Pero qué es el modernismo? Veamos las interpretaciones que se han hecho de la significación del movimiento, que ha sido ligado, en la búsqueda de conexiones de fondo, con un proceso de tipo religioso que se manifiesta hacia 1880, llamado también "modernismo", y que pretendía una explicación a fenómenos diversos: política, filosofía, religión, literatura, ciencia. Alguna epidérmica vinculación puede establecerse en la medida en que el modernismo que nosotros conocemos trabaja con la materia verbal y de su reordenamiento espera obtener significaciones. Pero no puede decirse que haya habido correlación ni determinación ninguna. Muchos poetas modernistas se niegan, no obstante, a creer que el modernismo sea algo restringido a las bellas letras; aluden, en cambio, a un estado de ánimo general que es, tal vez, el sentimiento ya descripto de asfixia cultural y de necesidad de cambio social. Esa es por lo menos la opinión de Juan Ramón Jiménez, que le atribuye se "un gran movimiento de entusiasmo y libertad hacia la belleza". Es Rubén Darío el que emplea la expresión "modernismo" refiriéndola a literatura. Lo hace en 1890 en un ensayo sobre Ricardo Palma; en 1890, el término, con esta significación, es incorporado al Diccionario de la Real Academia a propuesta y precisión de Marcelino Menéndez y Pelayo. Esta versión es la que prevalece y la que define el destino posterior de la tendencia: la rebelión inicial encuentra su salida en el lenguaje y se queda allí, aunque sea resultante de condiciones más generales; y cuando logra ese lenguaje empieza a repetirlo.
En el libro de Carlos A. Loprete (La literatura modernista en la Argentina) se enumeran las principales interpretaciones críticas que se han hecho del modernismo. Federico de Onís le adjudica calidad de pasaje del siglo XIX al XX, pues al resolver la crisis de las letras y del espíritu hispánicos manifiesta un carácter amplio, y es claramente una resultante de un proceso total y profundo. Luis A. Sánchez, en cambio, lo restringe y lo reduce a lo literario: "reacciona contra el realismo, devuelve a la palabra su valor artístico; revela una sensibilidad aguda; es eminentemente esteticista, individual y egolátrico". Amado Alonso, desde una perspectiva estilística, consagra su carácter de arte combinatorio en tanto que para Sanín Cano "es una derivación del
romanticismo... tentativa de rectificación, por lo que hace al excesivo dominio de la facultad imaginativa". Prescindiendo tal vez de su encuadre pero. teniendo muy presente su ámbito muy característico posterior a Darío, Pedro Henríquez Ureña lo describe así: "Este movimiento renovó íntegramente las formas de la prosa y de la poesía: vocabulario, giros, tipos de verso, estructura de los párrafos, temas, ornamentos. El verso tuvo desusada variedad, como nunca la había conocido antes, se emplearon todas las formas existentes, se crearon formas nuevas y se llegó hasta el verso libre a la manera de Whitman y el verso fluctuante a la manera de la poesía española en los siglos XII y XIII. La prosa perdió sus formas rígidas de narración seme-jocosa o de oratoria solemne con párrafos largos; adquirió brevedad y soltura". En nuestra opinión, este punto de vista es ampliamente descriptivo y agota el aspecto filológico-lingüístico del modernismo y, aunque excluya la inserción total en la realidad histórica, permite comprender lo que se ha propuesto y ha sido este intento tan profundo de renovación. Guillermo Díaz-Plaja incluye a la generación del 98 española en la experiencia, lo cual se justifica en la medida en que el modernismo implica una crítica a lo español, considerado por otra parte como algo irrenunciable. Digamos por nuestra parte que esta crítica se realiza como es tradicional en la cultura de lengua española, especialmente americana, y en nuestro país a partir de Echeverría; es decir, recurriendo a lo francés que se siente como un modelo superior y excelso en el cual se bebe toda la posibilidad de flexibilización, de puesta al día, de apertura. Lo español, en cambio, se muestra como dominado por una tendencia a encerrarse y oscurecerse, como si careciera de recursos propios para la actualización.
