Al mismo tiempo que el
rock realiza esta denuncia del pensamiento, sin
embargo, se entrega a él de muchas maneras
distintas. Spinetta, que nos sirvió como ejemplo en
el primer caso, vuelve a servirnos de ejemplo en el
segundo. Nadie más pensador que él en sus
reportajes, en su mirada del mundo, nadie más
entrelazador de su obra con experiencias de
interpretación del mundo.
Es el rock entero el
que busca también «abrirse la cabeza», que teoriza
aunque llame a su teorizar delirio, que hace de su
expresión musical algo totalmente trascendido por
contenidos simbólicos, pensantes, que vuelve a su
arte viva interpretación de la realidad. ¿Qué pasa
entonces? ¿Cómo se explica esta doble vertiente que
es posible verificar en todo el rock, por un lado
rechazando al pensamiento y encontrando en él un
límite para la experiencia de la vida y por otro
acercándose a él y viviéndolo decididamente? ¿Es
realmente el pensamiento un límite para la vida, una
confusión que haríamos bien en evitar?
El punto es éste: la
queja que el rock formula frente al pensamiento
acusa, más que al pensamiento mismo, a un tipo de
pensamiento y a una cierta situación de la
conciencia. Con el límite que se le opone al
pensamiento se responde a la obsesividad, a la
ajenidad, y a la parálisis que supone para la
experiencia un tipo de pensamiento, pero existe otro
pensamiento posible, otra manera de ejercerlo y una
nueva conciencia se origina en este nuevo ejercicio.
¿Es este planteo acerca del pensamiento una muestra
de la particular rebeldía del rock? ¿Qué quiere
decir que el rock es rebelde?
Podríamos señalar
como característica principal en la rebeldía
rockera el plantearse en upa forma distinta de la
forma política habitual, donde la rebeldía suele
encontrar su objeto expresado de manera social y
distante. La del rock es una rebeldía que no quiere
renunciar a su individualidad, que no se deja incluir
en un conjunto que le quite este carácter particular
de aventura personal y que, aún más, se rebela
tanto contra el sistema como contra las maneras
habituales de enfrentarse a él, a las que encuentra
igualmente opresoras pese a su apariencia libertaria.
Y esto modifica la rebeldía misma, que deja de ser
el centro de su actitud.
En términos generales
diríamos que es más la rebeldía de una aventura,
por lo tanto personal y relativa, que la rebeldía de
un proyecto coherente, organizado y común. Su
rebeldía es en cierto modo ingenua y hippie. Se
rebela desde el lugar de la individualidad y no desde
el conjunto social: el rock es un movimiento que
tiene como característica notable la de no
constituirse jamás orgánicamente como tal y por eso
no parece un movimiento.
Pero veámoslo desde
otro punto de vista. Si tuviésemos que definir a la
rebeldía de una manera general podríamos decir que
ésta es la expresión de una fuerza disconforme que
pide otro mundo. Y de esta definición básica
podemos extraer las variantes, según esa fuerza haga
hincapié en la disconformidad como forma pura y
degenere en crítica autonomizada, o lo haga en el
querer que la atraviesa, baje entonces las banderas y
haga la experiencia del mundo. Tal vez en esta
segunda posibilidad la rebeldía desaparezca como
tal, esté disimulada en una positividad que busca su
camino, pero es que ella encuentra en ese Movimiento
su forma más plena, su realización.
Para ver esto es
necesario que desarticulemos esa mirada que nos suele
señalar a la rebeldía como un valor en sí misma,
como si la única posición válida fuera la crítica
y ésta fuera más valiosa mientras más extrema y
pura - lograra mostrarse. Lo interesante en la
rebeldía es la aparición de una fuerza que quiere
algo, pero si ese querer no supera la exaltación
narcisista y autorreferente de la crítica constante,
si no es capaz de volverse experiencia frente a un
mundo que no es perfecto ni puede serio, entonces
deja de manifestar un sentido valioso y sólo
reproduce el sistema del desencanto y el
escepticismo.
