Delito por bailar el Chachacha


(Guillermo Cabrera Infante)


La ciudad es siempre la misma. ¿Tengo que decir que se llama La Habana?", dice Guillermo Cabrera Infante sobre el escenario en que transcurren los tres relatos de su libro más reciente, Delito por bailar el chachachá (Alfaguara, 1995). Una ciudad que no ve desde hace treinta años, desde que en 1965 viajara desde Europa al entierro de su madre. No ha regresado, no ha podido regresar; no lo hará mientras Castro siga en el poder: año por año, lustro por lustro, decenio por decenio, sin que parezca concluir jamás el dilatado, fútil otoño del dictador.
No bastaron, como reminiscencia, las espléndidas páginas de La Habana para un infante difunto (1969) para arreglar cuentas con la nostalgia y recuperar literariamente la ciudad perdida en la realidad. La Habana se muestra inmune a los intentos de decirle adiós; permanece inconmovible en el recuerdo, exenta incluso de la erosión y del desgaste con que, en medio del viejo, permanente esplendor, acoge hoy a los turistas que curiosean entre la ruina política y la ruina urbanística. Pero para Cabrera Infante no es lozana ni caduca sino más que joven sin edad y permanente. Así se trate sólo de un rincón, el "restaurante habanero de los años cincuenta" donde transcurren los tres relatos de este breve volumen.
Los dos primeros son unas historias deliberadamente llenas de paralelismos, de literales recurrencias y repeticiones. El primero, "En el gran ecbó", comienza: "Llovía. La lluvia caía con estrépito por entre las columnas viejas y carcomidas". El segundo, "Una mujer que se ahoga": "Llovía todavía. La lluvia golpeaba incesante las viejas y cariadas fachadas y las columnas carcomidas por el tiempo". En los dos, una pareja se reúne a comer en medio del restaurante más o menos desocupado: en ambos se produce un diálogo que es el preludio de un desamor, de una ruptura. Son amores vagamente ilegales, quizás adulterinos, difíciles con seguridad, en particular para las mujeres quienes, sin embargo, son en uno y otro caso las que se resuelven a romper una situación de seguro insostenible y, por lo menos, desdichada. Pero en ninguno de los casos hay confrontación: el lector no se entera sino de alusiones parciales a conflictos que pueden adivinar en sus grandes líneas pero no, en forma alguna, en sus retorcidos y, es probable, tediosos pormenores. Son diálogos rodeados de un espeso silencio, pero al cabo marcados por una nota de irrevocabilidad: en uno y en otro caso algo ha concluido definitivamente; no cabe esperar nuevas conversaciones en un restaurante de La Habana mientras golpea la lluvia.
El tercer texto, y el más largo, es el que le da el título al libro. Aquí cambia la voz narrativa (Cabrera explica que el tránsito de la tercera a la primera persona del singular se debe a que es el último episodio como una "modulación" en sentido musical: "La música cubana está llena de modulaciones que quieren ser contradicciones o contrastes con la clave visible o invisible, que indica el ritmo") y reaparece un Cabrera Infante más familiar, el hombre sumergido en la historia y arrebatado por ella. Comienza también con una comida entre dos y luego se va deslizando al mundo de la política, al tiempo en que el autor vivía aún en la Cuba revolucionaria y experimentaba sus primeros desencuentros con los voceros del régimen.
Las dos visitas a la mesa donde toma café son episodios que hubieran caído muy bien en "Mea Cuba", la recopilación de escritos polémicos aparecida hace dos años; son personajes del bajo mundo, de la picaresca de los regímenes totalitarios. Cabrera Infante los empequeñece con todas las perversidades de su humor, del retruécano y de la parodia, la pronunciación popular ("¡Látima! Creí quel sosialimo tiba cambiar") y la afectada popular ("Ustedes defienden el arte abstracto a ultranza. Pronunciaba akstrakto. Pero yo estaba abstraído").

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