Agradecemos a Alejandro Rozitchner por la entrevista y a Editorial La Flor por permitirnos reproducir sus importantes conceptos y definiciones
Alejandro Rozitchner
Conciencia rockera
Casi en su mismo punto de partida el rock nos hace elegir entre el pensamiento o la acción, entre la conciencia o la libertad. «Ah, basta de pensar» es el título de una canción de Spinetta, mientras que en otra, «Umbral», dice «estás perdiendo el tiempo, pensando, pensando ... » Según esta consideración todo lo bueno es espontáneo. La transformación expresiva que el rock propone parece empezar justo allí donde termina la conciencia, «esa abuela que regula al mundo». Para poder formar parte de lo natural de la vida, para poder hacer a nuestro cuerpo eco de esos flujos libres del universo hay, antes que nada, que acallar la conciencia, parar de pensar, ya no darle tantas vueltas a las cosas. Esta sensación está muy presente en el rock, pero como muchos otros de los aspectos que señalamos como rockeros, también está esparcida por todas partes. Cualquier porteño harto de su porteñez suscribiría esta crítica al pensamiento y estaría de acuerdo con que «hay que hacerse menos rollos».

Al mismo tiempo que el rock realiza esta denuncia del pensamiento, sin embargo, se entrega a él de muchas maneras distintas. Spinetta, que nos sirvió como ejemplo en el primer caso, vuelve a servirnos de ejemplo en el segundo. Nadie más pensador que él en sus reportajes, en su mirada del mundo, nadie más entrelazador de su obra con experiencias de interpretación del mundo.

Es el rock entero el que busca también «abrirse la cabeza», que teoriza aunque llame a su teorizar delirio, que hace de su expresión musical algo totalmente trascendido por contenidos simbólicos, pensantes, que vuelve a su arte viva interpretación de la realidad. ¿Qué pasa entonces? ¿Cómo se explica esta doble vertiente que es posible verificar en todo el rock, por un lado rechazando al pensamiento y encontrando en él un límite para la experiencia de la vida y por otro acercándose a él y viviéndolo decididamente? ¿Es realmente el pensamiento un límite para la vida, una confusión que haríamos bien en evitar?

El punto es éste: la queja que el rock formula frente al pensamiento acusa, más que al pensamiento mismo, a un tipo de pensamiento y a una cierta situación de la conciencia. Con el límite que se le opone al pensamiento se responde a la obsesividad, a la ajenidad, y a la parálisis que supone para la experiencia un tipo de pensamiento, pero existe otro pensamiento posible, otra manera de ejercerlo y una nueva conciencia se origina en este nuevo ejercicio. ¿Es este planteo acerca del pensamiento una muestra de la particular rebeldía del rock? ¿Qué quiere decir que el rock es rebelde?

Podríamos señalar como característica principal en la rebeldía rockera el plantearse en upa forma distinta de la forma política habitual, donde la rebeldía suele encontrar su objeto expresado de manera social y distante. La del rock es una rebeldía que no quiere renunciar a su individualidad, que no se deja incluir en un conjunto que le quite este carácter particular de aventura personal y que, aún más, se rebela tanto contra el sistema como contra las maneras habituales de enfrentarse a él, a las que encuentra igualmente opresoras pese a su apariencia libertaria. Y esto modifica la rebeldía misma, que deja de ser el centro de su actitud.

En términos generales diríamos que es más la rebeldía de una aventura, por lo tanto personal y relativa, que la rebeldía de un proyecto coherente, organizado y común. Su rebeldía es en cierto modo ingenua y hippie. Se rebela desde el lugar de la individualidad y no desde el conjunto social: el rock es un movimiento que tiene como característica notable la de no constituirse jamás orgánicamente como tal y por eso no parece un movimiento.

Pero veámoslo desde otro punto de vista. Si tuviésemos que definir a la rebeldía de una manera general podríamos decir que ésta es la expresión de una fuerza disconforme que pide otro mundo. Y de esta definición básica podemos extraer las variantes, según esa fuerza haga hincapié en la disconformidad como forma pura y degenere en crítica autonomizada, o lo haga en el querer que la atraviesa, baje entonces las banderas y haga la experiencia del mundo. Tal vez en esta segunda posibilidad la rebeldía desaparezca como tal, esté disimulada en una positividad que busca su camino, pero es que ella encuentra en ese Movimiento su forma más plena, su realización.

Para ver esto es necesario que desarticulemos esa mirada que nos suele señalar a la rebeldía como un valor en sí misma, como si la única posición válida fuera la crítica y ésta fuera más valiosa mientras más extrema y pura - lograra mostrarse. Lo interesante en la rebeldía es la aparición de una fuerza que quiere algo, pero si ese querer no supera la exaltación narcisista y autorreferente de la crítica constante, si no es capaz de volverse experiencia frente a un mundo que no es perfecto ni puede serio, entonces deja de manifestar un sentido valioso y sólo reproduce el sistema del desencanto y el escepticismo.

