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LUCHA ENTRE EL VIENTO Y EL AVIÓN
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avión Laté de la Aeroposta (1929/35) |
Jaime Zubizarreta "el vasco", era
un joven piloto del pequeño avión Laté 28 que transitaba por este desolado suelo
patagónico. Su despegue fue esa vez desde Trelew y su destino era Comodoro Rivadavia. En
el avión iban cuatro pasajeros, dos hombres, una mujer y una niña.
Los aparatos de meteorología no daban señas de nada bueno, pero el
piloto para que los pasajeros no se preocupasen lo disimuló muy bien y subió al avión
con total tranquilidad.
Los pasajeros sentados... el avión calentándose para
despegar... nadie se imaginaba lo que vendría después.
A poco de andar comenzaron los pozos de aire. El
aparato cayó verticalmente, como si fuera a precipitarse a tierra. Los pasajeros
comenzaron a preocuparse, la niña que iba comenzó a descomponerse. Habían volado ya una
hora y media, cuando el piloto dijo a los pasajeros "mitad de camino". A medida
que avanzaban el viento era mayor y el joven piloto luchaba para poder avanzar.
El peligro crecía... el avión se aproximaba hacia los cañadones donde las terribles
corrientes de aire se embolsan. Seguían volando, ya habían llegado a las tres horas. La
preocupación crecía en los pasajeros adultos... nadie hablaba pero sabían que debían
haber llegado a destino al menos una hora antes de la actual.
El tiempo pasaba, el viento era cada vez mas
fuerte parecía estar resuelto a ganarle al pequeño Laté. Se acercaban ya las cuatro
horas de viaje. Ya se divisaban las torres de los pozos. Parecía que de un momento a otro
estarían sobre el pueblo. Y sin embargo no llegaban... Los pasajeros no se explicaban. El
"vasco" trató por todos los medios de no mostrar a los otros su inquietud; pero
estaba preocupado. Por momentos parecía que el avión iba a ser destrozado por el viento.
Las cuerdas de los tensores gemían. La hélice rugía imponente en la lucha contra el
monstruo. Zubiza transpiraba copiosamente. Tres o cuatro veces intentó volver atrás,
pero se exponía a que el viento arrollara y arrojara el aparato hecho un montón de
ruinas. El viento llegó a los ciento cincuenta kilómetros por hora.
Cuando llegaron las cuatro horas y media de vuelo la
posibilidad de aterrizar era lejana. Lo peor era que el marcador de gasolina bajaba y
bajaba. Ya solo quedaba rezar. La llegada estaba cerca... pero el tanque de gasolina ya
marcaba cero, al avión solo le quedaba el combustible que había en las tuberías y en el
carburador. En el tanque ya no había nada.
El piloto pensó que ya estaban perdidos, pero mientras
tuviera tiempo iba a seguir luchando, y se aferró al timón dispuesto a jugarse la
última carta. En ese momento el piloto se dió cuenta que el avión avanzaba... que el
viento se reducía, que las cuerdas ya no gemían como antes y que el silbido de las alas
había mermado. Probó entonces girar sobre los hangares y vió que podía hacerlo.
Realizó un amplio círculo a la derecha y trató de enderezar hacia el campo de
aterrizaje. Anduvo uno metros, de pronto el avión se detuvo... ya no había combustible,
pero el valiente piloto pudo hacer aterrizar el avión con toda felicidad.
Sirva este simple relato como homenaje a tantos "locos" de la
aviación que salían al aire con latas voladoras... llegando a pueblos que ya bastante
entrado el siglo se sentían aislados del resto del país... Leer un diario que no sea de
quince dias atrás, recibir cartas de seres queridos o la medicación salvadora; fue
posible gracias a estos hábiles pilotos... ¿sabías que Saint Exupéry también voló en
la Patagonia? Te lo cuento en el próximo relato...
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