Fue el primero y marcó el camino
Desde
que aprendí a leer fui un gran seguidor de revistas de historietas: El Tony, Mustafá,
Pololo, El Gomón, Mandrake el Mago. También leía el diario Crítica en colores, que los
miércoles traía historietas cómicas como la de Julián de Monte Pío, un reo de Buenos
Aires que recibía de herencia un Indio. Pero un día apareció una revista distinta, con
forma apaisada, que traía textos humorísticos y un texto en serio de José Luis Salinas.
Marianito Juliá escribía frases. Abel Santa Cruz firmaba como Lépido Frías. Y un
cuarto de esa revista era la historieta del indio Patoruzú.
Sin duda Patoruzú revoluciono el mundo de las historietas en la Argentina, con una mezcla
de historietas graciosas, algunas en serio y con mucho texto. Fue el primero y marcó el
camino. Lo que atraía de él era la simpatía de un indio simple, valiente, con mucha
fuerza, caballeresco y gran defensor de las mujeres.
Representaba el espíritu argentino de la época, pero llevado a la exageración.
Por aquellos años la gente era más honrada, más educada. El mundo se dividía entre
buenos y malos. En el cine, el héroe era el muchacho bueno. En las historietas, sabíamos
que el bueno era Patoruzú, como también lo era Popeye, que por ese entonces se llamaba
Spaghetti. Patoruzú tenía un humor muy inocente, nada picaresco. En sus textos se
cuidaba mucho la moral y el lenguaje. Era ideal para los chicos y adolescentes. La gente
hasta llegó a incorporar frases de él en su vocabulario, como canejo o huija. A fin de
año aparecía lo que todos esperábamos: El Libro de Oro, tenía como 200 páginas. A los
10 u 11 años mi hobby era copiar las tapas y pintarlas con lápices de colores y
acuarelas. Después se las mostraba a mis amigos con orgullo.
Con los años, a fines de los 60, llegué a colaborar ahí, en El Libro de Oro que desde
chico había admirado tanto. Una de las cosas que hacia era un diario humorístico de
hechos históricos, como si se hubiera escrito el día que ocurrieron. Me acuerdo que una
vez Quinterno me pidió especialmente que escribiera una columna sobre cómo se había
modificado el idioma a través de los años. Cuando lo vio, me mando una nota de
felicitación. Era la primera vez en la vida que un director me felicitaba. Cuando lo
comenté con otros colaboradores, me miraron asombrados. Es que Quinterno tenía fama de
muy estricto.
Por Landrú
Fuente: Revista VIVA
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