Denominamos
fronteras étnicas aquellas que durante la época colonial -siglos
XVI-XVIII- y gran parte de la independiente -siglo XIX- pusieron en contacto a diferentes
culturas en el espacio que con el tiempo, constituiría el territorio argentino.
Este contacto se dio a través de luchas entre las
culturas, movidas no solo por el interés de expandirse unas sobre las otras, sino por el
de conquistar, ocupar el territorio del "otro" y explotar sus riquezas. Se
trataba entonces, de una lucha tanto simbólica como material, en la que entraban en juego
elementos étnicos.
Es decir, determinadas
cosmogonías, sistemas de valores, una relativa unidad territorial, una tradición mítica
o histórica, que diferencia a un grupo de otros y lo constituye en una etnia.
Estos rasgos constitutivos no son absolutamente fijos, ya que como consecuencia del
crecimiento de su población, la etnia puede desplazarse en el espacio, separarse o
aumentar y también transformarse por contacto con otros grupos étnicos. Desde este punto
de vista la etnia es una realidad histórica en cuyo proceso está expuesta a múltiples
cambios, e incluso a su desaparición o etnocidio. (DI TELLA : 1989)
Al igual que la cultura, la etnia es una construcción
socio-histórica, que suele incluir determinados caracteres físicos y ser la expresión
de grupos minoritarios dentro de un contexto cultural mayor. Estos dos últimos elementos
podrían estar marcando el límite no siempre claro entre etnia y cultura. Por esta
razón, ambos términos se emplearán de manera indistinta, es decir, en el sentido de
referirnos a la forma integral de vida creada histórica y socialmente por una comunidad;
comprendiendo sus expresiones materiales, espirituales y estéticas.
De esta manera, la historia que estamos contando en estas
páginas, se inicia en el siglo XVI con el encuentro entre la etnia española y las
indígenas que habitaban el territorio argentino. A partir de entonces y hasta el siglo
XVIII, XIX, a medida que se iba conquistando y ocupando lo que hoy conocemos como el
espacio argentino, fueron delineándose espacios de fronteras que tenían
básicamente dos protagonistas : a los conquistadores españoles y a los
indígenas.
Los primeros, con su mentalidad
conquistadora o fundadora, consideraban a América como un continente vacío,
sin población y sin cultura. Donde todo se fundaría sobre la nada, sobre una naturaleza
desconocida, sobre una sociedad que se aniquilaba y sobre una cultura que se daba por
inexistente. Frente a esto la ciudad era para los españoles un reducto sobre la nada; un
lugar donde debían guardarse celosamente las formas de vida, la lengua y la religión de
su país de origen. Una idea sintetizó aquella mentalidad : "crear sobre la nada
una nueva Europa." (ROMERO : 1979)
Por su parte los indígenas no tenían la noción de continente como
los europeos, sino un sentido de pertenencia que no iba más allá de su comunidad
inmediata; en tanto que desde el punto de vista de la subsistencia y el desarrollo
tecnológico, algunos vivían como cazadores-recolectores (Guaycurúes, Patagones y Onas,
entre otros) y otros se habían transformado en agricultores (Guaraníes, Timbúes,
Comechingones). Esta amplísima variedad de situaciones trató de ser homogeneizada por el
dominio español, el cual, durante tres siglos de permanecía fue configurando una nueva
organización política, económica y socio-cultural sobre el mundo indígena.
Por ejemplo, los españoles pudieron someter rápidamente a los
indígenas del Noroeste - Atacamas, Humaguacas, Diaguitas y Calchaquíes - y del Litoral
-Guaraníes - porque vivían en asentamientos estables, ya que dependían para su
mantenimiento de la agricultura y el pastoreo, y estaban habituados a regímenes de
trabajo regulares. Por el contrario, los aborígenes de la Pampa - pampas -, la Patagonia
- onas y yámanas - y el Chaco - Guaycurúes - que obtenían su sustento de la caza y la
recolección de especies silvestres y cambiaban de residencia una vez agotados los
recursos del lugar, permanecieron fuera de la dominación española. Llamados por
los españoles, "indios bárbaros o salvajes" habitaban las fronteras.
