Los Pueblos Andinos

 (LA CIVILIZACIÓN INCA- CULTURA CHAVIN - CULTURA AYMARA - EL PAISAJE EN LA CULTURA ANDINA DE SIEMPRE - EL AGUA EN LA VISIÓN ANDINA DEL MUNDO)

La Civilización Inca


En un amplio territorio de los Andes, y teniendo como centro el valle del Cuzco
en Perú, vivieron los incas. La capital inca estaba situada en la meseta alta a
3,500 metros a nivel del mar. Machu Picchu era una de las poblaciones más
impresionantes. Como no tenían suficientes valles para la agricultura, tuvieron
que construir terrazas escalonadas con muros de retención hechos de piedra para
el cultivo, a donde hacían llegar el agua por medio de canales de riego. Los
incas domesticaron la llama y la alpaca, de tal manera que la práctica de la
ganadería fue uno de los elementos que los distinguió.
Los incas ejercían su dominio sobre una gran extensión montañosa que a finales
del siglo XV llegó a comprender un territorio de más de 3,000 kilómetros de
longitud y pese a la numerosa población, siempre había alimentos gracias a que
tenían un eficiente sistema agrícola. Al igual que en Mesoamérica, los artesanos
desempeñaron un importante papel en la civilización inca. Diestros tejedores
laboraban finas telas; de las manos de los alfareros salían jarrones y vasos
adornados con dibujos tradicionales; los trabajadores del metal construían
fabulosos objetos de oro y plata, que servían para realzar la belleza de
palacios y templos. Los incas consideraban que su pueblo era hijo del sol.
Entre los años 900 al 200 a.C. floreció, en los altos valles de los Andes en
Perú, la cultura de Chavin. Los chavín formaron en las tierras altas del norte y
de la costa una diversidad de culturas regionales. El pueblo Chavín empezó a
colonizar los Andes peruanos alrededor del 1,200 a.C., probablemente emigraron
desde América Central, donde los olmecas desarrollaron una civilización en la
misma época. Los chavín cultivaban maíz que constituía su alimento básico y
requería poco esfuerzo. Los agricultores podían dedicar parte de su tiempo a
mejorar sus técnicas y a la religión.
Entre los años 200 a.C. y 600 d.C. floreció la cultura Mochica en los valles
costeros del norte de Perú, con sus grandes pirámides y fina alfarería, en tanto
que en la costa sur la cultura Paracas evolucionó, transformándose en la cultura
Nazca. Los mochicas eran un pueblo bélico, en el que los guerreros eran miembros
destacados de la sociedad. También eran hábiles agricultores que habían llegado
a idear un complejo sistema de riego. Construyeron canales para regar sus campos
y transportar el agua que necesitaban desde las tierras altas hasta los secos
valles donde vivían.
Los agricultores mochicas usaban guano (excremento de aves) como abono para sus
campos y cultivaban maíz, patatas, cacahuates y algodón. Para adorar sus dioses
construían grandes pirámides de piedra como la de Huaca del Sol y eran unos
hábiles ceramistas como lo demuestran las preciosas vasijas decoradas que
elaboraban. Hacia el 700 d.C. los mochicas entran en decadencia. Las tribus
rivales de las tierras altas andinas cortan el suministro de agua y éstos
pierden el control de los valles costeros.
En las tierras altas, los habitantes de los alrededores del lago Titicaca
levantaron una importante ciudad en Tiahuanaco. Los chimús, procedentes también
del norte del Perú, conquistaron los valles que anteriormente controlaron los
guerreros mochicas y difundieron su sistema de riego. Alrededor del año 1,000,
este pueblo de agricultores, se adueñó de los valles litorales.
Después del año 1,100 los chimús, habitantes de la costa sur, regían el más
poderos de los Estados costeros. Al igual que sus antecesores construyeron una
gran red de canales y de depósitos para el agua. Los chimús eran excelentes
orfebres, tejedores y alfareros. Amortajaban a sus momias con vistosas telas. Su
imperio no decayó hasta mediados del S. XV, alrededor de 1466, cuando fue
conquistado por los incas.
La familia inca fue desarrollando lentamente su civilización en las tierras
altas de Cuzco. En el año 1,250, aproximadamente, desde la ciudad de Cuzco, los
incas, pueblo de las montañas, comienzan a invadir a sus vecinos andinos con el
fin de expandir su imperio.
El Tahuantinsuyo o Imperio de los Incas, alcanzó su mayor apogeo durante el
reinado de Huayna Cápac, en el siglo XV. En esa época, el imperio tenía una
población de 10 millones de habitantes y la agricultura era la base de su vida.
Los Incas creían en un dios creador llamado Viracocha, relacionado con el Sol.
El derrumbe del imperio Inca comenzó con la guerra civil entre el Inca Huascar y
su hermanastro Atahualpa.
En 1531, Francisco Pizarro sale de Panamá camino a Perú enterado de las enormes
riquezas de los incas. Las tropas encontraron un imperio debilitado por la lucha
entre dos hermanos: Atahualpa y Huascar, quienes pretendían ocupar el trono del
Inca. Pizarro se dirige a Cajamarca y captura a Atahualpa, quien muere ejecutado
en 1533. En 1535 Pizarro elige como capital la ciudad de Lima. y en 1572 los
españoles conquistan la última provincia independiente y destronan a su jefe
Túpac Amaru. Los incas son enviados a las minas como esclavos. El imperio Inca
ocupaba los territorios correspondientes al sur de Colombia, Bolivia y Ecuador;
el norte de Chile y Argentina y el actual Perú.

