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Biografía
Conocido en el mundo de las letras por sus escritos
sociológicos y bibliográficos, Domingo Faustino
Sarmiento puso las bases del desarrollo económico
argentino al estimular durante su presidencia la
enseñanza pública, el comercio, la agricultura y los
transportes.
Sarmiento nació el 14 de febrero de 1811 en San Juan,
Argentina. A los quince años comenzó a ejercer la
enseñanza en su ciudad natal y posteriormente inició su
carrera política como legislador provincial. En 1831 se
exilió en Chile, donde trabajó como minero y maestro de
escuela.
Volvió a San Juan donde prosiguió sus tareas en la
enseñanza y el periodismo. Destacó en sus ataques
contra Juan
Manuel de Rosas, quién lo obligó a exiliarse de
nuevo en Chile en 1840. En este país su actividad fue
muy notable, tanto en la enseñanza, se le confió la
organización de la primera escuela del magisterio de
Sudamérica, como en el periodismo, publicando artículos
en el Mercurio de Valparaiso y en El Progreso de
Santiago.
Durante sus años de exilio viajó y publicó obras
literarias. Visitó los Estados Unidos y Europa, donde
conoció a pedagogos y escritores. En 1845 publicó su
primera gran obra: Civilización y barbarie: vida de Juan
Facundo Quiroga, y aspecto físico, costumbres y hábitos
de la República Argentina, novela bibliográfica en la
que atacaba el régimen de Rosas. A pesar de sus
insuficiencias y su estilo poco cuidado, su influencia
fue considerable. Mayor vigor literario alcanzó
Sarmiento en Mi defensa (1843) y Recuerdos de provincia
(1850), que pueden ser consideradas como las primeras
grandes manifestaciones de la narrativa argentina.
En 1850 se incorporó al ejercitó de Justo José de
Urquiza, que derrotó
a Rosas en 1852.
Sarmiento participó en la guerra como corresponsal.
Fruto de eso fue la publicación en ese mismo año de la
Campaña del Ejército Grande. No obstante, pronto se
enemistó con el nuevo gobernante, por lo que volvió a
Chile, de donde regresaría en 1855. Entonces se
estableció en Buenos Aires, donde se puso al servicio de
su administración a la vez que militaba el partido de Bartolomé
Mitre. Diputado el congreso constituyente de Santa
Fe, en 1860, fue nombrado gobernador de San Juan dos
años más tarde. Entre 1864 y 1868 desempeñó el cargo
de ministro plenipotenciario en Chile, el Perú y los
Estados Unidos. En este último país lo sorprendió su
designación como Presidente
de la República Argentina, cargo y honor que recayó
sobre él por motivos de prestigio y, sobre todo por
circunstancias políticas al llegarse a un acuerdo entre
los partidarios de Mitre y de Valentín Alsina.
Durante su periodo presidencial impulsó aquello por lo
que había luchado toda su vida: la educación y la
cultura de su pueblo, actuando sobre todo en el fenómeno
de la enseñanza general y la organización del
magisterio, y también en la extensión de ideas
liberales, que se centraban en los principios
democráticos, las libertades civiles y la oposición a
los regímenes dictatoriales. Pero también tuvo que
enfrentare a problemas internos que podrían haber tenido
graves consecuencias en el futuro del país, como la
Insurreccion federalista de Entre Ríos 1870-1873 y un
pronunciamiento de Mitre.
Al terminar su gobierno Sarmiento, continuó en la
política, actuando sobre todo en el campo de la
educación. Como senador (elegido en 1875), como ministro
del interior (nombrado en 1879) y como superintendente
general de escuelas (1881) promovió la expansión de la
red ferroviaria, facilitó la llegada de inmigrantes y
fundó una escuela de magisterio, una naval y diversos
colegios militares y bibliotecas provinciales.
A partir de 1880, tras la elección presidencial de Julio
Argentino Roca, Sarmiento fue alejado de la política
y continuó su labor literaria. Así, en 1883 publicó
Conflictos y Armonías de las Razas en América y, en
1885, editó su última obra La vida de dominguito,
biografía de su hijastro Domingo Fidel Sarmiento que
murió en el transcurso de la guerra
contra Paraguay iniciada en 1865.
En los últimos años de vida Sarmiento seguía
colaborando con pequeños periódicos escribiéndoles sus
obras. Murió en Asunción del Paraguay el 11 de
septiembre de 1888.