En las zonas de fronteras se establecieron contactos de todo tipo entre
españoles e indígenas. La guerra fue la situación más frecuente entre los siglos XVII
y XVIII. Como las fronteras eran enormes, desconocidas y difíciles de defender, tanto en
el Chaco - fronterizo con las ciudades de Salta, Jujuy, Santa Fe- como en las planicies de
Buenos Aires, Córdoba y Mendoza, los españoles construyeron durante el siglo XVII
fuertes militares para defender, de las incursiones indígenas, los territorios por ellos
ocupados.
Una línea de fuertes se estableció en la frontera con
el Chaco y la Pampa en el siglo XVIII. Esta última línea comenzó a trasponerse tras las
primeras décadas de vida independiente y durante la "Conquista del Desierto" -
siglo XIX -cuando la inserción de la Argentina en la economía mundial hizo cada vez más
necesarias las tierras para el ganado vacuno y ovino, motivo por el cual se ocuparon los
territorios pampas. A fines de 1879 la "Conquista del desierto" había
terminado, y los indígenas estaban muertos o desplazados hacia la Patagonia o los Andes.
Catorce mil aborígenes de distintos grupos fueron capturados y trasladados como
sirvientes, o destinados a trabajos pesados como la pica de adoquines en la Isla Martín
García (adoquines para las calles de la ya creciente Buenos Aires); entre ellos, unos
ochocientos ranqueles, últimos representantes indígenas del sur de Córdoba.
Además de las relaciones bélicas, en las fronteras se establecieron vínculos
comerciales entre los indígenas y españoles, por medio de las cuales los primeros,
vieron quebrarse el principio de reciprocidad y redistribución propio de sus comunidades
- intercambios entre las tribus de acuerdo a lo que cada una necesitaba y producía -, para
comenzar a participar forzosamente de una economía de mercado monetizada.
La explotación económica trajo
consecuencias sobre la sociedad; entre ellas, los traslados masivos de población - por
ejemplo, aborígenes de la Puna llevados a Potosí para el trabajo en las minas -
rompieron los vínculos sociales tradicionales, fomentaron el desarraigo y el desgano
vital en los indígenas. Constituyéndose dichos aspectos en causa de la abrumadora caída
demográfica de la población autóctona.
También en las zonas fronterizas, el avance de los españoles estuvo
apoyado por la presencia religiosa. Durante los siglos XVII y XVIII, franciscanos y
jesuitas establecieron reducciones aborígenes en las fronteras : eran establecimientos
religiosos donde los indígenas vivían en forma permanente, trabajaban la tierra y eran
introducidos en la fe católica.
Así mismo, el traslado forzoso de esclavos africanos, destinados a complementar la
mano de obra indígena; y las migraciones de españoles (que venían a desempeñar
actividades burocráticas, mercantiles o religiosas) hicieron de la sociedad colonial una
sociedad mestiza. Producto no solo de las fusiones y mezclas de sangre americanas,
españolas y africanas que se darían a lo largo del tiempo, sino de costumbres, de
indumentaria, alimentación y modos de vida diferentes; así como de cosmovisiones
distintas, especialmente a través de la difusión del cristianismo.
Los casos mencionados hasta aquí son ejemplos de las
multifacéticas relaciones establecidas entre los indígenas y sus conquistadores;
pudiendo todas ellas ser consideradas relaciones fronterizas, en el sentido de que cada
contacto entre etnias - haya sido más o menos violento - implicó poner frente a frente
cada una de estas culturas y su inevitable interacción. Interacción que generó toda una
trama histórica que es necesario conocer y seguir profundizando.
Luego, en la etapa independiente, los espacios de
fronteras configurados durante el siglo XIX, implicaron la interacción entre la "gente
decente" - posteriormente conocida como la oligarquía - y los sectores
subalternos a ella, es decir, la chusma urbana, el gaucho en las áreas rurales
y los los inmigrantes europeos.
Mientras la "chusma urbana" -denominada así por
las elites dirigentes-, se hallaba integrada por pequeños comerciantes, artesanos,
changadores y jornaleros, y constituía un sector muy heterogéneo, tanto desde lo étnico
como desde lo cultural; el gaucho pareció configurar un tipo cultural más definido.
Derivado del término quechua huacho
que significa huérfano, hijo de nadie (GOMEZ- MARTINEZ : 1998); el gaucho surgió no
vinculado a nada, sin sentirse ni blanco ni indio, ni mulato ni nativo, con su vida
nómade se lo entendió como un orillero, como un vagabundo de las campañas argentinas.
