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 [ En búsqueda de la Tierra Sin Mal][El defensor de la selva][ El Curupí y la mujer indiscreta ][ El cazador vanidoso ][ El rey de los pajaritos ][La Lechuza y el Caburé] [Astutos contra poderosos] [La picardía del zorro ][Madi-ó][Caá-Yarí, la dueña de los yerbatales][ El yaguareté ABÁ, El Hombre-Tigre ][El Pombero y los chicos de campo][Futura Luna][Charia hace las cosas difíciles][Cuento con muchos pecaríes y un solo yacaré][El origen de la Tierra][ El primer fugo llega al hombre]

Introducción

    Los guaraníes, muchas veces hacían la guerra, pero también hacían poesías. A la luz de los fogones en la noche, siempre les gustó contar historias y, además, cantarlas.

    Los siguientes relatos recogen algunas de esas historias, que tienen héroes de cuerpo resplandeciente como el Sol y seres malvados que se apropian del fuego, aventuras de dioses y hazañas de gente común. Historias que nos hablan de un mundo que se fue haciendo poco a poco, con el puro poder de las palabras.

En búsqueda de la Tierra Sin Mal

    La búsqueda de un paraíso terrenal provocó largos viajes.

    Los guaraníes creían en una Tierra Sin Mal, especie de un paraíso terrenal adonde se podía entrar sin morir. "Allí los cultivos crecen solos -decían-, la miel y la carne son abundantes, no hay enfermedades ni muerte, y todos viven con felicidad."

    Cada tanto, algún karaí afirmaba haber recibido en sueños revelación de donde se ubicaba ese anciano lugar y como llegar hasta él. Con sus discursos elocuentes, arengaba a todos para que abandonaran aldeas y cultivos, y siguieron el camino que le había sido indicado. Muchos de estos éxodos eran penosos y trágicos. Los peregrinos debían avanzar  por zonas boscosas y ríos desconocidos, rodear saltos de agua, improvisar puentes con troncos y lianas, enfrentar a grupos enemigos y padecer enfermedades.

    Para llegar a La Tierra Sin Mal era necesario tener perseverancia, coraje y fuerza espiritual. Esta última se renovaba cada noche, cuando el karakí precedía danzas especiales vinculadas con los mitos y con la esperanza de una nueva tierra. La música, los cantos religiosos, las oraciones y los bailes buscaban aligerar los cuerpos y liberar a los hombres de sus imperfecciones, elevándolos y facilitándoles el camino. Ante un fracaso, volvían a partir con nuevo rumbo, siempre dirigido por su profeta.

    Españoles y portugueses trajeron nuevos males a la tierra guaraní, y dieron mayores impulso a la búsqueda de La Tierra Sin Mal, fuera del alcance de los conquistadores. La historia mas dramática fue la de un grupo de 12.000 Tupi-guraní, quienes en 1.539 partieron desde la costa de Pernambuco, en Brasil; 10 años más tarde, 300 sobrevivientes llegaron a los Andes peruanos, después de atravesar toda el amazona        

El defensor de la selva

    La selva es oscura, misteriosa, impenetrable.

    Pero también tiene un delicado equilibrio: si se la destruye, la tierra se convierte en un desierto. Por eso tiene seres protectores que la defienden. Uno de ellos es el Curupí.

    El Curupí es un enano feo, fortachón, torpe para moverse por que es duro, no tiene coyunturas. Además, tiene los pies al revés, con los talones hacia adelante, lo que le impide caminar bien y –sobre todo- nadar, algo indispensable para cruzar los caudaloso arroyos de la selva. Sin embargo, es capaz de disparar flechas que jamás yerran el tiro, y es ávido y glotón. Le gusta la carne humana, y más la carne tierna de los orgullosos cazadores jóvenes, ésos que se pierden en las espesuras de los boscajes en busca de la presa que nadie obtuvo.

    Su nombre- Curupí- significa ruido misterioso, rumor desconocido... porque ronda a los hombres que se interna en lo más profundo de la selva, allí donde todo cruje como si alguien lo siguiera a uno: el Curupí no quiere que se volteen árboles por gusto, ni que se maten animales sin necesidad.

    Aunque también es generoso. Pero duro cuando la gente no cumple las leyes que él establece.

El curupí y la mujer indiscreta

    Un cazador, siguiendo ávidamente el rastro de un mborebí- el animal más corpulento de la selva, el que rinde más carne, al que los criollos llaman tapir y los brasileños, anta-, se perdió en la selva.

    Mientras caía la noche, pensaba temeroso: Me encontrará el Curupí... Pero el curupí había comido bien ese día, y estaba de muy buen humor.