En 1907, la revista El Nuevo Mercurio, dirigida por Gómez Carrillo, organizó una encuesta sobre el modernismo. Las respuestas tienen especial interés por la cercanía del fenómeno.
Sólo dos interrogados señalan a Darío como iniciador del movimiento. La mayoría vincula el movimiento estético, ya plenamente triunfante, con determinantes de época y ambiente.
"El modernismo en el arte es simplemente una manifestación de un estado del espíritu contemporáneo" afirma Roberto Brenes Mesén; y para Eduardo Talero "pugna por restablecer la comunicación directa entre la sensibilidad y el mundo externo". Manuel Machado, por su parte, opinó que "el modernismo era la anarquía, el individualismo absoluto".
Como se ve, los juicios, que podrían seguirse acumulando, son coincidentes y divergentes; su denominador común es la voluntad de cambio, y otro la radicación en el lenguaje literario de dicha voluntad. Lo que tal vez estas interpretaciones o descripciones omitan sea el hecho de que el modernismo no previó un dinamismo del cambio, razón por la cual cayó rápidamente en una retórica que afirmó en el orden general social aquello que venía a combatir. Pero eso se verá más detenidamente al considerar el modernismo argentino.
Conviene, por ahora, considerar los antecedentes en que se enraíza la experiencia modernista.

Las fuentes de la experiencia modernista.

Ya se ha dicho que sobre la base de un lenguaje endurecido, el modernismo realiza transformaciones tendientes a flexibilizarlo.
Dichas modificaciones se realizan con la ayuda de influencias asimiladas en la literatura francesa ya desde Gutiérrez Nájera, y notoriamente con Rubén Darío. A partir de los iniciadores, la dependencia de lo francés es visible tanto en lo que respecta a escritores o poetas como a los materiales manejados y a las estructuras verbales características. Verlaine es la gran referencia, pero igualmente importantes según los autores son Baudelaire, Gautier, Samain, Laforgue, Leconte de Lisie, Moréas, Lautréamont, Kahn, Barbey d'Aurevilly., etcétera. Culto a estos innovadores, a estos maestros, pero básicamente homenaje a las escuelas de las que son representantes. Ser modernista es ser moderno y eso está encamado en el proceso poético francés. Veremos cómo, a partir de la asimilación de dicho proceso, se van configurando los caracteres estilísticos principales del modernismo. Esto no significa que lo estrictamente español no haya sido tenido en cuenta. Darío, especialmente, vivificó viejos metros abandonados, versos caídos en desuso, como resultado de un formidable conocimiento de la tradición poética española.
En todo caso, lo importante es el influjo francés no sólo porque implica un gesto tradicional y repetido, sino también por la profundidad de los cambios que respaldó y las paradojas a que dio origen su implantación.
