A lo largo de seis años, un menor
acumula unas 85.400 escenas violentas de TV como para inspirarse, y cada día pasa cinco
horas manejando sus emociones a control remoto. Por suerte, un cartel en la pantalla lo
protege a partir de las 22 de fútbol y películas sin restricciones, pero a la hora de la
leche hay incestos de telenovela y el payaso es Mauro Viale.
El año último, en un jardín de infantes, dos nenas y un nene
se paseaban en los recreos y en el aula muy enroscados del brazo, hablando bajito y
muertos de risa. El trío fue interrumpido por el desconcierto de la maestra, que hizo la
pregunta de rigor: -¿En qué andan ustedes tres?
-Yo zoy como Juan y ellas son mis
novias... ¿voz no vez Naranja y media? -le preguntó el alumnito, soplándose los mocos.
La docente quedó helada.
Los padres no
supieron qué decir. Sólo entonces se enteraron de que sus chicos estaban atrapados en
esa telenovela, que batió ratings y provocó discusiones sobre la bigamia. El canal,
cartel mediante (Aquí comienza el horario de protección al menor. La permanencia de
los niños frente al televisor es responsabilidad de los señores padres), delegó a
los adultos la menuda tarea de explicarles a sus hijos la otra versión de la historia.
La
televisión se ha convertido en la musa inspiradora de muchas personas que encuentran en
la ficción el guión de sus propias vidas. Pero la realidad
demuestra que niños y adolescentes son los más propensos a construir su identidad según
patrones o modelos de vida brotados de la necesidad de vender mercancía barata pero
segura: sexo, escándalos y violencia.
Ante estos cuestionamientos, los teledifusores se encargaron de recordar
a los espectadores críticos que la misión de la televisión no es educar, sino
entretener. Ni buena ni mala, la tele sólo cumple funciones. Algunas tendrían atenuantes
si el horario de protección al menor en la Argentina se cumpliera. Hoy, la
responsabilidad de su control ha quedado librada a un tierno rebaño de corderitos o a una
voz virtual que, paradójicamente, recomienda a las criaturas que no vean nada después de
las 22, aunque pasada esa hora se encuentran muchos de los programas más inocentes: la
magia de la NBA, las buenas series nacionales, fútbol y películas para todo público,
como Liberen a Willie o Cuidado, bebe suelto.
Sexo,
erotismo y violencia en horarios permitidos. Siempre hay un margen para la hipocresía: a
las 22, llegan los dibujitos que invitan a los chicos a dormir 
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Al parecer, los canales abiertos suponen que el espectáculo más inocuo
para la teleplatea está durante el día, con el inefable Mauro Viale o el repertorio de
dramas domésticos ventilados sin pudor en los siete realitys shows que riegan la tarde. A la hora
de los deberes, la temperatura se eleva con las promocionadas escenas eróticas de la
chica Krum y una lady vernácula, también flechada por dos hermanos.
¿Más? En otro happening de enredos sentimentales, un chico de 14 años será padre y con su pareja (coetánea)
decidirán si no es mejor abortar.
El vuelo de los guionistas alcanza cielos insospechados, al ras del
horario protector. En Verano del 98 (Canal
11, todos los días, a las 21) hay una banda de púberes que habita en un bucólico pueblo
a orillas del río. Allí, un muchachito mantiene un fogoso idilio con la madre de su
amigo, una
mujer de 40 años. (¿Alguien recuerda el episodio de la maestra norteamericana que se
enamoró de su alumno de 13 años?) En el mismo show apto para todo público, una
jovencita dio a luz y el padre de la criatura es el padre de otro de los chicos de la
pandilla.
Publicidades engañosas,
nenas abandonadas vestidas por la boutique más cara de Buenos Aires, signos de homofobias
e intolerancias varias que subrepticiamente deslizan entrevistados ocasionales. Moralinas
aparte, ¿alguien está en condiciones de asegurar que antes de las 22 los menores están
protegidos, y de que después de las 22 comienza lo más fuerte de la televisión?
Una encuesta del Centro de
Estudios de la Opinión Publica (CEOP), indica que el entretenimiento
principal del 77% de los argentinos es mirar televisión, y casi el 84% le destina a dicha
actividad más de dos horas diarias. De los 2.926.089 niños de entre 5 y 14 años
residentes en Capital Federal y Gran Buenos Aires, un 40% mira de 3 a 5 horas por día.