También en la manera
en que entendamos el sentido de ese mundo que la
energía rebelde pide puede hacerse visible la
diferencia de los destinos de la rebeldía. Si el
objeto de nuestra rebeldía es la situación del
planeta, la condición enajenada del hombre en la
historia la cárcel que el cuerpo significa para el
alma, es más difícil reformular activamente lo real
desde la disconformidad, pero si el mundo que debe
ser tomado como el objeto de mi fuerza rebelde es el
de las formas concretas de mi vida, entonces la
rebeldía encuentra un espacio para volverse
positividad.
De otra manera: la
intensidad absoluta que la rebeldía maneja como
fantasía básica para estructurar su reclamo, que
aparece en la idea de que un mundo sin problemas
debiera ser real, y que los seres humanos tendrían
que encontrarse hermanados en una sociedad justa que
a todos diese las mismas posibilidades, determina
como resultado una experiencia empobrecida. La
rebeldía debe ser relativizada si quiere realidad,
ya que la misma realidad es relativa, cosa visible
tanto en la finitud de la propia vida como en la
manera en que somos seres determinados y no
abstractos que no pueden huir del azar de las
vicisitudes. Si la rebeldía no encuentra un
movimiento relativo debe resignarse a ser ese
movimiento superior, indignado, solitario y
ególatra, que extrae de su dolor su meritoria
satisfacción y de su soledad la confirmación
equívoca de su verdad.
De ninguna manera
pretendo que el rock haya logrado dar forma plena a
una rebeldía relativizada, pero creo que debemos
entender como parte de ese intento implícito su
afirmación de la individualidad como el lugar desde
el cual la rebeldía se carga de sentido. Esto
explicaría también por qué el centro de su
movimiento inorgánico está dado por una
manifestación «artística», sensible, inmediata:
la música. El rock tiene la particularidad de ser un
movimiento que expresa una mirada de la realidad, que
tiene implícita una concepción de¡ mundo, cuyo
centro no es un comité directivo sino una expresión
musical.
Pero ¿el rock no ha
muerto? ¿No es al fin y al cabo sólo un
espectáculo? ¿En qué sentido hablamos del rock en
este caso?
Si bien antes, hace
unos cuantos años, el rock podía definir claramente
una diferencia, y se era rockero o no se era rockero,
ahora tal cosa ya no es posible. No lo es porque si
antes no había rock por TV y casi no lo había por
radio, ahora lo hay hasta en la banda sonora de la
publicidad de la escuela de policía Ramón Falcón o
en cualquier supermercado.
De este cambio
podríamos extraer una confirmación de aquella
teoría según la cual todo movimiento contestatario
es finalmente deglutido por el sistema, que
fatalmente gana al final, pero creo que cabe también
otra interpretación, para este caso más acertada.
El rock ya no da pie a una diferencia externa
(rockero /no rockero) y hasta incluye en sí todo el
espectro de la diferencia traducida a su propio
universo (heavy metal / rock sinfónico /
tecno / reggae / soft / etc.). El rock se ha
vuelto época y más que sellar con eso su derrota o
su desaparición nos confirma su consagración.
El rock es una
modalidad, un movimiento inorgánico que está
presente en el estilo de una época. Y está
presente, claro, como posibilidad a la que cualquier
experiencia puede recurrir, no como realización
absoluta. El hecho de que aún haya guerras en el
planeta no quiere decir que el rock, que se quiso
siempre pacifista, haya fracasado. Por el contrario,
la modalidad que en principio el rock expresaba
primariamente a través de utopías irrealizables ha
evolucionado hasta permitir hoy una perspectiva más
elaborada y concreta, aquella que se vuelve posible
en la experiencia.
En el nivel de la
conciencia, que es el que nos interesa en este caso,
el rock, a través de su énfasis rebelde subjetivo,
saca las consecuencias de su modalidad señalando la
alternativa de una conciencia que en vez de estar
determinada por la cerrazón, la infelicidad, el
dolor y el disfrute del dolor esté abierta a la
experiencia del mundo y la apoye.
El rock está
acostumbrado a pensarse desde una conciencia que no
es la suya, desde una conciencia de la que no se ha
apropiado. Si no lo hace, si no la vuelve suya, esa
energía individual rebelde informal y plena está
condenada a verse desde la palabra de otra conciencia
que la desprecia como frívola, loca, equívoca y
poco seria. Es necesario que demos forma a nuestra
conciencia, que hagamos posible nuestra experiencia,
que resistamos al escepticismo político reaccionario
derechoizquierdoso.