Fue Domingo Faustino Sarmiento un político ilustre, un
pedagogo eminente para su época, un escritor pródigo y
un orador destacado. De temperamento agresivo, su pluma
hería como una espada, y su continua exasperada
combatividad le acarreó numerosos problemas y
enemistades. Por otro lado, al haber permanecido durante
muchos años fuera de Argentina, sus contemporáneos lo
acusaron de ignorar a menudo las realidades de su propio
país. En cualquier caso lo más destacado de su
actividad pública fue sin duda su empeño para elevar el
nivel educativo de su pueblo, objetivo que en parte
consiguió. En sus años de exilio viajó y publicó
obras literarias. Visitó los Estados Unidos y Europa,
donde conoció a pedagogos, se incorporó al ejército de
Justo Jose de Urquiza, que derrotó a Rosas en 1852.
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Obras
Facundo y su proyecto. - Como casi
todos los textos de Sarmiento.
Facundo responde a una circunstancia precisa e inmediata;
como casi todos ellos, también la trascienden, ampliando
la motivación concreta.
En abril de 1845 llega a Chile Baldomero García, enviado
de Rosas, quien, entre otras cuestiones, trae como
misión protestar por la campaña antirrosista de los
exiliados argentinos, en especial la de Sarmiento.
Este hecho precipita la aparición de Facundo: el 1 de
mayo se anuncia como folletín en El Progreso, comienza a
editarse al día siguiente, y continúa por tres meses.
El 28 de julio, El Progreso también publica el libro:
Civilización y Barbarie, vida de Facundo Quiroga.
Costumbres y ritos de la República Argentina, llamado
siempre Facundo a secas por Sarmiento, quedando este
título consagrado por el uso. Desde el año anterior
Sarmiento pensaba en Quiroga como personaje
ejemplificador de su concepción de la barbarie, según
lo revela su artículo de Progreso de 28 de agosto de
1844.
Certifican asimismo el proyecto la carta a Anselmo Rojo
de 22 de febrero de 1845 -"pienso recolectar datos
para la biografía de Quiroga.
-Este ser un cuadro brillante y está mandando a la
revista de Ambos Mundos para que se publique"-, y
los pedidos de información a Antonio Aberastain y a
Amaranto Ocampo.
La premura con que debió escribir la obra es reiterada
por Sarmiento una y otra vez: en el anuncio de Fin
Progreso ("Un interés del momento).
Premioso y urgente a mi juicio, me hace trazar
rápidamente un cuadro que había creído poder presentar
algún día, tan acabado como me fuese posible. He
creído necesario hacinar sobre el papel mis ideas tales
como se presentan, sacrificando toda pretensión
literaria a la necesidad de atajar un mal que puede ser
trascendental para nosotros".), En la
"Advertencia del autor" a la primera edición,
en la carta a Alsina y al general Paz (de 22 de diciembre
de 1845); en esta última amplía la intencionalidad
política ("Remito a S. E. un ejemplar del Facundo
que he escrito con el objeto de favorecer la revolución
y preparar los espíritus.
Obra improvisada, llena de inexactitudes, no tiene otra
importancia que la de ser uno de tantos medios para
ayudar a destruir un gobierno absurdo y preparar el
camino a otro nuevo.") De la carta a Rojo citada, al
privilegiar un destinatario europeo, de modo de incidir
sobre la imagen de Rosas ante Francia e Inglaterra para
lograr un apoyo directo en la lucha que argentinos y
uruguayos sostienen desde Montevideo.
Conviene retomar algunas de estas afirmaciones
sarmientinas. Sarmiento sale al paso ante posibles
rectificaciones sobre la historia contada. Se las
hicieron, especialmente Alsina y Alberdi.
