LEYENDA DE EL DíCTAMO (Venezuela)

Hubo un tiempo en que reinaba entre los indios de los Andes una mujer por extremo hermosa, y que ejercía un poder inmenso sobre las tribus. Los mancebos más arrogantes y valerosos la cargaban en un palanquín de oro por los floridos campos y las márgenes de los ríos, al son de los instrumentos de música. Las doradas mazorcas de maíz y los lirios silvestres se inclinaban ante ella; y volaban gozosas las aves para endulzar sus oídos con la melodía de sus cantos.

Tan prendados estaban los indios de su reina, que miraban como calamidad pública el más leve quebranto de salud que la afligiese. No se consideraban felices sino bajo el suave influjo de sus gracias y la sabiduría de su gobierno; pero sucedió que un velo de tristeza empezó a cubrir el semblante de la hija del Sol, y poco a poco fue apoderándose de ella una enfermedad desconocida, que la consumía sin dolor. Las danzas y Música sólo le producían lágrimas. Sus salidas eran cada vez más raras y tristes, como un cortejo fúnebre.

La comarca entera se conmovió profundamente. Por todas partes se hacían demostraciones públicas para aplacar la cólera del Ches, entre ellas la extraña y patética danza de los flagelantes, especie de penitencia pública que consistía en una procesión de danzantes, en la que cada indio tocaba con una mano la tradicional maraca y con la otra se azotaba la espalda, todo en medio de una algarabía diabólica, en la que se mezclaban el ingrato sonido de aquel instrumento musical y las declamaciones de dolor y los gritos salvajes.

En la selva sagrada, en los adoratorios y en las riberas de las lagunas andinas los piaches hacían de continuo ceremonias singulares ante los ídolos de culto indígena; pero la reina continuaba enferma. Día por día se adelgazaban más sus formas bajo la vistosa manta de algodón, y perdían sus mejillas aquel color de nieve y rosa que les daba el aire puro de los Andes.

Mistajá era una graciosa doncella, favorita de la reina. Penas y alegría, todo era común entre ellas, de suerte que la joven india, en la enfermedad de su amiga y soberana, vivía con el corazón traspasado de dolor, velando día y noche al lado de regia e infortunada compañera.

Aquella noche Mistajá no pudo conciliar el sueño. Cuando llegó la hora de partir, la reina la armó con sus propias armas y le entregó, junto con su preciosa joya, un hermoso mechón de sus abundantes cabellos. La doncella lo miraba todo en silencio, sin poder articular palabra.

Dos horas de fatigosa marcha había desde la choza real hasta lo alto del Páramo de los Sacrificios. Mistajá caminaba aprisa, ora por el borde de algún barranco sombrío, ora subiendo por ásperas cuestas, sin volver jamás la espalda, dominada por el miedo y espantándose a cada momento con el ruido de sus propios pasos. No tenía más rumbo que el vago perfil que dibujaba el misterioso cerro sobre el cielo estrellado.

Cuando hubo llegado a la altura, una aparición bastante extraña la hizo detener de súbito. Quedó clavada en el suelo a la vista de unos fantasmas que blanqueaban entre las sombras. Instintivamente se dejó caer en tierra, sin atreverse siquiera a respirar: una larga fila de indios, cubiertos de pies a cabezas con mantas blancas, le cortaban el paso: estaban rígidos, como petrificados por el frío glacial de los páramos.

Largo rato permaneció Mistajá sobrecogida de terror, hasta que empezó a clarear el día. Entonces sus ojos fueron penetrando más en las tinieblas y la fantástica aparición tomó lentamente la forma de una hilera enorme de piedras blancas, clavas de punta sobre la altiplanicie que remataba el cerro sagrado. Recordó al instante el círculo de que le había hablado la reina y continuó su marcha hasta descubrir una entrada por la parte del Oriente.

Era aquel un campo cerrado, una plaza circular de bastante extensión, y simétricamente delineada. Mistajá buscó el centro y con el dardo más fuerte que halló en su aljaba, se puso a excavar la tierra húmeda por el rocío. Luego se irguió hacia el Oriente y lanzó con todas sus fuerzas tres gritos inmensos, que resonaron por los cerros vecinos. Con mano trémula enterró el águila de oro y esparció después por todo el círculo los cabellos de la reina, en momentos en que la aurora teñía de púrpura el lejano horizonte.

Como le estaba ordenado, quiso fijarse en el cielo, en el aire y en la tierra, pero un sueño profundo cerró sus párpados y se dejó caer rendida, como presa de un poderoso narcótico. Era el instante supremo de manifestarse el Ches sobre la empinada cumbre.

El paso de una cierva la despertó sobresaltada, a la hora en que los primeros rayos del sol jugueteaban con el bello plumaje de su coraza. Un olor fragante se difundía bajo sus pies; todo el círculo, antes yermo y triste, apareció ante sus ojos cubierto de una yerba fresca y lozana, que la cierva devoraba con especial delicia. Todo el espanto y sufrimientos de que había sido víctima se tornaron como por encanto en un gozo inmenso, en una alegría inefable.

Tomó algunos manojos de aquella prodigiosa yerba, descendió rápidamente del Páramo de los Sacrificios para presentarse a la soberana de los Andes, que recibió la aromática planta como una medicina del cielo, y volvió el color a sus mejillas, el brillo a sus ojos y la alegría a su corazón, y la vieron de nuevo todos sus súbditos salir por los floridos campos y las riberas del espumoso Chama, en hombro de gallardos donceles y al son de los instrumentos músicos.

Desde entonces existe en los páramos de los Andes el oloroso díctamo, nacido de los cabellos de la hija del Sol, o la yerba de cierva, que es su nombre indígena, en memoria de la cierva que primero comió de ella, a la hora que el sol bañaba con tinte de rosa los escarpados riscos; pero el precioso díctamo desaparecerá como por encanto el día en que alguien desentierre el águila de oro ofrendada al Ches allí, en la misteriosa cumbre...