La comadreja overa, con su hocico puntiagudo, sus ojos enmascarados y brillantes y su característico gesto agresivo, no ha despertado por lo general la simpatía del hombre, que teme su presencia en los gallineros y la persigue encarnizadamente. En esa especie hosca y poco comunicativa, solitaria y noctámbula, llama la atención sobre todo su tipo de parto , que protagoniza su hembra y que implica, por así decirlo, un nacimiento doble para sus crías.

Adaptable a mucho medios
Las comadrejas son adaptables a diversos medios, aunque prefieren las zonas arboladas, cercanas a alguna fuente de agua.
En Argentina la comadreja overa habita en montes, en pajonales, pero también en zonas rocosas relativamente bajas y de vegetación abundante y en los alrededores de las ciudades, aún en zonas francamente urbanas y dentro mismo de las viviendas de los hombres.
El clima, la mayor o menor posibilidad de conseguir alimento y la disponibilidad de refugios adecuados son los factores que determinan su distribución.
La comadreja necesita disponer de un refugio seguro que le proporcione reparo durante el día -ya que sus actividades son nocturnas- y abrigo durante el invierno, período que le resulta especialmente crítico ya que no tolera bien los enfriamientos. Sin embargo no construye albergues. Aprovechan los refugios naturales o bien ocupa los refugios construidos por otros animales y abandonados. Otras veces son los entretechos de casa abandonadas o habitadas aún por el hombre.
Una vez hallado el refugio, lo tapiza con materiales vegetales, plumas y pelos de animales que recoge en los alrededores.
Además de ser el lugar donde duerme durante el día y donde se protege del frío en el invierno, el albergue es indispensable en el período de cría, cuando los hijos ya pueden separarse temporariamente de la madre.
En un sentido estricto podría decirse que el territorio de la comadreja se restringe a ese nido, que es defendido con ferocidad. Los recorridos que realiza en sus exploraciones fuera de él se superponen con los de otras comadrejas.
La comadreja se desplaza por el suelo, por los árboles e incluso por el agua, ya que es buena nadadora. Sin embargo, su andar terrestre no es muy gracioso: trota con el tren posterior ligeramente levantado y arrastrando la cola. En los árboles su locomoción se especialmente diestra; Trepa y se desplaza con la ayuda del pulgar semioponible de sus patas y la cola prensil, que le sirve de sostén y de impulso.

Agresiva y solitaria
De hábitos sumamente solitarios, la comadreja rehuye los encuentros con otros miembros de su misma especia y, salvo en ocasión de la cópula y la cría, podría decirse que no mantienen ningún tipo de relación cercana con sus congéneres. Vive para sí misma, se autoabastece y se basta. Durante el día duerme en su nido o se acicala cuidadosamente, lamiéndose los genitales y, en caso de la hembra, también el marsupio; con la pata previamente lamida se lava reiteradamente la cara y se peina el pelaje. Al caer la noche sale a buscar alimento: caza en soledad y en soledad consume su presa.
En situaciones de cautiverio, cuando se fuerza la convivencia entre ejemplares, suelen producirse luchas extremadamente feroces entre los machos, que no se toleran mutuamente: o entre hembras y machos, ya que las primeras rechazan violentamente al sexo opuesto fuera del período de celo; o entre hembras, ya que las que no están en celo suelen atacar a las que lo están.
La comadreja overa manifiesta su agresión con un ritual corporal característico: el cuerpo encogido, la cabeza semilavantada, la boca extremadamente abierta, las orejas pegadas a la cabeza y las vibrisas erectas, mientras emite bufidos y chillidos agudos. Es muy probable que esta exhibición agresiva sirva para ahorrarle a la comadreja muchas luchas y mucho daño físico, ya que a menudo el oponente, amedrentado por el despliegue, huye sin presentar pelea.

Alimentación
La comadreja overa es omnívora y tiene una dieta variadísima. Esta peculiaridad de ser un depredador no especializado le permite integrarse casi a cualquier tipo de hábitat.
Cuando se trata de vegetales le apetecen especialmente los frutos maduros, y también los brotes y los tallos tiernos. Consume invertebrados -insectos y lombrices- y muy a menudo aves pequeñas, que, sobre todo en época de cría, son un componente principal de su alimentación. Si se da el caso la comadreja overa se especializa en los desaparecidos de las viviendas humanas o se dedica a robar huevos o a matar gallinas.
La comadreja caza por lo general al anochecer o ya entrada la noche, aunque ocasionalmente -en invierno para evitar el frío, o cuando está muy hambrienta- se sale durante el día. Prefiere estar a solas y tranquila para comer, sin señales de alarma en el medio, y, a menudo, estando en cautiverio busca algún lugar oscuro y refugio para comer.
La comadreja overa no almacena alimento y devora total y minuciosamente a su presa, incluidos, pelos, uñas, plumas, y solo al final deja algún resto.
Cuando la comadreja se siente realmente amenazada emite una secreción defensiva, generada por dos glándulas situadas en la región genital, un líquido verdoso, espeso y de un olor extremadamente desagradable, que a menudo resulta eficaz para ahuyentar al enemigo.

