VIDA CAMPESTRE SEGÚN MOLINA CAMPOS

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Reseña biográfica
Florencio Molina Campos nació en Buenos Aires el 21 de Agosto de 1891, y murió el 16 de Noviembre de 1959 en su ciudad natal.
El 3 de octubre de 1891, el párroco de San Nicolás, Eduardo O´Gorman bautizó con el nombre de Florencio de los Angeles a quien hoy conocemos como Florencio Molina Campos. Era hijo de Florencio Molina Salas y de Josefina del Corazón de Jesús Campos y Campos.
Durante su época de estudiante en los colegios La Salle, El Salvador y el Nacional Buenos Aires pasaba sus vacaciones en la estancia paterna Los Angeles, del Tuyú, y más tarde, en La Matilde, de Chajarí, Entre Ríos, arrendada por la familia.
Desde muy chico dibujó paisajes, escenas y personajes camperos que había observado y registrado durante esas vacaciones de su infancia.

 

En 1926, a los 35 años, a instancias de un amigo, inauguró su primera exposición en el Galpón Central de la Sociedad Rural. El Presidente Alvear visitó la muestra y adquirió dos de sus obras. Al año siguiente expuso en la vieja rambla de Mar del Plata. Desde 1931 a 1944 pintó los almanaques para la firma Alpargatas que conforman lo más difundido e importante de su obra.
Admirador del Molina Campos, Walt Disney lo contrató como asesor para varias de sus películas, pero el resultado de esta asociación no satisfizo a nuestro artista, porque veía desvirtuada la imagen del hombre de campo argentino.

Son memorables sus ilustraciones para el Fausto de Estanislao del Campo, editadas por Kraft.
En los Estados Unidos, donde residió varios años se hicieron famosos los almanaques que pintó desde 1944 hasta 1958 para una empresa productora de máquinas agrícolas.
En 1969 se constituye la Fundación Molina Campos y en 1979 la señora María Elvira Aguirre de Molina Campos inaugura, en la ciudad de Moreno, un museo dedicado a su memoria.

 

Su obra
Molina Campos trabajaba preferentemente de noche y pintaba varias obras al mismo tiempo casi siempre en papel Canson Mongolfier de color, cuando no empleaba, para trabajos menores, cartón de cajas de ravioles. Los almanaques fueron pintados al agua - gouaches, acuarelas o témperas – con alguna intervención de tintas y lápices. Sus intentos con óleo no fueron los más logrados. Solía calcar algunas figuras que luego tomaba, invertidas, como base para otros personajes.

Luego de trazar la línea del horizonte preparaba los cielos aunque no pocas veces ha dejado simplemente el color del papel sin agregado de nubes. Sólo después incluía los personajes, plantas y animales. La calidad de terminación demuestra una atención muy esmerada en algunas obras; hay láminas decididamente impecables, sumamente elaboradas, en tanto que en otras se advierte un acabado más rápido, menos trabajadas pictóricamente.

 

En algunas pinturas hay grupos numerosos de paisanos de pie, de frente, como si estuvieran posando para una fotografía. Resultan así figuras algo congeladas, en un quietismo artificial.
Por una natural y siempre confirmada sensibilidad compositiva, sus figuras, árboles, animales y construcciones ordenan impecables compensaciones de volúmenes que dan a sus trabajos una gran solidez estructural.
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En todos lo casos, fondo y figura – permanente sintaxis de su obra – juegan un contrapunto que exaltan el dibujo y el color con un acierto de innegable maestría. Con escasos recursos técnicos pero dominados acabadamente gracias a su tenacidad, Molina Campos alcanzó una capacidad expresiva que sólo un legítimo artista puede convertir en medios eficaces para configurar una gramática tan perfecta.

 

Autodidacta, sin una estrecha sino casual relación con los maestros de la época, con una postura tal vez excesivamente reverencial hacia la pintura, pudo armar, sin embargo, una originalísima forma de dicción apoyada en una excepcional capacidad comunicativa.

