TREINTA HORAS DE AGONÍA EN LA NIEVE

siempre la nieve...

    Esta es la historia de Carlos, un conocedor de cada parte de los campos patagónicos. Un día del mes de julio él notó que se avecinaba una fuerte nevada y decidió adoptar las precauciones necesarias. Tomó entonces su caballo y galopó hasta la casa de su cuñado Martín donde se encontraba su hermana sola con sus dos hijos. Fue a visitarla y a proveerle lo que necesitara. Al llegar, Carlos acarreó leña para la casa, carneó dos capones, encerró las vacas y repuntó las ovejas hacia los bajos.
       Cuando comenzó a nevar el joven salió a cambiar el caballo para dejarlo ensillado de nochero. Al realizar esto se alejó bastante de la casa. A su regreso ya era de noche, y el caballo que él había dejado no estaba. Salió entonces a buscarlo por los alrededores pero no había ni rastros de este. Mientras caminaba, la nieve era cada vez más tupida; y la oscuridad no permitía la buena visibilidad. Al no encontrarlo decidió regresar a la casa pero un ruido lo hizo desviarse del camino y fue ahí cuando perdió el rumbo. Siguió la inclinación de los arbustos, que en la Patagonia es siempre de Oeste a Este, y a la vez comenzó a silbar y a cantar porque si estaba cerca de la casa los perros lo podían oír y dirigir su rumbo. Había caminado un largo rato, la nieve ya se le asentaba en la cara... el cansancio y el sueño lo vencían pero él sabía que si se quedaba parado iba a terminar entumecido. Entonces siguió la marcha, y de vez en cuando lanzaba unos silbidos por si alguien lo oía. Los tropezones y caídas lo cansaban mucho. Ya llevaba como diez horas extraviado. Carlos había querido hacer fuego, pero los fósforos estaban humedecidos y no fue posible, así que estaba obligado a seguir caminando si quería salvarse.

jóven ovejero camino al puesto con sus fieles animales. Foto: Jorge Miglioli

mano.

       Mientras tanto su hermana Inés, comenzó a inquietarse. Ella, que estaba sola con sus dos hijos, presintió la desgracia. Decidió, entonces encender dos fogatas para que pudiera servir de guía a su hermano en caso de extravío. Luego, hizo coraje y tomó el Winchester y descargó algunos tiros al aire y a la vez incitó a los perros a ladrar para que el hombre pudiera oírlos... Siguieron pasando las horas. Regresó a su casa y de pronto oyó a un caballo que se detuvo frente a la puerta... salió corriendo a mirar... Se trataba del caballo ensillado de Carlos pero sobre el animal solo estaba el poncho. Al ver esto no pudo contener el llanto y ponerse a rezar clamando por la llegada de su marido ausente para que saliese a buscar a su hermano extraviado. Así transcurrió toda la noche... con la nieve que no paraba.
      
Cuando llegó el día la nieve caía tupidamente. Carlos que andaba sin comer, solo rezaba. Por la noche llegó Martín a la casa y cuando Inés le contó lo sucedido, tomó rápidamente el caballo y salió a buscarlo. Mientras tanto Carlos con sus treinta y dos años, seguía su penoso andar. Pasada la fría noche amaneció... la nieve aún no paraba y eso dificultaba la orientación del hombre. De pronto notó rastros borrosos de caballos y perros, sin duda lo buscaban. Quiso seguirlos, pero pronto la nieve los borró. Carlos ya había perdido todas las esperanzas y cada vez soportaba menos el sueño y el cansancio que tenía... sabido es que si uno se duerme en esas condiciones ya no se vuelve a levantar.
    Este día pasó rápido y la nieve todavía seguía. El pobre hombre ya caminaba con pasos esparcidos para guardar las pocas fuerzas que le quedaban. Como a las cinco de la mañana la nevazón comenzó a parar y hasta cesar totalmente... eso lo animó a seguir porque en cuanto amaneciera podría orientarse. Al aclarar comenzó a helar fuerte, sus ropas comenzaron a endurecerse y se le pegaron en el cuerpo, en tanto que sus botas ya estaban quemadas por la nieve. Su andar era casi imposible, las caídas cada vez eran más seguidas.

Típico puestero asomado

Foto actual de un puestero en su lugar de trabajo... y la infaltable compañía de uno de sus trabajadores perros

     De pronto conoció el lugar donde se encontraba y recordó que había un puesto cerca. Entonces caminó y al llegar a una loma observó el humo y esto lo incentivó a apresurarse, fue ahí donde se produjo su caída y quedó atascado hasta la cintura y no pudo salir. Lo invadió la amargura porque moriría allí con el auxilio a la vista. Su garganta estaba enronquecida y una mata de molle impedía que lo vieran. Al ver los perros del puesto, de entre las pocas fuerzas que le quedaban lanzó un silbido y los ladridos que estos lanzaron hicieron que dos hombres salieran de la casa. Agitando su boina logró que lo vieran y lo salieran a rescatar.
    A caballo lo condujeron a la casa, donde luego de despegarle las ropas adheridas al cuerpo por el hielo lo friccionaron con nieve y le dieron de beber café caliente y ginebra. El calor hizo que aumentara en forma extraordinaria el dolor de las quemaduras de la escarcha...
    Mas tarde llegaron las comisiones que lo buscaban. Ante la gravedad de las quemaduras una de ellas salió en busca de sus familiares y de una mujer con conocimientos de medicina y cirugía, doña María de Gastaldi. La llegada fue recién al otro día, pero poco se pudo hacer a favor del herido que, pese a las curas efectuadas, murió a los días de haber sido hallado.

      
Las habituales nevadas con voladero reducen la visibilidad a apenas unos pocos metros. Carlos no había pasado lejos de la casa... pero terminó a varias leguas soportando mas de treinta horas en la nieve. Esta tragedia ocurrió hace muchas décadas pero te vamos a contar una del año 2000, ocurrida hace apenas mes y medio.-

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