 

Cultura Chavin

En el período conocido como formativo del mundo andino, se conoce a Chavín
por la unificación cultural, producto y resultado de la difusión religiosa.
Este se extendió por los actuales departamentos de Ica, Lima, Ancash, La
Libertad, Piura, Cajamarca, Ayacucho y Huánuco. Su existencia data desde el
año 1500 a. C. al 500 a. C.
Su economía estuvo basada en la agricultura, apoyada por el intercambio y la
domesticación de nuevas plantas; bajo este desarrollo de la tecnología
agrícola, originó especialistas que predecían si hubiese buenas o malas
cosechas, éste nuevo grupo de personas establecieron la división de clases
sociales en dos grupos: los campesinos y los especialistas, el trabajo de
estos últimos se manifestaba como fuerzas divinas donde ellos eran solo
mediadores; por lo que vivían en los centros ceremoniales y dependían de los
campesinos, esto se expresaba en él mantenimiento de los especialistas con
el excedente productivo de los agricultores a manera de tributos u ofrendas.

Al mismo tiempo, el excedente productivo permitió intercambiar productos;
ello se realizaba en lugares determinados dando lugar a zonas de integración
donde se entremezclaban diferentes manifestaciones culturales, una de estas
zonas debió de ser el templo de Chavin de Huántar; lugar donde se unían las
rutas de la Costa, sierra y selva.

La religión en Chavín se habría influenciado por elementos selváticos
manifestados en sus esculturas los cuales llaman la atención con sus
muestras en la que se representan de seres sobrenaturales, que recogían
rasgos felinos (jaguar y puma) y de diversas aves andinas como el águila, el
cóndor y el halcón además, caimanes y serpientes etc. En cuanto a la
arquitectura se difundió por todo el territorio, caracterizándose por las
estructuras en forma de "U", plataformas, pirámides truncas, plazas rectangulares hundidas y pozos circulares.
La cerámica fue casi siempre monocroma, modelada pulida y decorada con
incisiones, aplicaciones, líneas etc. La forma más común fue la vasija de
cuerpo globular con asa estribo y gollete cilíndrico. Conocieron el oro, la
plata, el cobre y posiblemente algunas aleaciones. Para fundir los metales
debieron emplear hornos de arcilla y carbón vegetal; las técnicas empleadas
fueron: la cera perdida, el labrado, el repujado y la incisión. Los objetos
metálicos hallados actualmente son: herramientas, adornos corporales,
objetos rituales y armas.

Cultura Aymara


Posibles orígenes del poblamiento del altiplano -. Las culturas preincaicas que tuvieron como escenario de poblamiento la gran meseta andina, datan de tiempos inmemoriales que bien podrían compararse con los de la edad de piedra y de los metales, la existencia de materiales líticos encontrados en Vizcachani y en muchos otros lugares confirman esta aseveración.



No existen autores o historiadores que confirmen de dónde vinieron los primeros pobladores, al respecto hay un sinnúmero de hipótesis y teorías que indican diferentes orígenes. Sin embargo, algunos historiadores y antropólogos nacionales y extranjeros coinciden en señalar que a través del tiempo y espacio, hubieron dos corrientes de poblamiento en el altiplano de Bolivia. La primera de origen Uru, de sur a norte, cuyos antepasados podrían haber sido los polinesios, valientes y audaces navegantes que arribaron a las costas occidentales de América; teoría que se sustenta por las ruinas y restos descubiertos en la isla de Pascua, situada en el océano Pacífico y que tiene gran semejanza con los restos de América, cuya descendencia serían los Urus, Muratos, Chipayas, Capillu, Puqui, y Tahua.



Por otro lado, la corriente Kolla habría recorrido una ruta de avance de norte a sur, ubicándose a lo largo de la meseta andina, en las regiones más propicias para su supervivencia, dando origen a verdaderos reinos o pueblos como: Carangas, Pacajes,Omasuyos,Larecaja y Charcas.



En las regiones que hoy ocupan los departamentos de Oruro y Chuquisaca, estaban preferentemente los Carangas (Karankas), los Sokotiñas y Charcas, estas oleadas de desplazamiento se produjeron probablemente hace miles de años atrás, de manera que estas culturas se afianzaron hasta hoy en estos territorios. Pero la Cultura aymara es milenaria y la más antigua, esta aseveración está respaldada por el científico argentino Florentino Ameguino, quien aseguraba que el hombre primitivo partió de este continente y que Sudamérica sería la cuna del género humano; esta hipótesis está corroborada por el escritor y científico boliviano Emeterio Villamil de Rada, quien en su libro “Lengua de Adán”, expone y asegura que la cultura andina y su lengua es la más antigua de América, prueba de ello establece que muchos nombre de lugares en el territorio suramericano tienen origen aymara, como Catamarca, ubicado en la región noroeste de la Argentina, que proviene del aymara “Katarimarka”, que quiere decir “Pueblo de víboras”; luego se tiene el volcán de los andes del Ecuador, Cotopaxi, del aymara Q’oto Phaxsi, que significa “Bocio de la luna”. Además, existen otras toponimias de lugares importantes, pueblos y montañas, a lo largo y ancho de Sudamérica, en lengua aymara y que se mantienen con ligeras modificaciones. Este hecho hace suponer que la cultura andina y su lengua han formado una gran civilización, con sus organizaciones social, política y económica, que le permitió sentar raíces en esta América morena. En efecto, no es una narración ilusoria, fue una civilización Kolla – Tiawanacota, llamada cultura andina por su ubicación geográfica espectacular entre las indomables cordilleras Occidental y Oriental, además, por las formas de vida y el conjunto de logros de los hombres y mujeres que han vivido hace más de 20 mil años antes de J. C.





Civilización Aymara -. Según estudios de arqueología, antropología y paleontología realizados en América, se demuestra que los aymaras fueron sin duda los primeros pobladores de la inmensa llanura altiplánica de Sudamérica Occidental y por lo tanto de Bolivia, por los testimonios arqueológicos como puntas de lanza, cuchillos y raspadores de piedra encontrados en Vizcachani (hoy jurisdicción de la provincia Aroma, Dpto. de La Paz); iguales materiales se han encontrado en el lugar de Ayampiti y en la Patagonia argentina, con lo que confirmamos que corresponden al paleolítico americano.