Esas extraordinarias pinturas que, tocadas por la magia de la gracia, enunciaban sin declamaciones la sobriedad y el esfuerzo, la rectitud y la alegría, acompañaron día a día, a lo largo de muchos años, la vida de millones de argentinos. Hoy forman parte del patrimonio artístico de la república.

 

Los paisanos

Florencio Molina Campos se nos presenta como alguien indemne al olvido. Ya hombre maduro, lejos en el tiempo de los campos donde transcurrió su infancia, las visiones de entonces re0nancieron en su pintura, nítidas, sorprendentemente vivas: los rasgos de los paisanos que vio, su apostura y sus gestos, la vestimenta, la humilde intimidad de los ranchos, el aire al mismo tiempo inocente y medio bárbaro, ingenuo y socarrón de esos peones, puesteros, domadores, reseros, jugadores de truco y comedores de asado, en medio de sus rudas tareas en la silenciosa llanura, apenas interrumpida por algún monte de talas o eucaliptus empequeñecidos por la lejanía.
También la absoluta presencia del cielo y la desmesura de tales campos sin agricultura que hace concentrarse al hombre en sí mismo e intensifica la presencia de las cosas, la silueta de un pájaro, un perro lejano o un cardo.

Cualquier cosa viva para compartir la soledad. Cuando los pintó, esos seres y esas cosas ya se habían transformado o desaparecido con las mudanzas del progreso. Gracias a su poder evocador llegaron a nosotros aquellas gentes del sur. Se apoyan en la puerta de un boliche de campaña, los pies chuecos y una boina o un sombrerito sobre los ojos, pialan un potro en un corral, pasan - llegados no se sabe de donde – con sus caballos y sus carros, reaparecen con sus grandes dentaduras, hambrientas o risueñas, y sus sacos que les quedan chicos, sus oscuras mujeres de torta frita y mate, suficientes cuando calzan zapatos, doñas de respeto, gordas y perezosas de lavar ropa o sentadas delante de un horno. Con humildad y devoción, casi con inocencia, Molina Campos dejó un testimonio de ese pasado con una gracia y una frescura que no pierde uno solo de sus brillos con el paso del tiempo.

 

Pero entre la realidad vivida y el recuerdo la distancia interpuso un extraño elemento: el humor. Todo está visto a través de un lente que acentúa y exagera los rasgos y las expresiones. Más allá del realismo de un rostro, percibe lo que en él es peculiar y lo destaca, lo que primero salta a la atención en el conjunto de sus rasgos. Molina Campos capta al vuelo ciertas fisonomías, que en la vida pasan confundidas con el ambiente, y de ellas hace nacer lo cómico. Esas dentaduras adquieren una presencia rotunda, esas mejillas brillan como cobre a la intemperie.

En los ojos chispea la ironía, el regocijo, la chanza, nunca la tristeza o la resignación, salvo en algunos gauchos viejos de antiguas barbas, que llegan muy lentos a caballo o están presentes casi sin estar, en alguna fiesta. Viejos bardos de chiripá, densos y solemnes, a menudo empuñan guitarras que sonaron bajo ombúes o carretas, guitarras que saben historias del fondo de la pampa, encarnaciones del recuerdo y el olvido, depositarios de una remota sabiduría. A ellos los han sucedidos esos otros personajes rubicundos calzados con alpargatas, todavía ávidos de vivir.

 

¿Qué es lo que ocurrió? Ahora todo está en movimiento. Los hombres y las mujeres que el niño vio no son maniquíes de museo. En la estancia pasaron sus vidas oscuras, sus rudas tareas como una fatalidad o un rito, un destino asumido sin contradicción. Ahora, algo en esos personajes ha variado, algo que entonces estaba oscuro en ellos ha salido a la luz para situarlos en un espacio particularmente risueño, en el cual la añoranza que los invoca deja de ser elegíaca o melancólica.

