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El mundo Tupí-Guaraní en vísperas de la conquista

El hábitat

    Las inmensas selvas de América del Sur formaban sólo una parte del hábitat ocupado por las grandes ramas lingüísticas tupí-guaraní y karaivé-guaraní. En una extensión que abarca desde las Antillas las Guayanas y Brasil hasta la parte oriental de Bolivia, Paraguay, Uruguay, el Chaco y las actuales provincias argentinas de Formosa, Corrientes y Misiones, habitaban multitud de pueblos que podían entenderse por provenir del mismo tronco lingüístico. Cada unos de ellos vivía aislados de los demás. “Lo que la lengua unía por separado por la selva y por el orgullo de cada uno de los grupos, que siempre se consideraba mejor al vecino y hacía todo lo posible por ser diferente.”

    Arqueólogos y antropólogos suponen que los grandes movimientos migratorios originados en la cuenca amazónica, tal vez por una sequía, empezaron  hace mas de dos mil años. En el siglo XVI de nuestra era tupíes y guaraníes, ya claramente diferenciados ocupaban, una vasta área geográfica. Los primeros dominaban el litoral atlántico, desde la desembocadura del Amazonas hasta la Isla de Santa Catalina. Allí comenzaban el predominio de los guaraníes. Sus aldeas se distribuían cercana a los ríos Paraná, Uruguay y Paraguay  hasta las islas del delta del Río de la Plata. En lo que seria Asunción vivían los Carios, más al norte los llamados Itatines y atravesando las selvas chaqueñas hasta los contrafuertes andinos los chiriguanos, terror de sus vecinos más evolucionados del Alto Perú. Paraná arriba se llegaba a las tierras del Guayrá y Tayaoba, y desde el río Uruguay hacia el Atlántico a la región del Tope.

    Los españoles llamarían “provincias” a estas regiones habitadas por distintas parcialidades.

 Vida cotidiana en una aldea guaraní.

Organización social. Usos y costumbres.

    Los guaraníes constituyen racial y culturalmente “una gran nación”. Las tribus formaban alianzas o eran enemigos según las circunstancias.

    La base de la organización era la gran familia que vivía en grandes casas comunales (maloca o tapy-guazú) de cincuenta o más metros de largo. Se reunían de veinte a sesenta “fuegos” como llamaban a cada familia, emparentados que constituían un tevy bajo la dirección de ñanderú. Hileras de maderas que equilibraban la bóveda, dividían los espacios de cada familia, copiando la forma en que Ñande o Ñandevurusú había edificado el sostén de la tierra. (“Luego que le quiten el sostén, caerá la tierra”, según cuenta el grupo tupí). La inmensa habitación,  cubierta de hojas de palmas o de corteza, albergaba esta comunidad de producción, de consumo, de vida religiosa y política. Cada pueblo o aldea (tekoa) estaba formada por varias de esas malocas, frente a un espacio central cuadrangular, a modo de plaza, protegidas por una o varias empalizadas de postes que parecían muros. Tales edificaciones defensivas muestran el carácter belicoso de los tupí-guaraníes. Un grupo de estos tekoa, disponía de sus propias áreas para el cultivo, la caza y la pesca. En ocasión de guerra varias parcialidades se reunían en una guara o provincia bajo el mando de un gran jefe, el mburuvichà-guazú.

    El cacique repartía las tierras y las mujeres obtenidas en las guerras, los  “vasallos” le retribuían con cosechas y mujeres; también las entregaban a jefes de otras tribus como prenda de paz, para fortalecer alianzas o para alagar a los huéspedes extranjeros recogidos con hospitalidad. El cargo de jefe político era hereditario. Para ser aceptado debía ser un buen guerrero, poseer elocuencia y ser generoso en el reparto de alimentos y mujeres.

    Los grupos tribales se instalaban por cinco o seis años en el lugar elegido. Antes había que talar y quemar el terreno destinado a sembrar maíz y legumbres, base de su alimentación junto con la caza y la pesca; tareas que requieren el trabajo en comunidad. Las tareas preliminares estaban a cargo del hombre; la siembra, el cuidado de las chacras y las cosechas correspondían a la mujer.