Constituido así el gran imperio Kolla – Tiawanacu, después de un largo periodo de mutación social, aprendieron a cultivar la tierra y a domesticar animales, convirtiéndose en hombres sedentarios y conocieron la propiedad comunitaria, o sea que la tierra pertenecía a toda la tribu, clan o ayllu. Las tribus principales fueron los Karankas, los Pakajes, los Sika Sikas, los Omasuyos, los Larekajas y Charkas, la mayor parte de ellos establecidos en la meseta andina y algunos alrededor del lago Titicaca.



Como toda civilización tiene su apogeo y su decadencia, refieren que una sangrienta guerra civil entre los bandos de Zapayas o Sapanas y los K’aris habría destruido el imperio, o en su caso se produjeron grandes movimientos telúricos o cataclismos que desvastaron a esta civilización, facilitando la conquista quechua. Se dice que el fundador del Tiawanacu fue el legendario Huyustus y su decadencia terminó con el gran Makuri.



Según unos, la gran civilización Tiawanacota, sería anterior a los aymaras, y según otros, fuera la misma cultura extendida en la mayor parte de la altiplanicie de Sudamérica. No se puede precisar con exactitud matemática sobre su antigüedad y la extensión misma de sus dominios, porque los investigadores y científicos muy tardíamente se han ocupado del asunto, y otro porque los historiadores, antropólogos y paleontólogos discrepan al establecer sus conclusiones; sin embargo, hay autores como el investigador norteamericano Wendell Bennett, que establece tres periodos: Tiawanacu antiguo, clásico y decadente.



Por su parte el antropólogo boliviano Carlos Ponce Sanjinés, en base a las últimas excavaciones y su tratamiento técnico, ha conformado una nueva nomenclatura de esta civilización, asignándole Tiawanacu I, II, III, IV y V, según los resultados estratigráficos de las excavaciones. Esta descripción está establecida así:



I, II, III: Tiawanacu antiguo -. Comprende la cerámica pintada, se usaba la plata y el oro en adornos, por lo que se supone que aprendieron a fundir los metales; se practicaba la agricultura con herramientas líticas, se conocía la deshidratación de la patata como alimento (Chuño); se erige el recinto de Calasasaya rodeado de grandes muros de piedra, es la era de las grandes construcciones de piedra, y han quedado algunos restos en las islas del lago Titicaca.



IV: Tiawanacu clásico -. Fue una de las más esplendorosas de la América indígena, por la magnitud de los restos arquitectónicos; aparece vigorosa la escultura en andesita volcánica y también la construcción de la Puerta del Sol. Su difusión es local, comprende el sur del Titicaca. Según Bennett en este periodo conocían el bronce.



V: Tiawanacu expansivo -. Tenía el interés centrado en el dominio militar y religioso, ocuparon la región del sur del Perú, incluso Cuzco y la región de la costa peruana; comprendía también el norte de Chile, la zona de Atacama. En lo que hoy es Bolivia, ocupaba toda la región andina de La Paz, Oruro y Potosí, las partes montañosas de Cochabamba (Arani y Mizqui), y de la Argentina del norte. Hubo un bajón notable en cuanto a la arquitectura y la cerámica, por lo que se dice periodo decadente.

Fuente: Síntesis histórica de la Cultura Aymara, Félix Mamani Muñoz, Cuaderno de investigación Nº 12, Centro de Ecología y Pueblos Andinos CEPA, Oruro Bolivia, 2001.


El Paisaje En La Cultura Andina De Siempre

El paisaje amigo y protector.- Aquí en los Andes, somos un mundo vivo, de simbiosis, de confianza plena, de equivalencia entre los heterogéneos, de familiaridad de alegría. Somos un mundo comunitario en continua conversación cara a cara sin intermediación alguna, ya seamos hombres, árboles, piedras. Aquí no existe un mundo en sí que se diferencie de nosotros: nosotros somos el mundo. Aquí no existe separación alguna entre las huacas (“deidades”) y la naturaleza, pues las huacas son también una forma de vida de la naturaleza, y, a su vez, la naturaleza no es algo en sí, separado de las diversas formas de vida. Esto no significa que haya confusión y no distingamos a Juan de Pedro, ni al hombre del sapo. Es la equivalencia y la familiaridad entre los heterogéneos. En el mundo andino todos somos prójimos. Aquí vivimos inmersos, sumergidos, en el flujo de la vida. No tendemos a separarnos de los demás sino más bien a unirnos comunitaria y simbióticamente. Aquí no tomamos distancia, no abstraemos, no objetivamos, no racionalizamos, no son ajena la conciencia de sí y la conciencia para sí. Es que no somos individuos sino comuneros. Aquí no existe la soledad.



La casa, wasi en quechua, uta en aymara, en la que vivimos es tan viva como quienes la habitamos. La casa nos cría, nos ampara, y nosotros la criamos reparándola y arreglándola continuamente porque sino se deshace. Ella no puede vivir por sí sola, como tampoco nosotros podemos vivir sin ser criados. La casa es nuestra amiga, nuestra compañera, nuestra hija si nosotros mismos la hemos hecho, o nuestra madre si hemos nacido en ella. Similarmente el Ayllu es nuestra familia,,pero no en el sentido restringido de nuestros parientes humanos, sino que incluye a nuestras chacras, a los animales que pastoreamos así como nuestros compadres, a los cerros, a los ríos, a los manantiales, a los valles y quebradas, a las pampas, al sol, a la luna, a las estrellas, que son nuestros vecinos y amigos, y con quienes nos vemos, conversamos y reciprocamos desde que hemos nacido; ellos nos han visto crecer y envejecer, y con ellos incluso nos seguiremos acompañando aún después de muertos, cuando pasemos a otra forma de vida, cualquiera que ella sea. Asimismo, la casa, la vivienda, la habitación, el nido, la localidad en la que vive el Ayllu viene a ser lo que en los andes, en aymara y en quechua, denominamos Pacha – que abarca las abstracciones occidentales modernas de tiempo y espacio - . Es decir, el Pacha es el paisaje en donde vivimos y del cual somos inseparables. No hay un Pacha en sí, al margen del Ayllu, como no puede haber una casa sin familia. Del mismo modo que la casa es criada por las familias y ella a su vez cría a la familia, asimismo el Ayllu y el Pacha se crían el uno al otro.



