Nota: De acuerdo a
las características de esta leyenda, no esta clasificada como metamorfosis de premio o de
castigo, depende del canto.
Si bien es considerado éste como pájaro de mal agüero cuando se escucha su canto
"pito güe", anunciando desgracia o muerte. En otras ocasiones emite un silbido
muy alegre que, según las creencias, anuncia en la casa donde canta que una mujer esta en
la dulce espera.
EL PITOGÜE
| Era una ruja vieja,
centenaria casi, que vivía inmovilizada por sus años y sus achaques en un rincón de un
rancho tan miserable y antiguo como ella, que atalayaba desde una loma interminable
malezal al que parecía cortar el monte cuyos extremos se perdían en el lejano horizonte
de la llanura. Era fea y bocona, vestía una especie de sayo de algodón amarillo por el uso y el humo y cubría su cabeza con un trapo negro, por cuya parte superior emergía como un penacho blanquisiento -y siempre empleando el término campesino- un mechón de sucio y canoso cabello lacio. En su juventud dice que tuvo familia pero en la época de nuestro relato vivía acompañada de dos muchachones, únicos descendientes y sobrevivientes de aquella y a la vez, encargados de su escaso cuidado por alimentación. |
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Todo su entretenimiento
consistía en una mugrienta y mal oliente pipa en la que fumaba constante y ávidamente y
que por quedarse sin tabaco unas veces o por quedarse dormida, la más se le apagaba a
menudo, hecho que daba origen a sus gritos destemplados de: "¡ché Fulano, ché pito
ogué!", "¡Che Sutano: ché pito ogué!" que por largo tiempo, a veces
hasta días enteros hasta que aparecían aquellos pequeños salvajes, estremecía el
rancho.
Pero sucedió una vez que, cansados los muchachos de sus gritos y la miseria, resolvieron
irse y dejar a la vieja abandonada a su suerte que no podía ser por descontado muy
envidiable. Y así lo hicieron después de cargarle bien y encender su pipa.
Fumó la infeliz con el placer habitual hasta quedarse dormida, como en otras coacciones
y, al despertar y encontrarse sola y con el pito apagado, comenzó a dar voces como era su
costumbre, gritos a los que nadie, lógicamente, oyó ni acudió.
Gritó mientras tuvo aliento pero al fin murió y su alma, como sucede con todos los
mortales, fue a arrojarse en cuerpo del feo "pitogué" o "venteveo"
como se denomina en castellano, que distingue entre todas demás aves por sus gritos
destemplados, los mismos seguramente que pronunciaron sus labios hasta el postrer instante
de su mísera existencia por su plumaje amarillo y el copete negro por sobre el que
aparece una plumas blancas igualitas a las que, según la leyenda, sobresalía del sucio
pañolón que envolvía la cabeza de la vieja.
Lo que no dice la leyenda y yo tampoco he conseguido averiguarlo, es la razón por la que
el Pitogué es considerado en el campo, pájaro de mal agüero. En cambio, el hábito de
recoger lanas, trapos e hilos para su nido y su voracidad, le vienen de la manía que
tuviera aquella de hacer lo mismo y esta última condición, al hambre con que murió.
Del libro
"NDAYE..." Leyendas Correntinas
de José María Obregón
Leyenda