Se convierte en una vitalidad desbordante, en la alegre afirmación de una presencia de tono burlesco, que contrasta con el paisaje de la llanura hecho de soledad y silencio.
Lo cómico, que ahora aparece, es un elemento inesperado: transforma el testimonio y le da a tales escenas un matiz inédito, único. Su inextricable naturaleza siempre ha suscitado inquietud como un enigma sin respuesta.

 

Un paisano domando no puede causar risa, un potro estaqueado, que tironea rompiéndose la boca en el esfuerzo de liberarse, tampoco. Una paisana que sorbe un mate, el gaucho que la mira con cariño un poco más lejos, y la otra mujer de larga trenza que saca algo del horno de barro ante el cielo impasible de la pampa, ¿por qué harían reír a nadie? Son gestos humanos consagrados por el paso de los días y no de bromas de circo. Instantes de unas vidas a las que sólo algún perro o unas gallinas, aparte del caballo atado a un poste, hacen compañía en medio de un campo vacío.

¿O es que todos los gestos humanos y cualquier sentimiento pueden ser motivo de risa? Artistas y escritores, desde los tiempos más remotos, han tenido al intuición y la voluntad de señalarlo. Así han surgido estos géneros paralelos: la sátira y la caricatura. El hombre se burla de sí mismo y entre nosotros Molina Campos es el único representante, de inspiración popular y ligado a la tradición nativa.
En el fondo de la conciencia cultural del país está viva una imagen arquetípica del gaucho, que tantos pintores han forjado desde el principio de la nacionalidad. Lo hayan visto o no, todos lo han visto. Pero de pronto, con Molina Campos esa imagen adquiere una originalidad exclusiva.

 

Lo que sorprende y atrae a la vez es que el gaucho resulte hilarante, que sus actitudes y su ambiente provoquen risa. Además, curiosamente, lo cómico de sus paisanos y caballos establece con ellos una comunicación más honda y más fraternal. Una especie de solidaridad que no nos provocaban otras representaciones.

La esencia de la risa – se ha dicho - consistiría en un inconsciente sentimiento de superioridad de quien se ríe con relación a las personas que la provocan. El que motiva la risa ajena ignora que puede ser grotesco o ridículo. La inocencia, la ingenuidad de ciertos seres sólo pueden parecer jocosas a quienes los consideran desde el punto de vista de su orgullo o suficiencia.

 

Ahora bien, el sentido del humor con que Molina Campos nos presenta a sus personajes está lejos de la soberbia. Es la suya una visión muy particular. Nada hay en ella que los rebaje o los tome como motivo de encarnio.
Los paisanos de Molina Campos son asumidos con profunda simpatía y de algún modo los idealiza.

Así rescata una manera de vivir, conserva una tradición y un folklore que perduran en el espíritu de la gente de esta tierra. Más aún: el artista se identifica con ellos, es todos ellos, una personalidad múltiple y unitaria. Ambos se intercambian y se reflejan. Tal actitud crea un clima particular, único en la iconografía de lo gauchesco.

Sus imágenes establecen un lazo inmediato con el espectador. Poseen un poder expresivo que llega desde el fondo de una imaginería criolla ancestral. Y lo singular de esta visión es que realmente reconocemos en ellas el mundo del gaucho, aunque ya no es el gaucho legendario de Hernández sino la vida cotidiana de unos paisanos en un tiempo que también pasó. Gestos y expresiones tal como se las ha imaginado a través de la literatura y el arte. Realismo y observación en un clima de cordialidad risueña, que causa gracia y provoca una hilaridad afectuosa. Nada llega aquí a lo bufonesco. Sólo cierta ironía para mirar las cosas y que no deshumaniza a esos personajes. No son comparsas de teatro, tienen la misma autenticidad del paisaje que los rodea. Si la visión del artista, a través de una óptica personalísima les da un aire festivo, tal circunstancia los acerca más a nosotros. Es una risa saludable, como si entre ellos y el pintor se cambiaran chanzas mutuamente, como suelen hacerlo los hombres de campo, con la malicia socarrona que les es tan propia. El humor que los anima parece llegar de lo más hondo, emana de ellos como una especie de euforia, de contenida energía que se traduce en risa.