Ahora bien, en los Andes distinguimos aquello que llamamos en quechua Kay Pacha y en aymara Aka Pacha, esto es, el mundo que nos es directamente visible en la cotidianeidad. Complementariamente tenemos lo que llamamos Uk’u Pacha en quechua y Manqha Pacha en aymara, que es aquello que no vemos directamente porque esta detrás o en el interior de algo que es opaco. Sin embargo, en ceremonias especiales celebradas por los Sacerdotes Andinos, ellos perciben el Uk’u Pacha e incluso también, a veces, lo perciben quienes participan en la ceremonia sin ser Sacerdotes.



Así pues, el mundo andino es completamente accesible a la perspicacia de los sentidos y a la sutileza de los sentimientos. Aquí, todos estamos continuamente conversando, reciprocando, danzando, con sinceridad, con sencillez: fraternalmente. Todos somos amigos, todos nos conocemos. Incluso la muerte, que en los Andes es el tránsito de una forma de vida a otra, nos lleva a vivenciar las formas de vida mas diversas. En el mundo andino ninguna vivencia nos es ajena. Nada no es negado, siempre y cuando contribuyamos a la crianza de la armonía del mundo en la que todos somos imprescindibles, cumpliendo los roles protagónicos o secundarios que convenga en cada momento.



En este mundo andino de equivalentes y familiares, todos somos personas, palabra con la que queremos relevar la dignidad que es inherente a cada quien.



Ahora bien, el paisaje, la conjunción del Ayllu y del Pacha de una localidad, es una persona con su nombre propio, con su personalidad, con su propia forma de vida. Cada persona - paisaje se complementa armónicamente con las personas - paisajes vecinas y es así que se llega a conformar la persona - región, que es el conjunto de personas - paisajes armonizadas por un Cerro Apu - principal que cría a la persona - región y a su vez es criado por ella. Surge así una organicidad de la región, esto es, una complementariedad vital entre las personas - paisajes que la conforman, a modo de los órganos de un organismo. Se trata de una unión para facilitar la vida de cada persona - paisaje componente de la región, así como de la propia región, que no existe en sí ni para sí, al margen de las personas - paisajes que la conforman. La región – al igual que todos en los Andes – no es estática, sino que va cambiando conforme conviene a la vida de los paisajes y de la región. Una persona paisaje que en un año de lluvias suficientes conforma una región, puede cambiar a otra en un año de lluvias escasas o puede afiliarse a una tercera cuando las lluvias son excesivas. Las regiones pueden expandirse o contraerse, como convenga a la vida en cada año y en cada época. La organicidad es la capacidad del mundo vivo para conversar, para sintonizarse con las peculiaridades del clima de cada año y de cada periodo de años, de modo tal que las formas de vida no sufran desmedro. Todo esto ocurre espontáneamente, en la conversación, en la reciprocidad y en la danza propia de este mundo vivo.





El paisaje Vivenciado. - Comencemos diciendo que el paisaje andino no sólo alberga una gran diversidad de formas geológicas, geográficas y biológicas, sino que él mismo es altamente mudable y presenta notables variaciones en su danza, en su sintonía, en su juego, con el clima andino.



Para referirnos a esto, creemos conveniente, previamente, comprender que el mundo andino no es un mundo de objetos terminados, de hechos concluyentes, de procesos que marchan inexorable y ordenadamente hacia delante, hacia la consecución de fines determinados.



La ciencia, no lo olvidemos, está al servicio de este peculiar modo de ser, registrándolo y ordenándolo para contribuir a su eficiencia. Aquí, en los andes, vivimos de otro modo. El mundo andino es un mundo de sucesos fugaces, de acontecimientos transitorios y reversibles, dentro de la simbiosis, dentro de la crianza que continuamente se renueva, que en cada momento se recrean, según conviene a la vida. Aquí vivimos la inmediatez, el cariño, las emociones, en la conversación, en la reciprocidad, en la danza de las personas (ya seamos hombres, árboles, piedras). Aquí lo relevante para la vida no son los hechos ni los objetos, sino cómo el acontecer conmueve nuestras vidas. Lo que hace a nuestras vidas no es el hecho en sí, sino cómo sentimos lo que va ocurriendo. El mundo vivo no es un mundo de hechos, sino de sentimientos. Por este modo de ser propio del mundo andino es que resulta invisible e inaprensible para el registro objetivo, propio de la investigación científica, que sólo revela los hechos, pero no la forma en que los pueblos vivencian los hechos. El asunto aquí no es tanto “qué vivo”, sino “cómo lo vivo, cómo lo siento”. Esto no se puede comprender desde fuera, objetivamente, sino desde lo más íntimo.



Según la ciencia, hace aproximadamente unos 20 millones de años se produjo en el Océano Pacífico una convulsión orogénica, causada por fuerzas provenientes del interior de la tierra, que dio origen a la cordillera de los Andes sudamericanos. Esto, a su vez, motivo la formación de un inmenso lago entre los Andes, el Escudo de las Guayanas, el Escudo de Brasileño, que ya existían antes de la emergencia de los Andes. Desde entonces, una enorme cantidad de material sedimentario, proveniente de la erosión de los Andes, se ha ido depositando en ese lago hasta convertirlo en la actual planicie de la cuenca amazónica. Considérese al respecto que el curso del río Ucayali se encuentra 800 metros por encima de las rocas ígneas provenientes de mala erosión de los escudos y que más de un millón de kilómetros cuadrados de la cuenca amazónica está por debajo de la curva de nivel de los 100 metros (Fittkau 1969, 1974, Tocantis 1974, Ardí 1970, Smith 1979). Se calcula que los Andes, en algún momento de su formación alcanzaron alturas de 14.000 metros sobre el nivel del mar. Y aun hoy los Andes se encuentran en pleno proceso geomorfológico. La erosión y los terremotos modifican continuamente el relieve andino, a lo que sigue una recomposición del paisaje.