También en la manera en que entendamos el sentido de ese mundo que la energía rebelde pide puede hacerse visible la diferencia de los destinos de la rebeldía. Si el objeto de nuestra rebeldía es la situación del planeta, la condición enajenada del hombre en la historia la cárcel que el cuerpo significa para el alma, es más difícil reformular activamente lo real desde la disconformidad, pero si el mundo que debe ser tomado como el objeto de mi fuerza rebelde es el de las formas concretas de mi vida, entonces la rebeldía encuentra un espacio para volverse positividad.

De otra manera: la intensidad absoluta que la rebeldía maneja como fantasía básica para estructurar su reclamo, que aparece en la idea de que un mundo sin problemas debiera ser real, y que los seres humanos tendrían que encontrarse hermanados en una sociedad justa que a todos diese las mismas posibilidades, determina como resultado una experiencia empobrecida. La rebeldía debe ser relativizada si quiere realidad, ya que la misma realidad es relativa, cosa visible tanto en la finitud de la propia vida como en la manera en que somos seres determinados y no abstractos que no pueden huir del azar de las vicisitudes. Si la rebeldía no encuentra un movimiento relativo debe resignarse a ser ese movimiento superior, indignado, solitario y ególatra, que extrae de su dolor su meritoria satisfacción y de su soledad la confirmación equívoca de su verdad.

De ninguna manera pretendo que el rock haya logrado dar forma plena a una rebeldía relativizada, pero creo que debemos entender como parte de ese intento implícito su afirmación de la individualidad como el lugar desde el cual la rebeldía se carga de sentido. Esto explicaría también por qué el centro de su movimiento inorgánico está dado por una manifestación «artística», sensible, inmediata: la música. El rock tiene la particularidad de ser un movimiento que expresa una mirada de la realidad, que tiene implícita una concepción de¡ mundo, cuyo centro no es un comité directivo sino una expresión musical.

Pero ¿el rock no ha muerto? ¿No es al fin y al cabo sólo un espectáculo? ¿En qué sentido hablamos del rock en este caso?

Si bien antes, hace unos cuantos años, el rock podía definir claramente una diferencia, y se era rockero o no se era rockero, ahora tal cosa ya no es posible. No lo es porque si antes no había rock por TV y casi no lo había por radio, ahora lo hay hasta en la banda sonora de la publicidad de la escuela de policía Ramón Falcón o en cualquier supermercado.

De este cambio podríamos extraer una confirmación de aquella teoría según la cual todo movimiento contestatario es finalmente deglutido por el sistema, que fatalmente gana al final, pero creo que cabe también otra interpretación, para este caso más acertada. El rock ya no da pie a una diferencia externa (rockero /no rockero) y hasta incluye en sí todo el espectro de la diferencia traducida a su propio universo (heavy metal / rock sinfónico / tecno / reggae / soft / etc.). El rock se ha vuelto época y más que sellar con eso su derrota o su desaparición nos confirma su consagración.

El rock es una modalidad, un movimiento inorgánico que está presente en el estilo de una época. Y está presente, claro, como posibilidad a la que cualquier experiencia puede recurrir, no como realización absoluta. El hecho de que aún haya guerras en el planeta no quiere decir que el rock, que se quiso siempre pacifista, haya fracasado. Por el contrario, la modalidad que en principio el rock expresaba primariamente a través de utopías irrealizables ha evolucionado hasta permitir hoy una perspectiva más elaborada y concreta, aquella que se vuelve posible en la experiencia.

En el nivel de la conciencia, que es el que nos interesa en este caso, el rock, a través de su énfasis rebelde subjetivo, saca las consecuencias de su modalidad señalando la alternativa de una conciencia que en vez de estar determinada por la cerrazón, la infelicidad, el dolor y el disfrute del dolor esté abierta a la experiencia del mundo y la apoye.

El rock está acostumbrado a pensarse desde una conciencia que no es la suya, desde una conciencia de la que no se ha apropiado. Si no lo hace, si no la vuelve suya, esa energía individual rebelde informal y plena está condenada a verse desde la palabra de otra conciencia que la desprecia como frívola, loca, equívoca y poco seria. Es necesario que demos forma a nuestra conciencia, que hagamos posible nuestra experiencia, que resistamos al escepticismo político reaccionario derechoizquierdoso.