 

El paisaje

La obra de Molina Campos nace de una vivencia infantil. En el mágico círculo de su niñez vio semejantes gauchos, caballos que reían a carcajadas o cantaban en la noche, hombres adornados con estrellas de hierro en los talones y las piernas envueltas en rudos pañales, reuniones alrededor del fuego de unas gentes salidas del horizonte, sorbiendo un extraño brebaje, el mate, en un extraño recipiente con un tubo metálico.

No olvidó nunca el íntimo olor de un rancho con una litografía de Cristo y un espejito con marco de lata colgado en la pared, junto a una cola de caballo que sostenía un peine. Había también una cama de fierro con un poncho y un paquete de velas sobre un banco.

 

En medio del campo vio casa con un alero y frente a ellas un palenque con caballos: pulperías. Adentro todo esa sorprendente, un hombre enjaulado vociferaba detrás de unas rejas mientras llenaba vasos de aguardiente que repartía a quienes se le acercaban. A su espalda unos estantes medio vacíos contenían latas de yerba, botellas y unas piezas de género o algo así.

La concurrencia era un paisanaje de fiesta, entre las risotadas y las chanzas y el humo de los cigarros. Vio potros furiosos, celebraciones en pueblos incipientes, mujeres de larga trenza en las cocinas o lavando ropa al borde de un arroyo con gestos rituales, peones ensillando o pialando, perros flacos, lechuzones y horneros. Visiones indelebles, más intensas porque se proyectaban en una llanura inmensa que acababa en el fin del mundo.

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El artista quedó fijado a ese paraíso de la infancia. Muchos años después, sometido al horario de un mísero empleo en la ciudad, fiel a un dictado interior, comenzó a dibujar como obedeciendo al invencible deseo de revivir aquellas cosas. Como en sueños. Podemos conjeturar que el arte de Molina Campos es la nostalgia de un hombre fijado a su infancia. Pinta recuerdos.El tiempo de sus gauchos no tiene una cronología precisa como suele ocurrir con los sucesos de la memoria. Hay gauchos de chiripá y bota de potro junto a gauchos de bombachas y alpargatas. Los une el mimo cielo y la misma soledad de los lugares en que vivieron.

 

Son descendientes, sin duda, de los que poblaron el Martín Fierro y el Facundo. Hablan de Santos Vega y de Juan Cuello. Ya están en otro siglo, lejos de los malones o la indiada, aunque algunas veces también Molina Campos nos da alguna escena de tales episodios. Pero son notas esporádicas, diría literarias en relación con la verdad de lo cotidiano de la mayoría de sus cuadros, en una pampa de alambrados y tranqueras. Sus dichas son todavía sencillas, elementales, un ranchito en un puesto de estancia, una china y un caballo, unas partidas de brochas o truco y eso sí, la fiesta del Veinticinco. A pesar de la guitarra, el ladrido de los perros y el gallo, pertenecen al silencio. Todavía no hay antenas en sus ranchos, llegan al trotecito o pegan el grito a los caballos de unos carromatos enormes donde se trasladaba la cosecha, juntan un rodeo o cargan bolsas en un galpón junto a la vía. Muy pocos vecinos y gestos, sus maneras de ser, ocupaciones de una modalidad ancestral. Pero el cabo del cuchillo no deja de rascarle la espalda.

 

Otros pintores llegaron antes, iniciaron la historia de nuestra plástica. Algunos eran extranjeros, llegaban de paso y pintaban tipos y costumbre de la colonia como exponentes de algo exótico. Sus personajes están vistos desde afuera. Conservan una frialdad y cierto aspecto puramente etnográfico. Son exponentes de costumbres exóticas: curiosidades. Los de Molina Campos están vistos por alguien que se identifica con ellos, los quiere, los invita a reír juntos. En la actualidad, ya de alguna manera cambiaron. Los de ahora están entre máquinas y tractores y la televisión los acompaña, pero el espíritu es el mismo.