El Paisaje Criado. - Ya sabemos que en el mundo andino, la sabiduría consiste en saber criar y en saber dejarse criar, y que todos los seres son personas vivas con sabiduría.



Las fluctuaciones climáticas dan lugar, en sus extremos, a formas de crianza muy diferentes. En los periodos de resecamiento y enfriamiento, el límite superior de la agricultura y del pastoreo baja unos 500 metros, porque quedan cubiertos por el hielo las chacras, los pastizales y los corrales que están en las alturas.



Ocurre pues que la danza de la vida – un pasito aquí, otro más allá, una vueltecita – hace que las poblaciones ubicadas en las mayores alturas, que siempre fueron y son muy numerosas (Cardich 1980 b), se desplacen a las zonas más bajas de los valles interandinos, la costa y la selva, dándose así lugar a lo que se conoce como periodos panandinos: Chavín, Tiawanaku y Tawantinsuyu o Inka, pero la migración no se realizo en forma compulsiva ni agresiva, como suelen postular los arqueólogos y los historiadores, sino en la misma forma amistosa y colaboradora con que se realiza todos los años de los lugares con sequía a los que recibieron lluvias suficientes, para ayudar a cultivar y cosechar a cambio de compartir las cosechas. Pero la magnitud de la migración – aunque ella no se realizó intempestivamente, ni de la noche a la mañana, sino progresivamente conforme bajaba la línea de las nieves – así como su prolongada duración durante siglos, llevaron a los migrantes a la crianza esmerada de los paisajes, cuya población se densificó, dándose así lugar, entre otras formas, a la crianza de los andenes. La más ligera apreciación de los andenes criados entonces, nos permite comprobar que los andenes no son construcciones de emergencia ante una catástrofe, sino que son más bien exquisitas modelaciones de los cerros, que poco tienen que ver con “obras de infraestructura productiva” sino que más bien son formas de embellecimiento del paisaje y de enriquecimiento de las formas de vida que alberga. Quizás sean los andenes, la forma más bella de crianza del paisaje andino. Esto pone en evidencia que el resecamiento y enfriamiento del clima andino no fue tomado por las personas (hombres, árboles, piedras) como algo hostil, sino como un paso de la danza de la vida que lleva a una forma de crianza diferente.



Ahora bien, cuando el clima cambia de frío y seco, a cálido y húmedo, la línea de las nieves vuelve a elevarse unos 500 metros, se deshielan las tierras altas y las chacras, los pastizales y los corrales reclaman cultivos y crianzas. La Sallqa vuelve a reconstituirse ahí donde antes estaba cubierto de nieve. Es entonces cuando, después de siglos de ausencia, los pueblos, los runas que un día se alejaron, regresan a sus territorios naturales, desde distancias tan grandes como de Colombia a Bolivia, siguiendo siempre la danza de la vida. Aquí los esperan los Cerros – Apus del Ayllu a quienes pidieron permiso, cariñosa y respetuosamente, cuando partieron y con quienes siempre estuvieron vinculados a pesar de la distancia. Los Apus del Ayllu siempre estuvieron enterados de la vida de sus hijos y pidieron protección para ellos a los Apus de los lugares donde estuvieron hospedados, porque los Apus conversan entre ellos no importando la distancia que los separe. Y los runas, a su vez, ofrendaron siempre a los Apus de su Ayllu por intermediación de los Apus de los lugares en los que estaban residiendo. Esta vinculación tan fuerte perdura durante siglos.



En los periodos de clima cálido y húmedo se reconstituyen las culturas regionales que aprovechan el ensanchamiento vertical del ámbito de crianza de plantas y animales.



Se constata pues una pulsación rítmica en la danza de la vida en los Andes, con momentos de frío y sequedad, momentos de contracción, en los que para criar la armonía de las poblaciones se densifican en las zonas de alturas intermedias y bajas. Y en momentos de calor y humedad, momentos de expansión, en los que para criar la armonía conveniente, la población se organiza por regiones étnicas.



Planteadas así las circunstancias de la vida en los Andes, los periodos panandinos, los llamados horizontes arqueológicos Chavín, Tiawanaku y Tawantinsuyu o Inka, vienen a ser los momentos de mayor dispersión – entre las zonas de alturas medias y bajas - para las grandes poblaciones que habitan en las alturas en tiempos cálidos y húmedos. Pero esta dispersión no es con motivos de dominio militar, sino más bien para alojarse temporalmente (auque ello se prolongue durante siglos) en ámbitos que no son su paisaje propio (Ayllu – Pacha). Son momentos en que la danza de la vida saca de sus territorios a estos grandes pueblos para que paseen su forma de vida por otros ámbitos andinos (por eso es que a su paso forman horizontes arqueológicos). No son precisamente momentos de esplendor para ellos, pero tampoco lo son de ocaso, porque estas dos situaciones, al igual que las guerras que ven por todas partes los historiadores, son ajenas a los Andes.



Fuente: CRIANZA ANDINA DE LA CHACRA, Eduardo Grillo, Víctor Quiso, Grimaldo Rengifo y Julio Valladolid.

Proyecto Andino de Tecnologías Campesinas, PRATEC, Abril 1994.