La "muerte fingida"
Cuando la amenaza que se cierne sobre ella es incontrolable, como sucede cuando se ve rodeada por una jauría de perros o atrapada en una trampa, la comadreja entra en estado catatónico semejante a la muerte.
Cae de costado, exánime. De la boca, retraída hacia atrás en las comisuras, se escurre abundante saliva. Los ojos se tornan vidriosos. A menudo el estad está acompañado de defecación y vaciamiento de las glándulas del mal olor. No responde a los estímulos ni a los acústicos. Parece en cambio sensible al contacto físico, que logra a veces liberarle de ese estado. Si al despertar, las condiciones negativas que motivaron su "muerte" subsiste, vuelve a caer en ella; si la situación se ha modificado, se alejará rápidamente.
No hay "fingimiento": cuando la sensación de peligro sobrepasa cierto umbral y resulta ya intolerable para su sistema nervioso, el animal cae en una especie de estado hipnótico, en el que la sensación y la voluntad quedan abolidas.
Esta inhibición frente a la situación de peligro llevaron a pensar tradicionalmente que las comadrejas son animales primitivos y torpes. Sin embargo pruebas demostraron que su capacidad de discriminación y aprendizaje es superior a la del perro y está al mismo nivel que la del cerdo.

Reproducción
La época de reproducción de la comadreja overa es muy amplia: desde fines del invierno hasta fines del verano y ya a fines de agosto pueden encontrarse hembras preñadas. Dentro de ese largo período reproductivo hay dos momentos de estro o celo, en los que puede quedar preñada. El período de celo dura al parecer alrededor de cuarenta horas.
Se cree que es la hembra la que busca al macho, guiada por una señal olorosa, posiblemente feromonal, que a la vez que la atrae sexualmente tiene la particularidad de atenuar su agresividad natural y facilitar así el acercamiento.
Solitaria y poco comunicativa, la comadreja protagoniza un cortejo breve y violento.
Después de producido el encuentro el macho persigue a la hembra emitiendo gritos débiles y agudos y tratando de atraparla con los dientas. Ella accede a la cópula -a veces al cabo de unos pocos minutos, otras veces luego de algunas horas- y el macho la monta y le traba las patas con las suyas. Ambos caen al suelo de costado y así permanecen unidos durante quince o veinte minutos. Al culminar la cópula, la hembra recupera su agresividad natural, que había quedado momentáneamente paliada por la acción de las ferormonas del macho, y modifica radicalmente su actitud, que se torna activamente hostil. Es asía como el breve encuentro entre los sexos finaliza con la huída del macho.
La hembra queda preñada en el primer día de su celo y las cópulas que realiza luego de ese período no son efectivas.
Después de un tiempo de gestación sumamente breve -entre doce días y medio y trece días- tiene lugar el parto.
La hembra se muestra irritable e inquieta y se mueve nerviosa con la cola entre las piernas. Finalmente se sienta sobre su tren posterior y se comienza a lamer la abertura genital hasta que emerge la cría: Hasta quince o dieciséis embriones realmente diminutos, once mil veces más pequeños que la madre, pesan cincuenta miligramos. Nacen bañados con las segregaciones maternales y enteramente recubiertos de una delgada membrana de tejido queratinizado, que los protegerá de la desecación hasta que se haya desarrollado definitivamente su piel, ya que los primeros pelos aparecerán solo cuarenta y ocho días después del nacimiento. El embrión tiene un aspecto muy incompleto: los labios, los ojos, las orejas están solo esbozados y disimulados bajo el epitriquio.
Es entonces cuando entra en juego el rasgo anatómico más notable de los marsupiales: la bolsa o marsupio.
El marsupio es una doble piel en el vientre que forma una especie de bolsa dentro de la cual terminan de desarrollarse los embriones, una peculiaridad que siempre despertó el asombro de naturalistas y viajeros.
El marsupio, revestido por fuera de pelaje, contiene en su interior las mamas, por lo general trece. Sin embargo el número de mamas no es fijo y hay hembras de solo siete pezones y hembras de hasta diecisiete pezones.
En el transcurso de este nacimiento tan peculiar los embriones salen de la madre para volverse a meter en ella. Se abren paso a través de la vagina y se encaminan hacia el marsupio, impulsándose con los miembros anteriores, guiándose probablemente por el olfato y por el tacto. En realidad es la posición que adopta la madre durante el parto la que facilita fundamentalmente el pasaje: la distancia entre la vulva y el marsupio se acorta notablemente.
En cuanto entra en la bolsa el recién nacido se aferra al pezón con fuerza. La estructura de su laringe y su faringe le permite mamar y respirar al mismo tiempo.
Como no todos los pezones de las madres son funcionales algunos embriones mueren y la camada que sobrevive es de entre siete y once. Al cabo de sesenta días las crías han cambiado notablemente: han alcanzado un desarrollo completo, comienzan a abrir los ojos y ya están recubiertos de pelos. Todavía no tienen dientes, éstos comienzan a aparecer alrededor de los setenta días de vida, junto con el primer molar, entre los noventa días comienza el destete y el cambio de dieta. Salen de la bolsa pero siguen entrando y saliendo hasta por lo menos las catorce semanas de vida. Cuando ya están más crecidos la madre sale a buscar comida con ellos a cuesta pero fuera del marsupio. Para ello cruza la larga cola sobre el lomo y las crías se montan en ella y se sostienen enroscando sus propias colas en la cola de la madre.
El período que media entre el destete y el alejamiento definitivo de las crías es la etapa de máxima comunicación entre miembros de la especie. La madre refuerza el contacto físico, lamiendo el pelaje de sus hijos; mediante chillidos la madre orienta a sus hijos y éstos atraen la atención de la madre. Toda presa es compartida, en una conducta social que no vuelve a repetirse en otras ocasiones.

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