En la década del 30 el país fue invadido por esos paisanos de Molina Campos. Eran obicuos, múltiples, y penetran igual a una lujosa mansión como al último rancho, embajadores de un país criollo, ya un poco fantasmal, hecho de refranes, de leyendas, toda una literatura y una vasta iconografía. También entran y salen del olvido, más siempre presentes en las vivencias populares. Su escenario es una pampa desmesurada hasta el horizonte. Están a gusto en ese paisaje que no existe. Sus figuras se destacan contra un cielo descomunal. Se proyectan contra el cielo. Así los habrá visto el niño, con admiración, orgullo de vivir en su vecindad, también él ubicado en medio de la llanura. Gente muy especial.

 

Los vigoriza el solitario espacio en que se mueven, hasta parece regocijarlos. Siempre ríen como si acabaran de salvarse de que el cielo se les caiga encima. Pertenecen a un campo para vacas y caballos donde es raro ver cereales. Molina Campos ha creado la imagen inversa del gaucho de las montoneras y los fortines: los de él parecen siempre de fiesta.

No se sabe bien que festejan, que les ocurre para estar tan contentos, con unos caballos tan flacos que se les cuentan las costillas.
El de ellos es un tiempo autónomo, que corre a la par del nuestro como un río y no se desvanece. Justamente están en un almanaque donde los años y los meses cumplen un eterno retorno. Además, casi nunca se ve ante ellos al patrón. Su mundo es cerrado, exclusivo.

 

El caballo

Ellos y sus caballos mirones que tanto gustan hablar.
Siempre pintó casi todos los pelajes y preponderantemente cantidad de overos y tobianos. Siempre el caballo criollo, a veces mejor nutrido, otras esquelético y voluntarioso, con ojos saltones y una tensión que siempre acompañaba a la intención del jinete.En efecto, acostumbran a hablar con sus caballos, que ha aprendido el idioma del paisaje. Estos caballos están inmersos un poco en la fábula.

Saben historias muy viejas, hablan de rastrilladas y arreos de miles de vacas robadas cuando servían en la frontera y no alcanzaban nunca a los malones. Aunque humillados mantienen su orgullo, establecen una extraña complicidad con sus dueños.
En los recados con que los ensillan hay todo un equipo para largas expediciones, sirven de cama y abrigo. Sus piezas, bastos, mandiles, cojinillos, se van disponiendo ceremoniosamente sobre el lomo, despacio, con profunda concentración al colocar cada parte, hasta el final de la cincha.

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En todo Molina Campos lo visual es prioritario, el sentido más desarrollado. La infancia mira con avidez hasta el asombro y la sorpresa. El pintor conserva esa actitud y la traslada al paisanaje de sus cuadros. Y también a sus caballos. Ninguno quiere perder una brizna, un detalle. Están atentos a todo, al humor de sus dueños y a lo que los rodea. Y todo lo comparten entre ambos. Aunque a veces algún bagual se "viene como refucilo".

  La furia lo transforma: ahora es un dragón que echa fuego por los ollares y se precipita sobre el espectador a la orilla de una alambrado, su cabeza se ha hecho enorme, la mirada medusante. Ha salido como una tromba desde el horizonte para echarse encima de quien pretenda pararlo. Y sin embargo, por la indefinible magia de Molina Campos, esa visión aterradora causa risa.  Hay tan poca sociedad en esos descampados que los caballos son como de la familia. Es una fraternidad alternativa, sellada primero a talerazos brutos, o atado a una estaca, bufando sin remedio hasta que al fin las cosas cambian.

 

En la vasta obra de Molina Campos los protagonistas son el paisano, el caballo y la llanura vacía. Unos caballos parlantes que se ríen a lo bárbaro, los enormes ojos saltones por los que pasa la ironía, el gozo, la ira, la astucia. Algunos se han hecho un nudo en la cola para llevar en ancas a una china vestida de rojo. Otros, fieles compañeros de viaje, cambian noticias sobre el tiempo con sus dueños, sus enormes dentaduras de caballo a la vista, esa parte del esqueleto que tentó en el hombre como en el animal es lo único que está visible. Para Molina Campos ese detalle es singular, un tema de su predilección, evoca al mismo tiempo el hambre, la risa y es un instrumento para la voracidad.  Sin duda es reconfortante andar en tales caballos que tanto saben de la vida. Por otra parte el artista, como profundo conocedor del ambiente, no omite ningún detalle del apero, las riendas, el freno, los estribos.

