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En
todas las ciudades existen obstáculos que impiden o dificultan el acceso físico
a un establecimiento (y/o se desconocen las pautas de atención a personas con
capacidades restringidas): tales obstáculos se conocen como “barreras físicas”
(por ejemplo, puertas giratorias, escaleras, desniveles, etc.) Las
barreras físicas son de índole material y se presentan cuando las dimensiones
y/o diseño obstaculizan la autonomía e independencia de las personas -con o
sin discapacidad-. Dentro de ellas, podemos diferenciar:
Tiempo
atrás se consideraba que las barreras físicas afectaban solo a las personas
con discapacidad motriz, pero hoy se acepta que su eliminación implicar una
mejora en la calidad de vida de ancianos, niños, embarazadas, ciegos, personas
que transitan con un bebé en brazos o empujando un cochecito, aquellos que
transportan mercaderías o bultos pesados, personas enyesadas, etc. En otros términos,
la eliminación de barreras físicas, al beneficiar a quienes transitoria o
definitivamente tienen su movilidad restringida, nos beneficia a todos. No
obstante, las barreras físicas no son los únicos obstáculos que tienen que
franquear las personas con capacidades reducidas. También existen barreras
sociales o culturales que se establecen cuando la sociedad
valora negativamente a la persona con capacidad restringida, por no corresponder
al modelo humano antropométrica, mental y funcionalmente “estándar” que ha
sido y usa como patrón subjetivo de evaluación. Por lo tanto, un trato
inadecuado a las personas discapacitadas resulta tan perjudicial –o aún más-
que las barreras físicas. Por tanto ambos tipos de barreras, culturales y físicas, se oponen habitualmente a la integración de personas con discapacidad, debiendo desarrollarse acciones tendientes a su eliminación.
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