Hasta el centro del mundo, que era
cuadrado entonces, bajaron de los cielos el constructor, Ñandéruvusu, y su
compañero, Mba’ ecuaahá. Fue el primero de ellos quien dio vida a los árboles,
las frutas y los arbustos, y cubrió el mundo con una selva tan esplendorosa como
jamás volvió a verse otra igual.
No contento con su obra, dio vida
también a Ñandesi, la primera mujer y nuestra madre originaria.
Ambos compañeros gozaron entonces en
ella, y en ella engendraron dos hijos gemelos.
Pero la madre despreció a los
compañeros, y éstos la abandonaron en la selva recién creada, para regresar a
los cielos solitarios.
Ella con los gemelos, vagó por la
selva; pero se perdió y llegó al país de los jaguares. La abuela de los felinos
quiso esconderla; las fieras sin embargo, la olfatearon, y la devoraron. El
constructor y su compañero, arrepentidos, sólo pudieron, desde los cielos,
salvar a sus dos hijos.
Los gemelos, Tupí y Guaraní, fueron
creados por la abuela de los jaguares. Crecieron pronto y se hicieron infalibles
cazadores. Algunas aves, antes de morir, pudieron contarle su historia, y los
hermanos decidieron vengar a su madre.
Dijeron entonces a los jaguares que en
sus andanzas por la selva habían descubierto una tierra paradisíaca, donde los
alimentos abundaban y se recogían sin esfuerzos. “Allí no se conocía el mal,”
aseguraron. Pero para alcanzarla era necesario llegar hasta el confín de la
tierra, donde nace el día, para encontrarse con el mar, cruzarlo y ganar la
felicidad.
Los jaguares les creyeron, y se
embarcaron en grandes canoas que los gemelos habían hecho. Pero los gemelos, que
por herencia de sus padres dominaban los elementos, desencadenaron una terrible
tempestad como venganza. Las canoas naufragaron y los jaguares fueron
convertidos en toda clase de animales.
Entonces los gemelos decidieron
repoblar la tierra.
En busca de La Tierra Sin Mal
Desde el corazón de la selva ( o desde
la misma desembocadura del gran río Amazonas), Tupí y Guaraní decidieron
separarse. Tupí marchó hacia el norte; Guaraní, hacia el sur.
Los descendientes de Guaraní siguieron
siempre la misma dirección, en grandes canoas que iban a la deriva, llevadas por
la corriente de los ríos en busca de la Tierra Sin Mal que les había sido
revelada. “Una tierra, donde no había muerte; y abundaba la miel, y la carne y
los cultivos crecían solos, una tierra donde todos podían vivir con felicidad.
Buscando ese paraíso se detenían, donde
encontraban buena tierra. Levantaban sus aldeas, sus Tekoás, siempre rodeadas de
empalizadas (por lo general, los habitantes del lugar nunca recibían bien a los
recién llegados); y empezaban a cazar, a pescar y a realizar cultivos. Sobre
todo mandioca, maíz, batata, zapallo, maní, poroto, tabaco. Para ello, en esas
selvas debían voltear árboles y quemar malezas. A lo sumo a los cinco años la
tierra se cansaba. Y los guaraníes debían embarcarse nuevamente.
Siempre hacia el sur, en busca del
paraíso que anhelaban. Cuando los españoles arribaron a estas playas, muchos
guaraníes ya habían llegado al Delta del Paraná: los hombres de Pedro de Mendoza
los llamaron Carios.
Quizá esa búsqueda empecinada de su
paraíso los llevó- más que a otros aborígenes- a escuchar la palabra de los
misioneros jesuitas, que les hablaron de otro paraíso. Tal vez por eso, entre
1609 y 1768, varias decenas de miles de guaraníes aceptaron vivir en los
treinta pueblos establecidos por la compañía de Jesús en tierras que hoy son
argentinas, brasileñas y paraguayas. Las sociedades establecidas en esas Misiones
se pareció bastante a la Tierra Sin Mal que buscaban; aunque los guaraníes
perdieron en el cambio gran parte de su cultura. Sus médicos- hechiceros- los Karaís y payés-, con frecuencia los hombres más virtuosos de cada comunidad,
guías de su pueblo, no fueron aceptados en las reducciones.
De todos modos, esa incorporación a la
sociedad que se estaba formando a partir de la dura conquista, salvó el idioma
guaraní- adoptado por los jesuitas como lengua oficial en sus misiones-, que
llegó a ser ampliamente mayoritario, así, en gran parte de la Cuenca del Plata.
Pero no todos los guaraníes aceptaron
la tutela de los misioneros. Entre los escasos grupos que hoy se mantienen
aislados en la selvas, alejados ( hasta donde pueden ) de influencias extrañas,
se recuerda con orgullo a un cacique, de nombre Guairá, que rechazó la
catequización y el bautismo y se refugió con su gente en los boscajes más
impenetrables. De aquellos indómitos aborígenes también descienden los guaraníes
monteses actuales.
Los jesuitas fueron
expulsados de los dominios españoles, y los guaraníes- fueran cristianizados o
monteses- sufrieron la discriminación y la miseria que la sociedad de los blancos impuso siempre a los
indios de América.
Habían sido sobre todo mestizos
guaraníes los cincuenta y tantos paraguayos que, dirigidos por Juan de Garay,
bajaron desde Asunción para refundar Buenos Aires en 1580. Más de cinco millones
de argentinos, paraguayos y brasileños que siguen cultivando la lengua que nos
trajo, desde el corazón de las selvas sudamericanas, estas historias que aquí
reunimos.
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