URL: http://www.pratec.org.pe/

El agua en la visión andina del mundo

El agua es una persona viva v vivificante. - El mundo andino es un mundo-animal (Kusch 1962) y cuanto existe en su seno también es vivo. Se trata de un mundo vivo altamente sensitivo y mudable según las circunstancias que vive. Un mundo siempre recreado, siempre renovado, siempre novedoso. Todo lo contrario de un mundo estático y monótono. Se trata de un mundo comunitario, de un mundo de amparo en el que no cabe exclusión alguna porque cada quien es tan "importante" como cualquier otro en la crianza de la armonía del mundo, que no está dada sino que tiene que ser re-creada, renovada, en cada momento.



Se vive el sentimiento de que la armonía del mundo está en cada quien de nosotros y que depende de cada uno de nosotros. Es un mundo de equivalencias en el que no caben 1a discriminación ni la jerarquización. De ahí que todos los seres (hombres, árboles, piedras) somos vivos y somos equivalentes. Por eso todos conversamos entre nosotros y aprendemos los unos de los otros. Todos poseemos el mismo grado de dignidad: todos (hombres, árboles, piedras) somos personas. El agua es una persona.



En la visión andina del mundo, el agua es un ser vivo y es también un ser vivificante que fecunda a la tierra año tras año, engendrando el verdor y el florecimiento de la vida en el Pacha local, en el paisaje local, en las circunstancias específicas de cada año.



El carácter de cada año, la forma de vida del Pacha de cada año, es diferente según sea un año de lluvias abundantes, de lluvias medias o de lluvias escasas: la fauna, la flora, las chacras, el pastoreo, tienen una composición relativamente distinta según sea el caso. Para sintonizamos correctamente con los estados del Pacha, todos los seres vivos del mundo vivo andino conversamos entre nosotros intercambiando nuestras propias predicciones climáticas para las próximas semanas, meses e incluso para el año venidero, y nos ponemos de acuerdo sobre la posible cuantía y la modalidad de las lluvias, para acomodarnos mejor en el seno del Pacha. La diversidad de las lluvias en los Andes se asocia a la diversidad de la flora, de la fauna, de la crianza de las chacras y de la crianza de los animales, al pastoreo. De este modo, sea cual sea la cuantía y la modalidad de las lluvias, siempre hay en la Sallqa ("naturaleza") plantas y animales que saben convivir bien con ella, y en la chacra se dispone de variedades de cultivos que conversan bien con las condiciones que se presentan, así como también el pastoreo dispone de modalidades que conversan con muy distintas condiciones climáticas. De ahí que no haya en los Andes años “buenos”ni años “malos”, sino tan sólo años diferentes en los que siempre, determinadas especies de la flora y de la fauna encuentran condiciones propicias al igual que algunas formas de, crianza, por el hombre, de las chacras y de los animales al pastoreo. La diversidad del germoplasma andino, vegetal y animal, así como la diversidad de las formas de crianza, por el hombre, de las chacras y, de los animales al pastoreo, saben conversar con la diversidad climática asociada a la abundancia o a la escasez de las lluvias, de modo que la vida continúa fluyendo sin dificultades.



En el hombre y en la mujer el agua es también viva y vivificante. En este caso se diferencia las aguas superficiales y las aguas internas. Las aguas superficiales, nos, lavan y nos refrescan el cuerpo. Las aguas internas son de dos clases: las rojas, esto es, la sangre que nos da la vitalidad personal, y las blancas, esto es, los fluidos sexuales de las mujeres y de los hombres que nos dan 1a fertilidad y con ello la continuidad de la vida a través de las generaciones (Jiménez 1994). Igual es en los otros seres vivos. Por eso es que, por ejemplo, el agua del Puquio, del manantial, (aguas internas) de un cerro Apu macho puede fecundar a las mujeres. Por otra parte, los puquios son también los ojos del Apu y tienen un fuerte influjo sobre quienes se le acercan. (Carrillo 1994)



En muchos lugares de los Andes en donde se cultiva maíz bajo riego, se celebra anualmente la fiesta del agua, 'yarqa aspiy' en el mes de septiembre; que consiste en la limpieza cariñosa y cuidadosa de las acequias, con la participación jubilosa de todos los comuneros, así como en dar ceremoniosas ofrendas al agua que, en reciprocidad, dará vida y fecundidad a los campos de maíz y los cultivos que se le asocian (Machaca 1994, Calderón 1994).





El agua es una Huaca.- Una huaca en el mundo andino es una persona con gran autoridad carismática por su sabiduría y su fuerza, que facilita la vida a los demás, pero que, sin embargo por la incompletitud que es propia de todas las personas del mundo andino, también la huaca requiere de nuestra ayuda para vivir, lo cual da lugar a la reciprocidad como una vivencia de cariño, de respeto, de amistad. Las huacas no son permanentes sino que rotan. En cada momento del año, y según las circunstancias del momento, una u otra persona puede ser huaca. Igual ocurre en los períodos plurianuales de largo o mediano plazo.



En muchos lugares de los Andes, cuando las lluvias se atrasan demasiado, se hace ofrendas especiales para llamar a la lluvia con agua de mar o con agua de puquios grandes que no se secan nunca. Cuando se trata de agua de mar, bajan los sacerdotes andinos escogidos para esa tarea, hasta la orilla del mar en donde le ofrendan. Luego ingresan al mar en botes hacia lugares en los que el mar, al estrellarse violentamente contra las rocas, forma una espuma espesa que es macho y que recogen con toda reverencia en un cántaro pequeño ofreciéndole desposarlo con una muchacha de la comunidad. La espuma recogida se conduce, siempre con mucha reverencia, hasta la comunidad. Al llegar lo entregan a una muchacha que lo recibe inocentemente, sin darse cuenta y lo tiene unos minutos. De este modo el agua de mar, que es macho, se desposa con la muchacha y así se hace tollqa (yerno) de toda la comunidad. Como ya es pariente, comparte muy de veras las inquietudes de la población local y participa plenamente como ofrenda a la lluvia que, en reciprocidad, no tarda en caer y en fertilizar los campos (Quiso s/f).