A tales animales casi nunca se los ve en una calle. A veces reposan en el palenque de una pulpería o bajo una enramada, pero siempre en medio de la llanura. Observemos de paso otra característica que caballo y jinete comparten: los primeros tienen cascos enormes, los pies de los hombres son también de grandes dimensiones. Tantos los cascos como las extremidades enfundadas en botas de potro o alpargatas constituyen una base sólida, afirman la pertenencia a la tierra. No son seres aéreos que se lleva el viento. Están pegados al suelo, allí se afirman como un árbol en sus raíces. Y digamos por último que en el mundo de Molina Campos todos miran con una especie de felicidad a sus semejantes y a las cosas de la tierra, con una inconsciente alegría de vivir.
El aire que respiran esos personajes les ensancha el pecho, les comunica la energía de la tierra.

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Es muy bueno estar vivos, volcados en el mostrador de un boliche a tomar una copa o haciendo sonar una baraja sobre la mesa de truco, los reyes y las sotas saltan delante de ellos, el as de espadas silba en el aire, se oye retumbar el garrotazo del as de bastos, ojos enormes inflados por la vehemencia del juego. Los espectadores festejan cada tanto de flor, el estentóreo canto de la vitoria, mientras de nuevo el mazo da otra vuelta y otra vuelta de ginebra acompaña a los porotos que marcan los puntos.

También los caballos allá fuera comentan la partida, a la espera de que salgan sus dueños y los monten, una caricia al caliente recado, la mano resbala sobre el cojinillo y toma las riendas y de nuevo hacia el íntimo nido de un rancho, hasta el próximo amanecer con un mate y la mujer medio despeinada, los dedos curtidos de ordeñar, en que galpón, en que corral de esos miles de hectáreas vacías alrededor.

 

Están también las celebraciones. Unos festejos exteriormente tan humildes a los que se vive como momentos excepcionales. Bailan bajo una enramada "que fue la playa de esquila", las parejas hamacándose en una polca, sin apretarse, se miran, eso sí, como deslumbrados, risueños, las chinas con zapatos que se les tuercen, los guitarreros siguen y siguen junto a un perro indiferente y el cielo, inmenso, con su espacio sin fondo para esa gente. Modestos regocijos a los que justamente el cielo desnudo y el campo solitario les dan una dimensión especial. Pero el horizonte es de ellos. En esos cuadros todo sucede como en sueños, en un espacio intermedio entre la realidad y lo imaginario.

Sus personajes ya no pueden dejar de estar presentes en ninguna referencia plástica evocadora de nuestro campo en un pasado no muy lejano. En ninguna evocación de lo que fue y es el gaucho y la pampa, pese a todas las modificaciones del tiempo. Donde el humor interviene, sea en un texto o una imagen, distorsiona siempre el sentido, le hace perder su unidad, produce una especie de refracción que lo desplaza en muchas direcciones.

 

Con respecto a la pintura popular de Molina Campos la caricatura también mantiene una relación dual de su contenido, una mezcla de distancia y aceptación, de afectuosidad burlona y profunda identificación con ese medio y esos seres, que expresan un mundo personal, realizado con una entrañable virtud evocadora. Intuimos que carácter tan especial de esa obra la torna única, cerrada, y le ha de conferir un valor permanente en su género dentro de todo el panorama de la plástica argentina.