Promete también revisar su trabajo. Nunca lo hace. Pues
si bien es cierto que corrigió y suprimió partes del
texto en las sucesivas ediciones, lo hizo siempre llevado
por razones políticas del momento. Cuando plantea una
corrección consulta a Dalmacio Vélez Sarsfield y a su
hija Aurelia Vélez, que disienten en el consejo. El
primero le recomienda: "Me parece que el Facundo
mentira (subrayado en el original) ser siempre mejor que
el Facundo verdadera historia" (carta de octubre
de1865), y Sarmiento decide en carta a la segunda:
"No tocar con mis trémulas manos de viejo al
Facundo por complacerla a usted, cuyo juicio y cariñosa
tutela respeto y acato. . ." Dudosa es también su
afirmación de "sacrificar" las pretensiones
literarias. Veamos el proyecto explícito de la
"Introducción" y de la "Carta a
Alsina". El acápite de Villemain autoriza una
historia apasionada; el Curso de literatura de donde
procede la cita, coloca a la obra en el sistema de la
literatura. Es ésta una elección expresa y marcada,
más allá del hecho de que la Historia perteneciera aún
a las Bellas letras y, por lo tanto, fuera objeto a
considerar en el libro de Villemain, "Pobre
librejo", "estos ligeros apuntes" es la
calificación del autor (el mismo que no tocar con sus
"trémulas manos de viejo" un texto cuya
eficacia expresa de este modo: "Y luego los ricos,
no despojen al pobre quitando la venda de los ojos a los
que lo traducen - se refiere a la traducción al italiano
de Facundo -, cuarenta años justos después de haber
servido de piedra para arrojarla ante el carro triunfal
de un tirano, y cosa rara! El tirano cayó abrumado
por la opinión del mundo civilizado, formada por este
libro extraño, sin pies ni cabeza, informe, verdadero
fragmento de peñasco que se lanza a la cabeza de los
titanes." O. C., v. 46).
El proyecto de Sarmiento en el Facundo es múltiple. En
primer lugar se propone explicar el enigma de la realidad
nacional analizando las causas de orden histórico,
geográfico, social, desde el estudio de la vida de
Quiroga para entender el actual gobierno
de Rosas. Justifica teóricamente la elección de la
biografía y del personaje, explica la información y la
documentación utilizada, tanto como el modo de
composición -"poner antes las decoraciones y los
trajes americanos, para mostrar enseguida al
personaje", a fin de evitar comentarios y
explicaciones.
Recuerdos de provincia. - Sarmiento escribe su
segunda autobiografía en un momento muy particular.
Presiente el fin del rosismo y concentra sus ataques,
ante los cuales Rosas reacciona con un nuevo pedido de
extradición en julio de 1849, rechazado por el gobierno
de Chile.
Recuerdos de provincia responde a esta presión
ciñiéndose a los acontecimientos del Plata: Presentes
en cuanto a la difamación de su nombre por el rosismo; e
inminentes, en cuanto una nueva situación política
parece abrirse ya para los exiliados, requiriendo un
balance de la propia participación en la lucha y en la
elaboración del programa futuro. Esta doble perspectiva
se explicita claramente en la obra. Para contener el
ataque de Rosas, señala a los chilenos que su situación
de desterrado es similar a la de otros chilenos que en la
Argentina hallaron seguro refugio a su exilio, pero
también la hermana con la de muchos argentinos insignes
("De estos argentinos ilustres, todos los que han
desempeñado cargos públicos, están en el destierro o
han muerto en las matanzas y en las persecuciones que les
ha suscitado don Juan Manuel de Rosas..."), Por otra
parte, señala a los argentinos su lucha y su aporte, no
sólo a través de la exposición de la historia de su
vida como Vida ejemplar, nacida y transcurrida al calor
de la patria, sino específicamente en la enumeración de
sus obras, detalladas al final del libro, una a una, como
quien cierra un curriculum. Pero, además, en el prólogo
dedicatoria privilegia un destinatario: sus compatriotas,
"sus conciudadanos'", "un centenar de
personas", "los que no quieran juzgarme sin
oírme, que eso no es práctica de hombres cultos";
a ellos dirige la reivindicación de su nombre y de su
estima. Es también por ello que modera los ataques
radicalizados de obras anteriores, excepción hecha del
enemigo común - Rosas y las montoneras -. Basta comparar
las referencias a Córdoba, a los unitarios, a la
colonia, de Facundo y de Recuerdos de provincia; aquí
aparecen atemperadas, marcadas por el esfuerzo de
comprensión, cuando no valorizadas a partir del afecto.