Luego el unirse a los ejércitos de la independencia y sedentarizarse en las estancias -
por su habilidad en todas las artes campestres y su tipo de vida austero - hizo que
surgieran opiniones apreciativas que llegaron hasta idealizar su imagen. A pesar de ello,
el gaucho por medio de sus canciones y payadas, expresó su poesía contestataria, su
disconformidad y rebeldía ante la injusticia y las distintas formas de discriminación.
La "gente decente" - tal como se denominaban a
sí mismos los grupos de mayor poder económico y político de la Argentina del siglo XIX
- eran familias tradicionales que se complacían y jactaban de la llaneza de las formas de
vida y trato con las clases inferiores. Si bien no negaban las virtudes de aquellas las
consideran inferiores, no toleran la intromisión de tales subalternos en su elite;
pues desde su opinión, seguirán siendo "guasos del campo" o "gringuitos
entrometidos", carentes del derecho de alcanzar funciones públicas expectables.
La "gente decente"
entendía que solo los pertenecientes a esa "órbita superior" estaban
capacitados para el manejo de la cosa pública, de allí entonces su calificación de oligarquía.
También se consideraba la poseedora del verdadero patriotismo y custodia de la
democracia, que según esta concepción, la democracia no es el despotismo de las masas,
ni de las mayorías, sino el regimiento de la razón; por lo tanto, la soberanía del
pueblo reside en la razón del pueblo y solo es llamada a ejercerla la parte
sensata y racional del mismo. La parte ignorante queda bajo la tutela y salvaguardia de la
ley dictada por el "pueblo racional".
Desde esta visión elitista de la cultura y la política,
la oligarquía -como empezó a denominarse a fines del siglo XIX a
la gente decente - difundió visiones negativas sobre el "guaso del campo"
y el inmigrante europeo.
En cuanto al primero opinaban que (...) "en
tanto es un bárbaro que se abandona al goce de su vida vegetativa, es preciso educarlo
antes de que sueñe con la posibilidad de ejercitar derechos sobre el manejo de la
política nacional. Entretanto aprende, que siga las pautas señaladas por quienes están
"civilizados", ... aquellos que piensan y crean, pues ellos son los más
interesados en protegerlos." (PEREZ AMUCHASTEGUI : 1970)
Con respecto al inmigrante miembros de la
oligarquía afirmaban (...) "esa masa inmigrante, venida de estas tierras sin otro
interés que el de buscar riquezas; carecen de todo interés por la nacionalidad (...) el
cosmopolitismo, que tan grandes proporciones va tomando entre nosotros, hasta el punto de
que ya no sabemos lo que somos, si franceses o españoles o italianos o ingleses, nos trae
junto con el engrandecimiento material, el indiferentismo político
(...) tienen mucho que aprender en esta tierra antes de
pretender manejar los intereses del Estado; enriquézcanse si quieren y si pueden, pero
eso no es causa suficiente para meter mano en lo que no saben". (PEREZ
AMUCHASTEGUI : 1970)
A fines del siglo XIX se advirtió con horror la falta de
ideales nacionales frente a la heterogénea masa de inmigrantes - que componían casi el
50% de la población argentina - y a las variadas formas de expresión cultural; entre
ellas, la indígena, la gauchesca y la de los sectores populares urbanos. Ante esto la
oligarquía paternalista eligió, entre otras medidas, el postular desde la escuela y la
tribuna política, canonizaciones laicas de los próceres; procurando con ello fundar la
imprescindible cohesión nacional por vía de un relato "oficial" de la historia
que abandonaba a las demás etnias.
De esta manera se produjo un
fuerte proceso de aculturación, que sustituyó una serie de
características culturales por otras (STILL : 1979). Un proceso que excluyó de los
relatos oficiales sobre "la argentinidad" transmitidos por la escuela, al
indígena, al gaucho -con sus picardías y anécdotas de pulperías- a los héroes
cotidianos, a los gringos y a los pioneros de los primeros sindicatos, entre otros,
presentes sólo en la memoria colectiva. (DUSSEL y FINOCCHIO : 1997). Memoria que
necesitamos recuperar en plural desde nuestro presente.