REVOLUCIÓN MEXICANA | La caída de Madero y la reanudación de las luchas

   En febrero de 1913, grupos porfiristas y algunos liberales derrocaron a Madero (quien poco después fue asesinado), mediante un golpe, en la denominada “Decena trágica”. Este “golpe” tuvo el apoyo del gobierno de los Estados Unidos, ya que Madero había intentado poner un freno a los monopolios de las empresas norteamericanas y exigir el pago de una contribución por  barril de petróleo extraído del país. Victoriano Huerta, un porfirista que había participado de la conspiración, asumió la presidencia provisionalmente.
   Huerta sabía que para aplacar la agitación popular (sobre todo la de las regiones rurales) necesitaría adherirse a la causa social y tratar de tomar las banderas del agrarismo. Pero el intento de restablecer “la paz y el orden porfirista” por parte de Huerta no funcionó, por el contrario, agravó más la crisis social.
   La revolución se extendió nuevamente a todo el territorio nacional y las tropas huertistas fueron vencidas por las de Villa y Venustiano Carranza. La firma del Plan de Guadalupe (en mayo de 1913) designó a Carranza “Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, encargado del Poder Ejecutivo de la Unión”, es decir, líder del ejército revolucionario. Sin embargo, el liderazgo carrancista no fue plenamente reconocido, ya que enfrentó la oposición de Pancho Villa (quien se había unido a los constitucionalistas pero disentía en la forma de resolver en la práctica la cuestión agraria) y no logró negociar la paz con los zapatistas. Estos últimos exigían la “absoluta sumisión de los constitucionalistas al Plan de Ayala” y, ante el fracaso de las negociaciones con Carranza, llevaron a la práctica el artículo 8º del Plan mediante un decreto que estableció “comisiones agrarias”.
   Carranza tuvo diferencias importantes en cuanto a su liderazgo con Villa y Zapata. En primer lugar, provenía de una familia criolla de orientación liberal, había completado sus estudios secundarios y tenía vasta experiencia en la política. Asimismo, su figura carecía de atractivo para las clases populares y no sedujo a las masa como los otros dos líderes revolucionarios.
   Huerta renunció en 1914, pero otros porfiristas le sucedieron en el gobierno. Con la firma del tratado de Teoloyucán, el ejército federal fue disuelto y desarmado y se logró la pacificación del territorio mexicano, excepto en el sur, donde el ejército constitucionalista siguió combatiendo a los zapatistas.

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