A modo de conclusión, quisiéramos destacar la influencia que tuvieron los acontecimientos políticos y sociales en el desarrollo de la actividad científica argentina, ya que afectaron a las ciencias tanto en sus posibilidades como en sus manifestaciones exteriores. Esta influencia se tradujo en períodos que hemos calificado de períodos introvertidos y extravertidos; períodos en los que el país parece, respectivamente, cerrarse en sí mismo y abrirse hacia el mundo, y a los que corresponden épocas de inactividad y actividad científicas.
Así, mientras a lo largo de casi todo el período colonial la Argentina, aislada del mundo, no cobija prácticamente actividad científica alguna, al finalizar el siglo XVII y en especial con el advenimiento de la Revolución, se inicia para la ciencia un primer movimiento ascendente. La Argentina abre por primera vez sus puertas al mundo y, traída por vientos europeos, penetra en el país una corriente científica. No es una corriente vigorosa, no obstante figuran en ella cabales hombres de ciencia como Bonpland y Mossotti, no obstante presidir en ella el espíritu de Rivadavia y de la Universidad de Buenos Aires, no obstante contar con el apoyo y la voluntad de cierto sector de la población que ansía incorporar a su seno los beneficios de "la iluminada Europa" y de "la ilustración", y los "progresos del conocimiento".
Las luchas políticas que sobrevienen demasiado pronto impiden que esta débil atmósfera se fije y arraigue, y la tiranía termina por cegar esta fugaz etapa científica. Poco a poco la actividad científica decrece y al promediar el primer tercio del siglo XIX la Argentina, desde este punto de vista, ha regresado a la colonia.
Con la caída de la tiranía cesa este período de inactividad, pues el impulso extraordinario que los hombres de la organización nacional imprimirán al país, significará también para la ciencia un nuevo movimiento de ascenso, esta vez con paso más seguro y firme. Nuevamente las miradas se dirigen hacia el exterior, que ya no es sólo Europa, en demanda de hombres de ciencia que acudan a fertilizar el suelo científico argentino. Y esta vez el injerto tuvo éxito, por cuanto en algunos sectores el espíritu científico arraigó firmemente y fructificó, si bien tal feliz resultado no se debió únicamente a la bondad de la planta y a la fertilidad del suelo, sino también a la existencia de favorables factores de ambiente, mesológicos. Se explica así cómo el más grande naturalista de la época: Ameghino, no es un producto directo de los naturalistas extranjeros contratados.
Las décadas que van del 60 al 90 representan un período de asombrosa actividad científica que culmina hacia el 72, y en el que surge la investigación científica orgánica y organizada; en él se fundan centros de estudios, se crean institutos de investigación, nacen publicaciones científicas, etcétera.
Mas, hacia el 90, se inicia otro período que, en cierto sentido, muestra signos de decadencia científica. Los factores económicos, pero también el espíritu de la época, desvían el impulso originario del período anterior y la actividad científica se dirige hacia otros rumbos: hacia las aplicaciones, hacia la técnica. El "progreso material" deslumbra y no deja ver sino la ciencia aplicada, el afán utilitario priva sobre el desinterés de la ciencia pura; los institutos científicos vegetan y durante unos lustros, a ese respecto, la Argentina vuelve a encerrarse en sí misma.
Hasta que, ya en este siglo, nuevos factores sociales y políticos contribuyen a que la ciencia recobre su ritmo ascendente; las instituciones y las publicaciones se multiplican, un activo incesante intercambio científico fluye entre Argentina y el mundo.
Y la Argentina ha de continuar sin duda con este ritmo, interviniendo con intensidad y eficacia crecientes en el desarrollo de esta admirable y algo desconcertante actividad que es la ciencia de hoy, que muestra hasta en sus crisis y en sus contradicciones aquella elevada dosis de humanidad que la asiste y que constituye su mejor aporte a la solidaridad y fraternidad humanas.