Éstos son los diálogos mantenidos con emigrantes en distintas partes del mundo que creemos podrán disfrutar.
Francisco R., es un nativo de Rufino (provincia de Santa Fe), 29 años, casado, una
hija. Es un hombre de campo, acostumbrado desde niño a las faenas rurales que tuvo que
trocar por su nuevo trabajo como dependiente en un supermercado. Le preguntamos acerca de
los motivos de su emigración y nos contestó:
-¿Por qué me vine a los EE.UU.? Porque me hacía falta. Allá ya no tenía ni para comer
decentemente. Cuando hay cosecha todo puede ir bien pero se termina y vuelven los
problemas. Llega un momento en que se pierde la paciencia y uno piensa en los suyos.
A la pregunta sobre el lugar de antigua residencia y las condiciones del trabajo nos
respondió:
Vivía en las afueras de la ciudad, en el campo, en una vivienda prestada por el
patrón. Es una zona rica, con agua y muchas cosas más. Pero la tierra no era mía y yo
dependía de un jornal y no podía vivir. Había momentos en que faltaba el dinero. Eso no
es vida. Tampoco es vida esto... ¡Qué va a serlo cuando uno vive como marginado! Y eso
que me defiendo bien con el inglés que aprendí desde chico. Mi madre era de origen
irlandés.
La conversación derivó en cosas triviales, los hábitos familiares, el trabajo, la
educación de los hijos y la posibilidad del retorno.
Al comienzo nos costó acostumbrarnos pero luego fuimos superando el problema.
Cuando se está ocupado en algo uno ni se acuerda de los malos momentos pasados. Pero no
falta ocasión en que los recuerdos vuelven y con ellos el deseo de regresar. Aquí estoy
de paso, haciendo algún dinero. No me considero un emigrante permanente. Mi intención es
volver a la Argentina con algún capital.
Graciela J., 26 años, psicóloga, vive en Miami, adonde llegó en 1975 acompañada de
sus padres. Se explayó en estos términos:
-¿Por qué me fui? Porque nos tenían atrapados y sin salida. En la Argentina no hay
trabajo y uno no es libre. Es el drama de las mayorías. Se condena injustamente a todo un
pueblo a ser pobre contra su voluntad. Parece cosa de criminales. Los gobiernos militares
son incapaces de dar soluciones. Tampoco las dan los políticos y los dirigentes
gremiales. Es un país condenado a ser resaca de la humanidad. Algo tiene que andar mal
para que un país prácticamente despoblado no pueda dar trabajo a sus escasos habitantes.
El dialogo se circunscribió luego al problema de los profesionales, técnicos e
intelectuales de quienes se habló tan peyorativamente en la Argentina, en tono burlesco,
hasta el punto de considerarlos en demasía y una carga para la Nación. El dicho
"fuimos educados para vivir en una sociedad que no existe" ha tenido vigencia,
indudablemente, en una Argentina impedida de desarrollo y a merced de la inepcia e
incertidumbre. Todo lo contrario ocurriría en una Argentina en marcha.
Eso de que hay exceso de profesionales es un dicho sin fundamento [...] Lo que falta
es libertad para trabajar. Cuando hay libertad y el Estado no mete las narices en lo que
en lo que debe ser del resorte de la actividad privada y de los mismos particulares, el
mercado profesional no tiene límites y se renueva constantemente. No tiene sentido
difundir estadísticas sobre el número de egresados universitarios y las sumas de dinero
invertidas en su preparación sin vincularlas al proceso de decadencia económica que vive
la Argentina. Con ello se crea una imagen distorsionada y malintencionada en el público,
a la par que el intelecto argentino es humillado.[...] La inteligencia mueve a los pueblos
y contribuye a la grandeza de las naciones, no los burócratas gubernamentales con su
intervencionismo corruptor y disolvente.
Héctor S., 55 años, es cordobés pero se afincó en la ciudad de Buenos
Aires, de profesión abogado y está especializado en Economía. Residió en México donde
se desempeñó como profesor universitario, hasta su regreso definitivo a la Argentina en
junio de 1984:
-Perón al final de sus días y basado en su experiencia solía decir que la estabilidad
de un gobierno se afirmaba en cinco patas: el oficialismo, la oposición política, la
organización gremial de los trabajadores, la de los empresarios y las Fuerzas
Armadas.[...] La idea es correcta pero dejaba de lado algo importante: que el piso en que
se apoyan las patas no se sacuda como un terremoto.[...] En mi opinión es sustancial en
la coyuntura actual (diciembre de 1983) distinguir entre el tronco y las ramas. Aquellas
patas de las que hablaba Perón no son sino ramas que emergen del gran tronco social. Si
éste padece alguna enfermedad- como ocurre en nuestro país- de poco efecto será el
andarse por las ramas. Como ellas son, efectivamente, el soporte directo del gobierno, el
podarlas, removerlas o agitarlas produce mucho ruido. Pero no va a la cuestión de fondo:
al tembladeral que se ha tragado sin distinción a gobiernos democráticos y dictaduras
militares.
La charla se vuelve a ratos cálida. A la pregunta concreta sobre las posibles soluciones
respondió:
-Se necesita una coalición de gobierno para una operación más profunda e impostergable:
transformar y ordenar la economía social argentina.[...] De lo que se trata es de crear
un sistema monetario en serio, que ponga en vigencia una moneda sana, indispensable para
una economía moderna. Se trata de poner los cimientos de un orden económico compatible
con la democracia política, que aliente al trabajo y a la inversión, y condene la
especulación y las astucias económicas [...], de establecer un orden donde los
trabajadores sean dueños del producto de su trabajo y los inversores de lo rendido por su
inversión.[...] En suma, se trata de que la tierra rural y urbana pase al servicio de la
producción y no se constituya en la fuente de la especulación financiera. En otras
palabras: de democratizar la economía para que cada uno pueda vivir de su propio
trabajo y nadie puede vivir sin trabajar.