Es interesante notar que la petición de lluvia es precedida de una ceremonia dedicada a Anqari (huaca del viento), a jaiphi (huaca de la helada) y a Chhijñá (huaca del granizo) porque de lo contrario ellas podrían decir "a mí no me has convidado" y resentidas pueden neutralizar los beneficios de la lluvia.





Formas de vida del agua. - En los Andes el agua presenta una diversidad de formas de vida. Hay que tener presente en todo momento, que en el mundo andino el agua está íntimamente ligada a los otros componentes de la colectividad natural. Así por ejemplo, en la chacra el agua está en una relación de ayni (reciprocidad) con el suelo específico que ahí existe, con los cultivos particulares que ahí crecen, con los animales que ahí se cría y con el microclima singular propio de esa chacra. En este mundo vivo de la chacra andina el agua no es algo aparte que puede abstraerse, sino que su presencia es vital e indesligable de la chacra, como la sangre lo es para un hombre vivo y sano. Por otra parte, como ya hemos visto, cuando se hace ofrendas invocando al agua de lluvia, no sólo se la celebra a ella sino también a la helada, al granizo, al viento, sin omitir al sol ni a los cerros - Apus.



El agua de los ríos y toda el agua de escurrimiento es un ser vivo con una forma de vida muy especial que no tiene cintura, que carece de columna vertebral y que sólo mira hacia abajo. No puede levantar la cabeza ni la espalda. Por eso es que le duele mucho cuando se la detiene con una represa en un embalse, por eso se enfurece y rompe el dique que detiene su flujo y la lastima. Es un caminante compulsivo, su vida es caminar hacia abajo y se siente apresada y ofendida cuando no se le deja discurrir.



En tiempo de lluvias escasas, usiay uku en quechua y awti pacha en aymara, el río es "paciencioso" e incluso sus aguas se dan de beber a las personas como remedio para la cólera. Pero en tiempo de lluvias abundantes, puquy uku en quechua y jallupacha en aymara, ese mismo río puede tener un estado de ánimo desesperado y loco. Se dice que en época de lluvias, las aguas de los ríos se comportan como si estuvieran borrachas. El río es un ser sensible y caprichoso, capaz de arrasar, de dar miedo y de matar. Pero el agua del río es también una persona que va conversando, ofreciendo su sabiduría y aprendiendo de todos los otros.



En los Andes, los ríos son machos o son hembras. Son machos aquellos que tienen cauces ramificados y playas amplias, y que sus aguas son torrentosas, furiosas y tienen muchos remolinos. Son hembras los ríos de cauce angosto y de aguas tranquilas. Se llama aguas de sapo a aquellas que se desplazan lentamente y que no son convenientes para ir a grandes distancias por acequias. En cambio se denomina aguas de culebra a las que se desplazan velozmente y son las preferidas por los campesinos para ser conducidas a grandes distancias por las acequias.



Otra forma de vida del agua es el manantial, puquio en quechua y phujo en aymara. Brota en un lugar del cerro, viniendo desde sus entrañas. Esto le confiere un carácter particular porque conecta al uk’u pacha en quechua, manqha pacha en aymara , es decir, a aquella parte del mundo que no es accesible directamente a nuestra visión por estar dentro o detrás de algo que nos es opaco. Con el Kay Pacha en quechua y Aka Pacha en aymara, esto es, con el mundo que sí es directamente accesible a nuestra visión, abarcando desde la superficie del cerro en la que aparece el puquio, el verdor de su vegetación, las chacras, hasta el sol, la luna y las estrellas. El puquio trae agua fresca y cristalina que calma la sed del hombre, de la llama, de la alpaca de las aves y de los otros animales, que riega las chacras, y que sin embargo, porta un bagaje que no nos es del todo familiar. ¿Qué sabiduría y qué poderes traerá esta agua desde las entrañas del cerro?. El manantial tiene un fuerte influjo vivificante. Sus aguas son seminales. Los puquios de cerros machos pueden preñar a mujeres y a animales hembras. El hombre recíproca en la región aymara con el phujo celebrando la Wilancha (ofrecimiento del sacrificio de un animal). En la visión andina del mundo, las llamas y las alpacas han sido dadas en préstamo a los hombres por los Cerros Apus para que las críen con cariño y esmero. Si así no fuera, las llamas y las alpacas regresarán al interior del cerro. Pero al desaparecer ellas, el hombre se acabará también. Las llamas y las alpacas han venido del interior de los cerros por los puquios y por ahí se irán si no son bien tratadas. Los pujos por lo que vienen y se van las llamas y las alpacas se denominan llawllani en aymara. Hay llawllanis para cada color de fibra de alpacas y llamas. Se llama llawlla a la madre, a la huaca de las llamas y de las alpacas de cada llawllani.



Víctor Quiso ha recogido el siguiente testimonio del campesino Felipe Choque:



Llawllani es un phujo de dónde a media noche salen las alpacas y suelen estar descansando alrededor de los pujos. Cuando son vistas por personas, estas alpacas rápidamente se meten al Phujo. Cuentan los abuelos que viendo estas llawllas, rápidamente hay que hacer una ch'uwa (derramar con agua especialmente preparada) y hacerlo sorpresivamente antes que se metan al phujo. Las que son alcanzadas por la ch’uwa, se con vierten en alpacas verdaderas. Entonces, en las noches podemos bajar con la ch’uwa. Pero hay que saber la clase de ch'uwa que es necesaria. (Quiso s/f).





Las lagunas son otra forma de vida del agua. Las lagunas son hembras y “están casadas” con cerros machos de sus inmediaciones. Las lagunas son muy queridas y respetadas en los Andes.