El proceso comienza en la culminación del
romanticismo. El mismo año de 1830 Víctor Hugo estrena el Hernani, con el gran triunfo conocido, y publica Las Orientales. Son dos obras de carácter opuesto, ambas emanadas de las contradicciones románticas: la primera, mediante la cual culmina la campaña por la destrucción de la rígida preceptiva de las unidades, se aproxima, gracias a su combatividad y también en cuanto al tema, al romanticismo social; la segunda, en cambio, afirma una tendencia a la decoración, al lujo verbal y, en suma, a la gratuidad. En virtud de estos elementos se constituye poco después el grupo o la tendencia del "Arte por el Arte" capitaneada por Teófilo Gautier este grupo lanza una nueva "Ars poetica" que se basa- en cambios métricos y acentuales, en un desarrollo del instrumento expresivo. Desde el punto de vista temático se propugna un retomo a la antigüedad pagana, se celebra la belleza física y palpable, las líneas y las formas, el desnudo, el color- La poesía debe describir como la pintura y presentarse armoniosa como la música. Ya Gautier hace las "transposiciones" de arte, o sea llevar a la poesía monumentos, frescos, cuadros, bajorrelieves, estatuas. Actúa también en la tendencia "artística", Teodoro de Banville, que preconiza la religión del Arte y el desprecio al burgués; en su Pequeño Tratado de Poesía Francesa, recupera versos y estrofas arcaicas: rondel, soneto, rondó, triolet, villancico, lai, virelai, canto real, sixtina, glosa y pantu. El Arte por el Arte afirmaba una poesía hábil, de perfecta confección, y se despojaba de vinculación con la realidad actual enfrentando, de paso, a los "intimistas", a los poetas sociales. Pero pasa el furor y toca el turno al movimiento llamado Parnaso, que retoma las actitudes básicas teáticas de los "artistas" pero dejándose impregnar por el espíritu positivista que dominaba la escena. Como resultado de este vínculo surgen nuevos temas que exigen un tratamiento propio, y la "ciencia" penetra la poesía a través de la investigación filológica, arqueológica y culturalista. De ahí los temas germánicos, las epopeyas hindúes, los libros judíos, los cantos homéricos, las tradiciones chinas.
Las religiones entusiasman a los filólogos y luego a los poetas. Se empieza a vivir una dimensión alegórica y simbólica, todo es símbolo, todo tiene un sentido místico. Pero no es místico en sí sino en relación con la fe positivista de cambio social en auge. De modo que los poetas son al mismo tiempo helenistas o hinduistas, o esotéricos y republicanos, demócratas y socialistas. Leconte de Lisle propugna una obra de arte que combina todos estos elementos y que, como tal, es un producto intelectual, una obra equilibrada y perfecta en la armonía de todas sus partes. Se comprende que haya una recuperación de la serenidad clásica como ideal del arte y del artista. Pero el esculturalismo y la impasibilidad matemática del Parnaso cumplen su cielo y de algún modo, a partir de su ideal de perfección formal, se vuelve a algo más vivo y animado, por "tedio" vital. Ya Baudelaire había descubierta el tema ciudadano y la cotidianeidad de la experiencia, s las que iluminó desde dos puntos de vista: un verso perfecto, como lo exige ahora el gusto después del Pamaso, y una flexibilización del lenguaje en virtud de la musicalidad. Además había explorando las correspondencias.las en la naturaleza: perfumes, colores, sonidos, son intercambiables, son fórmulas que se traducen recíprocamente. Estos últimos aspectos hacen escuela.
Apoyados en estos elementos del gran precursor aparecen los llamados "simbolistas": Verlaine, Rimbaud, Ma[[armé. "De la musique auant toutechose", la divisa de Verlaine que tanto influyó sobre el modernismo, no significa otra cosa que la búsqueda de una atenuación de la rima y de la sólida arquitectura del verso; ahora se trata de transmitir lo impreciso, el matiz, las sugestiones, las sensaciones leves, las inquietudes, los malestares, los sueños. Versos mundanos, místicos, sensuales, se dirigen a trasmitir un estado espiritual de "tristeza" que rompe la eficacia de Leconte de Lisle. Rimbaud, a su vez, había desarrollado el tema baudelairiano de las correspondencias añadiéndole la idea poética del "desorden de los sentidos". Se trata de captar lo inasible por la razón, de capturar las fugitivas sombras que de la realidad emergen para deslumbrar al poeta y dejarlo solo. La ciencia y su infalibilidad son cuestionadas, la sensibilidad exige su puesto. Nada más natural que aparezca el llamado "decadentismo y que se llegue a los límites de la experimentación de la sensibilidad. Pero es en el campo del verso donde se realizó la lucha, no en el de los temas que se fueron acumulando a lo largo del proceso. Verlaine y Rimbaud animaron el alejandrino multiplicando las formas del verso y avivando los versos impares, tradicionalmente descuidados, trastornaron los cortes, simplificaron la rima con asonancias, innovaron con vistas a la musicalidad, efecto que por cierto lograron en su resultado máximo que es el verso "libre" en el cual lo único que subsiste del verso tradicional es el ritmo.