Más allá de esa conciencia desdichada que queremos con razón rechazar no está la pureza de un mundo sin palabras sino otra conciencia. Cuando el rock afirma la soberanía de un sentir, de un cuerpo, y afirma su rebeldía suave, «reformista», genera una posibilidad para una conciencia feliz, porque juega su fuerza en la expresión y en la invención concreta de formas de vida.

Hablamos de una modalidad rockera pero no la describimos. La modalidad que el rock manifiesta podría definirse con estas características: informalidad, soltura, expresividad, fuerza.

Tal vez la característica más importante para la descripción de la conciencia rockera que intento sea la primera de éstas. Informalidad parece querer decir simplemente un cierto rechazo de la corrección de una elegancia a la que correspondería la designación popular de «careta», un rechazo a lo convencional. Y es así, aunque subrayado en todo sentido. De lo que se trata, como la misma palabra lo dice, es de la ausencia de forma. En la manera en que nos importa, de la ausencia de la forma única y verdadera que nuestra vida tendría que realizar o copiar. Una modalidad informal es una modalidad que no cuenta con una forma previa para su experiencia del mundo, cosa que anularía su carácter mismo de la experiencia, sino que encuentra la forma, crea la forma que le corresponde elaborando la situación que se le enfrenta.

Una conciencia que respondiera al carácter del rock debería dar lugar a la experiencia del mundo por parte del sujeto al cual ella pertenece. Esto quiere decir elaborar la forma de vivir de acuerdo con lo que las propias ganas señalen y no como mera repetición de la tradición o de una forma que no se ha elegido ni se ha puesto en duda.

La forma tradicional no debe ser rechazada en virtud misma de su vigencia convencional -lo que determinaría un rechazo conceptual, una postura previa de rechazo indiscriminado-, sino mirada y considerada desde su propia necesidad, desde las propias ganas. Hacer la experiencia es dar lugar a ese encuentro entre las formas dadas de vivir y el deseo, relativizando la aspiración absoluta de una realidad mejor en la experiencia real y concreta del lugar de la propia vida. Cuando hablamos de las formas de la vida estamos hablando de la manera en la que solemos vivir el amor, la relación con los amigos, el trabajo, los padres, la intensidad, y frente a la objeción que sostendría que es imposible modificar nada frente a la determinación social de estas experiencias habría que oponer la consideración de que para que el cambio sea posible debe priorizar el sentido subjetivo sin el cual toda forma es forma vacía.

Se me ocurren los siguientes rasgos para caracterizar a esa conciencia rockera que en parte existe y en parte no, pero que puede ser de cualquier manera una referencia actual para la nuestra, que es lo que importa. ¿Cómo es esa conciencia que vuelve posible la experiencia del mundo en vez de condenarnos a la cerrazón?

* Una conciencia cuyo tono esencial no es crítico. No sale a la calle con la puteada a flor de labios como si un derecho natural la llevase a ese acto de justicia cotidiano, sino que puede adoptar un tono menos evaluativo. El juicio constante aleja del mundo, crea la distancia que impide la participación.

* Una conciencia que no queda prendida en los términos absolutos y vence su fascinación heroica y meritoria, y puede considerar valiosos los encuentros concretos en los que esos absolutos se relativizan y dan pie a una experiencia real.

* Una conciencia que puede oponerse y responder a los valores de la marginalidad, la autodestrucción y la transgresión por la transgresión misma, como si ésta fuera de por sí un valor. En la caricatura de la rebeldía y en la ficción de una apuesta tan fuerte que puede matar («los que se la juegan») encuentra el congelamiento de la experiencia un valor trascendente.

La angustia no puede ser considerada una consecuencia de la lucidez. Esto equivaldría a afirmar que la vida es una trampa sin salida, cosa que habla más de una falta de fuerza de quien emite ese juicio que de una verdad general acerca de la vida, algo que es visiblemente ridículo e imposible. La angustia elevada a valor y a forma pura de una conciencia valiente equivale a postular la imposibilidad de la experiencia: lo que es puro y simple escepticismo decadente, una consecuencia del desencanto y la entrega.

* Una conciencia que saca las consecuencias de la ausencia de una forma única con fuerza, es decir que en vez de provocarse con ello la angustia del vacío, se conecta con la legitimidad de la diferencia y de allí con la forma propia.

Una conciencia que encuentra la manera de gestar su propia autoridad para sostener el desarrollo de su experiencia y de su diferencia, porque sabe que está en su derecho por el mismo hecho de existir y que no hay argumento que pueda impedírselo.

Una conciencia que reconoce su límite, que es su primer objeto de relativización, reconociendo campos ajenos a su actividad y una pertinencia del silencio, que sabe también que el pensamiento corre por otros canales que no tienen palabras, que las sensaciones son parte de ese cauce, y que en última instancia los afectos y la sensibilidad en general no pueden diferenciarse del pensamiento.