Tulio Halperin Donghi, entre otros, considera que influye
en este cambio - su comparación toma Mi de feas y
Recuerdos de provincia- su viaje a Europa y el fracaso de
la revolución de 1848, que inclinan a Sarmiento hacia
una prudencia inexistente en su obra anterior ("ese
doble descubrimiento agrega nuevos matices a la vieja
contraposición entre civilización y barbarie, permite
sobre todo valorar de modo nuevo una tradición local
cuyo provincialismo, cuya extrema simplicidad de ideales
de vida están lejos. De ser vistos como puros
defectos"), cuyo propósito sería "el de
presentarse no como un revolucionario desarraigado sino
como el heredero de una larga tradición de servicio
público". El sólo mérito ha perdido valor: no es
ya el hijo de sus obras y de su esfuerzo, sino el
eslabón de un linaje de hombres de bien que se remonta a
tres siglos, que lo califica y que contribuye a autorizar
la fe, y un cierto derecho, en un futuro personal
relevante.
Este proyecto nítido, rotundamente perfilado, se expresa
como una particular responsabilidad y un sino compartido
("... mala estrella común a muchos hombres de mi
rito que tienen que levantar uno a uno los andamios de su
gloria, crearse el teatro, formar los espectadores, para
poder exhibirse enseguida"). Sin embargo, la
amplificación de su persona es de tal calibre que
mereció la crítica acerba de algunos contemporáneos de
importancia. "Sólo esa vanidad ha podido inducirle
a hacer lo que hombre de pluma cuerdo no ha hecho hasta
ahora: a constituirse en apologista infatigable de sí
mismo y a publicar con su biografía la de toda la sacra
ascendencia. El hombre ha errado el tiro. Pensó
conquistar así una posición excepcional, única. Se ha
convertido en blanco del ridículo y hazmerreír de todos
los hombres sensatos", expresa Echeverría
en carta a Juan Bautista Alberdi
de 12 de junio de 1850, quien a su vez
califica a Recuerdos de provincia Como "grueso
volumen encomiástico que no dejó dudas de que se
ofrecía al país para su futuro representante". El
Proyecto enunciado da cuenta de algunos aspectos de
Recuerdos de Provincia, pero en modo alguno lo agotan.
Muy por el contrario, la obra ofrece perspectivas para
diferentes lecturas que evidencian su complejidad y su
riqueza significativa. Toda autobiografía descansa en la
identificación entre autor -el ser real, referente fuera
de la obra -, narrador y protagonista. Tres
"yo" aparentemente superpuestos, cuyos
desplazamientos y desajustes estructuran un nivel de
análisis prioritario y particularmente revelador. La
selección de los hechos ingresados al relato tanto como
la distancia elegida entre el pasado del personaje y el
presente del narrador, confluyen para articular una
personalidad del Autor, entendida como mito personal.
Lejos está Sarmiento de obedecer a la intimidad vertida
sin trabas, a la exaltación de la sinceridad de las
Confesiones de Rousseau: no soy él yo romántico el que
aflora en Recuerdos de provincia. Tampoco hay aquí
espacio para la melancolía, la nostalgia o el ensueño
propios del romanticismo más subjetivo. La intimidad de
Sarmiento, y su sinceridad. radican más bien en la
posibilidad de palpar de cerca, directa y concretamente,
cómo edifica su imagen, tan sin tapujos, sin pudor casi,
sabiendo que así se lo percibe, asumiendo a la vez ese
efecto generalmente arrogante, pero también irónico.
Los episodios narrados, los comentarios apuntan a
conformar un personaje definido por su capacidad para la
acción. Por ser hombre de ideas afianzadas en una
solidez proveniente del carácter y calidad de los
maestros - personas o libros -, de los estudios
emprendidos y de la obra cumplida. La fuerza de su
ingenio ocupa sin vergüenza el primer plano. Genio de
carácter mesiánico, avalado su nacimiento por la
calidad del linaje y cuya vida expresa las mejores
tendencias surgidas en la patria. Su identidad se
confunde con la Nación, puesto que su ser y la patria
fueron engendrados a un tiempo. Espíritu independiente,
valor, capacidad de mando, culto a los afectos
familiares, responsabilidad civil, pasión por el
progreso y el bien público son las cualidades de este
personaje, probadas en actos que pocas veces dejan lugar
a la duda o a la vacilación. El narrador insiste en
plasmar una personalidad maciza, en bloque, como si
pretendiera evitar indicios claros de inquietudes,
contradicciones y desasosiegos que, sin embargo,
conmueven su discurso.
