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El
vino y la Pintura
EI
vino y sus símbolos (como Baco) han inspirado, a lo largo de la historia de la
humanidad, a numerosos artistas. En este capítulo reproducimos la descripción
y análisis que ha hecho José Ortega y Gasset de tres famosas pinturas referidas al tema que se
exponen en el Museo del Prado, en Madrid. Jos8 Ortega
y Gasset ha sido un filósofo, profesor, periodista y político español,
profundo conocedor del movimiento filosófico contempor5neo
y uno de los más altos valores de la cultura española. Es el fundador del
semanario “España” y de la
“Revista de Occidente” y autor de obras tan importantes como “La
deshumanización del arte” , “Meditaciones del Quijote” . “España
invertebrada” ,“La rebelión de las masas” ,
“Goethe desde adentro” , “Espíritu de la letra” , etc. Nacido en
Madrid en 1883 murió en la capital española en 1955.
Tres
cuadros del vino
Por José Ortega y
Gasset.
Escultura,
Pintura y Música que parecen artes tan ricas, viven, en realidad,
sometidas a girar dentro de un zodiaco de temas eternos. Los artistas
geniales no amplían el haber tradicional de asuntos y motivos, el hombre
que muere, la mujer que ama, la madre que sufre, etc, antes al contrario,
manifiestan su vigor estático limpiando aquellos temas de la costra
baladi y grosera que sobre han ido depositando los malos artistas y
volviendo a ponerse delante, en su original simplicidad, de la gémula
iridiscente.
Las
gentes frívolas piensan que el progreso humano consiste en un aumento
cuantitativo de las cosas y de las ideas. No, no, el progreso verdadero es
la creciente intensidad con que percibimos media docena de misterios
cardinales que en la penumbra de la historia laten convulsos como perennes
corazones. Cada siglo al llegar, trae apercibida una sensibilidad peculiar
para algunos de estos problemas, dejando a los otros como olvidados o
acercándose a ellos toscamente.
De
la misma manera unos hombres se hallan dotados de un órgano visual
sumamente delicado, y es el mundo para ellos un tesoro de magnificencias
luminosas, mientras sus oídos ignoran toda armonía. Por esto, aquellos
temas primarios del arte pueden servirnos como confesionarios de la
historia. Al enfrentarse con ellos cada época y ensayar su interpretación,
declara las ultimas disposiciones, la contextura radical de su 5nimc. Y
eligiendo un tema, persiguiendo las variaciones que en la Historia del Arte
ha sufrido, vemos dibujarse la fisonomía moral de las edades, que vienen
y pasan vertiginosas como una virtud que les da vida y una limitación que
les va matando como un asta que llevaran
hincada en el flanco.
El
Vino y El Prado
Vagando
por el Museo del Prado bajo la tibia luz blanca que se vierte por las
vidrieras, me he detenido casualmente ante tres lienzos: uno es la
Bacanal, de Tiziano; otro la Bacanal de Poussin; otro, los Borrachos, de
Ve1ázquez. Estas tres obras de tan disidentes artistas coinciden con el
tema, con diversas soluciones estéticas a este tragicómico problema: el
vino.
Un
problema cósmico es el vino. ¿ Os reís de que me parezca el vino un
problema cósmico? No es extraño, pero esas sonrisas me dan la razón. Es
un problema tan grave el del vino, tan
verdaderamente cósmico, que nuestra época no ha podido pasar junto a el
sin darle su atención y resolverlo a su manera. Sí, nuestra época ha
tomado también posición frente al problema del vino, una posición higiénica.
Ligas, legislaciones, impuestos, trabajos de laboratorio... ¡Cuánta
actividad y preocupación no va hoy incluida en esta palabra; alcoholismo!
Un
problema cósmico es el vino. Yo también sonrío: la época en que vivo
es como tibor chino, donde ha ido creciendo mi corazón, donde se ha
deformado, y a los grandes secretos del cosmos reacciona según los gestos
al uso. La solución que mi edad ofrece al tema del vino es el síntoma
del prosaísmo, de su hipertrofia administrativa, de su enfermizo prurito
por la previsión y el burgués acomodo de su total carencia de esfuerzo
heroico. ¿Quién tiene hoy mirada tan penetrante para ver a través del
alcoholismo, -una montaña de papeles impresos cargados de estadísticas-
la simple imagen de unos pámpanos lascivos retorciéndose
y unos anchos racimos que el sol traspasa con sus saetas de oro?