Un estudio similar elaborado con cien preescolares permitió comprobar
que el 48% mira -solo o con los padres- ciclos para adultos; el 19%, ciclos para
adolescentes, y sólo el resto mira nada más que dibujitos. Varios chiquitos dijeron ver
a Mariano sólo para poder estar con sus padres un ratito más, aunque sea, compartiendo a
Grondona.
Acerca del impacto de la violencia televisiva en el universo
infantil, las universidades de Quilmes, Buenos Aires y Belgrano, en un trabajo conjunto,
descubrieron que en 242 horas de programación se reconocieron 4703 escenas de violencia.
Según esta estadística, cada tres minutos se producen imágenes de agresión que se
duplican los fines de semana y en períodos de vacaciones. Los autores concluyen que, a lo
largo de seis años, un menor acumula en su memoria un total de 85.410 escenas violentas.
La
generación del Tamagotchi ha transformado su dormitorio en un búnker, donde se suceden
simultáneamente sesenta canales de televisión, equipo de música, videojuegos e
Internet. A puertas cerradas, los chicos manejan a control remoto sus emociones y es allí
cuando la autoridad de los padres se vuelve pueril. Pero después de una larga jornada,
nadie tiene ánimos de convertir la casa en un campo de batalla por culpa de un
electrodoméstico.
Nadie quiere otro poder de policía censurando las ideas, por
más bodrios que éstas sean. Pero mientras padres y responsables de los canales delegan
responsabilidades, la legislación vigente es burlada sistemáticamente sin que la
autoridad de aplicación tome cartas en el asunto.
La ley nacional de radiodifusión 22.285, elaborada y promulgada según
las voluntades de la Junta Militar, ya no se ajusta a las necesidades tecnológicas y
comerciales de fin de siglo. Pese a las reglamentaciones y decretos dictados a partir de
la democracia, su esencia no fue modificada, ni el artículo 17 derogado. En él se
establece que, de 8 a 22, la televisión será apta para todo público y los ciclos para
menores, ajustados a los requerimientos de su formación. También prohíbe la presencia
de chicos en programas en vivo pasadas las 22. Este punto se
le pasó por alto a Marcelo Tinelli, que durante todo el año último llevó chicos al
estudio desde el que emitía VideoMatch.
El Comité Federal de Radiodifusión (Comfer) asegura haber labrado
durante 1997 unas 570 actas por infracciones a dicho artículo. Inútiles fueron las
gestiones de La Nacion para obtener un detalle de sanciones y valor de las multas. Los
directivos del organismo se negaron a proporcionar información, apelando a la
confidencialidad que merecen las empresas.
En los
últimos años, en la Comisión de Comunicaciones de la Cámara de Diputados se
presentaron más de diez proyectos tendientes a reformar la ley, pero la discusión sobre
transferencia de ondas, licencias, señales y teledistribución los hizo naufragar antes
de llegar al recinto. "El horario de protección al menor ha sido siempre un engaño,
una especie de mecanismo por el cual se ha querido salvar la conciencia de algunos, para
decir: bueno, después de tal hora puedo hacer más de lo que estaba haciendo antes",
sostiene Pedro Simoncini, presidente de TV Quality, de Educable y accionista de Telefé.
"En el origen de la televisión está su concepto masivo, y eso
alcanza al grupo familiar. Por eso estoy convencido de que debe ser apta para todo el
mundo. El horario de protección se ha prestado a infinitas
infracciones y maniobras, pero desde el punto de vista práctico no resuelve el problema. Hay
que ir directamente al fondo de la cuestión, al verdadero responsable: la fuente de
emisión. Pero la sociedad está en crisis y la radiodifusión, también. Las entidades
que agrupan a los
canales se han impuesto códigos de autorregulación. En la Asociación de
Telerradiodifusoras Argentinas (ATA) tenemos uno magnífico, lleno de maravillosas
declamaciones: en la práctica, no se cumplen."