    Una vez elegido el terreno, todos  los hombres de la aldea eran convocados con el sonido del turu,  especie de trompeta de tacuara. La siembra se iniciaba con ceremonias rituales, cantos y danzas al ritmo de las maracas. Danzantes con máscaras de maderas,  que representaban a los antepasados muertos, bailaban para asegurar la fertilidad de los campos y una buena cosecha. Luego con una estaca de madera dura o de piedra, las mujeres habrían hoyos y trazaban los surcos donde poner las semillas en el caso del maíz y las ramas cuando se trataba de la mandioca.

    La base de la alimentación era el maíz-avatí- ya sea : hervido, asado, tostado, en harina como bebida fermentada. La mandioca, cocida o asada, rebanada o secada al sol. Asaban y ahumaban la carne y el pescado para conservarlos, condimentándolos con pigmentos silvestres, azafrán y sal. Cultivaban camote (batata), fríjol (poroto), maní, calabaza, banana y papaya. Fabricaban una bebida-ka`u`y, o chicha-.

    Los jóvenes fabricaban ka`u`y , o chicha, una bebida fermentada hecha con trozos masticados de maíz y mandioca, en el momento de alguna celebración.

    Su gran descubrimiento ha sido la yerba mate. Masticaban en sus andanzas y correrías las hojas del caà para tener mas vigor. Las maceraban también en agua fría dentro de una pequeña calabaza para absolverla con una pequeña tacuara: el tereré (antecesor del mate criollo); sólo lo conseguían en su lugar de origen: al nordeste del Paraguay oriental hasta la zona vecina de Mato Grosso, al norte del río Apa y al este del Paraná. La recolección se hacia de Febrero a Mayo. Las ramas cortadas se tostaban en el fuego y se molían en un mortero.                          

    Las aldeas se ubicaban cerca de ríos, por expediciones de guerra y caza. Fabricaban canoas, balsas, con maderas de árboles de la propia región; como el timbó, el ubirapita  entre otros. Algunos tenían velas, mástil y hasta una casa con techo para resguardarse, en viajes largos. Pescaban con anzuelos de madera y trampas.

    Las mujeres ayudaban en la construcción de casas, limpiaban con escobas de palmas la tierra apisonada. Se encargaban del cuidado de la casa. Fabricaban cestos de juncos, moldeaban y cocían las vasijas de barro, hilaban el algodón y tejían hamacas, tipoy (especie de túnica sin mangas),redes, etc. Tejían con dos palos horizontales  y dos verticales en un telar, y devanaban el algodón con huso de madera. Las telas obtenidas eran teñidos con colorantes vegetales.

    La principal ocupación de los hombres era la guerra o cazar venados, tapires, osos hormigueros, seguida una fiesta, en donde todos participaban del festín. Se reunían en las sombras de los árboles, por las siestas, o alrededor del fuego por las noches para contar las historias, mitos, leyendas que nosotros hoy conocemos. Los niños tenían sus canciones y trataban de imitar las tareas que mas les interesaban de los mayores. Una actividad de dedicación era el armado de ropas ceremoniales: combinando las diversas plumas de colores mas vistosos, que serian usados por  los karaí, o por algún mburuvichà-guazú.

    Casi todos los guaraníes vivían desnudos, adornados con penachos de plumas, collares de huesos, dientes, garras de animales salvajes y pintados corporalmente.

    Distinguían perfectamente las propiedades terapéuticas y curativas de las plantas,  según sus usos: antisépticos, depurativos, astringentes, etc.

    En las zonas menos calurosas o montañosas (como en Mato Grosso), usaban el varijú, ponchito de algodón con listas coloridas. Las chiriguanas usaban el tipoy, larga hasta las rodillas y la tribu Chiripa, usaban un paño rectangular de algodón o cuero, que pasa por entre las piernas y se anuda en la cintura. Usaban mantas hechas con hilos de karaguatá para taparse con ellas al dormir; mojadas y arrolladas para protegerse de espinas o de flechas enemigas.

