Las dos caras de la inmigración en la Argentina
BUENOS AIRES [Reuters] - Gilberto Santa Cruz dejó Paraguay
a los 15 años. Vino con sus padres a Argentina con la esperanza de encontrar
una vida mejor. ``No se puede comparar el pobre de acá con el pobre de allá'',
dice.
Según los textos escolares, la inmigración ha hecho de Argentina ``un
crisol de razas'', donde los extranjeros son bienvenidos e integrados a una
sociedad que, consultada en encuestas, dice no sentirse racista. Sin embargo,
los inmigrantes de empobrecidos países limítrofes cuentan otra historia.
VIVA LA DIFERENCIA?
A diferencia de la mayoría de los inmigrantes limítrofes, que trabajan en
la construcción, la industria textil, el servicio doméstico o la venta
callejera, la familia Santa Cruz continuó con el negocio que tenía en
Paraguay: una pequeña fábrica de zapatos.
``Aunque vinimos con todo listo para trabajar, estuvimos cuatro años
indocumentados porque en Migraciones perdían los papeles. No quieren que nos
quedemos'', dice Gilberto.
En 1995, el entonces director de Migraciones del gobierno del ex presidente
Carlos Menem, Hugo Franco, aseguró que el 60 por ciento de los delitos en
Argentina eran cometidos por inmigrantes.
La Policía Federal desmintió sus dichos al afirmar que casi 90 por ciento
de los condenados eran argentinos.
``Nos dicen ladrones pero los paraguayos venimos a trabajar, con las
excepciones que puede haber. Algunos fascistoides nos señalan porque apuntan a
cualquier persona que sea diferente'', dice Gilberto.
Los inmigrantes de frontera se convirtieron en la década de 1990 en blanco
de ataque de algunos políticos, acosados por reclamos sociales por el alto
desempleo y el aumento en la cantidad de delitos.
Más aún, algunos sectores sindicales presentan a los inmigrantes como una
amenaza para los trabajadores argentinos.
``Nosotros no le robamos el trabajo a los de acá. Las empresas demandan mano
de obra barata que no quieren hacer los nativos, como cavar pozos, trabajar a la
intemperie y trabajos casi infrahumanos'', explica Gilberto.
Analistas aseguran que si los migrantes que llegaron en los últimos años
fueran expulsados, la tasa de desocupación --que afecta a más de 15 por ciento
de la población activa-- variaría solo un 1 por ciento.
LA LETRA CHICA DE LA CONSTITUCIÓN
Argentina se definió históricamente como un país de inmigrantes, quienes
tuvieron un papel fundamental en la construcción de la nación. A mediados del
Siglo XIX eran asociados con el progreso y la modernización.
La primera Constitución, sancionada en 1853, expresaba la consigna
``gobernar es poblar'' y garantizaba los derechos fundamentales a ``todos los
hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino''.
Pero no ``todos los hombres del mundo'' eran recibidos con los brazos
abiertos. El artículo 25, que hasta la actualidad se mantiene intacto desde
1853, dice textualmente: ``El gobierno Federal fomentará la inmigración
europea...''.
As'' también lo expresaba Juan Bautista Alberdi, encargado de redactar la
primera Carta Magna: ``Queremos plantar y aclimatar en América la libertad
inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y EE.UU.''.
Nada decía del resto del mundo.
Pero el proyecto de ``europeizar'' Argentina no resultó como esperaba
Alberdi: llegaron olas masivas de europeos, pero éstos no eran ingleses ni
franceses, sino italianos y españoles.
DE LA XENOFOBIA A LA DIPLOMACIA
En una visita a Londres en 1995, el entonces canciller Guido Di Tella, citado
por el diario Página/12, recuperó el espíritu de aquella primera Constitución.
``Uno de los problemas estratégicos de la Argentina es que nuestros estudios
señalan que en el 2020, el 20 por ciento de la población será boliviana o
paraguaya'', dijo.
Consultado acerca del intento argentino por dejar de pertenecer al bloque de
países del tercer mundo, agregó: ''Queremos estar cerca de los ricos y de los
bellos... No queremos estar con gente desagradable''.
Cinco años después, la diplomacia del gobierno del presidente Fernando de
la Rúa ha adoptado una posición diferente.
Ante una ola de violentos atracos sufrida por una comunidad de bolivianos
asentados en la afueras de Buenos Aires, el actual canciller Adalberto Rodríguez
Giavarini aseguró al presidente Hugo Banzer que no existe en Argentina un
sentimiento xenófobo contra los bolivianos.
``Es una comunidad que contribuye en forma reconocida con su trabajo al
desarrollo del país'', dijo.
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