Y bien, todo este proceso sirve de modelo e impregna al modernismo; le entrega incluso temas, no solamente la actitud de renovación. De hecho los caracteres del modernismo se reencuentran en el conjunto de escuelas francesas con un respeto tal que de ningún modo el modernismo es una continuación de aquéllas sino un movimiento claramente epigónico y en ciertos aspectos claramente anacrónico. De todos modos, para que se vea hasta qué punto existe una relación con el proceso francés, señalemos dichos caracteres del modernismo: ejercicio riguroso de un oficio impecable (por lo tanto, proclividad al virtuosismo); reacción contra el lenguaje fácil y remanido; práctica del impresionismo descriptivo (describir las impresiones que producen las cosas y no las cosas mismas); descubrimiento y puesta en práctica de las correspondencias sensoriales (colores son olores, son ideas, son imágenes) ; mecanismo de transposiciones de arte apoyado en la idea de la unidad de las artes (poesía monumental o pictórica o musical); ampliación de la temática a los motivos bellos, exquisitos, pintorescos y decorosos (temas mitológicos nórdicos, grecolatinos, temas galantes versallescos y medievales, teratología medieval y zooiógjea, etc.); culto a lo intuitivo y subconsciente, a lo impreciso y vago, a las fuerzas oscuras que gobiernan la realidad.
 La Argentina a la llegada de Darío. Inserción del modernismo.- Todo esto llega con Rubén Darío a la Argentina, en 1893. Cuando en ese año el poeta nicaragüense arriba a Buenos Aires, ya ha publicado Azul y lo principal del modernismo tiene forma y cuerpo. Con Prosas profanas ya no quedarán dudas acerca de la coherencia y la efectividad del nuevo lenguaje. El mensaje de Darío prende, especialmente, en el joven poeta cordobés
Leopoldo Lugones que asombra a Buenos Aires a su llegada por su -poder verbal. A partir de entonces, 1896, puede considerarse implantada la escuela en la Argentina, cuyo clima es altamente propicio para esta y otra clase de novedades. Hay que señalar, ante todo, que junto con el modernismo florece una actitud estéticamente antagónica, el realismo. Lo cual prueba la necesidad de haúnar formas que canalicen necesidades profundas. Favorece la introducción del modernismo la fundación de la Facultad de Filosofía y Letras, el clima de desarrollo periodístico, la presencia de Groussac y su revista La Biblioteca, la decadencia o la asfixia del naturalismo y de la poesía posromántica.
Vamos a describir en seguida el clima social en que se instala el modernismo pero, ante todo, digamos que en el campo estrictamente cultural las condiciones son diferentes a las mejicanas, cubanas o nicaragüenses en cuyo marco surgiera el movimiento. En primer lugar, aquí el
romanticismo prendió de una manera definitiva y alcanzó hasta los niveles políticos. Toda la literatura fue, desde 1840 en adelante, romántica, y el neoclasicismo caducó en las primeras escaramuzas. Lo mismo ocurrió con la influencia española combatida ya muy enérgicamente por la generación echeverriana de 1837. En cambio arrastraba penosamente su existencia una especie de posromanticismo lánguido y sentimental, junto con los productos menores de la gran literatura gauchesca. Entre ambas líneas se asfixiaba la poeila, estrechada por el localismo que las respectivas estéticas propugnaban. De modo que la diferencia se nota con claridad. Si es así, ¿por qué razones prende con tanta vehemencia el modernismo? Probablemente haya que buscarlas en el campo político social. Después de 1880 se empieza a vivir un clima de gran cosmopolitismo. El grupo dirigente, la alta burguesía liberal, se plantea un proyecto cuyo nervio fundamental es la voluntad de incorporación al mundo de la cultura, a la civilización occidental. Desde luego -que ese proyecto reposa sobre un modo de producción