Dicen-Otros, y yo también, dudamos- que Mariano era un chico común y corriente del barrio. Iba al colegio más cercano, era de Boca y los sábados a la tarde se juntaba con sus amigos a unas cuadras del frigorífico, en la esquina de su casa.
Para ir al colegio siempre tomaba el mismo camino hasta que un día, aburrido decidió hacer algo distinto, y allí comenzó la sucesión de encuentros macabros.
Un hombre de aspecto gris, con una presencia atemporal y ropas de campo, le preguntaba cada mañana dónde quedaba el Swift.
Mariano le indicó las primeras tres veces, para la cuarta ya se percibió enmudecido por el miedo. Quizás el hombre fuera un loco o alguien que sufría de alzheimer. No quería averiguarlo. Sus cuatro palabras interrogativas, le incomodaban tanto que odiaba ver al frigorífico y durante mucho tiempo, pese ala cercanía dejó de pasar por allí, aún cuando en ocasiones debiera hacer un camino más largo.
Más de un año más tarde, junto a su amigo Franco retomó su vieja ruta, riéndose interiormente del pasado y de su actitud infantil.
Casi como si lo esperara, desde tiempos inmemoriales, el hombre volvió con su antigua pregunta: ¿Dónde queda el Swift?
Mariano se quedó petrificado, el miedo hacía que le fuera imposible mover un solo músculo.
Franco, lo miró fascinado por sus atuendos y con una nota de lástima le respondió:
_El Swift ya no existe, lo demolieron totalmente hace unos días.
_Me estás mintiendo jovencito, mi antiguo patrón me recomendó al gerente hace un mes, acabo de bajar de un barco, estoy cansado y se supone que debía estar aquí ayer.
_ ¡Usted está loco! _le gritó enojado Franco_ loco o alcoholizado, el Swift no existe,… mire allá donde se levanta el vacío y una cerca, ahí _decía al tiempo que apuntaba y miraba el lugar_ ahí estaba…_Franco volvió a mirar al hombre por primera vez recaló en la actitud de Mariano. Este miraba el vacío temblando con lágrimas en los ojos.
_ ¡Mariano! ¡Mariano! ¿Qué te pasa? ¿Y el Hombre?
Desconcertado Franco sacudía a su amigo con la intención de hacerlo volver a la realidad.
_ ¿Y el hombre? ¿Qué pasó con el hombre?
_...d… d… desapareció.
Franco abrió los ojos espantado y Mariano nunca más volvió a hablar.
Dicen- otros y yo dudamos- que el hombre baja del barco todos los días, un barco que nunca llegó a destino porque naufragó mientras Néstor Vázquez dormía. Dicen, también – yo aún tengo mis dudas- que pregunta a los transeúntes matutinos sobre el Swift, pero ya nadie le indica el camino.

Osvaldo Soto mayor es un concejal, quien presenta un proyecto para construir una plaza en el lugar donde yacen las ruinas del Frigorífico Swift, lugar donde murió su padre como consecuencia de un incendio.
Luciano, su hijo suele ir al frigorífico a andar en patineta, pero esta vez tiene un accidente y queda atascado, al pedir ayuda acude tímidamente Pedro, un anciano delirante pero sensible a quien difícilmente se le ve el rostro. Entablan un dialogo al que se toman cariño, y Pedro le cuenta sobre la mitología frigorífica, que no es más que la relación entre su locura, los graffiti del frigorífico, y las secuelas del incendio. Sin saberlo se están encontrando con un pasado negado y borroso, a Luciano le llama la atención una mancha en la mano de Pedro, entonces un rapto de locura y paranoia ataca a Pedro quien sale corriendo. Luciano vuelve a su casa y el padre le comenta como va a ser la plaza, lo cual mucho no le agradaba tal punto que esconde los planos en el frigorífico mientras Osvaldo busca desesperadamente los planos, sin querer tira una caja con fotos viejas, en ese momento entra Luciano, quien mientras ayuda a juntarlas, pregunta por su abuelo, de quien nunca supo mucho, es así como Osvaldo le cuenta como evadiendo que su padre murió en un incendio. Pedro encuentra los planos en el frigorífico y reconoce el nombre de su hijo. Luciano trata de explicarle a su padre que se encontró en el frigorífico con un viejo loco que tenía la misma mancha en la mano que ellos dos, Osvaldo queda con una gran incertidumbre.
Esta historia está intercalada con comentarios de mujeres policía que van a dejarle comida por orden del comisario, y chusmean acerca del “fantasma de la Swift” comentando la visión popular de la leyenda con un singular sentido del humor.
Cinco meses más tarde en una sesión del Concejo Deliberante se aprueba el proyecto de restauración y preservación del Frigorífico Swift.

