudad tiene generalmente una base
social. Pero también se realiza frecuentemente en relación con las nociones de raza y de
etnia. Los sociólogos nos han enseñado que "etnia y raza son rótulos que las
personas creen y se aplican", que tanto una como otra son construcciones sociales. La
primera tiene en cuenta rasgos físicos diferenciales y, sobre todo, la percepción
que tiene la sociedad de estos rasgos que se estiman hereditarios. Se supone "que
estos rasgos a su vez se relacionan con atributos morales, intelectuales y otros no
físicos". Como resultado de ello, los miembros de una raza tienden a pensar que son
diferentes de otros grupos de personas, y los otros grupos pueden tratarlos como si
realmente lo fueran. Por tanto, "una raza existe en la percepción y en las creencias
de sus observadores".
En cuanto al concepto de etnia se basa en la percepción de las diferencias culturales.
Un grupo étnico es "un grupo de personas que se perciben a sí mismas y que son
percibidas por los demás como individuos que comparten rasgos culturales tales como la
lengua, la religión, la familia, las costumbres familiares y las preferencias en el
alimento".
Conviene, de todas formas, tener presente que los cambios en la percepción social de las
diferencias culturales pueden ser grandes, e incluso impresionantes. Si el gabacho o el
tedesco -éste, además, protestante- eran vistos en España no hace mucho como miembros
de otra galaxia cultural, hoy podemos percibirlos casi como compatriotas europeos y más
próximos que el cercano marroquí o el sudaca que, sin embargo, pueden llevar
nuestra misma sangre y compartir tantos rasgos de nuestra cultura.
El sentimiento de identidad racial y étnica puede ser muy importante para el inmigrante;
da idea de pertenencia, de tener rasgos comunes con otros, proporciona seguridad a los
individuos. En ese sentido puede ser un sentimiento beneficioso. Y beneficioso
especialmente en situaciones de amenaza, de aislamiento, de minoría, como se dan sin duda
para los inmigrantes que llegan a una ciudad, y que encuentran en esos sentimientos de
autoidentificación un agarradero de solidaridad, apoyo y confianza.
Vale la pena recordar que los problemas de la inmigración, de la asimilación de
inmigrantes, de la segregación y de los ghetos, de la pobreza y de la marginación no son
específicos de la ciudad actual, sino una característica permanente desde las primeras
civilizaciones urbanas.
Incluso puede decirse que en nuestro siglo son menores, especialmente en la ciudad
industrial, debido al establecimiento del Estado de Bienestar. Aunque, naturalmente,
pueden aumentar con el desmantelamiento del mismo, si se produce.
En el caso de Barcelona los problemas no son especialmente graves, si comparamos con otras
ciudades europeas o americanas. O si lo comparamos con la situación durante períodos de
fuerte inmigración: entre 1940 y 1970 recibió decenas de miles de inmigrantes, lo que
sin duda planteó problemas graves de alojamiento y adaptación.
Si en situaciones económicamente expansivas la población inmigrante puede acomodarse en
la ciudad sin graves tensiones, aunque desde luego en peores condiciones que los nativos o
los que llegaron antes, en situaciones de crisis los conflictos se agudizan. Es lo que
ocurrió en la crisis de los años 1930, cuando autores como Vandellós llamaban la
atención sobre los peligros amenazas que para "las cualidades raciales" de los
catalanes representaba una inmigración tan poderosa como la de los murcianos.
Conviene, pues, recordar, para relativizar los problemas que la actitud ante los
inmigrantes - y ante los pobres- no es hoy distinta a la que existió en el pasado.
IV. MIGRACION, MERCADO DE TRABAJO Y CUALIFICACION EN LOS
PAÍSES DESARROLADOS
Que la situación en el pasado fuera mala no debe llevarnos a mirar con indiferencia la
actual. Y ésta tiene rasgos preocupantes, que se relacionan con los cambios recientes en
el mercado de trabajo en los países desarrollados. Centraremos la atención en el caso
europeo.
Cambios en el mercado de trabajo
La crisis de mediados de los años 1970 afectó a los países desarrollados
aumentando el desempleo y reduciendo los movimientos migratorios generados en los decenios
anteriores de fuerte expansión. La crisis de 1973 provocó inmediatamente políticas de
contención inmigratoria. En Alemania el mismo mes de noviembre de ese año se paralizó
la política de reclutamiento de población inmigrante y se introdujeron fuertes
restricciones, a lAS que más tarde seguirían medidas de estímulo para el regreso de los
inigrantes a sus países de origen; y lo mismo ocurrió en otros países europeos de
fuerte inmigración.
La nueva fase de desarrollo económico de los años 80 se produjo ya en un contexto
diferente al de los años 1960, como consecuencia de profundas transformaciones
económicas y sociales que afectaron a la población laboral y a la demanda de mano de
obra en las mismas.
