
Osvaldo Soto mayor es
un concejal, quien presenta un proyecto para construir una plaza en
el lugar donde yacen las ruinas del Frigorífico Swift, lugar
donde murió su padre como consecuencia de un incendio.
Luciano, su hijo suele ir al frigorífico a andar en patineta,
pero esta vez tiene un accidente y queda atascado, al pedir ayuda acude
tímidamente Pedro, un anciano delirante pero sensible a quien
difícilmente se le ve el rostro. Entablan un dialogo al que se
toman cariño, y Pedro le cuenta sobre la mitología frigorífica,
que no es más que la relación entre su locura, los graffiti
del frigorífico, y las secuelas del incendio. Sin saberlo se
están encontrando con un pasado negado y borroso, a Luciano le
llama la atención una mancha en la mano de Pedro, entonces un
rapto de locura y paranoia ataca a Pedro quien sale corriendo. Luciano
vuelve a su casa y el padre le comenta como va a ser la plaza, lo cual
mucho no le agradaba tal punto que esconde los planos en el frigorífico
mientras Osvaldo busca desesperadamente los planos, sin querer tira
una caja con fotos viejas, en ese momento entra Luciano, quien mientras
ayuda a juntarlas, pregunta por su abuelo, de quien nunca supo mucho,
es así como Osvaldo le cuenta como evadiendo que su padre murió
en un incendio. Pedro encuentra los planos en el frigorífico
y reconoce el nombre de su hijo. Luciano trata de explicarle a su padre
que se encontró en el frigorífico con un viejo loco que
tenía la misma mancha en la mano que ellos dos, Osvaldo queda
con una gran incertidumbre.
Esta historia está intercalada con comentarios de mujeres policía
que van a dejarle comida por orden del comisario, y chusmean acerca
del “fantasma de la Swift” comentando la visión popular
de la leyenda con un singular sentido del humor.
Cinco meses más tarde en una sesión del Concejo Deliberante
se aprueba el proyecto de restauración y preservación
del Frigorífico Swift.

“….Shhh Escucha
….sonidos metálicos y voces…en el Swift”
Otras ves extraviado
ruido de maquinas y obreros trabajando en la silenciosa y vieja fabrica
de la Marcelino Alvarez.
Desde niño Tomas y Belén solían jugar allí
adentro sin miedo a derrumbes, ni a los ocasionales guardias de la actualidad.
Pero algo había despertado a la mole pétrea de su letargo.
Por nocturnos momentos el frigorífico recobrara los olores, los
sabores y murmullos de antaño.
Sin embargo diabólicos sonidos proletarios resucitaban hambrientos
de venganza, enojados con el tiempo, la gente y los grandes boldings.
Tomas y Belén conocían los ruidos de la fábrica,
ellos sabían que seguía viva, pero eso jamás afecto
sus juegos.
La fábrica tenía cariño hacia ellos, o así
a sus nuevos dueños.
Un día, los propietarios, decidieron cerrar el frigorífico,
hartos de los intrusos y para dar comienzo al cumplimiento de su objetivo.
Para los adolescentes fue divertido ver como el gigante pseuso- dormido
jugaba con ellos.
Después de un arduo trabajo dos pares de obreros terminaron con
su tarea y se fueron con una buena paga.
Al otro día, las chapas con las que intentaron encerrar al Swift
se encontraban dispersas hasta cuatro cuadras a la redonda.
Un hecho que los medios de comunicación locales no podían
explicar: ¿En que Momento? ¿Quines? ¿Con que fin?.
Los afectados trataron de ocultar lo que sospechaban los guardias que
como Belén y Tómas habían podido oír la
voz del pasado, arrojando a la multitud el rumor de que todo era publicidad,
una treta para atraer el ojo de la ciudad hacia el lugar donde un año
mas tarde se elevaría sobre los escombros de la historia un innovador
hipermercado.
Durante todo el lapso que duro la construcción, la fabrica continuó
luchando, a veces perdiendo y otras las menos ganando.
Retrasó su muerte física dos años y medio.
Entre derrumbes y sus ruidos guadañeros envió a varios
pintores, arquitectos y albañiles a ocupar sitio en el cementerio
o en el centro de salud mental.
Finalmente los intereses financieros le ganaron la batalla más
importante. Hicieron caer al símbolo urbano más importante
del periodo lanar.
Tomás y Belén, que nunca había imaginado tal fin,
siguieron fieles al Swift reuniéndose estacionamiento del hipermercado.
Para ellos la fábrica siempre estaría viva como cuando
sus abuelos y bisabuelos jugaban allí de un modo más hacendoso,
a ser grandes.
El hipermercado tuvo gran éxito en un inicio, pero sus ventas
nos fueron las esperadas.
La gente temía a los macabros ruidos que surgían sobre
todo en los días de cobro y por eso muchos se negaron a ir.
Muchos de los guardias renunciaban, y existía el rumor de que
los hombres y mujeres con extrañas ropas aparecían en
el sector de carnes e intentaban trabajar.
Varios cajeros se marchaban cuando se enteraban de que no había
ningún cronometrista contratado por el hipermercado.
Otros asistían atraídos por esa música casi extinta
se máquinas y obreros trabajando.