“….Shhh Escucha ….sonidos metálicos y voces…en el Swift”

Otras ves extraviado ruido de maquinas y obreros trabajando en la silenciosa y vieja fabrica de la Marcelino Alvarez.
Desde niño Tomas y Belén solían jugar allí adentro sin miedo a derrumbes, ni a los ocasionales guardias de la actualidad.
Pero algo había despertado a la mole pétrea de su letargo.
Por nocturnos momentos el frigorífico recobrara los olores, los sabores y murmullos de antaño.
Sin embargo diabólicos sonidos proletarios resucitaban hambrientos de venganza, enojados con el tiempo, la gente y los grandes boldings.
Tomas y Belén conocían los ruidos de la fábrica, ellos sabían que seguía viva, pero eso jamás afecto sus juegos.
La fábrica tenía cariño hacia ellos, o así a sus nuevos dueños.
Un día, los propietarios, decidieron cerrar el frigorífico, hartos de los intrusos y para dar comienzo al cumplimiento de su objetivo.
Para los adolescentes fue divertido ver como el gigante pseuso- dormido jugaba con ellos.
Después de un arduo trabajo dos pares de obreros terminaron con su tarea y se fueron con una buena paga.
Al otro día, las chapas con las que intentaron encerrar al Swift se encontraban dispersas hasta cuatro cuadras a la redonda.
Un hecho que los medios de comunicación locales no podían explicar: ¿En que Momento? ¿Quines? ¿Con que fin?.
Los afectados trataron de ocultar lo que sospechaban los guardias que como Belén y Tómas habían podido oír la voz del pasado, arrojando a la multitud el rumor de que todo era publicidad, una treta para atraer el ojo de la ciudad hacia el lugar donde un año mas tarde se elevaría sobre los escombros de la historia un innovador hipermercado.
Durante todo el lapso que duro la construcción, la fabrica continuó luchando, a veces perdiendo y otras las menos ganando.
Retrasó su muerte física dos años y medio.
Entre derrumbes y sus ruidos guadañeros envió a varios pintores, arquitectos y albañiles a ocupar sitio en el cementerio o en el centro de salud mental.
Finalmente los intereses financieros le ganaron la batalla más importante. Hicieron caer al símbolo urbano más importante del periodo lanar.
Tomás y Belén, que nunca había imaginado tal fin, siguieron fieles al Swift reuniéndose estacionamiento del hipermercado. Para ellos la fábrica siempre estaría viva como cuando sus abuelos y bisabuelos jugaban allí de un modo más hacendoso, a ser grandes.
El hipermercado tuvo gran éxito en un inicio, pero sus ventas nos fueron las esperadas.
La gente temía a los macabros ruidos que surgían sobre todo en los días de cobro y por eso muchos se negaron a ir.
Muchos de los guardias renunciaban, y existía el rumor de que los hombres y mujeres con extrañas ropas aparecían en el sector de carnes e intentaban trabajar.
Varios cajeros se marchaban cuando se enteraban de que no había ningún cronometrista contratado por el hipermercado.
Otros asistían atraídos por esa música casi extinta se máquinas y obreros trabajando.