    Con doce años los varones, y las jovencitas después de la primera menstruación se integraban a la comunidad. Debían pasar por ritos de iniciación: grupal en el caso de los muchachos y particular de las mujeres. Con ligeras diferencias entre las tribus, la  iniciación para los varones consistía en la perforación del labio inferior con un punzón de madera o asta de venado, para colocar el tembetá, trocito de piedra, madera, metal o hueso que demostraba su entrada en la adolescencia y su pertenencia a la tribu, siendo el distintivo de su identidad . Para que no sintiera dolor se los embriagaba antes con ka`u`y. Al cicatrizar la herida eran llevados al patio grande donde se celebraba la ceremonia final con cantos, danzas y rezos.

    El rito de las niñas era individual porque correspondía a la primera menstruación, pero la ceremonia final era pública puesto que su rol de “procreadora” interesaba a toda la comunidad. La niña era recluida por unos días en un intento de apartarla de todos los peligros que la acechaban en ese difícil momento de su vida. En algunas tribus no se dejaba tocar el suelo mientras durara el período y debía permanecer en una hamaca. Estos días de reclusión servían para enseñar a la jovencita lo que serían sus obligaciones y las fórmulas rituales u oraciones que requerían cada tarea. Al terminar el período de encierro la lavaban con una cocción de cedro y la engalanaban ciñéndole los brazos y la cintura con hilos de algodón que llevaría hasta el casamiento.

    Estas costumbres varían según las tribus. El rito terminaba con fiestas comunitarias con bebidas, músicas y danzas.

    Para pedir a una joven el matrimonio era necesario usar el tembetá y demostrar destreza en el uso de las armas.

    La ceremonia del casamiento era sencilla: la novia adornada con un diadema y la tacuara ritual que lleva en la mano, y el novio también adornado , lleva su maraca, parado sobre una red nueva, recibían el ka`u`y de manos de un anciano. Toda la comunidad festejaba y bebía el ka`u`y mezclado con miel silvestre.

     Atribuían a los sueños carácter de revelación: una mujer sabia que estaba embarazada cuando la palabra revelada a su marido en su sueño se encarnaba en ella formando un nuevo ser.

    Según el cual el futuro padre, al igual que su mujer debe abstenerse de todo trabajo pesado, practicar ayunos y otros ritos, desde unos días antes y después del parto.

    El parto era natural y simple. Se elegía un lugar solitario en el monte junto a un arroyo y la parturienta se ubica sobre unas hojas grandes, atendida por una mujer de mayor experiencia: cortaba el cordón umbilical con dos piedras, cubriendo los cortes con cenizas y  unas gotas de aceite de kupay. Luego de bañarse la madre y el recién nacido en una cocción de hojas de cedro , el niño era entregado al padre, quien lo envolvía en una tela de algodón y lo depositaba en una hamaca nueva.

    El resguardo duraba unos ocho días, hasta que cicatrizara el ombligo, y a su termino toda la aldea festejaba el nacimiento.

    Los matrimonios eran monógamos. La poligamia era privilegio de jefes y chamanes.

    En cuanto a los ritos funerarios, estaban ligados a la creencia en la otra vida que se iniciaría en la Tierra Sin Mal, a la que algunos privilegiados podían llegar sin morir.

    Hallazgos arqueológicos han comprobado la costumbre de enterrar a los muertos en grandes ollas de barro, según deducen algunos antropólogos a que las vasijas están simbolizando el útero, que hará nacer el alma a la vida eterna.

    Pero hay también evidencias de un culto a los huesos de los muertos basados en las creencias de que estos podrían volver a la vida a través de las oraciones exteriorizadas en cantos y danzas.

    Los huesos secos eran honrados en el templo. Algunos conservaban  los huesos de sus antepasados en sus casas en una caja adornada con plumas.

         Mentalidad, lenguaje y religión

    Fuentes históricas, aportes antropológicos, cedieron un gran paso, para asomarnos a la mentalidad de un pueblo, cuya vida estaba completamente orientada al Mas Allá.

    El genio de la raza estaba volcada en la lengua y en la religión. La lengua los permitió expresar su capacidad para producir belleza y artes en cánticos, y oraciones, mitos y leyenda. La religión penetraba la vida social y nutria todos los compartimientos: políticos, culturales, y hasta económicos, ya que la búsqueda de la Tierra sin Mal implicaba también búsquedas de tierras no holladas para la caza y el cultivo. Aunque se la conocía como morada de los antepasados, algunos privilegiados podrían llegar hasta allí sin pasar por la prueba de la muerte.