Más allá de esa
conciencia desdichada que queremos con razón
rechazar no está la pureza de un mundo sin palabras
sino otra conciencia. Cuando el rock afirma la
soberanía de un sentir, de un cuerpo, y afirma su
rebeldía suave, «reformista», genera una
posibilidad para una conciencia feliz, porque juega
su fuerza en la expresión y en la invención
concreta de formas de vida.
Hablamos de una
modalidad rockera pero no la describimos. La
modalidad que el rock manifiesta podría definirse
con estas características: informalidad, soltura,
expresividad, fuerza.
Tal vez la
característica más importante para la descripción
de la conciencia rockera que intento sea la primera
de éstas. Informalidad parece querer decir
simplemente un cierto rechazo de la corrección de
una elegancia a la que correspondería la
designación popular de «careta», un rechazo a lo
convencional. Y es así, aunque subrayado en todo
sentido. De lo que se trata, como la misma palabra lo
dice, es de la ausencia de forma. En la manera en que
nos importa, de la ausencia de la forma única y
verdadera que nuestra vida tendría que realizar o
copiar. Una modalidad informal es una modalidad que
no cuenta con una forma previa para su experiencia
del mundo, cosa que anularía su carácter mismo de
la experiencia, sino que encuentra la forma, crea
la forma que le corresponde elaborando la
situación que se le enfrenta.
Una conciencia que
respondiera al carácter del rock debería dar lugar
a la experiencia del mundo por parte del sujeto al
cual ella pertenece. Esto quiere decir elaborar la
forma de vivir de acuerdo con lo que las propias
ganas señalen y no como mera repetición de la
tradición o de una forma que no se ha elegido ni se
ha puesto en duda.
La forma tradicional
no debe ser rechazada en virtud misma de su vigencia
convencional -lo que determinaría un rechazo
conceptual, una postura previa de rechazo
indiscriminado-, sino mirada y considerada desde su
propia necesidad, desde las propias ganas. Hacer la
experiencia es dar lugar a ese encuentro entre las
formas dadas de vivir y el deseo, relativizando la
aspiración absoluta de una realidad mejor en la
experiencia real y concreta del lugar de la propia
vida. Cuando hablamos de las formas de la vida
estamos hablando de la manera en la que solemos vivir
el amor, la relación con los amigos, el trabajo, los
padres, la intensidad, y frente a la objeción que
sostendría que es imposible modificar nada frente a
la determinación social de estas experiencias
habría que oponer la consideración de que para que
el cambio sea posible debe priorizar el sentido
subjetivo sin el cual toda forma es forma vacía.
Se me ocurren los
siguientes rasgos para caracterizar a esa conciencia
rockera que en parte existe y en parte no, pero que
puede ser de cualquier manera una referencia actual
para la nuestra, que es lo que importa. ¿Cómo es
esa conciencia que vuelve posible la experiencia del
mundo en vez de condenarnos a la cerrazón?
* Una conciencia cuyo
tono esencial no es crítico. No sale a la calle con
la puteada a flor de labios como si un derecho
natural la llevase a ese acto de justicia cotidiano,
sino que puede adoptar un tono menos evaluativo. El
juicio constante aleja del mundo, crea la distancia
que impide la participación.
* Una conciencia que
está dispuesta a toparse con la singularidad y a
dotarla de sentido a partir de sí misma en vez de
considerar cada cosa como un caso de un conjunto más
amplio que lo trasciende y encontrar que ese tic
generalizador es una cualidad muy inteligente.
* Una conciencia que
no se siente amenazada constantemente, que no cree
ser el centro del mundo, el objeto de todo mal. Que
no otorga a su paranoia plenos poderes, que se obliga
a enfrentar una fantasía bloqueadora con el
conflicto puesto en términos concretos.
* Una conciencia que
construye su propia valoración de acuerdo con su
experiencia concreta y que no supone que cada valor
personal debe ser sostenido universalmente. Teniendo
que cumplir con esa exigencia absoluta ninguna
conciencia puede no ser desdichada, porque desde
allí la diversidad de lo existente no puede ser
percibido sino como un defecto.