El proceso de internacionalización y globalización de la economía ha ido unido a una
creciente concentración de la actividad económica en empresas y sociedades más
reducidas y de mayor capacidad de decisión. El desarrollo de la electrónica y las
telecomunicaciones permiten convertir a las grandes ciudades en centros mundiales de la
comunicación y la gestión a larga distancia. Al mismo tiempo, la automatización, y la
robotización han hecho disminuir la necesidad de obreros industriales, y aumentado la de
técnicos y gestores. Todo ello ha afectado a la estructura del empleo, disminuyendo el
número de empleos industriales, lo que lleva a hablar de un proceso de
desindustrialización y de creciente terciarización.
La crisis de 1973 puso de manifiesto la vulnerabilidad de los países industriales, y
desde entonces se ha venido produciendo una reestructuración de la industria a escala
mundial, con la emergencia de nuevos países industriales (SE asiático, Corea,
México...) con rápida incorporación tecnológica y bajos salarios. Estos países
realizan una creciente competencia a los antiguamente industrializados.
Para hacer frente a la competencia creciente a escala internacional se produce una fuerte
tendencia a la desregulación y flexibilización del mercado laboral. Lo cual implica
precarización del empleo, extensión del trabajo informal, subterráneo y a domicilio
(principalmente de mujeres); y aumento del trabajo poco calificado (inmigrantes, jóvenes,
contratos a tiempo parcial).
Se ha producido así un proceso simultáneo de recalificación y descalificación de la
fuerza de trabajo. La importancia creciente del conocimiento en esta sociedad hace que
adquiera un papel decisivo la mano de obra calificada. Cada vez más los que no están en
condiciones de incorporarse a los grupos cualificados se convierten en un ejército de
proletarios dedicados a una gran variedad de servicios, a la reconversión o al desempleo.
En este último grupo se encuentran una parte de la antigua clase industrial trabajadora,
la menos cualificada, y también los inmigrantes y las minorías étnicas.
En todo caso, una buena parte de los estudios disponibles ponen énfasis en la existencia
de esa polarización hacia arriba y hacia abajo, válida sobre todo para las
"ciudades globales". Hacia arriba, en relación con servicios cuaternarios en
general, que atraen individuos calificados en finanzas y otras actividades, en una
atracción que se ve afectada por la jerarquía urbana, es decir, tanto más calificados
cuanto más importante es la ciudad, tal como se ha dicho con respecto a Londres. Hacia
abajo, en relación con esas oleadas de inmigrantes poco cualificados que exige la nueva
economía postindustrial.
Demanda de mano de obra e inmigración
La reestructuración de la economía europea durante los años 1980 afectó también a la
demanda de flujos migratorios, que se producen ahora en una situación de creciente
integración del mercado de trabajo. En esencia, hemos de distinguir entre dos tipos de
migraciones.
Por un lado, las migraciones de los nacionales de la Unión Europea. Se trata, de grupos
de migrantes protegidos por la legislación comunitaria en lo que se refiere a la
protección social y acceso al trabajo. Se incluyen aquí toda una serie de grupos
crecientemente móviles tales como: directores, gerentes, y técnicos superiores de las
empresas multinacionales o transnacionales; técnicos medios y administrativos de las
mismas empresas; profesionales liberales, que no necesitan homologar o convalidar sus
títulos; estudiantes y graduados jóvenes cuya movilidad está siendo estimulada por los
programas Erasmus y otros; jubilados que se dirigen hacia el sur buscando lugares de clima
agradable. Han desparecido, en cambio, o reducido sensiblemente, los migrantes del propio
país, por tratarse de países ya altamente urbanizados, en los que, en todo caso, se
producen fenómenos limitados de exurbanización; y han desaparecido asimismo los
trabajadores europeos de países mediterráneos que tradicionalmente acudían a trabajar
en otros países más desarrollados.
Se trata, en conjunto, de extranjeros de países ricos y de alta calificación que
pertenecen a las clases medias, tienen cultura europea y son blancos, por lo que pueden
hacerse "invisibles" -en países del mismo ámbito cultural-; o no se les ve ya
como conflictivos, en el caso de países que han ingresado desde los 80 en la Unión
Europea.
En segundo lugar, los inmigrantes de origen extranjero. Con el relanzamiento económico de
los años 1980 los flujos migratorios se diversificaron: en los países más ricos la mano
de obra tradicional de los países europeos mediterráneos fue siendo crecientemente
sustituida por otros trabajadores (turcos, por ejemplo, en Alemania), a los que con la
caída del muro de Berlín y el fin de la guerra fría se han unido los procedentes del
Este de Europa Al mismo tiempo se han intensificado los flujos desde el Magreb y Africa
Subsahariana hacia Europa y de países iberoamericanos hacia España.
