E1 8 de julio de 1830 publicó La Gaceta Mercantil un poema -"El regreso"- de un joven argentino llegado recientemente desde Francia. Era algo inesperadamente nuevo y con sabor a nuevo. El joven compatriota poco tardó en hacerse conocer: se llamaba Esteban Echeverría.
Con él ingresaba en nuestro país la sensibilidad romántica, que acababa de imponerse en Europa occidental.
Toda una constelación de nombres de ensayistas, poetas, dramaturgos, novelistas, de Alemania, Inglaterra y Francia especialmente, había logrado remozar airosamente a la literatura Schlegel, Staél, Chateaubriand, Lamartine, Hugo, Scott, Byron, entre otros cien más, liberaron a las llamadas bellas letras de las inflexibles normas tradicionales que los neoclásicos habían acatado y venerado. A partir de aquí solo contarán la espontaneidad, el auténtico lirismo, la expresión de los sentimientos.
Como dijo uno de ellos, lo único que había que hacer era seguir los consejos de la naturaleza, de la verdad de la inspiración. Tras ardorosas polémicas con los sostenedores de rígidos sistemas de preceptiva, el romanticismo, al destruir viejas fachadas, agrietadas sin piedad por el tiempo, logró insuflar nueva vida al arte que se exteriorizó audaz, exuberante, avasallador. El éxito fulminante de repercusión en el público -éste comprendió sagazmente el sentido progresista de la novedad- fue decisivo en el triunfo del romanticismo.
Conviene puntualizar aquí -aunque todo esto se verá detenidamente cuando se estudie la obra de Echeverría y otros románticos- que el surgimiento y el triunfo del romanticismo está vinculado con las luchas que los pueblos europeos sostenían entonces por ensanchar la concepción del liberalismo y aún por concretar la personalidad nacional. "La independencia en materia de gusto es complemento necesario de la libertad individual", escribió Vitet. O como lo precisó mejor aún Víctor Hugo: "El romanticismo, si se lo considera en su aspecto militante, no es otra cosa que el liberalismo en literatura".
El romanticismo literario adquirió una dimensión social (romanticismo social) que, si bien no fue transitada por muchos hombres de letras, revela la enorme trascendencia que podía implicar el compromiso.
La renovación intelectual del romanticismo abría insospechados horizontes, que trascendían por cierto los puramente literarios. La solidaridad con las luchas populares, la exaltación de lo nacional y la fe ilimitada en el progreso de la humanidad constituían de por sí toda una revolucionaria concepción de la vida durante la primera mitad del siglo XIX.
Echeverría trajo a nuestro país ese contagioso entusiasmo del romanticismo. Su acción, en este sentido, será estudiada aparte y en forma particular. Por ahora, es preciso señalar que, junto con Alberdi y Gutiérrez, no dejó de buscar el apoyo de los estudiantes universitarios.
Tras varios intentos precursores de organización -entre ellos el más recordable fue la Asociación de Estudios Históricos y Sociales, de efímera vida allá por 1833-, surgió en 1837 el Salón Literario, del que fue entusiasta impulsor otro joven, Marcos Sastre, comerciante en'libros, quien al efecto prestó su casa.

El Salón Literario

En junio de 1837 abrió sus puertas el Salón con un acto público de singulares contornos por el número, calidad y disposición de ánimo de la concurrencia. Era evidente que la institución venía a llenar un vacío en la vida cultural de Buenos Aires y aún del país, porque entre sus socios, en su mayoría estudiantes de la Universidad -los más de la Facultad de Derecho-, encontramos no sólo porteños sino también oriundos del interior.
Conviene destacar que al principio prestaron su colaboración a las actividades del Salón, Vicente López, Pedro de Angelis y Felipe Senillosa, seguramente las únicas figuras intelectuales de relevancia que vivían en Buenos Aires. Aunque empresa de muchachos, ellos entendieron que no podían restar al Salón su madura experiencia. Pero pronto, por diversos motivos, se alejaron. Y los jóvenes no se arredraron y continuaron leyendo, discutiendo y programando para el futuro. Las obras de Cousin, Guizot, Lerrninier, Quinet, Villemain, Saint Simon, Leroux, Lamennais, Mazzini, Tocqueville, entre tantos otros, a través de libros y artículos periodísticos, ofrecían un complejo y apasionante mundo de inquietudes filosóficas, sociales, históricas, políticas, etc., que por su diversidad y gracias a ella, les permitió integrar tina elaboración doctrinaria original.
Al cabo de varios meses culminaron las actividades del Salón Literario con una serie de disertaciones que pronunció Echeverría, donde hizo un rninuncioso inventario de los factores negativos culturales y socio-económicos que frenaban el progreso nacional, y verificó el divorcio tremendo entre los propósitos transformadores de la Revolución de Mayo y la agobiante realidad, perduración de la Colonia. Y al señalar el puente ideológico que siempre nos liga a Europa, puntualizó que no se trataba de adoptar premisas extrañas sino de adaptarlas a nuestra específica peculiaridad nacional.
En cuanto a la literatura, sostuvo que la misma no puede desentenderse del medio social que la engendra. Era enemigo de poemas y prosas que no dejan rastro alguno en el corazón ni en el sentimiento. Siguiendo estas huellas dirá a su vez Alberdi que la literatura debe atender "al fondo más que a la forma del pensamiento, a la idea más que al estilo, a la belleza útil más que a la belleza en si'. Quedaban echadas entre nosotros las bases del compromiso del intelectual para contribuir a transformar la sociedad. Conscientemente toda la literatura romántica fue milicia. Echeverría, en 1837, se consagró como el orientador de una generación, y esto se pondrá de relieve cuando en esta Historia se lo estudie detenidamente. Hay que consignar que en su tiempo el Salón suscitó reacciones diversas.
Otra faceta abierta en el Salón Literario fue la crítica a la herencia americana de España. Se hizo allí un implacable y sombrío inventario de nuestro déficit cultural. varios artículos aparecieron en los diarios de la época para replicar estos planteos que, a su entender, significaban una temeraria negación de toda la producción de las letras españolas. Haciendo abstracción de las generalizaciones apresuradas que evidentemente se deslizaron en la tribuna del Salón, lo notorio es que cuanto se proponían señalar allí era la necesidad de lograr la independencia cultural como complemento indispensable de la soberanía política conquistada en los campos de batalla.
Sobrevivían aún tradiciones, costumbres, cultura, legislación, instituciones, de la época colonial. La primera etapa de tina reorientación por nuevos cauces de nuestra vida intelectual implicaba un análisis crítico que iluminaría eonvenientcmente la ulterior tarea de construcción sobre bases nuevas y auténticamente nacionales.

 

Autores Románticos

Juan Bautista Alberdi Esteban Echeverría José Mármol Domingo F. Sarmiento