    -¿Qué haces por aquí solo, en plena selva, y a estas horas ?- le preguntó tomándolo por sorpresa. 

    -Me he perdido siguiendo el rastro de un gran mborebí...-respondió el cazador.

    -¿Pero no conoces el miedo..? ¿Acaso no sabes de los peligros que trae la noche? -el Curupí se le acercó, desafiante.

    -Sucede que soy pobre -murmuró el hombre-, y mi mujer y mis hijos tienen hambre. Aquel mborebí nos habría asegurado carne para varios días.

    El Curupí miró con algo de pena al indefenso cazador.

    -Ya he comido -dijo como hablando consigo mismo-, ahora tengo ganas de fumar. ¿Me das un poco de tabaco?

    El cazador se lo dio; y tras la primera bocanada el Curupí le propuso:

-Me traerás tabaco aquí, todas las noches. Y yo te daré un mborebí. Pero que nadie sepa nuestro trato: ni siquiera tu mujer. El que lo descubra, morirá; y tú te volverás loco.

Esa noche todos comieron en la choza del cazador.

Y la otra, y la otra, y la otra también. Curiosa, la mujer preguntó, pero su marido no soltó palabra.

A la tarde siguiente, ella lo siguió. ¡Y descubrió a su compañero, conversando con el Curupí, mientras le entregaba tabaco a cambio de un corpulento tapir!

Pero ya el Curupí, que como las lechuzas ve en la noche más cerrada, había divisado al mujer en la espesura. Casi distraídamente, como quien piensa en otra cosa, tomó su arco y colocó en él una de su infalibles flechas.

-¿Sabes, ch´amigo? -le dijo al cazador-, alguien nos ha descubierto... ¿Recuerdas nuestro trato?

-El que lo descubra, morirá -murmuró sorprendido el hombre, repitiendo las palabras del Curupí-; y...

    Se hizo un silencio. Sin levantar la vista, suavemente, el enano tensó el arco y soltó la flecha, que se perdió en el rincón más oscuro de la selva.

    Sólo se oyó apenas un quejido sordo; pero el cazador debió de reconocer la voz porque saltó hacia el lugar para encontrar, ya sin vida, a su mujer con la flecha clavada en el corazón. Y salió corriendo por la selva, dando gritos, loco de remate.

El cazador vanidoso

    Ya sabemos que el Curupí es torpe y desmañado para moverse. Cosa rara en un duende de la selva: pero es así porque no tiene coyunturas como nosotros, y le cuesta inclinarse, por ejemplo, para revisarse la planta de los pies, que además los tiene al revés, con el talón para adelante.

    Un día, el Curupí estaba echado en el suelo, quejándose y tratando de quitarse una dolorosa espina que tenía hincada en un pie ( el Curupí, claro, anda siempre descalzo).

    Tan absorbido estaba, que ni oyó al cazador.

    - ¿ Qué es eso? ¿ Una espina? ¡ Yo te la saco!. Sin terminar de decirlo, ya el ágil cazador se agachaba y el dolor del Curupí desaparecía.

    -Gracias, ch`amigo - suspiró el enano -. Y para que no diga que el Curupí es desagradecido, te haré un regalo: esta flecha que jamás yerra un tiro. Eso sí – le previno -: Sólo deberás usarla para alimentar a tu familia. Si intentas matar por gusto, el Curupí te castigará.

    ¡ Una flecha del Curupí!, pensaba el hombre mientras seguía su camino por la selva. Con esa flecha seré el mejor cazador... ¡ todos me envidiarán!.

    Al cruzar uno de los arroyos que debía atravesar, un gran dorado se le escapó de entre la piernas, casi a flor de agua. No era fácil (bien lo sabía ) pescar con flecha. Pero, confiado en el poder del Curupí, pensó que el dorado sería una buena cena. Tiró sin apuntar, y en un instante el gran pez flotaba muerto, con la flecha clavada en el corazón.

    Orgulloso, llegó a su casa cargando el gran dorado, y esa noche todos comieron muy bien.

    Y ese día siguiente, y al otro, y al otro también. Todas las tardes, el cazador volvía de sus excursiones con grandes mborebíes, sabrosos taitetúes (esos feroces jabalíes americanos que los criollos llamaban chanchos del monte); con pequeños pero exquisitos tatúes, esos armadillos que son deliciosos cuando se los asa en su propio caparazón.