Pero
no seamos pretenciosos, nuestra interpretación del vino es una, entre
muchas posibles, y es de todas, la más joven. Antes, mucho antes de que
el vino fuera un problema administrativo, fue el vino un dios.
Nosotros
tenemos el mundo metido en cajones, somos animales clasificadores.
Cada
cajón es una ciencia y en él hemos arrojado un montón de esquirlas de
la realidad que hemos ido arrancando a la ingente
cantera maternal: la Naturaleza. Y así, en pequeños rnontones, reunidos
por coincidencias, caprichosos tal vez, poseemos los escombros de la vida.
Para lograr este tesoro, exánime tuvimos que matarla.
El
hombre antiguo, por el contrario, tenía ante sí, el cosmos vivo,
articulado y sin esciciones. La clasificación principal que parte el
mundo en cosas materiales y cosas espirituales no existía para él.
Dondequiera miraba así veía s6lo manifestaciones de poderes
elernentales, torrentes de energía específica, creadores y destructoras
de los fenómenos. El fluir del agua no era el rodar de gotas sobre gotas,
era una manera de vivir peculiar a las divinidades f1uviales. EL día era
un ser presupuesto a la faena magnífica de incendiar periódicamente los
campos, y la noche una fuerza restauradora que hacía a los muertos
revivir.
Pues
bien, en aquel mundo de una pieza presentaba
el vino como un poder elemental. Los granos de uva parecen tumorcicos de
luz; mantienen condensadas una fuerza extrañísima que se apodera de
hombres y animales y los conduce a una existencia mejor. El vino da
brillantez a las campiñas, exalta los corazones, enciende las pupilas y
enseña a los pies las danzas. El vino es un dios sabio, fecundo y danzarín.
Dionisios,
Baco, son un tumor de fiesta perpetua que cruza como un viento caliente
las hondas selvas vivas.
La
Bacanal de Tiziano
No creo que haya cuadro en
el mundo tan optimista como éste. Es un rellano que se hace junto a la ladera
de un montecillo. Unos árboles amenizan el lugar, tras
un mar de color ultramarino, de aguas densas e inmóviles. Una nave lenta
se desliza. El cielo, de azul intenso, con una nube blanca en medio, es el
personaje principal; en él se destacan los árboles, el montículo, brazos y
cabezas de algunas figuras y todo de él cuanto es tocado queda libre de las
penalidades materiales.
Hombres
y mujeres han escogido este apacible rincón del universo para gozar de la
existencia; son unos hombres y mujeres que beben, ríen, hablan, danzan, se
acarician y duermen. Todas las funciones biológicas
parecen aquí dignificadas y con idénticos derechos. En medio casi del
cuadro, un niño alza su camisilla y realiza sus menesteres menores.
En
el vértice de la loma, un viejo, desnudo, toma un baño de sol, y, en primer término,
a 1a derecha, Ariadna, desnuda y blanca, se despereza dormida.
Este
cuadro podría llamarse de otra manera más expresiva, podría llamarse lo que
es en verdad: el triunfo del momento.
De
un instante a otro instante vamos por la vida dando tumbos ;de ellos, los que
nos son indiferentes, los dejamos pasar como vemos
fluir un río gigantesco. Otros nos traen dolores: son como punzadas y pinchazos
en nuestro corazón, ¿qué hacer? Solemos decir un ¡ay de mi!, y empujamos el
instante lejos de nosotros, lo repelemos, lo aniquilaríamos
si pudiésemos, para que jamás volviera. Pero hay »,omentos sublimes en que
nos parece coincidir con todo el universo, nuestro ánimo se expansiona y
virtualmente abarca el horizonte y somos una misma cosa con cuanto nos rodea, y
nos percatamos de una súbita armonía que gobierna 1as cosas; es el momento del
placer, es como la cima de la vida y su integral expresión.