    La religiosidad se expresaba ante todo a través  de la palabra hablada y cantada. El lenguaje no era solo el medio para comunicarse entre los hombres sino principalmente para comunicarse con la Divinidad.

    Nuestra mentalidad occidental, que busca siempre paralelos y semejanzas, se entusiasma siempre a similitudes.

  La  Palabra es el alma. La muerte es la pérdida de la palabra, y las bellas palabras-ñe`e pora- con el equivalente de la sabiduría y de la santidad.

    Es por eso que Ñamandú, crea a sus tres hijos Karaí, Jakaira y Tupá, y a sus mujeres: les imparte conciencia divina para verdaderos de Lo original de la religión tupí-guaraní es identificar  el concepto alma con el concepto palabra y todo lo que esto implica, en cuanto a la valorización del lenguaje, como medio de comunicación con lo sobre natural y con el propio perfeccionamiento.

    El vocablo ñe`e designa al mismo tiempo la voz, la palabras-almas de sus futuros numerosos hijos. Por haber ellos asimilado la sabiduría divina de su propio Primer Padre; después de haber asimilado el lenguaje humano, de haberse inspirado en el amor al prójimo, a ellos también llamaremos excelsos verdaderos padres de las palabras-almas, excelsas verdaderas madres de las palabras-almas.

    Cuando va a llegar al mundo un nuevo ser, estos dioses encargados de transmitir al chamán, ante quien acude la madre, el nombre que le es debido.

    El objetivo de vida del ava, del hombre guaraní, es lograr el teko mará he`y, s decir la vida sin tacha de la Tierra sin Mal. Con el canto ritual y la danza lograban la purificación necesaria que precisa la vida sin tacha.

    La experiencia religiosa guaraní está constituida por las formas del canto, de la danza, de la palabra profética, mas que por el contenido de sus creencias.

 Los jefes religiosos (karaí , paí) y políticos (mburuvichà)

    Había diversas categorías de chamanes: un curandero tenia funciones mas mágicas que religiosa, poseían uno o varios cantos, podían dirigir danzas, curar, predecir, etc. Superaba ampliamente los límites de la comunidad, convirtiéndose mas tarde en el líder político del grupo.

    Los karaí tenían el prestigio de los héroes culturales que los habían enseñado a cazar y cultivar, y creían que podía llegar a la Tierra sin Mal sin pasar por la muerte. Los de mayor jerarquía eran reconocibles por su austeridad de vida, y en su discurso mostraban una fascinación irresistible , con cantos y danzas ,con maracas y tacuaras.  

    Los karaí recorrían territorios enemigos, pasando por encima de las tribus. No iba solo. Lo despedían y recibían  en otras aldeas con bailes cantos y sendas. Muchos llegaron a tener poder político (jefes políticos-mburuvichà) y ya no podían transitar a través de territorios enemigos. La jefatura era hereditaria. El mburuvichà se caracterizaba por su valentía en la guerra y su liderazgo era estrictamente militar.

    Con la llegada de los europeos se comienza a registrar la aparición de grandes jefes carismáticos y hasta algunos intentos de confederación de parcialidades bajo un mismo jefe.

    Existían chamanes del mar: “los hechiceros”. Eran llamados los “dueños del veneno”, por hacer trabajos perjudiciales con oraciones y elementos propios de la magia negra.

 Antropofagia ritual

    La antropofagia es la costumbre mas difícil de comprender de los tupí-guaraníes. La que mas escandalizó a los europeos, los jesuitas registraron detalles macabros, de esta costumbre.

    Existía una enemistad entre tupíes y guaraníes, se mataban, se comían unos a otros, y de las canillas hacían trompetas, y de las calaveras se servían de tazas para beber. A esta costumbre, toman como una especie de bautismo ritual para tomar nuevo nombre.

    La antropofagia ritual fundaba y consolidaba una series de las relaciones que mantenía la cohesión interna del grupo. La ejecución de un prisionero era considerada una venganza por la muerte de algún antepasados en manos de los parientes de los prisioneros y la muerte ritual a que lo condenaba engendraba un nuevo ciclo de represalias para restablecer el equilibrio que se había roto, ya que normalmente debía ser vengada mas adelante por el grupo de parentesco de prisioneros sacrificados.

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