    Pronto en toda la tekoá, en la aldea del cazador, no hubo mejor tirador que él. Pero el payé de la comunidad, el curandero capaz de adivinar el futuro y comunicarse con el mundo sobrenatural, desconfiaba. ¿Habría hecho el cazador algún pacto con Añá, con el mismísimo Diablo ? ¿O se habría hecho amigo del Curupí?. Para probarlo (y como buen conocedor del alma de los hombres, sabedor de la vanidad que siempre traiciona a quienes han ganado larga fama ) lo desafió:

    -Has demostrado ser el mejor cazador de la tekoá –le dijo-; pero, ¿Podrías herir en el corazón, en pleno vuelo, a un diminuto minumbí, el pájaro- mosca que salta de flor en flor, más ágil que un camuatí?. Claro, ustedes imaginarán lo que sigue: picado en su vanidad, el cazador aceptó. Y acompañado por el payé y seguido por los otros cazadores de la aldea, se internó en la selva en busca de un delicioso e indefenso picaflor. Lo encontró libando las flores de un enorme lapacho, muy alto en la copa del gran árbol, y casi sin apuntar –como hacía siempre- disparó la flecha, que describió un gran círculo para clavarse justo, cumpliendo la ley del Curupí, en el mismísimo corazón del vanidoso cazador.

El rey de los pajaritos

    La penumbra, los rumores, la humedad y el calor de la selva despiertan la leyenda, impulsan a la gente a ver seres todopoderosos que los envuelven y dominan con su magia. Pero los que saben, aseguran que no todo es imaginación: la selva tiene una potencia muy real, representada por seres de carne y hueso capaces de reinar sobre los demás con la fuerza de su espíritu.

    Uno de ellos es el Caburé. No es, como decimos, un demonio imaginario: es un ser vivo como nosotros, apenas un pajarito por su tamaño ( no pasa de los quince centímetros); pero es la más poderosa de las aves. De allí su nombre: Rey de los Pajaritos.

    A primera vista es una lechucita, de plumaje gris parduzco, que se confunde en la hojarasca. Llaman la atención sus garras, poderosísimas para su tamaño, y la cabeza, relativamente grande, armada de un afilado pico y un par de ojos capaces de dominar con la mirada.

    ¡ Los ojos del Caburé! Innumerables testimonios aseguran que cuando el Rey de los pajaritos quiere saciar su voracidad, se posa en la rama de un árbol elevado, da un grito dominador y penetrante y mira rápidamente a su alrededor.

    Los pajaritos que lo rodean se aterran y quedan casi inmóviles: no pueden huir ni volar.

    Como atraídos por un imán, se acercan al Caburé saltando de rama en rama, torpemente, para que el Rey, impasible, elija su presa, que mata de un certero picotazo.

    Otros testigos, en cambio, aseguran que no es cierto que el Caburé hipnotice con sus cloqueos y su mirada; lo que ocurre –dicen- es que el implacable cazador mata de noche, especialmente a pichoncitos tiernos. A la mañana siguiente, cuando los pajaritos descubren sus crímenes, se alborotan, lo rodean, chillan; como acusándolo de las muertes cometidas, mientras él permanece impasible, despreciativo, sabiendo que ninguno se atreverá a atacarlo.

La Lechuza y el Caburé

    Conociendo las costumbres del tirano de la selva, un día la lechuza se atrevió a implorarle piedad para su hijo.

    - En nombre del parentesco que nos une – le dijo -, vengo a rogarte que no mates a mi pichoncito. ¡Hay tantos pajaritos que viven en el monte! Además, ¡es lo único que tengo! Hasta el corazón más frío tiene su momento de bondad.

    ¿ y cómo sabré cuál es tu hijo? – pregunto el Caburé. La lechuza sintió que la esperanza renacía en su corazón.

    -¡Muy fácil ! – contestó casi sin pensarlo-. ¡ Mi hijo es el más lindo de todos los pichoncitos de la selva! ¡No podrás confundirte!

    -Bien... –concluyó el Rey de los Pajaritos-; te prometo que esta noche no lo tocaré.

    Pero a la mañana siguiente, desolada, la lechuza descubrió que la víctima había sido ¡su propio hijo!.

    - ¡Me has mentido! – le reprochó duramente al asesino-. Me aseguraste que no lo tocarías...¡ y sólo encontré el plumón de mi hijito!.

    El Caburé quedó desconcertado. ¿Cómo podría haber sucedido ese trágico error?. Y tuvo que confesar, sinceramente:

    - Me dijiste que tu hijo era el más lindo de todos los pichoncito de la selva. Para no equivocarme, esta noche elegí, justamente, al más feo.

Astutos contra poderosos

    Como en casi toda las culturas, también entre los guaraníes el zorro representa la astucia, la inteligencia que siempre termina por vencer sobre la fuerza. En cambio el tigre americano, jaguar o yaguareté- el felino más poderoso y temible de nuestro continente-, aparece en las historias de la selva, muchas veces, como un poco tonto, al menos demasiado crédulo y siempre burlado por el más astuto de los animales, como en la siguiente fábula.