Y
entonces unas manos espirituales se alzan en nuestro espíritu y se agarran al
instante y pugnan por retenerlo. Mejor aún: de un brinco nos lanzamos dentro de
ese instante que pasa veloz, decididos a entregarnos a el
sin reservas ni suspicacias, como si el minuto placentero fuera una de aquellas
naves venturosas que Homero atribuye a los feacios, naves que, sin timón, ni
piloto, conocen ciertas los caminos del mar.
Uno
de estos momentos ha pintado Tiziano. Estas gentes viven en una ciudad y allí
padecen los tormentos de la existencia concreta: tienen ambiciones insaciables,
sufren privaciones, desconfían mutuamente de_
si, les acongoja el sentimiento de la propia limitación y se miran con
ojos torvos los unos a los otros. Pero un día van al campo: es blanda la brisa,
el sol dora el polvillo atmosférico y pone azules sombras bajo las ramas
frondosas. En esto alguien trae ánforas y unas jarritas de plata y oro labradas
delicadamente. Dentro de estos recipientes brilla el vino. Beben. La tensión
histérica de los ánimos cede, las pupilas se van poniendo incandescentes, las
fantasías se incorporan en las celdillas cerebrales. La verdad es que la vida
no es de tan adversa condición, que los cuerpos humanos son bellos sobre un
fondo campestre de oro azul, que las almas son nobles, agradecidas y aptas para
comprendernos y replicarnos. Beben. Parece como si dedos invisibles tejieran
nuestro ser con la tierra, el mar, el aire, el cielo, como si el mundo más bien
fuera un tapiz y nosotros figuras de ese tapiz, y los hilos que forman nuestro
pecho siguieran más allá de este y fueran los mismos que hacen la materia de
aquella nube radiante. Beben.
¿Qué
tiempo llevan aquí?
Vagamente
recuerdan que hay una ciudad y que hay dolores y que hay cambios, desapariciones
y fenecimientos. Les parece que llevan aquí siglos y que eternamente permanecerán
aquí y que eternamente un rayo solar herir5 el anca de este jarro argentino
sembrador de destellos. Como un objeto de elasticidad ilimita- da, el momento se
ha ido estirando y alcanza de un lado y de otro los vagos confines del tiempo.
Esta voluntad de eterna perduración que yace en el fondo de toda hora de placer
ha servido a Nietzche para distinguir los valores verdaderos, las nuevas tablas
de lo bueno y de lo malo. Así dice
en 1os famosos versos.
El
dolor dice: ¡Pasa! ¡Quiere e1 placer, en cambio, eternidad, quiere profunda
eternidad!
Estas gentes que beben se han ido desnudando, para sentir la caricia de los
elernentos sobre la piel tibia, tal vez por un secreto
ímpetu y deseo de fundirse más con la naturaleza. Y a poco más que escancian,
advierten con rara clarividencia, patente ante su prescripción, los últimos
secretos del cosmos, los módulos creadores de todas las cosas. Estos misterios
son los ritmos. Ven que la escena es una masa de tonos azules, -cielo, mar, césped,
árboles, túnicas- a que responden los tonos cálidos, rojos y dorados, -
cuerpos viriles, áreas fajas de sol, panzas de vasos, amarillas carnes
femeninas-. Ven el cielo como una pregunta sutil e inmensa: la tierra, ancha,
fuerte, como una respuesta satisfactoria y bien fundada. Ven que hay en el mundo
un lado derecho y otro izquierdo, un alto y un bajo, ven que hay luz y sombra,
quietud y movimiento, ven que lo cóncavo es un seno para recibir lo convexo,
que lo seco aspira a lo húmedo, lo frío a lo ardoroso, que el silencio es un
aposento preparado, como posada para recibir el ruido transeúnte. Estas gentes
no han sido iniciadas en el misterio rítmico del universo por una extrema
erudición, el vino, que era un dios sabio, les ha dado, empero, una momentánea
intuición del máximo secreto. No se trata de unos conceptos que haya
introducido en sus cerebros, al contrario, el vino ha realizado la inmersión de
estos cuerpos dentro de la razón fluida en que va flotando el mundo. Y así
llega un minuto en que el movimiento de sus brazos, torsos y piernas se hacen
también rítmicos, en que los músculos no solo se mueven sino que se mueven
con compás. El compás es una oculta lógica que yace en el músculo; el vino,
la potencia y hace del movimiento, danza.
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