El concepto de "generación' ha sido definido y controvertido con insistencia en los trabajos de muchos críticos e historiadores de la cultura. Y, muy frecuentemente, suele desencantar a aquellos que intentan aplicarlo a ciertos fenómenos culturales, tantas son las excepciones, las correcciones y los malos entendidos que se producen cuando se intenta englobar bajo un determinado denominador común el sentido de obras y de hechos de naturaleza muy compleja.
En efecto, aun reducido a su expresión más elemental, el concepto de "generación" se apoya en el supuesto de que los hombres nacidos y criados alrededor de un mismo eje cronológico, y sometidos a parecidas presíones sociales, tienden a comportarse y a expresarse según módulos que reflejan esa comunidad de origen y de experiencias.
Muchos de los hechos que en nuestro país encontraron su expresión económica, política y cultural alrededor del eje cronológico del año 1880, admiten una caracterización de tipo generacional.
Y, en la práctica, se ha institucionalizado la costumbre de referirse a la historia, a la literatura, a la política de esos años, como la hístoria, la literatura, la política de la "generación del 80".

El momento histórico-cultural.

Una caracterización de este tipo se funda, naturalmente, en la confluencia excepcional de factores históricos y sociales, y basta una somera descripción de la Argentina en la penúltima década del siglo XIX para advertir el nivel de homogeneidad en que se integraron esos diversos factores. Desde la caída de Rosas, en 1852, el turbulento panorama político inició un largo y duro proceso de deflación en cuyo término la primera presidencia del general Roca (1880-l886) impuso el desconocido espectáculo de una gestión presidencial acatada por todas las facciones.
Esa estabilidad política ajustó la última pieza de su laborioso mecanismo con la promulgación de la ley que convertía a la ciudad de Buenos Aires en Capital Federal de la República, clausurando así, con una figura jurídica, el viejo pleito de provincianos y porteños. La ley se promulgó en 1880, el mismo año en que Julio Argentino Roca, el joven y brillante militar prestigiado por el éxito de la campaña que concluyó con el dominio del indio en el desierto, sucedía a Avellaneda en el mandato presidencial.
De alguna manera, la prédica sustentada en las Bases, de
Alberdi, que era la prédica de toda la generación de proscriptos, venía a encontrar finalmente, después de 30 años, su cumplido ejecutor. Bajo el lema de su gobierno, "paz y administración'( la libertad de comercio, la radicación de capitales extranjeros, el trazado de vías férreas, la incorporación del desierto a las actividades productivas, el acceso de varios centenares de miles de inmigrantes, convertían en palpable realidad algunas de las más ansiosas postulaciones de Alberdi.
Es cierto que la verificación de los más urgentes postulados de las Bases no alcanzó la misma intensidad en todos los órdenes de la compleja realidad ni afectó de igual manera el crecimiento de todas las estructuras que interesaban al desarrollo armónico del país. La nueva población, lejos de extenderse en relación proporcionada a la disponibilidad de tierras cultivables, fue virtualmente compelida a arracimarse en el núcleo urbano de Buenos Aires; la nueva riqueza, lejos de sacudir los entumecidos resortes de las economías provincianas, descargó sus esplendores sobre la cornucopia que atiborraba de cereales el privilegiado puerto de Buenos Aires; el nuevo orden político, lejos de asegurar el cumplimiento correcto de la democracia representativa, alentó más bien la consolidación de una suerte de despotismo ilustrado, de una peculiar oligarquía entre cuyos miembros se compartió el poder hasta bien entrado el siglo XX, cuando la novedad del voto secreto consagró el triunfo de Hipólito Yrigoyen (1916).

Los rasgos característicos

La confrontación permanente con los modelos culturales provistos por Europa fue una característica que marcó de modo decisivo la naturaleza de estos instrumentos reguladores.
Los hombres del 80 -entiéndase bien, los hombres que dirigían y asumían la responsabilidad del proceso político y social- cultivaban una relación tan estrecha con el mundo cultural europeo que aquellos instrumentos no podían sino reflejar con bastante -fidelidad el modelo. Cuando
Echeverría o Sarmiento llegan a Europa, la actitud de ambos es la de provincianos ávidos e inquietos que buscan en las grandes capitales del mundo el saber y la experiencia susceptibles de servir a la singular situación de un país que ensayaba los vagidos de la vida independiente. Todavía más; Sarmiento no vacilará en reconocer la admiración que le despiertan los Estados Unidos, en demérito de la imagen de una Europa envejecida, recostada en la estéril contemplación de sus glorias de antaño. Y ello porque Sarmiento observaba el mundo con la deliberada intención de extraer conclusiones de orden práctico. En Cambio, cuando Mansilla o Cané, dos hombres típicos del 80, llegaban a Europa en alguno de sus frecuentes Viajes, la actitud de ambos, por lo contrario, era la de dos expertos consumidores para quienes Europa renovaba siempre los maravillosos secretos de su arte y de su sociabilidad.
La disposición del consumo cultural, Propia de una sociedad que ha resuelto Ya muchos de sus problemas fundamentales es, probablemente, uno de los rasgos más novedosos con que la generación del 80 se introduce en la historia del país, y el que afectó con mayor profundidad a los integrantes de la misma.
De todas las direcciones anotadas por el crítico de
Cané hay una, particularmente, que impresiona por la abundancia de testimonios comprobatorios y por el fuerte contraste que ofrece con la literatura de los nombres entonces vigentes en el consenso público: Sarmiento, Mitre, Alberdi, Vicente Fidel López. Es ese "talento a flor de cutis", esa disposición para escribir una página antes que un libro, ese "despilfarro enorme de talento a los cuatro vientos del periodismo o de la conversaciód'.
Cualquier lector que posea un mediano conocimiento de la literatura de esa época encontrará, asimismo, abundantes pruebas de un sentido del humor displicente y sofrenado en las fronteras mismas de la sonrisa; y de una actitud irónica que hace gala de cuestionar el contenido de los asuntos que trata cuando la seriedad de éstos amenaza en volver solemne la conversación o el discurso.
Eduardo Wilde (1844-1913) fue el más reputado humorista del 80; Guido y Spano (1827-1918) el que manejó más a fondo el extraño instrumento de la ironía. Entre una y otra resonancia de la escala musical,
Cané añadía una nota personal de pesimismo, una cierta irritabilidad a la que con el lenguaje positivista de la época cabría calificar como "neurastenia".

 

Autores de la Generaciòn del '80
Miguel Cané Ezequiel M. Estrada Joaquín V. González Rafael Obligado