Artículo publicado en la Revista EXACTAmente, Año 4, Nº 3, septiembre de 1997

IMAGEN HOUSSAY2.JPG (9382 bytes) 1947-1997

A 50 años del

premio Nobel de

Bernardo Houssay

por Carlos Borches y Alejandro Doria

 

Camino a Estocolmo, sobre un barco y rodeado sólo por el Atlántico, Houssay estaba lejos de su ámbito de aulas y laboratorios, de aquellos lugares cotidianos que lo vieron convertirse en farmacéutico a los 17 años y en doctor en medicina a los 24. Pero el viaje no era casual, sino consecuencia de muchos años de trabajo coherente: el Instituto Carolino Quirúrgico Médico de Estocolmo lo había galardonado -en forma conjunta con los esposos Gerty y Carl Cori- con el Premio Nobel de Medicina. Para esta distinción, el Instituto había tenido en cuenta los trabajos del científico argentino que determinaron el papel de la anterohipófisis como reguladora del metabolismo de los hidratos de carbono.

Houssay había iniciado esta línea de investigación cuando, siendo estudiante de medicina, realizaba las prácticas en el Hospital de Clínicas de la UBA. Cuentan sus biógrafos que el tratamiento de un paciente que presentaba un tumor en la hipófisis lo llevó a encarar estudios sistemáticos sobre el funcionamiento de esta glándula. Para esto, retomó las técnicas que unos años atrás se habían empleado para aislar la adrenalina producida por las glándulas suprarrenales, combinando acciones quirúrgicas (extirpación e injertos), biológicas (aplicación in vivo de extractos de glándulas) y acciones químicas para aislar componentes activos de los extractos glandulares.

 

INVESTIGAR EN LA PERIFERIA

En épocas donde no existía el correo electrónico, ni rápidos viajes al otro extremo del planeta, trabó relación mediante correspondencia con Hervey Cushing, considerado el padre de la cirugía cerebral. Desde los EE.UU., Cushing le envió varios trabajos científicos que dieron base a Houssay para iniciar sus estudios. El argentino experimentó con perros a los que les había extirpado la hipófisis y que, tras la operación, demostraron, primero, severos trastornos de crecimiento y, en segunda instancia, reacciones hipoglucémicas cuando se les aplicaban pequeñas cantidades de insulina -descubierta un año atrás, en 1922, y preparada en el laboratorio dirigido por Houssay.

Estos trabajos, realizados en un medio tan alejado de lo principales centros científicos del mundo, pero no por eso desatentos a las novedades revolucionarias que se estaban dando en el campo de la fisiología, permitieron al grupo de Houssay comprender el rol de la hipófisis en los procesos metabólicos de los carbohidratos y en la diabetes. De esta manera se cerraba el ciclo que había iniciado el fisiólogo francés Claude Bernard con los descubrimientos sobre la función glicógena del hígado, en 1848.

A partir de mediados del siglo pasado, la fisiología había comenzado un indiscutible proceso de transformación. Houssay se refería al respecto: "Esta ciencia había sufrido una gran crisis de crecimiento dando lugar a numerosas ramas, que luego se separaron de la fisiología, como lo son la bioquímica, biofísica, nutrición, patología y farmacología". Las ramas a las que hacía mención Houssay tenían espacio en el Instituto de Biología y Medicina Experimental (IBYME), por él fundado y mediante el cual generaba las condiciones necesarias para que jóvenes investigadores -como, por ejemplo, su brillante discípulo Luis Federico Leloir- pudieran trazar nuevos rumbos para la ciencia argentina.

 

UN NOBEL EN SOCIEDAD

Pero pese a contar con su propio instituto, Houssay mantuvo intactas sus raices en la Facultad de Medicina, donde no estaba exento de frecuentes cuestionamientos por parte de sus pares. La casa de estudios, de tradición conservadora, encontraba un factor desestabilizador en los proyectos de Houssay, que ponían en tela de juicio la actividad docente tal como se desarrollaba entonces. El nobel no admitía la docencia universitaria sin investigación científica, por lo cual impulsaba fervientemente el cargo full time para los profesores. Esto amenazaba el modelo imperante: dedicación parcial a la docencia -que permitía adquirir prestigio- y atención privada en rentables consultorios.

Aquellas eran épocas de dicotomías, en que medio país no toleraba a la otra mitad, y la ciencia no escapaba a la coyuntura. En 1946, con el advenimiento de Juan Domingo Perón, Houssay fue jubilado de su puesto de profesor y director del Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina y, alejado de la universidad, concentró toda su labor en el IBYME, desechando de esta manera los ofrecimientos recibidos de varios institutos científicos del extranjero. Este "exilio interno" tenía un porqué. Vinculado con los sectores más tradicionales de la Argentina, Houssay no había logrado asimilar el acceso al poder, de la mano de Hipólito Yrigoyen, de los sectores medios de la sociedad, y mucho menos la irrupción de la clase obrera, encolumnada detrás de Perón.

 

DE REGRESO

Con el golpe de estado de 1955 Houssay recuperó su lugar en la Facultad de Medicina. Uno de los grandes logros de la época fue la materialización de su reclamo, lanzado ya en el 30 desde la Asociación para el Progreso de las Ciencias: la creación de un Consejo Nacional de Ciencia y Técnica (Conicet). Su prestigio académico y sus relaciones con el poder permitieron que el entonces presidente de facto, el general Eugenio Aramburu, firmara un decreto creando el Consejo, organismo que con el correr de los años se convertiría en uno de los más importantes sitios de producción científica en el país.

El otro eje de la investigación estaba en la Universidad de Buenos Aires, que, en la década del 60, ya no era la misma institución en la cual se había formado Houssay. Ahora la UBA se había convertido en un ámbito bullicioso que, además de contar con una brillante producción de conocimientos, se encontraba inmersa en el debate político de la época, con la realidad nacional y mundial dentro de los claustros, y con participación, no sólo de un estudiantado efervescente, sino también de los trabajadores no-docentes y sus luchas gremiales. Esta ebullición, que amenazaba con cambios sociales, espantaba al prestigioso fisiólogo, que iba camino a cumplir 80 años y, pese a su edad, continuaba batallando por lo que creía justo. Hasta el final de sus días -falleció el 21 de septiembre del 71- no dejó de recorrer laboratorios, ni de recibir en su despacho a colegas y discípulos, fiel a las líneas que había escrito como un hito más en su camino: "Quiero dedicarme al desarrollo del país donde nací, me formé, tengo amigos, nacieron mis hijos, luché, aprendí y enseñé".

 

ASÍ PENSABA HOUSSAY

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