Evolución de las ideas sociales de
Sarmiento. - Al abordar el tema de los fundamentos
ideo1ógicos que operan en el pensamiento de Sarmiento,
es preciso señalar que nos guía un doble prop6sito: el
primero,establecer la línea evolutiva de su pensamiento
y el reflejo de la misma en la escritura sarmientina; el
segundo, esclarecer el contenido de los influjos que
convergen en sus ideas, precisando cada filiación
originaria.
Porque aun cuando hay excelentes descripciones de las
ideas sarmientinas, en ellas suele explicarse tal o cual
influencia caracterizándola como romanticismo social,
iluminismo o positivismo, citándose nombres que se
inscriben esquemáticamente en determinadas corrientes
culturales que son descriptas globalmente. Esta
descripción muchas veces está lejos de reflejar
posiciones individuales o tendenciales que inciden como
fuerzas operantes en el ideario de Sarmiento.
Conviene aclarar, sin embargo, que tal esquematismo puede
derivar de un hecho indudable: en el temperamento del
sanjuanino hay una condición auténticamente creadora,
pragmática y no teórica, que despista, pues lo aleja de
una metódica y sistemática coherencia. Y así Sarmiento
opina a veces como iluminista o "utópico",
romántico o positivista. Sin anunciar una nueva
posición su originalidad consiste en aprehender aquello
que su propia intuición le señala y a lo que acaba
transformando en ideas que no son sino "herramientas
de trabajo", seleccionadas por su empirismo
repentista para el utilitarismo del momento.
En las Obras completas de Sarmiento abundan las
referencias y citas de autores que nos informan acerca de
su formación intelectual; asimismo son muchas sus
confidencias sobre autores preferidos o el clima
intelectual de su entorno.
Se elabora así, no sin cierta dificultad, una carta
informativa que describe de manera más o menos directa
cómo se ha ido gestando su pensamiento, estableciendo la
existencia de tres corrientes operativas que hacen a la
historia de la cultura: la iluminista, que conforma un
primer estadio; la romántica, derivada de un posterior
romanticismo social que se superpone a la etapa anterior,
y un positivismo ligeramente peculiar en los últimos
años de su vida.
Las tres corrientes inciden desde distintos ángulos,
desde distintos espacios temporales, en un sistema de
ideas que fundamentalmente sirven al prop6sito primordial
de Sarmiento: el logro de la unidad y organizaci6n
nacional que habría de inscribir al territorio nacional
en el registro de naciones progresistas y civilizadas.
El primer influjo intelectual que experimenta Sarmiento,
se vincula con su asistencia a la Escuela de la Patria.
En ella, de cuyos pormenores habla Sarmiento en Facundo,
Recuerdos de provincia y Educación popular, desarrolló
el sentimiento de igualdad social y de conciencia cívica
de nacionalidad. Allí recibió el honor de ser
considerado el primer "ciudadano". El hecho es
sintomático y revela que durante los nueve altos de
asistencia escolar, por lo demás el único conocimiento
sistemático que conoció, estuvo en contacto con un
ambiente cultural imbuido de enciclopedismo. En efecto,
los hermanos Rodríguez, preceptores de la escuela;
adherían a la corriente iluminista que informaba los
círculos revolucionarios porteños de 1810; el supuesto
que la fundamentaba radicaba en el predominio de la
Razón. De este supuesto derivaban ideas políticas y
económicas muy precisas, o relativas a la tolerancia, la
libertad, la igualdad y el progreso que pronto serán
lugares comunes.
Cabe aclarar, sin embargo, que si la doctrina era
originariamente francesa, con antecedentes ingleses,
siendo sus transmisores asimismo franceses -Voltaire,
Diderot, Montesquieu y demás epígonos-, la influencia
renovadora llegada al Plata no procedía de aquel origen
sino de los núcleos ilustrados de la metrópoli
española.
Civilización y barbarie: vida de Juan Facundo
Quiroga, y aspecto físico, costumbres y hábitos de la
República Argentina, novela bibliográfica en la que
atacaba el régimen de Rosas.
Mayor vigor literario alcanzó Sarmiento en Mi defensa
(1843) y Recuerdos de provincia (1850).
Campaña del Ejército Grande.
En 1883 publicó Conflictos y Armonías de las Razas en
América.
En 1885, editó su última obra La vida de dominguito.
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