económica, la de materias primas, lo cual toma al país dependiente de los mercados compradores, que a la vez venden productos elaborados y, para cerrar el cielo, modelos culturales. Se vive, en consecuencia, un clima de gran mundanidad, de lujo y ostentación, de vuelco a Europa. Es claro que hay también contradicciones. Apoyados en la fe por lo europeo los dirigentes argentinos favorecen la inmigración con la idea de que eso terminará por producir un cambio étnico y cultural por mero trasplante. Como se ve, esta política es coherente con la general de occidentalización, pero una vez puesta en marcha, una vez llegados los inmigrantes al país, comienzan las contradicciones y los rechazos. A partir de 1885, aproximadamente, la clase dirigente escinde su pensamiento y, por un lado, se vuelca cada vez más hacia un mundo de esencias, hacia lo refinado y lo exquisito, mientras que por el otro rechaza los conglomerados de extranjeros que están cambiando la ciudad, el idioma, y que se están mezclando avasalladoramente. Por otro lado, en virtud del impulso adquisitivo cultural, el grupo dirigente se hace positivista -doctrina que justifica su política y su futuro- y naturalista en lo literario, instrumento a la moda cuyos alcances críticos van derivando hacia el ataque al molesto extranjero.
La voluntad cultural del 80 logra sus resultados: hay una mayor alfabetización y un acceso mayor a los objetos culturales, hay un ideal cultural. Y estas son ya condiciones favorables para recibir por un lado innovaciones y puestas al día, por el otro un movimiento cuyos elementos principales apelan a un superconsumo. En definitiva, el modernismo prende porque promete un acceso mucho más rápido al deseado universo cultural europeo, porque augura una literatura digna y de alto nivel, según la exige un núcleo que se cree en posesión de los medios más refinados de la expresión artística. Si modernismo en Centroamérica era superación del localismo, en la Argentina es corroboración de que ya se lo ha superado. Por eso, en tan pocos años el modernismo evoluciona en la Argentina hasta convertirse en la literatura académica y oficial, y por eso también, uno de sus aspectos logra escaso desarrollo así como se pierde muy rápidamente la inicial rebeldía que rozaba también ardientemente lo político-social. En sólo ocho años, el modernismo en la Argentina llega, con Los crepúsculos riel jardín de
Leopoldo Lugones, a su máxima tensión verbal y a su fisonomía más perdurable. Su otra cara, la de los poetas que tratan de mantener viva la rebeldía, es infinitamente menor y confusa.
En virtud de lo dicho, tal vez la palabra "modernismo" tenga un sentido más preciso en la Argentina, tal vez signifique claramente "actualización'' y la tendencia reivindique todo lo que ese término contiene. Es decir, que el modernismo estaría instalado en lo actual y sería tina de las expresiones de lo actual. Y eso parece cierto sobre todo en sus comienzos, cuando
Lugones, "cachorro de hecatónquero" como diría Darío, lanza sus primeros rugidos estéticos y promete un mundo de Formas nuevas. Lo extranjero, tamizado ya en el sistema de Darío, vendría a incorporarse a una voluntad de ser estética incrustada en un tiempo que la exige.

El modernismo propiamente dicho.

Llegamos así a nuestro movimiento modernista. Ya se ha visto que la historia de este movimiento en la Argentina empieza con la llegada de Rubén Darío a Buenos Aires en 1893 convertida así, durante unos años, en la capital americana del movimiento. El poeta era conocido ya por las prosas de Azul (1888), y por sus colaboraciones regulares en La Nación publicadas desde 1889. Sus primeros trabajos escritos en la ciudad porteña aparecieron en La Tribuna de Mariano de Vedia, y más tarde en la Revista Nacional, aunque siguió escribiendo en el diario de las Mitre.
