De
los factores que tuvieron que ver con la consolidación de las
peculiaridades socioeconómicas del país entre los finales del siglo
XIX y las primeras décadas del XX, pocos tuvieron la relevancia del
fenómeno de la inmigración,
esa manifestación que, a partir de superada la primera mitad de
aquella centuria, se iba a suceder en forma de verdaderas oleadas que
modificarían costumbres, introducirían ideologías
nuevas y se integrarían de modo natural a la vida cotidiana al país.
Gran parte de esa corriente de hombres y mujeres (pero especialmente
hombres, ya que la inmigración fue sobre todo masculina) eran campesinos arrastrados a la
arriesgada aventura de la travesía oceánica, a la incertidumbre de una tierra
desconocida.
En la mayor parte de los casos por diversas razones que iban desde el
hambre y la miseria al sueño de una tierra propia que labrar y a las aspiraciones de
ascenso social.
En la
actualidad, con la realidad de nuestro país, las cosas se han revertido, son nuestros
jóvenes los que parten hacia esos países con la ilusión de ver realizado sus sueños.
Por
otra parte ha crecido
enormemente el fenómeno de las migraciones internas, habitantes de
pueblos del interior del país, que abandonan sus escasas propiedades
para radicarse en las grandes ciudades, con el fin de mejorar su calidad
de vida.
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