La picardía del zorro

    Un zorro viejo, ya casi ciego, bebía junto a un arroyo. Cuando se dio cuenta el jaguar estaba sobre él, sujetándolo con sus garras.

    -Te tengo, Zorro- le dijo-. ¡Me servirás de almuerzo!

    -Estoy gastado y flaco- contestó el viejo pícaro-; mi carne, además, ya está muy dura. No comerías mucho. Te llevaré  donde abunda la caza. ¡Verás que gordos tapires!.

    -¡Pues vamos ya!.

    Y así fue: el jaguar derribó un gigantesco mborebí y estaba hartándose con su carne cuando el viejo Zorro le tiró de la cola para decirle:

    -Ahora, amigo, págame con algo;¡ dame por lo menos la vejiga de este animal!.

    -¡Y confórmate con ella!- replico el felino, arrojándole lo que le pedía y sin dejar de comer.

    El Zorro, entonces, infló la vejiga, la llenó de grandes moscardones de la selva, y la ató a la cola del jaguar, que seguía comiendo.

    -¡Escucha, amigo!- le advirtió-. ¿No oyes un rumor, como de una jauría de perros que se acerca?. Sólo entonces el felino detuvo sus mandíbulas.

    -Algo escuchó, como un zumbido lejano- le dijo-.

    ¿Por qué no te fijas, a ver qué es?...

    El Zorro se alejó un buen trecho mientras el tigre seguía devorando el inmenso mborebí.

    -Son muchos perros; y además... ¡cazadores con arco y flechas!- aseguró jadeante el Zorro, que volvió a la carrera-. ¡Huyamos!.

    Salieron disparando, el jaguar siempre seguido por el mormullo de perros que se acercaban; pero el Zorro se perdió en un recodo del camino, para regresar al rico almuerzo abandonado por su crédulo amigo.

Madi-ó

    Esto debió haber pasado hace mucho, muchísimo tiempo. Antes de que los guaraníes emprendieran su largo viaje hacia el Sur, desde el corazón de las selvas sudamericanas.

    Mandi-ó era una nenita fea, alta, flaca y delgada. Tenía manos muy grandes con dedos muy largos. No jugueteaba con los otros chicos. Se quedaba ahí, paradita, mirando como si quisiera hacerlo. Pero no participaba. Mientras tanto, los demás correteaban por la selva.

    -Mandi-ó, algún día vas a echar raíces- la regañaba su mamá. Y su papá la retaba por que no acompañaba a su mamá cuando ésta salía en busca de frutos silvestres. Porque en aquellos tiempos remotos la gente no conocía la agricultura y sufría terribles hambrunas: solo se alimentaba con los productos de la caza y de la pesca ( tareas a cargo de los hombres) y con los frutos de la selva que las mujeres recogían con la ayuda de sus hijos.

    Pero Mandi-ó, siempre triste y avergonzada por su fealdad, se negaba a acompañar a su mamá y a sus hermanitos en esas salidas, en la que los chicos no solo ayudaban sino que, además, recorrían la selva y se deslumbraban con todo lo que veían, como cualquier chico del mundo.

    Mandi-ó se quedaba paradita, a la entrada de la tekoá, la aldea que su padre había construido, en un claro de la selva, junto con los otros hombres de la comunidad. No se atrevía a seguir a los suyos, como si les tuviera miedo a la espesura.

    Entonces Tupá, el Dios de los guaraníes, se apiadó de ella. En sueños le dijo lo que debía hacer: en adelante, la niña sería importantísima para toda su gente, porque les iba a enseñar a alimentarse mejor.

    Sólo era preciso que algún rayo incendiara un sector de la selva, con lo que se haría un claro en el cerrado boscaje y cuando, el terreno quedara despejado, ella debía dirigirse allí, sin miedo, para cavar un hoyo y meter en él sus piecitos. Eso sí: debía pedirles a sus hermanitos que la buscaran al día siguiente. Y así fue como lo hicieron.

    ¿Qué encontraron?. Cuando todos salieron en busca de Mandi-ó, en el centro del claro vieron una planta desconocida hasta entonces: un arbusto muy verde, de casi dos metros de altura, con grandes hojas en forma de manos y dedos larguísimos. Cavaron para desenterrar los pies de la niña; y en su lugar sólo encontraron gruesos tubérculos.

    Era la mandioca, planta originaria de esas tierras, cuyo cultivo se comenzó a realizar en claros abiertos a propósito, con hacha y fuego. Desde entonces, los tubérculos de la mandioca fueron utilísimos porque la Mandi-ó o la mandioca acompañó a los guaraníes en su larga migración hacia el Sur, asegurándoles siempre el alimento. Mientras tanto, la misma planta viajó con los tupíes hacia el norte, cruzó el caudaloso Amazonas y, ya en la meseta de las Guayanas, fue adoptada por los caribes quienes la llevaron a las Antillas con el nombre de yuca. Desde entonces, la yuca o mandioca alimenta a millones de americanos, a quienes brinda la fariña, la tapioca y el sabroso pan de cazabe.