Los países del sur de Europa, tradicionalmente emigratorios se han convertido en areas de
inmigración, situándose incluso en los primeros lugares, junto a Alemania. El cambio de
tendencia se ha producido desde 1972 en Italia, 1975 en Grecia y España y 1981 en
Portugal.
En el caso de España, las cifras globales de extranjeros han ido aumentando desde la
década de 1980. En el censo de 1981 los inscritos en el censo eran 234.000 extrajeros
(0,5 % sobre la población total). En 1991 eran ya 353.000 (0,9 % de la población total),
aunque en esa fecha pueden calcularse unos 130.000 más. En 1994 la cifra de oficialmente
inscritos era de 462.000, aunque la cifra real rebasaba ampliamente, sin duda, el medio
millón, lo que representaría el 1,5 de la población total española.
Es una cifra ya significativa pero todavía reducida en comparación con otros países
comunitarios, tanto en términos absolutos (Alemania en 1991, 6 millones de extrajeros;
Francia, 3,6; Gran Bretaña, 1,8 millones; o Suiza, 1,2), como en términos relativos
(Luxemburgo 28,4 %; Suiza 17,1; Bélgica 9,2; Austria 6,6; Alemania 6,3; Suecia 5,7;
Holanda 4,8).
Se trata, en buena parte, de una inmigración menos cualificada, en la que hay altas
cifras de eventuales y parados, analfabeta o sin estudios, peones y trabajadores no
especializados. Abocados por ello a emplearse en sectores de actividad intensivos en mano
de obra, y con pocas exigencias en cuanto a cualificación.
Las medidas de control respecto a la entrada de esa población se han ido multiplicando,
incrementando el control de las fronteras, incluso en relación con los refugiados
políticos, a los que los países europeos han dado tradicionalemente acogida. Ha
aumentado la lucha contra la inmigración ilegal, y se han establecido cuotas de entrada.
La homogeneización de la legislación ha afectado también a España, donde en 1985 se
realizó una primera regularización de inmigrantes, en 1986 se promulgó la Ley de
Extranjería y en los años 90 han ido estableciéndose otras medidas de política
inmigratoria con exigencia de visados a diversos países (Marruecos, Argelia, Túnez,
Perú, República Dominicana y otros), regularización de trabajadores ilegales y de sus
familias, reforzamiento de la frontera sur (con Marruecos), establecimiento de
contingentes anuales de trabajadores extranjeros: 20.600 en 1993 y 1994 y un "Plan
para la integración social de los inmigrantes" en diciembre de 1994.
La paradoja es que, por un lado esos trabajadores extranjeros se siguen
necesitando: pero, por otro, surgen sentimientos de xenofobia y de temor ante ellos.
Se
siguen necesitando. Porque los países europeos han visto descender la natalidad hasta
extremos que no aseguran el mantenimiento de su población.
En efecto, durante las últimas décadas se han ido produciendo en los países
industrializados importantes transformaciones demográficas. Existe hoy un fuerte
crecimiento de la población en los países menos desarrollados (debido a reducción de la
mortalidad y mantenimiento natalidad), unido a un estancamiento o disminución de la
población en los países industrializados. En ellos se produce lo que se ha denominado
una Segunda Revolución Demográfica o post-transición. Algunos autores han considerado
que se trata de una nueva fase en la historia de la demografía, que se inicia en los
países desarrollados hacia mediados de la década de 1960 con la disminución de la
fertilidad a un nivel inferior al de reemplazamiento (inferior a 2,1 hijos por mujer), y
que se relaciona con la difusión de nuevos "estilos de vida", y en concreto de
normas y actitudes que dan prioridad a la realización de los deseos individuales, a la
consecución de la propia felicidad y libertad individual, y que, a su vez, se relacionan
con la difusión de nuevas formas de vida familiar, el coste elevado de la formación de
los hijos y otros hechos.
Como consecuencia, la población de los países desarrollados se caracteriza hoy por: una
fuerte disminución de la fertilidad, un aumento de la esperanza de vida, una tendencia
hacia la disminución o estancamiento de la población total, y un fuerte envejecimiento
como resultado de la caída de las tasas de natalidad. Los problemas son ya graves en
algunos países europeos, como Alemania, y empiezan a serlo en España, con tasas de
natalidad de las más bajas del mundo hoy (9 por mil), lo que ha dado lugar a
controversias y alarmas. Pero que, en todo caso, convierte a la inmigración exterior en
una corriente indispensable para la misma conservación europea.
Al mismo tiempo se necesita mano de obra para determinados empleos poco apetecidos por los
nativos, pero que por los bajos salarios que se les pagan y la flexibilidad y
desregulacion siguen siendo indispensables para el funcionamiento de la economía en el
campo de la industria informal o de los servicios de poca cualificación.
