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LA ETERNA PARTIDA
Tengo familia desparramada por todo el país, en Frías (Santiago del Estero), Buenos Aires, Simoca (Tucumán) y Mendoza. Todos se fueron por falta de trabajo. Mi hijo me quiso llevar pero yo me quiero quedar, parece que me voy a morir aquí”. Josefa Antonia Aguirre mira con sus 79 años cómo la soledad se abalanzó sobre un pueblo del interior de la provincia de Tucumán luego de casi 50 años de pérdidas. Pareciera
que sólo los inmigrantes extranjeros que llegaron desde principio de
siglo hicieron el gran país que algún día disfrutaron nuestros padres.
Hoy se levantan monumentos sobre la epopeya de estas familias que huyeron
de una Europa empobrecida y herida. Sin embargo, desde fines de los años
’30 otro movimiento de hombres y mujeres se lanzó hacia el puerto de
Buenos Aires, pero esta vez escapando de una Argentina pobre, oscura y
ausente. Desde
hace 70 años los que pueblan las terminales de micros, las estaciones de
trenes y las rutas son los habitantes de las provincias más pobres del país
transportando su dolor color tierra al vaivén de los bolsos. El
pueblo que se quedó solo Medinas,
un pueblo del interior de Tucumán que en 1950 parecía tener un
prominente futuro con sus 10 mil orgullosos habitantes, refleja con
crudeza estos años de partidas. Entre los cincuenta y sesenta Buenos
Aires fascinaba con su disfraz de luces e industrias y la migración fue
masiva. Las calles del pueblo se fueron diluyendo y el silencio de la
siesta se alargó por años. Cada vez más lejos y cada vez más solo quedó
este pueblo. La realidad de Medinas fue contagiándose, expandiéndose,
hasta transformarse en un fenómeno recurrente en todo el campo del
interior argentino. Cada familia tuvo un pariente en Buenos Aires, el
puerto era la posibilidad de cambiar un cuatro por un siete de espadas. Juan
Curi (60 años), patriarca sedentario de una familia de nómades, vio
transcurrir su vida entre los viajes de sus padres, los suyos y los de sus
hijos. “En los años ’50 este pueblo fue muy próspero, pero después
se fueron el tren y los grandes comercios. Era uno de los más importantes
de Tucumán. De cada casa se fueron por lo menos dos o tres personas hacia
otra provincia, la mayoría a Buenos Aires; gente que no retornó nunca más.
Los únicos que vuelven son los que se van a trabajar a Mendoza o Río
Negro y retornan para la zafra.” Rafael
Astrada (50) hace alfeñiques y vive de la industria azucarera: “Aquí
llegaba ‰ el ferrocarril, había varios depósitos de comerciantes
mayoristas, pero hoy está todo muerto. Mis dos hermanos trabajan en
Buenos Aires: uno es mozo en el Sheraton, sabe 6 idiomas, y el otro es
mozo en el Club Americano, sabe 4 idiomas. De aquí se fueron sólo con el
bachillerato. Todos los años vienen a pasear solamente, para qué van a
venir a vivir aquí, si allí tienen casa y auto”. Del
campo a la ciudad Pero
los motivos que produjeron este éxodo masivo hace algunas décadas fueron
desdibujándose. Las industrias de Buenos Aires se mudaron hacia otras
provincias, hacia otros países o simplemente se esfumaron. En esos
tiempos comenzó la peregrinación hacia Mendoza, y en gran medida hacia
los vientos fabriles de la Patagonia. A pesar de estos nuevos destinos, la
gran masa migratoria del campo sólo atina a lanzarse a buscar suerte en
la capital de su respectiva provincia para recostarse finalmente en los márgenes
del desamparo. Hoy
los habitantes de Medinas pareciera que no saben adónde ir; sin embargo,
en sus 1.800 habitantes la idea de marcharse sigue rondando el horizonte. Carolina
Albornoz (17) y Rubén Ruiz (21) son novios desde hace un tiempo; la
sombra del desempleo les cayó encima con la misma brutalidad con que
escaparon de la adolescencia. Muchas cosas los diferencian de sus padres,
entre ellas el sueño de irse a Buenos Aires y triunfar allí. El puerto
no ofrece tantas oportunidades, las plantaciones de Mendoza o Río Negro y
las fábricas de Tierra del Fuego pasaron a ser el objetivo de los jóvenes.
“A veces pienso en irme pero no tengo ni para el pasaje, además quién
me asegura que en Buenos Aires voy a encontrar trabajo, si está todo
igual”, dice Rubén. La supervivencia individual y las incertidumbres
cotidianas dejan poco espacio para pensar en un futuro común. “Estoy en
cuarto año –cuenta Carolina–, y por ahora pienso seguir
estudiando.” La
creciente industrialización que comenzó a gestarse en la década del
’30 fue mermando su paso hasta detenerse casi definitivamente. Períodos
de transición, crisis económicas, desempleo, hambre: los mismos motivos
que generaron la fuga hacia Buenos Aires empezaron a repetirse también
allí. La capital ya no brinda las soluciones de entonces, los rumbos
cambiaron y los puntos cardinales también. A fin de siglo y de milenio el
norte argentino está cada vez más lejos del puerto y, al mismo tiempo, más
ausente y pobre. Buenos
Aires fue Entre
1965 y 1970 la provincia de Buenos Aires recibió cerca de 735 mil
inmigrantes no extranjeros. Y entre 1986 y 1991 ingresaron 317 mil. Fue
mermando el flujo migratorio y también se redujo el porcentaje de
habitantes nativos de otras provincias (del 35% en 1970 al 26% en 1991).
Superpoblación, recesión económica y desempleo, entre otros factores,
hicieron que los inmigrantes que buscaban en Capital Federal una mano
salvadora comenzaran una lenta retirada. La tasa de crecimiento migratorio
medio anual de Buenos Aires bajó del 18,3 por mil (década ‘60-’70)
al 2,7 (‘80-’91); la de Neuquén subió en el mismo período del 6,8
al 17,7. En Tierra del Fuego la tasa de migración subió en 20 años del
25 por mil al 61 por mil. Según el profesor Rodolfo Bertoncello
(Instituto de Geografía de la UBA), “el nuevo modelo económico modificó
la movilidad territorial. Ahora la dinámica de redistribución
poblacional está en ciudades de tamaño intermedio”. Proyecciones
indican que Tierra del Fuego quintuplicará su población para 2010, y
Capital Federal tendrá 30 mil habitantes menos. Obreros
“golondrina” Lejos
de Buenos Aires existe un circuito de hombres y mujeres que transitan
entre los campos de algodón del Chaco, la zafra de Tucumán, la cosecha
de manzana y pera en Río Negro y los viñedos de Mendoza. Los
trabajadores “golondrina” también forman parte de los inmigrantes,
pero con un horizonte más precario e inmediato. Hacinados por meses en
galpones, obtienen recursos para mantenerse apenas hasta la próxima
cosecha. Los bajos ingresos los empujan a volver a lanzarse a los campos
nuevamente al año siguiente, en un círculo sin final de marginación. En
Tucumán más de 60 mil personas viven en un continuo ir y venir. Las
precarias economías provinciales, lejos de buscar mejorar las condiciones
de estos trabajadores produciendo fuentes de trabajo dignas y estables,
fomentan esta precaria fuente de empleo. |