Caá-Yarí la dueña de los Yerbatales

    Los guaraníes, profundos conocedores de la selva y de sus misteriosos, aprovecharon desde siempre las propiedades estimulantes de la llex paraguariense ( como lo llamaban los científicos), un arbusto que crece espontáneamente bajo los grandes árboles y cuyas hojas, secas y molidas, brindan la sabrosa bebida del mate.

    Tanto los colonos de la Asunción, como los sacerdotes jesuitas poco después, organizaron la explotación y distribución de la yerba mate, que muy pronto se convirtió en la bebida más popular de las colonias del Plata.

    Sin embargo, durante varios siglos no se conocieron plantaciones. Algunos trabajadores- siempre aborígenes o mestizos- se internaban en la selva en busca del codiciado arbusto. Al encontrar un yerbal, cortaban sus brotes tiernos que, envueltos en una gran red de cuero, se echaban a la espalda. La red y su carga formaban el rairo, y el trabajador que las transportaba hasta la balanza era llamado minero porque- como el buscador de minerales- se limitaba a recolectar lo que la naturaleza ofrecía.

    Pero la tarea no era fácil. Había que encontrar un yerbal lo suficientemente extenso para que no se agotara pronto y que estuviera, además, no demasiado lejos de la balanza donde el minero entregaba el fruto de su trabajo.

    Para eso contaba con la Caá-Yarí, la dueña de la yerba, una mujer joven, hermosa y rubia, sólo visible para el minero que hacía pacto secreto con ella.

    Cuando un trabajador quería vivir seguro de la recolección de yerba silvestre, esperaba los días de Semana Santa, entraba a la iglesia del pueblo o la misión, prometía solemnemente vivir siempre en los montes y, sobre todo, no mantener trato alguno con otra mujer que no fuera la Caá-Yarí. Hecho el voto, se internaban en lo más profundo del monte para dejar, bajo una mata de yerba, un papelito doblado con su nombre y un día determinado: era su primera cita con la Caá-Yarí.

    Ese día debía reunir todo su valor, porque la hermosa joven- para probarlo- lanzaba contra él cuanta alimaña rondaba por la selva: víboras, tigres, chanchos del monte, implacables arañas e insectos venenosos. Si pasaba la prueba y llegada a la cita, recibía el premio: podía ver y tocar a la Caá-Yarí, quien desde entonces llenaba para él los más voluminosos rairos y además- invisible para todos, salvo para su minero- se subía sobre esos grandes bultos para aumentar su peso cuando el trabajador los depositaba en la balanza.

  El Yaguareté-ABÁ , el Hombre-Tigre

    Ésta es una tradición que hunde sus raíces mucho más atrás de la conquista española. Más atrás, también, de la formación misma de la nación guaraní, porque expresa la necesidad del hombre (de todos los hombres) de entender y de aceptar su lado animal.

    Por eso en casi todas las culturas (sobre todo, en las que tienen una fuerte comunión con la naturaleza) han aparecido y aparecen estas transformaciones de hombres en fieras y de fieras en hombres.

    En nuestra América- desde México hasta el Río de la Plata- la fiera elegida ha sido siempre el jaguar, casi el único cazador que se atreve a competir frente a frente con el hombre, el mayor de los predadores.

    Porque el jaguar no sólo es la fuerza bruta burlada por la astucia del zorro. Es también el poderoso enemigo que asalta por sorpresa a una víctima desprevenida, inferior en fuerzas y frecuentemente indefensa; ni más ni menos que lo que hace un cazador o un guerrero. Y cazadores y guerreros siguieron siendo, a pesar del excelente desarrollo de su agricultura, los guaraníes.

    Quizá por todo esto la tradición del yaguareté-abá sigue tan viva también en las poblaciones criollas y mestizas que, alejadas de las grandes ciudades, habitan las provincias argentinas de Entre Ríos, Corrientes, Misiones y gran parte de la República del Paraguay.

    Para los viejos pobladores- que aseguraban temerlo y conocerlo, y hasta haberlo visto-, el yaguareté-abá era siempre, un indio viejo bautizado, ya hombre de pocas fuerzas, que necesitaba convertirse en tigre para vengar alguna afrenta grave. Y así describían la forma en que lograba la transformación: en lugar solitario, preferentemente de noche y en medio del monte, el viejo se echaba sobre el cuero de un yaguareté, de izquierda a derecha, rezando al mismo tiempo un credo al revés.