Cuando la niñera mecánica
era una hoguera de vanidades y exabruptos, en agosto último la ATA tomó medidas que se
materializaron en unas placas preventivas, exhibidas sólo antes de la transmisión de
películas extranjeras. En sus postulados de buena voluntad, los directivos acordaron
omitir avances publicitarios que contuvieran promoción indiscriminada de "sexo,
desnudeces, muerte, acciones violentas, sangre, homosexualidad implícita, lenguaje
impropio y escenas que alienten el uso de drogas", literalmente y en ese orden.
Finalmente, prometieron ajustar los programas nacionales, supuestamente en similar
sentido.
"Con esto hacemos hincapié en el televidente responsable -explica
Martín Mazzini Ezcurra, director ejecutivo de la ATA-. La televisión abierta es gratuita
y quienes deciden qué se ve en casa son los padres. Nosotros pusimos nuestro granito de
arena en este debate. Pero alzar el dedo acusador sin tener en cuenta que también existen
los videogames, las películas que se alquilan a escondidas, las señales satelitales y
demás, es un error. Es inútil exigirle a la televisión que eduque, porque es una tarea
demasiado delicada como para dejarla en manos del radiodifusor. Sería como sacralizar el
medio."
El granito de arena voló con los vientos de la competencia. El rating
no permitió mantener tantas buenas intenciones y terminó por legitimar esa galería
interminable de personajes convencidos de que el mal gusto gusta y que a las sandeces nos
resignaremos todos, mejor temprano que tarde en el curso de la vida. Al vacío se sumó el
autismo del canal oficial, que -más allá de su abandonado slogan Bien de familia- ni
siquiera amagó con algún proyecto que supere el nivel de las Trillizas de Oro.
Esta indiferencia generalizada movilizó a las organizaciones educativas
no gubernamentales a reunirse en la Red Pro TV, fundada para reivindicar el Pacto de San
José de Costa Rica y los principios básicos de la Carta Internacional de la Televisión
para Niños, presentada en Melbourne durante 1995.
Entre las entidades agrupadas, TV Familia es literalmente la más joven,
pues está formada por socios de 9 a 15 años, y presidida por Agustina Marcenaro, una
activa funcionaria de apenas 13 años.
Los chicos del sombrero, como prefieren llamarse por la prenda que
eligieron para distinguirse, planean hacer campañas en colegios, recorren despachos de
diputados y funcionarios públicos buscando apoyo para su iniciativa, que intenta incluir
en la ley, entre otras cosas, una ampliación del horario de protección al menor.
"Los medios son necesarios para ayudarnos a crecer. Pero acá se
abusan de su capacidad, manipulan a la gente y olvidan que en el público hay chicos.
Pedimos esto porque nos quedamos mirando la tele hasta las once. Los padres trabajan hasta
muy tarde, llegan a casa cansados y permiten ver cualquier cosa para no pelear -explica,
con claridad de maestra-. Todos buscamos ejemplos, identificarnos con personajes, copiar
la ropa que usan, la manera de hablar y así formarse uno mismo. Yo
veo Verano del 98 porque me engancha, pero lo critico, sé que no refleja mi realidad.
Pero, por ejemplo, en mi escuela, una nena de segundo grado se tiñó el pelo como una
actriz de Chiquititas y otra le dijo a la madre que si le seguía gritando, se iba a vivir
al Rinconcito de Luz. No queremos prohibiciones, sólo extender el horario
de 7 a 23, que el Comfer cumpla con su parte y que los canales piensen un código de
ética serio, además de no pasar avances de pornografía y violencia. Ahora pedimos en el
Congreso una reunión bicameral. Esperamos que escuchen", dice, mientras su mamá la
mira sin decir una palabra.
Agustina
participó a mediados de marzo en la Cumbre Mundial del Niño y la Televisión, realizada
en Londres. Cambió experiencias e información, pronunció un discurso ante chicos de
todo el planeta y llegó a la conclusión de que si ellos no trabajan por sus intereses,
pocos adultos lo harán. Al menos, eso comprobó cuando se acercó por primera vez a los
medios locales. Los chicos del sombrero escribieron un obrita de teatro corta para
representar en los canales. La idea era ilustrar cómo impacta una imagen en sus
emociones.
"Fuimos a Memoria, a América y a lo de Raúl Portal, y en todas
partes nos dijeron que ya salíamos al aire. Pasaba el tiempo, y nada. Esperamos,
insistimos, pero nunca nos dieron espacio."