* Una conciencia que
sabe gambetear y reencontrar la liviandad cuando le
es necesario, sin sentir que por entregarse a la
plenitud de un momento traiciona profundas
convicciones.
* Una conciencia que
piense desde uno más que en uno, que no sea tan
autorreferente, que aprenda a proyectarse en las
cosas, animarlas y encontrarse en ellas en vez de
quedar aislado en la búsqueda de una verdad
subjetiva, que sepa que su verdad aparece en su
experiencia y no conceptual y previamente.
Así como el
pensamiento suele resultar un límite para la
experiencia también puede resultar un apoyo para la
misma. 0 aún más, el pensamiento mismo es la
experiencia. Experiencia es la propia vida que busca
y elabora constantemente su forma, que encuentra un
mundo determinado y vive sensiblemente ese encuentro
desde su propio ser también determinado.
Si el pensamiento es
previo e intenta domar la experiencia, el pensamiento
es sentido como una fuerza limitante. Pero si el
pensamiento es la elaboración de la experiencia
misma, si es un proceso a veces consciente a veces
inconsciente, en el que esa experiencia es vivida y
realizada, entonces es un sostén de la intensidad.
Ese pensamiento es la experiencia, es él mismo
sensible elaboración del mundo y al mismo tiempo
argumentador para la preservación del espacio de esa
experiencia. El pensamiento es quien debe dar a la
conciencia argumentos para responder a las
argumentaciones que la limitan y debe inventar ideas
que la provoquen y le den fuerza.
¿.Y la conciencia? La
conciencia es esa voz en la que hablamos, esa voz con
la que el mundo nos es dicho y con la que decimos al
mundo. Somos nosotros vueltos hilo constante de
palabras y sentidos, una constante a la que le caben
distintos humores, distintos ánimos.
Tal vez el planteo
hasta aquí expuesto pueda resultar voluntarista,
como si sólo dependiese d¿ la propia fuerza de la
voluntad el modificar la forma de la conciencia.
De hecho no es que la
voluntad lo decida todo, están las ganas, está el
querer, fuerzas que no provienen de la voluntad pese
a que ésta pueda decidir apoyarlas o rechazarlas. El
problema de la voluntad también tiene su posibilidad
de ser relativizado, y hacerlo significaría
desplazar la pregunta acerca de la posibilidad que
existe para el ser humano de decidir su realidad
voluntariamente, al terreno concreto en el cual cada
uno se pregunta si tiene sentido o no llevar la vida
que uno quiere, si hay lugar para sumarle a la
determinación a variación que las propias ganas
quieren introducir.
Llevada la pregunta a
ese terreno, una vez más no hay respuesta dada, no
hay saber que pueda responder por nosotros, hay que
inventar, apostar, probar. Queda como final un
desafío que el rock en su sentido más amplio debe
recoger: el de no ser el tango. Fuera de sus altos
valores estéticos el tango podría ponerse como
ejemplo de la conciencia que sentimos opresora, una
conciencia adiestrada para describir la miseria y la
sordidez del mundo, para decidir todos los amores
para el lado del desencuentro, para homenajear
incesantemente a los muertos y hacerlos reinar sobre
los vivos.
Cuando el rock se pone
escéptico el tango le sonríe lagrimeando. Y ojo que
no hablamos de rechazar el dolor, de negarlo. Todo el
rock, desde los Beatles, tiene un innegable sentido
melancólico y una tristeza que no deja de aflorarle.
De lo que se trata es de aceptar esa tristeza como
parte de la realidad, como parte de nuestro interés
en la felicidad y en la plenitud, y no de su
endiosamiento. El dolor no es la verdad del mundo,
como quiere el tango y todo escepticismo. El dolores
parte de una sensibilidad que también sabe del
placer.
Esta vida que sólo se
sabe afirmar en el dolor es una vida a medias, cuyo
mismo dolor resulta, de tan siniestro y literario,
poco respetable. La conciencia rockera no está
hecha, es una posibilidad, o tal vez sólo una excusa
para plantear estos problemas que están en el
corazón del rock, o de nuestra cultura. De nosotros
depende...