Lo cierto es que Molina Campos se consideraba gaucho a sí mismo, igual que a sus personajes, con un sentido muy distinto del que se tenía en el siglo pasado. Puede tenerse la certeza de que para él ser gaucho representaba un compromiso con la honradez, la lealtad, la valentía y hasta con cierto grado de pureza viril. De ahí que su picaresca sea siempre lúdica pero finísima. De ahí que se dé por descontado que para un gaucho la vida es fundamentalmente trabajo, un trabajo casi siempre asomado al peligro, pero sin necesidad de ser dramatizado ni con el miedo ni señalando el riesgo de muerte.

 

M. Campos registró gráficamente y con una precisión admirable el mundo, las tareas,  las circunstancias, las intimidades de los hombres de campo argentinos de una época (en especial de los paisanos del sur, con alguna frecuencia de los del litoral, y alguna vez de los del norte), sin adjudicarles grandes heroísmos ni formidables virtudes patrióticas y sin asignarles la frialdad del matrero. Sus personajes son los modestos hombres de campo en sus tareas más cotidianas y reiteradas. El dolor está omitido en su obra de un modo tal vez interesadamente beatífico. Casi sólo importa lo risueño, y es probable que la visión general tenga cercenado el aspecto dramático propio de toda realidad. Cualquier forma de penuria ha sido puesta en un cono de sombra definitivamente silenciado.

Pero en Molina Campos se trata de una postura espiritual no desestimable por aquel precepto de que la alegría es obligatoria y que lo demás se da por añadidura.Bolear o enlazar, pialar o domar, vistear o jugar, cultivar la amistad, casarse, tener hijos son su manera de contar la realidad de un sector del país en un determinado momento. El cuchillo con cabo de madera y remaches de bronce podría ser el símbolo de la modestia del protagonista de ese mundo que pintó nuestro artista. El hombre de campo, de trabajo, con su herramienta también modesta sujeta a la cintura, atrás, pero a al vista, para facilitar su uso y señalar su carácter más de utensilio que de arma.

 

Paisajes

Pintó los variadísimos paisajes que propone la aparente uniformidad de la llanura. Bañados y cañadones, lagunas, noches terminantes, deslumbrantes mediodías, campos metafísicamente silenciosos, tardecitas, lluvias, con esa delicada sensibilidad capaz de detectar la luz tan única y tan diversa del campo argentino.

Pintó una vegetación si no variada, detallada y magistralmente observada. Desde los cavernosos ombúes hasta los sutiles juncos, los ñandubais, las espadañas, cardales y cortaderas.

 

Arquitectura

Pintó también lo que podría llamarse una antología de la arquitectura rural. Desde la tapera vencida por el abandono hasta los dignos ranchos de adobe, con techo también de barro o de paja, o los litoraleños, o los cordobeses con abertura central techada.

Con maestría propia de gran miniaturista pintó desorbitados loros, mezclados con alucinadas aves de corral, cuya presencia Rosas despreciaba en lo que fuera una estancia criolla.
Pintó jagüeles y galpones, mangas, corrales de palo a pique, pozos de cincha y los elementales palenques, con lo que gracias a su obra ha quedado fijada y difundida una poco menos que desaparecida artesanía.

 

Vestimenta

En materia de vestimenta pintó desde la modestísima combinación de boina, camiseta y bombacha con las consabidas alpargatas, hasta el chiripá con calzoncillos de flecos y bota de potro.

Con inobjetable exactitud pintó los aperos del recado con diversos tipos de estribos, bastos elementales o adornados con frentes de plata, riendas y cabezales de tiento o iluminados con bombas trabajadas por plateros artesanos, sobrepuestos de carpincho cuando no el humildísimo cojinillo como única comodidad.

 

Personajes

Son innumerables y variadísimos los personajes que emplea en las más diversas situaciones: mujeres jóvenes y viejas, mozos y ancianos, negros y niños van poblando las láminas de sus almanaques. Entre ese vasto elenco humano aparece esporádicamente un personaje: Tiléforo Areco. Hay pinturas que muestran su noviazgo, su casamiento, su foto de bodas, el nacimiento de su primer hijo. Tiléforo, que adquirió gran popularidad, traza de algún modo un itinerario simbólico del mundo descripto por Molina Campos.

 

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