En la película Stanno Tutti Bene, Marcello Mastroianni es el
abuelo que vigila a su nieto, un lactante obnubilado por la pantalla. De golpe se
interrumpe la transmisión y el crío estalla en lágrimas. El abuelo logra calmarlo
cuando lo sienta frente al ojo de un lavarropas en marcha.
Esta escena utilizan los psicoanalistas para explicar el efecto de
hipnosis que causa la televisión en la mente de niños y adultos, no necesariamente
teleadictos. En la BBC de Londres se creó una serie para bebes de diez meses, donde unos
ositos redondos que se deslizan suavemente los mantienen hechizados durante 30 minutos.
Según Ricardo Sahovaler, psicoanalista infantil y autor del libro
Psicoanálisis de la televisión, el efecto persiste aun después de apagar el aparato.
Pero el discurso fragmentado constituye el problema más significativo del horario de
protección. "La tele no da tiempo para pensar.
Aunque se digan cosas importantes o profundas, su mismo
ritmo hace que el contenido se pierda tras la publicidad que muestra una mujer semidesnuda
o las secuencias de Duro de matar, por ejemplo. El mensaje anterior se olvidó, pues no
hubo tiempo para reflexionar. Esa descontextualización en los avances es
más lesiva que una película entera de sexo o acción. La fragmentación del discurso se
registra como algo traumático: está mirando un dibujo animado, cortan y aparece una
imagen donde matan a quince tipos. En cambio, si pueden hilvanar una historia, entender su
desarrollo, engarzar con recuerdos o actos anteriores, entra dentro del referente
psíquico."
En su ensayo, el psicoanalista plantea la liviandad con que se abordan
temas ciertos, naturales, que tendrían provecho enfocados sin distorsiones. "Hay una
suerte de promoción banalizada de la realidad que responde a la premisa del sálvese
quien pueda y donde la tele actúa como la productora de cultura nacional. Aquí aparecen
fenómenos claramente menemistas. Tinelli hizo un programa que los chicos se mueren por
ver, ¿y qué les enseña? Que se puede insultar, usar malas palabras y burlarse del otro.
Una cosa es la broma y otra la burla, pero acá hay una especie de goce con el sufrimiento
del otro, eso muestra que la lógica es: hay un mundo de piolas y uno de tontos. Los
piolas son los que gozan al otro, no los más solidarios o inteligentes. Así
desaparecieron los héroes y surgió la figura del ídolo."
Semanas atrás, cuando los resultados pedagógicos en las escuelas
estatales no conformaron a la ministra de Educación y, en Jonesboro, Estados Unidos, dos menores disfrazados de Rambo acribillaron a balazos a
cinco compañeros, la televisión, otra vez, fue la madre de todos los desatinos sociales,
la gran culpable.
"Es inútil enfrentar a la televisión con la escuela,
esencialmente porque la escuela apunta a la razón, al pensamiento abstracto, y la imagen
a las emociones. A la televisión vamos sólo a pasar el rato, a no pensar, o sentirnos
acompañados: niños y jóvenes van a saber qué es la vida, a buscar modelos y entender
las ambivalencias del género humano", sostiene Tatiana Merlo Flores, que actualmente
investiga con Michael Morgan, de la Universidad de Massachusetts, el impacto de la
televisión en mil jóvenes norteamericanos y mil argentinos.
"En lugar de culpar debemos preguntarnos qué sucede con nuestros
chicos, por qué compran violencia. Acá no se puede analizar según causa-efecto,
violencia TV-niños agresivos. Los chicos con temperamento agresivo por problemas
afectivos, familiares o de relación, son quienes eligen lo violento. Hay una proyección,
seleccionan de alguna manera aquello que están necesitando y responde a su realidad
interna. Eso les da permiso, les enseña formas de manifestar la agresividad, es un medio
legítimo para lograr fines."
La tendencia de tratar a los niños como consumidores inquieta a
padres y educadores del planeta entero. En países desarrollados, los esfuerzos han dado
sus frutos.
Pero, por si la televisión privada no asumiera sus compromisos, en ese
mundo civilizado, el Estado incluye en sus políticas culturales a la gente de menos edad.