* Una conciencia que está dispuesta a toparse con la singularidad y a dotarla de sentido a partir de sí misma en vez de considerar cada cosa como un caso de un conjunto más amplio que lo trasciende y encontrar que ese tic generalizador es una cualidad muy inteligente.

* Una conciencia que no se siente amenazada constantemente, que no cree ser el centro del mundo, el objeto de todo mal. Que no otorga a su paranoia plenos poderes, que se obliga a enfrentar una fantasía bloqueadora con el conflicto puesto en términos concretos.

* Una conciencia que construye su propia valoración de acuerdo con su experiencia concreta y que no supone que cada valor personal debe ser sostenido universalmente. Teniendo que cumplir con esa exigencia absoluta ninguna conciencia puede no ser desdichada, porque desde allí la diversidad de lo existente no puede ser percibido sino como un defecto.

* Una conciencia que sabe gambetear y reencontrar la liviandad cuando le es necesario, sin sentir que por entregarse a la plenitud de un momento traiciona profundas convicciones.

* Una conciencia que piense desde uno más que en uno, que no sea tan autorreferente, que aprenda a proyectarse en las cosas, animarlas y encontrarse en ellas en vez de quedar aislado en la búsqueda de una verdad subjetiva, que sepa que su verdad aparece en su experiencia y no conceptual y previamente.

Así como el pensamiento suele resultar un límite para la experiencia también puede resultar un apoyo para la misma. 0 aún más, el pensamiento mismo es la experiencia. Experiencia es la propia vida que busca y elabora constantemente su forma, que encuentra un mundo determinado y vive sensiblemente ese encuentro desde su propio ser también determinado.

Si el pensamiento es previo e intenta domar la experiencia, el pensamiento es sentido como una fuerza limitante. Pero si el pensamiento es la elaboración de la experiencia misma, si es un proceso a veces consciente a veces inconsciente, en el que esa experiencia es vivida y realizada, entonces es un sostén de la intensidad. Ese pensamiento es la experiencia, es él mismo sensible elaboración del mundo y al mismo tiempo argumentador para la preservación del espacio de esa experiencia. El pensamiento es quien debe dar a la conciencia argumentos para responder a las argumentaciones que la limitan y debe inventar ideas que la provoquen y le den fuerza.

¿.Y la conciencia? La conciencia es esa voz en la que hablamos, esa voz con la que el mundo nos es dicho y con la que decimos al mundo. Somos nosotros vueltos hilo constante de palabras y sentidos, una constante a la que le caben distintos humores, distintos ánimos.

Tal vez el planteo hasta aquí expuesto pueda resultar voluntarista, como si sólo dependiese d¿ la propia fuerza de la voluntad el modificar la forma de la conciencia.

De hecho no es que la voluntad lo decida todo, están las ganas, está el querer, fuerzas que no provienen de la voluntad pese a que ésta pueda decidir apoyarlas o rechazarlas. El problema de la voluntad también tiene su posibilidad de ser relativizado, y hacerlo significaría desplazar la pregunta acerca de la posibilidad que existe para el ser humano de decidir su realidad voluntariamente, al terreno concreto en el cual cada uno se pregunta si tiene sentido o no llevar la vida que uno quiere, si hay lugar para sumarle a la determinación a variación que las propias ganas quieren introducir.

Llevada la pregunta a ese terreno, una vez más no hay respuesta dada, no hay saber que pueda responder por nosotros, hay que inventar, apostar, probar. Queda como final un desafío que el rock en su sentido más amplio debe recoger: el de no ser el tango. Fuera de sus altos valores estéticos el tango podría ponerse como ejemplo de la conciencia que sentimos opresora, una conciencia adiestrada para describir la miseria y la sordidez del mundo, para decidir todos los amores para el lado del desencuentro, para homenajear incesantemente a los muertos y hacerlos reinar sobre los vivos.

Cuando el rock se pone escéptico el tango le sonríe lagrimeando. Y ojo que no hablamos de rechazar el dolor, de negarlo. Todo el rock, desde los Beatles, tiene un innegable sentido melancólico y una tristeza que no deja de aflorarle. De lo que se trata es de aceptar esa tristeza como parte de la realidad, como parte de nuestro interés en la felicidad y en la plenitud, y no de su endiosamiento. El dolor no es la verdad del mundo, como quiere el tango y todo escepticismo. El dolores parte de una sensibilidad que también sabe del placer.

Esta vida que sólo se sabe afirmar en el dolor es una vida a medias, cuyo mismo dolor resulta, de tan siniestro y literario, poco respetable. La conciencia rockera no está hecha, es una posibilidad, o tal vez sólo una excusa para plantear estos problemas que están en el corazón del rock, o de nuestra cultura. De nosotros depende...