En general se valora la "flexibilidad" que los inmigrantes introducen en la
economía. La situación precaria de estos inmigrantes desde el punto de vista legal
supone que tendrán una gran disponibilidad, es decir, que estarán dispuestos a aceptar
salarios bajos (en la industrial informal, en la construcción, en los servicios
(limpieza, hostelería, restauración, servicio domésticos o en la agricultura, lo que
implica un mecanismo que evita la presión obrera hacia la elevación de los salarios. Los
testimonios son concluyentes y muestran siempre que los inmigrantes proporcionan agilidad
a la economía, debido a su mayor disponiblidad para cambiar de ocupación, o de
localización. O para prescindir de ellos si resulta necesario. Que es precisamente lo que
ha ocurrido con los inmigrantes: se han convertido en parados, a veces indmemnizados y
otras no, ya que con frecuencia los contratos que reciben los dejan al margen de los
sistemas de protección estatal.
En definitiva, la población nativa, con altos niveles de protección, rechaza los puestos
de trabajo existentes porque son poco valorados o suponen necesidad de traslados, y los
inmigrantes se muestran dispuestos a aceptarlos. El resultado es que en todos los países
de la Unión Europea pueden coexistir inmigración y desempleo, según reconocen los
mismos organismos gubernamentales.
Inmigrantes en paro y políticas de protección
Las cifras de paro en los diferentes países europeos ascendieron fuertemente durante
la crisis de los años 70, con los procesos de reestructuración de la economía y de la
industria europea; y volvieron a aumentar otra vez con la nueva crisis económica
posterior a 1992. Esos incrementos han generado importantes problemas de exclusión social
y espacial, que afectan de forma importante a los inmigrantes.
Dado que la inmigración se acumula predominantemente en las ciudades, es en ellas donde
esos problemas se plantean (lo que no significa que estén ausentes en las áreas rurales,
y especialmente en los pequeños núcleos de población donde el conflicto social
interétnico puede ser mayor).
Los problemas afectan tanto a inmigrantes de antiguo desplazamiento como a los más
recientes.
Los inmigrantes más antiguos, instalados desde hace años en las ciudades y que conocen
el idioma del país se ven muy afectados. Tienen familias, y la pérdida del empleo puede
suponer un grave problema para ellos. Su situación dependerá de los sistemas de
seguridad y de protección de los diferentes países, y de los cambios en dichas
políticas.
Los inmigrantes más recientes de países extraeuropeos -en especial, los más distintos
racial y culturalmente, que tienen también mayores problemas lingüísticos y culturales
para la integración- deberían ser, en principio, los más afectados por el desempleo y
la marginalización. Lo que no es seguro que suceda así, ya que tienen menores exigencias
y están dispuestos a aceptar salarios inferiores.
De manera general, hay que decir que las diferencias son importantes entre los diversos
países y ciudades, y se ven afectadas por: la organización del mercado de trabajo y la
existencia o no de sectores informales, las distribución sectorial del empleo, la
legislación laboral sobre acceso al trabajo, contratos y salarios, así como las
políticas de protección.
Las oportunidades de empleo de los inmigrantes, su estatuto de empleados o desempleados y
su situación social (marginación o integración) se ven fuertemente afectados por ellas.
Los migrantes se ven especialmente afectados por la crisis del Estado del Bienestar, que
tiene características diferenciales de unos países a otros, pero que en general
repercute más en los más débiles.
La crisis del Estado del Bienestar y sus efectos sobre la inmigración
Como es sabido, los problemas financieros de los gobiernos han puesto en
cuestión en las últimas dos décadas el llamado Estado del Bienestar es decir las
reformas sociales con las que, tras la crisis económica de 1930 y la Segunda Guerra
mundial, se intentó garantizar la paz social reduciendo las contradiciones sociales y
económicas para dar estabilidad social.
El aumento de los gastos gubernamentales, la disminución de la población activa y de las
cotizaciones, el incremento de las prestaciones sociales (sanidad, educación, seguro de
desempleo...) se ha producido en un momento en que las clases más desfavorecidas, que
están bien informadas sobre los niveles de consumo de la población rica (a través de la
radio y la televisión), exigen acceder a esos niveles de consumo.
En todos los países desarrollados la población tiene hoy amplias y desmesuradas
espectativas de consumo, superior a sus posibilidades. Eso supone una fuerte presión
sobre unos gobiernos cuya legitimidad se afirma, en cierta manera, asegurando el acceso al
consumo de bienes, públicos y privados.
Todo lo cual introduce motivos de frustración social, especialmente cuando se paralizan
los procesos de ascenso social y la población siente que disminuyen sus expectativas. Lo
que, a su vez, puede generar conflictos, que no han dejado de presentarse en las mismas
metrópolis más dinámicas de los países desarrollados (como por ejemplo, en Los
Angeles).