    Así recuperaba todo su potencial juvenil y animal y, convertido en fiera, estaba en condiciones de castigar a su enemigos. Pero los muy conocedores agregaban algo más: ese hombre transformado en el terrible felino no era exactamente igual a un jaguar, ya que tenía siempre la cola muy corta ( era casi rabón) y carecía de pelos en la frente.

    Para volver a la forma humana, el hombre-tigre debía repetir la misma ceremonia: revolcarse otra vez en secreto sobre el cuero de yaguareté, pero ahora de derecha a izquierda, y recitando el credo tal como se lo había enseñado de chico en la capilla del pueblo o la misión.

El pombero y los chicos de campo

    En los montes y en los esteros de Corrientes cuentan que el Pombero es un hombre alto y flaco, cubierto con un grandísimo sombrero de paja, que recorre los lugares solitarios a la hora de siesta para proteger a los pajaritos de la selva.

    Porque el Pombero sabe que los chicos del campo, justo a esa hora, suelen escaparse de sus padres- que, sobre todo en verano, duermen largas y profundas siestas- para cazar pajaritos.

    Y si el Pombero se cruza con algún chico vagando con esa intenciones-¡que no lleve, por Dios, una honda o gomera en la mano, o colgada del cuello!-,primero trata de disuadirlo, cosa que por lo general consigue. Pero, si no lo logra, ¿es capaz de llevárselo, separándolo para siempre de sus padres!.

    Por eso los chicos que conocen al Pombero respetan a los pajaritos de la selva, para que consigan alegrando con su canto más y más generaciones de chicos y de grandes.

Futura Luna

    Mientras Pa-pa Mirí terminaba la Tierra, apareció un chico (dios), Paí Reté Kuaraí (“Nuestro Señor Cuerpo como el Sol” – Nuestro Señor del Cuerpo Resplandeciente), uno de los primeros en poblar la Tierra. Este vivía solo, sabía cazar, pesar, conseguir comida y cocinar.

    Un día mientras éste caminaba se encontró con los Seres Primitivos, que no eran hombres ni animales, sino seres malignos que comían a lros que se les acercaban. Primero se hicieron amigos del chico pero siempre intentaban matarlo, obviamente no podían porque el chico era un dios, por lo tanto éste no se daba cuenta de los fines de sus “amigos”. Entonces decidieron que este se quedará con ellos mientras engordaba por si encontraban la forma de matarlo.

    Como Paí Reté Kuaraí se sentía solo decidió crear un hermano, Yacyrá (“Futura Luna”). A los Seres Primitivos les agradó, por que iban a tener más comida.

    Un día los Seres Primitivos se encontraban sin alimentos y los hermanos decidieron buscarlos por ellos. En su búsqueda vieron a un loro, le tiraron un flechazo pero la flecha no le pegó porque era un animal especial, el Loro del Discreto Hablar, que por cierto era muy sabio. Éste les informó sobre los fines de los Seres Primitivos. Para vengarse Paí Reté Kuaraí junto con su hermano, Yacyrá, les dijeron a sus “amigos” que cruzarán el río con un tronco y que del otro lado se encontrarían con abundantes alimentos. Cuando éstos estaban cruzando, los hermanos dieron vuelta al tronco, por lo tanto cayeron; Paí Reté Kuaraí exclamó: conviértanse en animales de agua, en consecuencia se convirtieron en nutrias, yacarés, peces, etc. Pero una mujer (embarazada) de los Seres Primitivos, muy ágil, logró saltar a la orilla. Enojado Paí Reté Kuaraí la convirtió en Yaguareté que luego tuvo mellizos, una pareja, que a la vez tuvo más crías.

    Los hermanos crecieron. Paí Reté Kuaraí inventó nuevas plantas y le explicó a su hermano para que se utilizaban o servían. Creó la yerba mate de los hombros de una mujer triste.

    Luego, Paí Reté Kuaraí se quedó solo, porque su hermano se metía en problemas entrando en casas ajenas, por esta razón un día le tendieron una trampa y muerto de vergüenza decidió irse al cielo, al que subió por una “cuerda” hecha con flechas, como le había enseñado su hermano. Una vez en el Cielo se convirtió en Yacy (la luna). Y ahora se lo puede ver en el cielo, todavía con la cara manchada, resultado de la trampa. Y por eso es que antes tenía bien puesto el nombre de Yacyrá, es decir “Futura Luna”.

