Zapata no era un campesino sin tierra, sino un pequeño propietario de unas pocas hectáreas de tierra heredadas de sus padres. Sin embargo, para subsistir también se empleaba en las haciendas como arriero o aparcero.
Había nacido y vivía en el pueblo Anenecuilco, donde los vecinos lo reconocían por su compromiso con los problemas que la comunidad tenía con las haciendas y autoridades del distrito por los terrenos y las aguas. El avance de la Hacienda del Hospital sobre las tierras del pueblo había condenado a los pobladores a morir de hambre o a migrar, ya que se les había quitado su fuente de supervivencia.
Además otra experiencia había llevado a Zapata a involucrarse en la lucha por el mejoramiento de la vida de los campesinos. Durante un tiempo había trabajado en Ciudad de México en los lujosos establos de los hacendados ausentistas y esto le permitió distinguir el contraste entre la vida llevada por la aristocracia y la miseria en la que vivían los de Anenecuilco.
En 1909, al agotarse todas las instancias legales y no recibir apoyo de las autoridades, Zapata junto con otros ocupan las tierras y las distribuyen. Esto mismo se repite en todos lados del distrito donde existen conflictos y los campesinos toman las tierras expropiadas por la fuerza. Desde este momento, Zapata adopta el lema “la tierra para el que la trabaja”, que defenderá durante toda la revolución sin negociar, en momento alguno, cualquiera de los aspectos que reclaman los campesinos.
La influencia del foco revolucionario de Morelos se extenderá y decrecerá según momentos, pero nunca podrá ser derrotada definitivamente hasta 1919. En abril de este año, Zapata es asesinado en una emboscada en Cuernavaca con el consentimiento de Venustiano Carranza. Luego de esto, sin su líder indiscutido, los zapatistas serán vencidos.
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