Los inmigrantes, y dentro de ellos las minorías étnicas, son grupos especialmente
afectados por todos esos procesos.
Pero las diferencias son, otra vez, importantes entre los diferentes países. En aquellos
en que existe una economía fuerte y bien organizada, con escaso desarrollo de la economia
informal y altos niveles de protección, el acceso al trabajo puede ser más difícil para
el inmigrante irregular, pero en cambio éste puede tener más facilidades para recibir
las prestaciones sociales en caso de paro, siempre que estén en situación legal regular.
Por el contrario, en los países con amplio desarrollo de las actividades informales (caso
de Italia o España) la entrada al trabajo puede ser más fácil pero la protección más
reducida. Naturalmente, la adopción de políticas estrictamente neoliberales con
gobiernos conservadores (Thatcher, Chirac, Aznar) puede transferir un país de un grupo al
otro.
Algunos autores que estudian los problemas planteados por la inmigración en las ciudades
europeas han puesto énfasis en la importancia de las instituciones y de los mecanismos de
protección. Las diferencias en este sentido entre los distintos países europeos, y a lo
largo del tiempo tienen papel decisivo, creen algunos en las diferentes configuraciones
concretas que adopta la sociedad postindustrial en los distintos países europeos.
Se van produciendo así sociedades urbanas que se califican como crecientemente
segregadas, duales, o fragmentadas. Aunque la segregación social es un fenómeno muy
antiguo en la ciudad, y creció en la ciudad industrial del siglo XIX, se ha mantenido en
el siglo XX, a veces sutilmente, a pesar del Estado del Bienestar mediante fenómenos de
exclusión y se ha reforzado con la crisis de éste.
Segregación y localización
Existen, sin duda, diferentes formas de segregación, que han sido estudiadas por
sociólogos y geógrafos. Los llamados geógrafos humanistas han estudiado con especial
atención algunas de ellas: según la situación en el ciclo vital (jóvenes, viejos), los
niveles socioculturales, las diferencias étnicas, las diferencias religiosas, e incluso
los estilos de vida. Pero parece indudable que el mecanismo fundamental de la segregación
es el de las diferencias de renta. Cuando los grupos de viejos, desempleados, inmigrantes,
pobres tienen localizaciones segregadas eso se debe en buena parte a las rentas limitadas
que les impiden elegir otras localizaciones.
En la Europa actual, en general, no hay actitud de rechazo frente a los inmigrantes de los
países ricos, que son normalmente aceptados, aunque en algunos casos vivan en auténticos
ghetos (como los ingleses, norteamericanos o alemanes en numerosas ciudades)
Diferente es la situación de los inmigrantes pobres que viven en viviendas deterioradas o
de bajo coste y que tienen dificultades de integración en la sociedad dominante. Estos
inmigrantes, desempleados o con trabajo irregular, se localizan en las áreas centrales y
también en barrios periféricos. Por ejemplo, en polígonos de vivienda pública
construídos en los años 1960 y habitados ahora por jubilados envejecidos y por
desempleados. A estos grupos pertenecen también con frecuencia los inmigrantes recientes
de origen extraeuropeo, que comparten con los nativos la primera localización (en áreas
centrales físicamente deterioradas) y llenan, además, las viviendas marginales más
periféricas de bajo coste.
En la situación actual los inmigrantes urbanos van a tener que enfrentarse con
dificultades crecientes. Aunque es cierto que en algunos casos los inmigrantes pueden
tener ventajas comparativas sobre los nativos en el acceso a trabajos poco cualificados y
poco estimados, eso nunca les dará salarios elevados. Por ello tendrán dificultades para
alojarse, y se verán obligados a alojarse en barrios viejos o barracas. Es decir, no
gozarán de esa "justicia ambiental" que hoy se considera indispensable para una
vida digna.
Los inmigrantes se están viendo, y se verán crecientemente afectados en el
futuro, por los procesos de renovación urbana. Esos procesos significan a veces la
exclusión de la población a través de la redefinición de usos del suelo, y fuerzan a
los inmigrantes a salir de la ciudad, reemplazando las viviendas existentes por otras más
caras y menos accesibles. Es sin duda difícil distinguir entre motivos raciales y de
clase en dichas políticas, ya que los inmigrantes poco cualificados son también pobres.
Pero el examen de algunas políticas de renovación urbana en determinadas ciudades
europeas muestran que los procesos de modernización que se acometen a veces, como el
emprendido por Chirac en París, tratan de limpiar la ciudad de pobres, clase obrera y de
inmigrantes y reemplazarlos por blancos ricos y conservadores.
La exclusión de los individuos del mercado laboral supone dificultades para acceder a los
servicios de bienestar social y a la vivienda, por lo que es preciso diseñar políticas
diferentes.