Charia hace las cosas difíciles

    Paí Reté Kuaraí estaba dando las últimas terminaciones a la Tierra, para que ésta esté preparada para los guaraníes, cuando apareció otro dios tan poderoso como él que modificaba todo lo que éste hacía, para que los guaraníes no tengan fácil acceso a determinadas cosas. Por ejemplo Paí Reté Kuaraí había creado abejas y avispas que producían miel y vivían en colmenas que se encontraban en todos los árboles, pero Charia hizo que las colmenas sol se encontraban en algunos árboles.

    Paí Reté Kuaraí con su poder hizo que todos los árboles tengan frutos coloridos, ricos, jugosos y dulces. Pero Charia hizo que sólo algunos árboles tengan frutos, el resto no tenían o eran frutas chicas, duras, de mal gusto y que daban dolor de barriga.

    Paí Reté Kuaraí creó plantas cultivadas para que los hombres tuvieran sus plantaciones y para que no les falte comida. Éstas crecían en sólo un día, se sembraban en la mañana y se cosechaban a la noche. Pero Charia hizo que éstas tardasen meses en crecer y madurar.

    Paí Reté Kuaraí creó a la Anguila, que no hace mal a nadie. Y Charia creó a la Yarará (Víbora venenosa).

    Para cazar tapires, Paí reté Kuaraí hizo un bichito que imitaba el sonido de ese animal. Al hacerlo gritar, los tapires venían pensando que era uno de su especie, de esta forma era fácil cazarlos. Pero Charia se lo pidió prestado, lo hizo gritar y cuando un tapir se acercó se lo tiró encima, de esta forma el bichito se convirtió en garrapata lo que hizo que los tapires se convirtieran en animales ariscos y difíciles de cazar.

    Cuando descubrió las maldades que provocaba Charia, Paí Reté Kuaraí le regaló un sombrero de plumas con un adorno de madera que contenía una brasa. De inmediato Charia comenzó a quemarse, y, como era un fuego que no se apagaba con agua, avanzó sobre su cuerpo y lo convirtió en cenizas. Esa ceniza maldita se convirtió en una nube de jejenes que lo empezaron a picar. Para que los mosquitos no lo picasen más creó a otros animales para que los piquen a éstos y no a él, dentro de esos animales se encontraban: monos, gatos monteses, hurones, pájaros, patos, coatíes, etcétera. Sin embargo los jejenes lo seguían picando, por lo que decidió consultar a Ñanderú, éste le dio una vasija con rocío, que hicieron desaparecer las ronchas y el dolor de Paí Reté Kuaraí. Pero un animal alborotado por las picaduras de los mosquitos rompió la vasija, lo que hizo que se cayera el rocío, en los lugares donde se había derramado creció una caña y una calabaza (las que sirven para hacer los mates). De la caña salió la primera mujer y de la calabaza el primer hombre de la Tierra.

    Paí Reté Kuaraí les señaló las colmenas y les dijo cómo recoger la miel que contenían. Les enseñó cuáles eran las frutas que se podían comer y cómo juntarlas. Les dijo cuáles eran las plantas para sembrar, cómo cultivarlas y les explicó que tardarían en crecer. Les dijo cual era la víbora venenosa y que tuvieran cuidado. Les dijo secretos de las plantas, que sirven para hacer remedios, y también cómo cocinar, cómo construir casas, cómo hacer sus cantos sagrados y rezar a Ñanderú. En fin les mostró todas las cosas de la Tierra. Hecho esto Paí Reté Kuaraí subió al cielo junto su amigo, el Loro del Discreto Hablar, ya que éste podía rebelarles a los hombres secretos del espacio y el tiempo, que los volvería locos. El loro se fue a vivir con Ñanderú y se encuentra en la puerta del paraíso, para que sólo entren las almas de la gente buena. Y, Paí Reté Kuaraí, se convirtió en Sol.

Cuentos con muchos Pecaríes y un Yacaré

    Este es un cuento que los guaraníes les suelen contar a sus chicos.

    Dicen que una vez un hombre tenía un hijo de quince años y un día lo mandó a que revise las trampas para pecaríes y le advirtió que si no encontraba nada en las trampas volviera aunque vea pisadas cercanas que pertenezcan a pecaríes. Pero el muchacho no hizo caso a su padre, siguió las huellas hasta que se encontró con el Guardián de los Pecaríes, que era como una vaca gorda y peluda, que aunque se había dado cuenta de que el chico quería cazar un pecarí no se enojó. Sin embargo quería que se case con la hija, al principio, por su edad el chico se negó, pero luego no tuvo opción, aceptó. El Guardián de los Pecaríes le enseñó a su hija, una cerdita muy coqueta.

