Las industrias hasta 1990: más frustraciones que logros.
A fines del siglo pasado y principios del actual la economía argentina se desarrolló a partir de la expansión de las actividades agropecuarias destinadas a la exportación, transformándose en una de las principales economías del mundo. La venta de productos agropecuarios permitían pagar la importación de bienes manufacturados.
Este largo período de crecimiento, sin embargo, es interrumpido por momentos recesivos durante los cuales, los menores ingresos provenientes de las exportaciones actúa como incentivo para el surgimiento de industrias sustitutivas de importaciones.
Estas empresas son iniciadas, generalmente, por inmigrantes quienes emplean sus ahorros para elaborar bienes destinados a abastecer el mercado interno, utilizando las materias primas agropecuarias producidas en el país. Los rubros que se desarrollan son: alimenticias, de bebidas y tabaco, textiles, madera, papel y cartón, productos gráficos, metalúrgicos y de la construcción.
La crisis mundial de 1930, impulsa el proceso de sustitución de importaciones. De esa manera ahorrábamos divisas que hubiéramos necesitado para importar manufacturas. Es decir, crece la actividad industrial destinada a producir los bienes que ya no se podía importar.
Sin embargo, al finalizar la 2° guerra mundial, el país contaba con excelentes oportunidades para diversificar la estructura productiva , aprovechando los recursos naturales disponibles y la capacidad industrial, lo que le permitiría crecer al ritmo de la economía mundial. Por lo tanto, que en aquella época, la Argentina era considerada como uno de los países con mejores posibilidades de crecimiento en América Latina y el Tercer Mundo.
Las medidas proteccionistas adoptadas a partir de 1946, aceleran el proceso de sustitución de importaciones. Se progresa en las ramas más livianas, pero muy lentamente en las que producen bienes de capital y productos intermedios. Se beneficia incluso a industrias altamente ineficientes mientras que las empresas productivas pierden competitividad y prestigio tanto en el mercado interno como en el externo haciendo cada vez más difíciles las exportaciones. Una limitación es la "excesiva horizontalización del crecimiento industrial" y la sustitución de importaciones depende cada vez de más insumos importados.
La inversión privada privilegió las ramas livianas porque exigían menos capital y permitían obtener rentabilidad a corto plazo y demostró falta de interés por iniciar nuevas actividades que suministren insumos que podían importarse a menores precios.
Así es como la industrialización de eso años se realiza con poca inversión de capital y escasa productividad del trabajo. Se basa en la proliferación de establecimientos industriales de tecnología relativamente simple y en la rápida expansión de la mano de obra empleada.

A fines de la década del 40 una crisis señala los límites del modelo de industrialización sustentado exclusivamente en el mercado interno y en la sustitución de importaciones. La producción agropecuaria ya no puede sostener el crecimiento económico del país y resulta evidente los efectos negativos de la falta de industrias básicas.
Se habían utilizado todos los recursos disponible en conceder subvenciones y créditos a bajo interés, sin lograr desarrollar la maquinaria y los equipos necesarios para ampliar la capacidad productiva. Las transformaciones económicas concretadas no eran suficientes para generar un crecimiento autosostenido.
A
partir de la década del 60 el proceso de industrialización,
muestra nuevas tendencias. Ya no se trata de una multitud de
pequeñas unidades productivas, sino que prevalecen grandes
plantas fabriles especializadas en ramas más complejas y tecnológicamente
más avanzadas, inversiones de capitales transnacionales o de
capital nacional -privado o público -, que se concentran en
metalurgia básica, automotores, química y petroquímica.
Este nuevo modelo de industrialización impulsa la economía pero genera ciertas distorsiones. Protegidas por los aranceles aduaneros de la competencia exterior, las grandes empresas fijan altos precios a los productos manufacturados, comportamiento que también adoptan las demás industrias lo que perjudica al consumidor y contribuye a alimentar la inflación. Por otro lado, las ganancias son enviadas a sus países de origen, produciendo saldo negativos en la balanza de pagos.
Por último, las grandes firmas líderes como no son, en muchos casos, empresas exclusivamente industriales sino que tienen intereses en diversos rubros pueden derivar o no recursos obtenidos de la actividad manufacturera -y necesarios para el desarrollo autosostenido de ésta- hacia los mercados de capitales nacionales o internacionales, correlativamente a los sucesivos cambios en el contexto macroeconómico.
Desde 1976 hasta fines de los años 80, se generalizan situaciones como la mencionada en primer lugar, ya que se implementó en la Argentina una política económica que privilegia al mercado financiero. Las tasas de interés aumentan porque crece la demanda, entre otras causas, por la gran solicitud de créditos provenientes de las deficitarias empresas del Estado.
Mientras tanto, en el mercado mundial, aumenta el precio del petróleo generando la más grave crisis económica internacional después de la depresión del 30. Esto provoca una recesión, que afecta especialmente a los países industrializados y determina exceso de capitales ociosos -conformados por petrodólares que buscan colocaciones rentables-, los que llegan a nuestro país atraídos por las alta tasas de interés.
El sector manufacturero se perjudica porque las empresas derivan parte de sus capitales a la actividad financiera y no invierten en mejoras tecnológicas, a la vez que deben soportar la escasa demanda del mercado interior y la competencia de los artículos de importación.
Es así como la producción industrial per cápita en 1983, equivalió al 73% de la de 1974, el número de industrias era inferior en un 25% y el valor global del parque industrial desmantelado entre 1976 y 1982 ha sido estimado en 30.000 millones de dólares (Pelaez, 1988).
En general, esta evolución muestra que la Argentina, a diferencia de los países industriales exitosos, sean maduros o recientes, casi no exporta manufacturas, porque su producción no es competitiva internacionalmente, y ningún países exitoso ha crecido a partir de exportaciones primarias o manufacturas de origen agropecuario.
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