Especialmente importantes pueden ser los conflictos entre viejos y nuevos inmigrantes. En
primer lugar entre los viejos inmigrantes nacionales, ya integrados en la ciudad, pero
afectados por problemas de desempleo, y los nuevos inmigrantes, nacionales o extranjeros.
Pero además, entre inmigrantes extranjeros antiguos y recientes, y entre inmigrantes
extranjeros pertenecientes a grupos raciales o culturales distintos. Los antiguos han
podido encontrar trabajos, y pueden ser solidarios con los connacionales recientes, pero
se encuentran en tensión respecto a los de otros países y culturas. Cabe prever así en
las ciudades españolas conflictos entre sudamericanos y magrebíes, entre éstos y los
inmigrantes del Africa subsahariana, o entre unos y otros e inmigrantes asiáticos. Cuales
sean las identidades y alianzas que se anuden será algo de gran importancia en el futuro
de las tensiones generadas por la inmigración a las grandes ciudades europeas.
CONCLUSIONES
La inmigración en las ciudades constituye algo estructural y permanente, no coyuntural,
como a veces se pretende. Las ventajas de la inmigración para las ciudades son muchas y
han sido repetidamente valoradas por los economistas: flexibilidad, disponibilidad, bajos
salarios.
El mantenimiento actual de la inmigración tiene que ver con los desequilibrios: internos
y de la economía mundial, con la acumulación de riquezas en algunas áreas, y
especialmente en las ciudades grandes, y el mantenimiento de estructuras atrasadas y
pobres en otras. Que existan "pueblos hambrientos y tierras despobladas"
próximas a ellos indica la trascendencia de esos desequilibrios demográficos.
En principio, la migración es un derecho humano básico, que ha sido reconocido por la
Declaración Universal de Derechos Humanos y por los Acuerdos de Helsinki. Además, la
movilidad de capital y trabajo que propugnan los defensores de las políticas económicas
ultraliberales debería conducir, consecuentemente, a la aceptación de la redistribución
de población, con migraciones masivas y libres hacia donde se necesita mano de obra. Pero
la realidad de las fronteras estatales y las obligaciones de los estados hacia sus propios
ciudadanos conducen a limitaciones efectivas de dichos derechos. Lo que no deja de
plantear graves dilemas morales que están siendo hoy objeto de creciente atención y que
inciden en los debates sobre las políticas migratorias, y en especial, sobre las que se
refieren a la legislación acerca de los refugiados y al derecho al establecimiento de
cupos y normas selectivas.
Es
evidente que el futuro es impredecible, y lo que ha sucedido en los últimos años nos lo
recuerda insistentemente. En lo que se refiere a Europa, las tendencias proteccionistas de
sus propios mercados, que aun mantienen los gobiernos de los distintos países europeos,
pueden poner en cuestión la misma U.E. También pueden modificarse las estrategias de
localización y de desagregación vertical y horizontal de las empresas multinacionales,
en relación con la evolución de las comunicaciones a distancia y, ligado a ello, de las
tendencias al teletrabajo y la deslocalización de los directivos, con los fenómenos de
doble o incluso triple residencia (ya hay directivos ingleses viviendo habitualmente en la
Costa del Sol española).
Dicho esto, parece claro que si todo sigue igual, las tendencias existentes se mantendrán
e intensificarán, especialmente si se llega a la unión monetaria y a las previsiones de
Maastricht.
Lo que hoy se prevé es la constitución de flujos multidireccionales, de unos países a
otros y que afectarán a segmentos diferentes de la población de los países europeos:
directivos y técnicos moviéndose con las inversiones de las compañías transnacionales
y buscando lugares con mejor calidad de vida; jubilados hacia el sol del sur; estudiantes
hacia las buenas universidades; y obreros en distintas direcciones.
Algunos autores consideran que en el futuro las tensiones interétnicas van a aumentar en
Europa, aproximando las ciudades de este continente a las de Estados Unidos, donde la
segregación de los inmigrantes ha sido tradicional y donde la exclusión se ha mantenido
o aumentado (negros, hispanos), dando lugar a una especie de "balcanización".
En ese sentido serán decisivas las políticas estatales y municipales respecto a la
integración de inmigrantes, desarrollo urbano, desarrollo económico, y gestión de los
conflictos.
La asimilación puede ser más o menos fácil. Las posibilidades de integración en la
sociedad de acogida dependen de varios factores.
En primer lugar de las duración temporal. En Estados Unidos, donde como sabemos, las
ciudades se convirtieron en el verdadero melting pot, la asimilación no se
completó hasta la tercera generación.