Los canales oficiales crean programas infantiles aplicados al nuevo concepto de show:
Edutainment, una equilibrada combinación de entretenimiento y educación (también hay
para adultos), que encuentra sus más logrados exponentes en la BBC de Londres, la NHK de
Japón, la RAI en Italia y cadenas oficiales de Canadá, Holanda, Brasil y Grecia, país
que está a punto de lanzar al espacio un satélite exclusivo para la transmisión de
señales infantiles.
En el reino del revés argentino, salvo
valiosas excepciones del cable, los canales gratuitos no disponen de espacios originales
para chicos. Es que la mayoría de las fórmulas fue pensada para exhibir
las gracias de la conductora de turno. Así, un universo de rubias bien alimentadas, de
anatomías esculpidas y voz de corneta, sin otro mérito que repartir premios, inundaron
la pantalla antes y después de que aterrizara Xuxa, el fenómeno brasileño, precursora
del minishort brillante y las botas hasta la rodilla. Felizmente, la especie está en
franca extinción en el mundo, aunque no aquí todavía. Hoy, el género tiene como
protagonistas a los niños, autores y realizadores de sus propias fantasías.
Beatriz Rebossio, en su libro Los niños y la televisión en el mundo,
describe ejemplos nada difíciles de imitar. Según la autora, en Nueva Zelanda, gente de
6 a 12 años produce Sendero salvaje, un ciclo sobre ecología. En Francia, una antigua y
famosa colección de libros llamada Biblioteca verde fue adaptada para la pantalla chica,
con el fin de provocar la búsqueda de respuestas en los libros.
En la BBC dramatizan cuentos clásicos en varios programas, como el
tradicional Jackanory, y pasan dibujos animados con música de la Filarmónica de Londres.
En Holanda, los pequeños arman un noticiero con reportajes conducidos por ellos. El
entrevistado, en vez de responder preguntas, es sometido a un bombardeo de adivinanzas del
que no siempre sale airoso. En otra cadena, la VPRO, se emite Villa Achterwerk, serie que
sale al aire todos los domingos, a las 9, cuando los padres todavía descansan, y ofrece
30 minutos de entretenimientos e información general.
Nico, Naranja y media y Figureti, tres para todo público. El
caso de la teletimba también es muy polémico. ¿Está bien incitar a los pequeños a que
apuesten por teléfono? |
Michael Lavoie, actual director de Programas para niños y
juventud de la Societé Radio Canada y productor del exitoso Plaza Sésamo, en un ensayo
sobre la televisión y los chicos del 2000, sostiene que la dicotomía
entretenimiento-educación persistirá, y que el TV-Chip para vedar imágenes violentas
(Clinton lo propuso luego del episodio de Arkansas) no aportará soluciones, mientras los
radiodifusores vendan basura. "Lamentablemente existe una tendencia mundial a
considerar la audiencia de menores como un mercado para ser explotado. Hay una explosión
de mensajes comerciales creados para inducirlos a consumir. Este concepto mercantilista ha
hecho que los adultos olviden su responsabilidad sobre los niños en la sociedad."
En su investigación, Tatiana Merlo Flores concluye que los menores
intuyen cuándo un programa es inconveniente para su edad. Los encuestados dijeron saber
que existe un horario y series que no deberían ver, aunque en este sentido
permanentemente burlan a sus padres. Como medida para solucionar esto, el 47% propone
respetar el horario de protección, mientras que el 37% cree que debería ver programas
con sus padres, y el 10% piensa que la solución está en no adelantar contenidos.
"Ellos piden límites tratando de superar esos límites. Los
necesitan para sentirse seguros, y la tele es una región donde se sienten indefensos en
relación con sus padres, porque no se los marcan. Esto se comprueba cuando pregunto a los
adultos y aseguran ver televisión con los hijos, prohibirles determinados productos o
explicarles cuál es el mensaje. Pero al hablar con los chicos, descubro que los padres
mienten."
Los adultos repetimos con frecuencia que
los niños son el futuro, la esperanza del mundo, los hombres del mañana, etcétera.
Basta echar un vistazo a la cartelera del día para preguntarnos si la frase no se ha
vuelto otro de nuestros tantos lugares comunes. |