    Luego lo llevaron a un lugar al que llegaron cruzando un río. Al llegar a dicho lugar los pecaríes lo obligaron a que se subiera a los árboles y les arrojara frutas. Luego de comer los pecaríes se acostaron a descansar y el chico aprovechó para escaparse, pero cuando se encontró con el río le surgió un problema: no sabía nadar, ya que anteriormente había cruzado en la espalda de su pretendiente, la cerdita. Viendo la situación, pidió que lo cruzara un pato, pero ése se negó por el peso del chico. Luego pidió ayuda a un biguá (aves negras que parecen patos y que siempre están zambulléndose en el agua), pero éste también se negó.

    Sin embargo, el joven vio que se acercaba un Yacaré, le pidió que lo cruzara pero éste también se negó, entonces, el chico, le dijo un piropo que fue de su mayor agrado, logrando que el yacaré lo cruce a la otra orilla, pero antes el animal le pidió que reiterara lo que le había dicho, pero el chico saltó hacia la rama de un árbol y le gritó palabras muy feas. El yacaré muy enfurecido persiguió al chico fuera del agua. Para salvarse, el chico, le gritó a un martín pescador que lo ayudara. El pájaro aceptó y le dijo que se escondiera en la canasta donde tenía los pescados que había capturado. Entonces cuando el yacaré se acercó a preguntar por el chico, el martín pescador voló y llevó al joven a un lugar seguro, salvándolo.

    Luego de este terrible episodio el chico, cuando revisaba las trampas y veía pisadas las ignoraba y obedecía a su padre.

El origen de la tierra

    Cuentan que en el principio existía sólo Ñanderú, el dios creador, que se había hecho a sí mismo.

    Lo primero que creó fue el lenguaje, las palabras y a otros dioses para que lo hablaran: cuatro parejas que iban a tener hijos también dioses.

    Ñanderú tenía un bastón, y quiso que la punta engordara, de allí salió la Tierra.

    Para que la tierra no se moviera demasiado creó cinco palmeras inmortales, que se ubicaron en el Centro, el Este, el Oeste, el Norte y en el Sur.

    Al cielo lo apoyó en cuatro columnas de madera iguales a su bastón.

    Luego creó animales y plantas, como el Colibrí, la Víbora y la Cigarra.   

    Primero cubrió a la tierra con una selva continua. Pero luego agregó campos, con árboles y a la Langosta, que en donde apoyaba su cola desaparecían los árboles y crecía pasto, creándose llanuras. Terminado esto llegó la Perdiz que ocupó dicho lugar.

    Luego Ñanderú creó al Tatú que vivía debajo de la tierra.

    Le siguió la Lechuza, dueña de la oscuridad.

    Pronto aparecieron otros animales, los hombres y mujeres.

    Hecho esto el Dios Creador volvió al Cielo y dejó a cargo de la Tierra a los otros dioses.

    Como algunas personas eran buenas y otras malas, los dioses hicieron cambios, por esta razón mandaron un diluvio. La gente buena subió al cielo y los restantes se convirtieron en: ranas, peces, etc.

    Luego Ñanderú pidió a uno de sus hijos, Jakaira, que hiciera de nuevo a la tierra, éste asignó esa tarea a su hijo Pa-pa Mirí. Éste amasó a la Tierra, la llenó de árboles y nuevos animales y plantas. Hizo ríos, arroyos y piedras.

    Un día lo llamó su madre y dejó las cosas como estaban, formándose las montañas, restos de tierra y piedras.

El primer fuego llega al hombre

    Pa-pa Mirí pensaba que el hombre necesitaba fuego, que hasta ese momento no lo conocían. Pero era un elemento que estaba en mano de los Futuros Cuervos que vivían en una montaña, eran muy poderosos, se alimentaban de hombres y no querían brindar el fuego a otros seres.

    Para obtener el fuego, Pa-pa Mirí llamó a Cururú, el Sapo, éste le explicó su plan en el oído, porque los Futuros Cuervos tenían buena audición. Juntos fueron a la montaña donde vivían los come gente. Pa-pa Mirí se tiró al suelo, para parecer un muerto y el Sapo se escondió. Los Futuros Cuervos vieron a Pa-pa Mirí como alimento y lo cocinaron, pero éste no se quemaba porque era un Dios. Cuando se alejaron las criaturas el dios tiró brasas al Sapo, que luego de varios intentos fallidos las pudo recoger con su lengua, hecho esto escaparon.

    Pa-pa Mirí con la braza encendió una flecha que arrojó al bejuco subterráneo, una planta. Entonces las personas podían cortar un pedazo de bejuco, hacerle un agujero, meter la punta de una flecha y hacerla dar vueltas originándose una leve llama. Desde entonces los guaraníes hicieron fuego de ese modo.

    Pa-pa Mirí convirtió a los Futuros Cuervos en cuervos o jotes para que no hicieran nuevos males. Los guaraníes les dicen Urubú.

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