Pero el tiempo puede no bastar. La población negra lleva viviendo mucho tiempo en Estados
Unidos y está aún segregada. Lo que tiene que ver con el etnocentrismo de los blancos de
origen anglosajón. Pero lo mismo ocurre en ciudades asiáticas con las minorías chinas,
o en Alemania donde el ius sanguinis prevalece sobre el ius soli, y en donde
un 60 por ciento de la población extranjera vive en ese país durante más de 10 años y
donde cerca del 68 por ciento de un millón de niños y jóvenes habían nacido en
Alemania pero siguen siendo considerados extranjeros.
En segundo lugar del deseo de asimilarse. Hay grupos culturales que rehuyen dicha
asimilación. Lo que ocurre cuando se es minoritario en un lugar pero se tiene conciencia
de la superioridad. Por ejemplo, las minorías colonizadoras en ciudades de países
colonizados, o los ingleses y alemanes en diversas ciudades iberoamericanas. Lo mismo se
dice de los judíos, aunque la realidad de la población judía europea lo desmienta.
Puede haber tambien grupos de inmigrantes que no aceptan ciertas formas del grupo de
acogida. Por ejemplo, los inmigrantes musulmanes que practican la poligamia o que rechazan
ciertas formas culturales europeas (y que desean que se respeten ciertas peculiaridades de
su cultura o religión en la vida social, por ejemplo en la escuela pública). Algunos
valoran la conservación de su lengua, religión y costumbres propias. Y desean conservar
una parte de esa cultura propia, aceptando, sin embargo, las normas sociales generales de
la sociedad en que se integran.
La asimilación depende también, en tercer lugar, del volumen de la inmigración. En
general, cuanto más numerosa y diferenciada es la población del grupo inmigrante más
amenazado se sentirá el grupo de acogida y más difícil será la asimilación.
Una buena parte de las elaboraciones teóricas de la escuela de Chicago están
directamente estimuladas por esta preocupación respecto a las tasas apropiadas de
inmigración -o tasa de movilidad, como la llamó Burgess- que permita la integración de
los llegados. Aunque eso se hiciera desde perspectivas nacionalistas y con un lenguaje
biologicista que trataba de presentar los problemas y soluciones como inscritos en el
orden de la naturaleza.
Y finalmente, la asimilación depende asimismo de la actitud del grupo receptor. Desde la
perspectiva de los individuos del grupo de acogida (los barceloneses, por ejemplo) la
reacción de rechazo puede producirse: por sentirse amenazado en su trabajo, por temer
ciertas consecuencias de la inmigración, tales como el encarecimiento de la vivienda o
los alimentos; por la amenaza a su prestigio, a su poder, a su riqueza, a las
oportunidades para él o para sus hijos; por el miedo a verse afectado en sus valores, en
su lengua o religión por una masa creciente de llegados que poseen valores distintos. Hoy
sabemos bien que "la competencia por los recursos, al activarse el prejuicio y la
discriminación, empieza a tomar un tono racista" y que "el conflicto económico
y social conduce al prejuicio y a la discriminación" y son medios eficaces para
generar o mantener el conflicto.
En caso de conflicto los que se vean más amenazados serán los que reacionen más contra
los recien llegados, en donde verán la fuente de su amenaza. Si la crisis económica
continuara y el trabajo disminuyera más aún en las ciudades europeas, patrones y
empresarios, rentistas, comerciantes o intelectuales con contratos estables (por ejemplo,
profesores de universidad) podrían, tal vez, mantener un benévolo sentimiento
antiracista y antisegregacionista, al mismo tiempo que los grupos populares que sintieran
la amenaza de sus empleos podrían convertirse en racistas y discriminadores.
Debemos acabar:......
Hay que prever que las migraciones seguirán incrementándose. Y debemos afirmar que desde
el punto de vista del equilibro mundial eso es conveniente. Europa pudo realizar la
revolución industrial exportando al mismo tiempo población, lo que alivió su presión
demográfica y disminuyó los conflictos sociales en el continente; y conocemos igualmente
que esa exportación tuvo consecuencias demográficas positivas para Europa, atenuando la
presión demográfica, haciendo a la población más "económica" y eficiente.
Deberíamos esperar que una situación semejante se diera en otros países, ayudando de
esta forma a realizar la modernización económica y social. Hoy sabemos que es
conveniente disminuir la presión en algunas áreas. Por ejemplo, en el cercano Magreb,
donde viven ya algo más de 50 millones de habitantes y vivirán unos 90 hacia dentro de
solamente unos 15 años. Las fuertes tasas de crecimiento de la población magrebina y la
imposibilidad de que la población activa sea absorbida localmente hacen inevitable la
emigración, la cual se dirigirá a Europa debido a las enormes diferencias de los niveles
salariales entre esos países y los europeos.
Ante esto y ante el aumento de la migración hacia nuestras ciudades (y hacia Barcelona)
tal vez deberíamos adoptar una actitud favorable hacia la multiculturalidad, hacia la
integración y la formación de una sociedad plural.