La lluvia es la forma de vida más excelsa del agua en los Andes, pues ella alimenta a los ríos, a los manantiales, a las lagunas. La chacra andina y el "verdor de los cerros" celebran a la lluvia. El riego no es igual. La lluvia endulza los frutos. La sabiduría andina sobre la lluvia es amplísima. Las lluvias en la sierra andina coinciden con la estación más cálida del año, de modo que lluvia y calor se conjugan para el florecimiento de la vida. La costa andina, en la que sólo llueve ocasionalmente, se beneficia por la descarga de los ríos que traen agua de la sierra que riega los campos costeños.


La nevada, el granizo, el rocío, las nubes, etc., son otras formas de vida del agua.


La crianza del agua. - En la cultura andina, que es agrocéntrica, la conversación y la reciprocidad de la comunidad humana con el agua, que es una persona viva y vivificante, encuentran un lugar excelente en la chacra no por afanes productivistas sino para criar en comunión la vida.





Asimismo, en el mundo andino, cada chacra tiene su propia y singular conversación y reciprocidad con el agua que la visita. Esto es así porque cada chacra tiene una calidad de suelos particular, una pendiente determinada, un microclima especial, los cultivos que en cada momento le corresponden dentro de la rotación que le conviene, etc. Pero también es cierta la situación recíproca, por la cual la chacra puede modificar la calidad de sus suelos, su pendiente, su microclima, y sus cultivos para conversar y reciprocar mejor con el agua disponible, que en los Andes varía mucho de año en año y dentro de los meses del año.



La singularidad de la relación chacra-agua, se debe justamente a que cada chacra es distinta de cualquier otra y a que la disponibilidad de agua en cada momento es distinta a la de los años anteriores y a los venideros. Se trata de una conversación y u reciprocidad "cara a cara" que opta siempre por facilitar la vida, que es la actitud propia del mundo andino.



Por otra parte, en el mundo andino no se concibe una chacra que disfrute de abundancia de agua dentro de un Pacha, dentro de un paisaje, que atraviesa por una sequía. Eso sería un factor disturbante de la armonía del mundo. Si este año es de lluvia escasa, lo es para todos. Y viceversa, si la chacra produce en abundancia, los cerros de las vecindades también verdean, florecen y fructifican en abundancia. Se cuida la correspondencia entre estado de la chacra y el de su entorno. En los Andes uno se sintoniza con el mundo y lo acepta tal como es. No intenta transformarlo. La buena salud es justamente, la capacidad de sintonizarse. Por eso es que en los Andes no se buscan las salidas individuales y egoístas ante la sequía, como, por ejemplo, comprar una bomba hidráulica para extraer agua del subsuelo y poder regar mi chacra.



La chacra no se opone al paisaje natural en el que vive sino que más bien es criada por él. La chacra no es criada exclusivamente por la familia humana a la que está vinculada, sino que es criada por todo el Ayllu que alberga el Pacha local, y ella también cría a todo el Ayllu: sus frutos son para todos ellos.



Pero la capacidad de sintonizarse no debe confundirse apresuradamente con conformismo. Se puede modificar las condiciones, pero sólo si así conviene a todos a quienes atañe y si ellos están expresamente de acuerdo.



Por ejemplo, si en las ceremonias de celebración al agua, los lideres carismáticos de ellas han notado que una determinada pampa o un determinado valle pide riego, se procede a consultar al Pacha en donde se ubica el lugar solicitante así como a los Apus y a las comunidades humanas concernidas. Si convienen en ello se cría la irrigación. Es claro pues que cuando se dota de riego a un área en los Andes, no estamos ante una decisión unilateral del hombre sino ante un acuerdo de la asamblea de los convocados por esta crianza.



No es que el hombre proyecte ingenierilmente un sistema de riego y construya los canales en consecuencia. Se trata en realidad de una crianza con el concurso concertado de las comunidades humanas, las comunidades de la sallqa y las comunidades de huacas concernidas. Así es como, por acuerdo mancomunado y con la participación comunitaria se va criando, al modo de los ríos naturales de la sallqa, los nuevos ríos, riachuelos y acequias convenientes para que el agua se acerque a conversar y reciprocar con los suelos que la han solicitado para que junto con los hombres, las plantas, los anímales y el microclima, ahí se críen chacras. La crianza del riego se hace al ritmo de la vida que a veces es rápido y a veces es lento, pero que siempre es ajeno al inmediatismo. Esta crianza se realiza con la participación plena de las personas (ya sean hombres, árboles, piedras) que habitan el paisaje y que de una y otra manera cambiarán su forma de vida por la presencia del riego. Se va haciendo conforme ellas mismas lo vayan pidiendo. En la crianza del riego se va considerando, en la conversación espontánea, el comportamiento de la fuente de agua en el largo plazo. Así se va estableciendo, por acuerdo, el modo de reciprocidad entre el agua de riego y las chacras, tanto en los momentos de mínima disponibilidad como en los de gran abundancia, asegurándose la permanencia de los ríos, los riachuelos y las chacras que se van criando. Para conocer el comportamiento a largo plazo de la fuente de agua no se recurre a estadísticas, no se inquiere, no se interroga, no se pregunta con la intención utilitaria que convierte en "medio de información", en "informante", a todo aquel a quien se dirige la palabra, sino que ello va surgiendo en la conversación cotidiana. Se trata de algo que conviene a todos, que es compartido por todos. No es la preocupación exclusiva de algún iluminado y perspicaz planificador sobre el que pesa una agobiante responsabilidad. Tampoco se administra ni se ordena durante la crianza de los ríos, riachuelos, acequias y chacras. En todo momento fluyen la conversación, la reciprocidad y la danza en esta fiesta de la vida que es la crianza comunitaria del riego.


Fuente: CRIANZA ANDINA DE LA CHACRA, Eduardo Grillo, Víctor Quiso, Grimaldo Rengifo y Julio Valladolid.

Proyecto Andino de Tecnologías Campesinas, PRATEC, Abril 1994.