A Darío y sus admiradores se debieron algunas de las revistas más famosas del modernismo aparecidas en Buenos Aires: la Revista de América (1894) fundada por él y por Ricardo Jaime Freyre. La Biblioteca (1896-1898) creada y dirigida por Paul Groussac (1848-1929). El Mercurio de América (1898-1900), fundada por Eugenio Díaz Romero. En ellas aparecieron algunas de las composiciones más famosas del movimiento y numerosos cuentos, prosas poéticas y capítulos de novelas escritos por Darío y sus camaradas literarios.
Importancia fundamental en el desenvolvimiento posterior del movimiento tuvieron, por su influjo sobre los escritores argentinos, muchos de los poemas en prosa publicados por Darío tanto en Azul, como en los cuentos parisienses que agregó en la segunda edición del mismo libro ( 1890 ).
También fueron importantes la colección de estudios sobre escritores europeos decadentes que antes había publicado en La Nación y que reunió en el volumen Los raros (1896). Desde el punto de vista de la prosa, en
Leopoldo Lugones (1874-1938) puede seguirse muy bien la evolución de distintos aspectos de la misma tanto en sus temas como en la constante preocupación formal que es una de sus notas más destacadas.
Dentro de esta misma atmósfera de seres y casos patológicos y extraños, debe colocarse una parte de la obra de
Horacio Quiroga (1878-1937), especialmente El crimen del otro. (1904), y Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), que pertenecen a su primer período creador. Por fin, algunos aspectos de la visión sensual y de la técnica modernista pueden percibirse en la prosa de Ricardo Güiraldes (1886-1927), desde Cuentos de muerte y de sangre (1915), hasta Don Segundo Sombra (1926), pasando por Raucho (1917 ) y Xaimaca ( 1923 ) . Pero la importancia de estos dos autores, que rebalsan los límites del modernismo en muchos aspectos, exige que sean estudiados por separado y en forma especial. Es Enrique Larreta (1873-1961), especialmente con La gloria de don Ranúro, quien constituye el mejor ejemplo de la narrativa modernista argentina,- Es preciso, por lo tanto, detenerse atentamente en el estudio de su obra y su personalidad.

El vocabulario modernista

  1.  Palabras procedentes de la afición por la zoología: cisnes, pavos reales, mariposas, tórtolas, cóndores, leones.
  2.  Palabras procedentes de la botánica heráldica y mitológica: lirios, lotos, anémonas, nenúfares, acantos, laurel, mirtos, olivos, pámpanos, adelfas, jacintos.
  3.  Palabras procedentes de la mineralogía y la arquitectura: oro, columnatas, capiteles, rubíes, zafiros, pórfido, mármol, esmeriles, bromuro, talco, opalina.
  4.  Neologismos de origen latino o griego: liróforo, aristo, áptero, apolonida, criselefantino, faunalias, homérida, ixionida, filial, nictálope.
  5.  Neologismos de origen criollo: tocuyo, retacón, bizquear, proclamista, polla, chanfaina.
  6.  Arcaísmos: jamordar, ansina, rempujar, concubio, arcabuz.
  7.  Palabras extranjeras interpoladas: baccarat, gin.
  8.  Palabras extranjeras castellanizadas: muaré, esplín, cabriolé, champaña, fiacre, bufete.
  9.  Palabras procedentes de la física, la química, la astronomía y la geografía: hidroclórico, hiperbórea, aerostación, hipermetría, febrífugo, hidrostático, quirúrgico, cosmogonía, redoma.
  10.  Palabras cultas, de origen latino: consuetudinario, febril, azur.
  11.  Plabras que remiten a la afición nobiliaria del modemismo: heráldica, princesas, pajes, clavicordios, lises, blasones.
  12.  Abundancia de sustantivos y adjetivos de color: dorado, violeta, azul.

Autores del Modernismo
Ricardo Güiraldes Leopoldo Lugones Horacio Quiroga