Hacia la integración, porque de otra manera se formarán ghetos de grupos sociales
marginales o excluidos y tendremos un potencial de fragmentación social y de conflicto.
Hacia la aceptación de una sociedad plural, porque enriquecerá culturalmente a nuestro
medio; por ejemplo, a la sociedad barcelonesa cada vez más envejecida, conservadora y
autocomplaciente. Pero una y otra cosa son difíciles, y muy grandes los retos que tenemos
ante nosotros.
Hacen falta, desde luego, normas sociales comunes, y aceptadas por todos. Y principios
éticos socialmente aceptados, preceptos morales laicos, consensuados socialmente, lo que
está lejos de la intención de los integrismos religiosos hoy dominantes (cristianos y
musulmanes). Asimismo, hay que superar las acciones de tipo caritativo y asistencial o de
simple control social para diseñar políticas más amplias y ambiciosas. Lo que significa
invertir en educación de los inmigrantes, no solo primaria sino con acceso a los niveles
superiores de la enseñanza. Y asegurar que no estarán en precariedad laboral, que
tendrán empleo estable, y no eventual y salarios semejantes a los de los nativos,
asegurar las prestaciones sociales básicas y los recursos públicos y privados
necesarios.
Aceptarlos en su cultura, y evitar el sentimiento de que son rechazados, excluidos,
marginados o subvalorados en sus costumbres y cultura. Asegurar el reagrupamiento familiar
de los casados y casadas así como de las madres con hijos (por ejemplo, las dominicanas o
filipinas, en nuestro caso). Asegurar el acceso a la vivienda, procurando que se
distribuyan por todo el tejido urbano.
Y asegurar que los inmigrantes aceptan el marco legal y constitucional del país de
acogida, que es -o debe ser, aunque algunos nativos no parezcan compartir ese punto de
vista- un marco con separación estricta de la iglesia y el Estado, y en donde las
creencias religiosas queden reservadas a la conciencia personal de cada cual. Lo que no
siempre es posible si los inmigrantes -al igual que algunos nativos- desean poner por
encima de todo sus creencias religiosas, como sucede en algunos integrismos y nos ha
recordado la disputa del chador.
Sin duda hay grandes dificultades, pero habrá que hacer algo en ese sentido. En caso
contrario los "escenarios" posibles son tres
1) Detener la inmigración extranjera, es decir, en
el caso de España, la inmigración procedente del sur, de Africa, y del oeste, de
Iberoamérica. Para ello hay que disponer de un ejército poderoso capaz de hacerlo, que
impida el paso de las pateras, y que probablemente necesitará de grandes cifras de
soldados, es decir, el servicio militar obligatorio. Seguramente de esa forma lograremos
detener a los inmigrantes, aunque el precio de ello será, probablemente, la decadencia
económica y demográfica.
2) Aceptarla y ghetizarla. La exclusión y la fragmentación social es otra de las
alternativas posibles. No se trata de nada nuevo, porque ya existía en el pasado: en la
ciudad preindustrial, con los parias, judíos, moriscos, marginados...; en la ciudad
industrial, donde la pobreza era muy grande y los proletarios segregados y excluidos. Pero
quizás si los fenómenos de polarización, marginación y exclusión aumentaran, en
relación con la evolución de la economía europea, eso conduiciría a la ghetización de
una parte importante de las ciudades. Y exigirá asegurar también el control de la
población excluida mediante la policía y el ejército para hacer frente al aumento de la
violencia.
3) Evitar la causa de la migración, es decir la pobreza de las areas de procedencia. O lo
que es lo mismo, contribuir al desarrollo de los países pobres, próximos (Marruecos,
Argelia) o lejanos (los de Asia o Iberoamérica). Lo cual no puede hacerse a través de
los paños calientes de las ONG, sino con un riguroso aumento de la presión fiscal que
disminuya nuestros elevados niveles de vida y dedique recursos cuantiosos al desarrollo de
otros países.
El futuro de la migración (y de las minorías étnicas) y el futuro de las
ciudades están estrechamente asociados. Los problemas de integración de migrantes y
minorías en Estados Unidos son hoy muy graves, y afectan al futuro de la misma nación y
de las ciudades. ¿Seguirá Europa y Sudamérica el camino de Estados Unidos?. ¿Se harán
los problemas sociales de nuestras ciudades ingobernables?.
Necesitamos saber más sobre los procesos de exclusión social y espacial en nuestras
ciudades. Y eso en el pasado y en la actualidad. El pasado puede mostrarnos situaciones
que ya se han dado, y permite relativizar la situación actual. El presente porque aquí
radica la clave del futuro. De que seamos capaces de hacerlo dependerá el futuro de
nuestras ciudades y la convivencia pacífica de la sociedad.