PROPUESTA

El patrimonio cultural de un pueblo comprende las obras de sus artistas, arquitectos, músicos, escritores y sabios, así como las creaciones anónimas, surgidas del alma popular, y el conjunto de valores que dan sentido a la vida. Es decir las obras materiales y no materiales que expresan la creatividad de ese pueblo; la lengua, los ritos, las creencias, los lugares y monumentos históricos, la cultura, las obras de arte, los archivos y las bibliotecas.
Además del histórico, el artístico o el documental existe el patrimonio de la producción, conformado por las instalaciones productivas ya sean rurales y/o urbanas, que marcan la historia económica de un país, como estancias, chacras, frigoríficos o ferrocarriles.
Si consideramos que la identidad cultural es una riqueza que dinamiza las posibilidades de realización de la especie humana, al movilizar a cada pueblo y a cada grupo al nutrirse de su pasado y acoger los aportes externos compatibles con su idiosincrasia y continuar así el proceso de su propia creación, podremos entender por qué el rescatar el patrimonio cultural es la mejor forma de afirmar la identidad de un pueblo, ya que esto contribuye a la liberación de los mismos.
Los daños ocasionados a los bienes culturales pertenecientes a cualquier pueblo, constituyen un menoscabo al Patrimonio Cultural de toda la humanidad, puesto que cada pueblo aporta su contribución a la Cultura Mundial.
En los próximos años, más estructuras, comunidades y paisajes industriales serán probablemente nominados como Sitios del Patrimonio Mundial. La receptividad del Comité del Patrimonio Mundial hacia estas nominaciones animarán a los países afectados a mirar más de cerca su patrimonio industrial. Otras designaciones serán bienvenidas, sobre todo por su capacidad para desafiar el pensamiento convencional y estimular nuevas formas de considerar el papel que la industrialización ha desempeñado en la historia del mundo. Deberíamos mirar más de cerca los sitios mineros y fabriles, pero esto podría cambiar radicalmente nuestra forma de ver el mundo, así que debemos estar preparados para la destrucción de nuestras viejas certezas. Esto solo ya justifica la conservación de los monumentos industriales.
Pero no se trata solamente de rescatar un objeto aislado sino de revalorizar un sistema cultural completo formado por la historia, las personas, el trabajo de estas y el tren mismo, como representante de todos estos.

Personas conscientes de la importancia del patrimonio cultural han propuesto diferentes acciones para revalorizarlo, y así surgieron: el emprendimiento del tren turístico, que uniría Río Gallegos y Punta Loyola, que busca promover la reconversión económica y desarrollo turístico, también se planteó la utilización de minas abandonadas o de aquéllas que estén en producción, para concretar emprendimientos turísticos referidos a esta temática. Agregaríamos a estas acciones ya iniciadas la propuesta de utilizar los vagones para generar actividades tales como: Proyección de videos, sobre ferrocarriles y carbón; ciclos de charlas donde narren sus historias de vida, personas como Boichetta, Ivana de Bauer, Esteban Tita y otros tantos que quieren compartir sus experiencias; ciclo de narradores de cuento, donde se podrían incluir no sólo los "amigos del tren", sino también abuelos de otras instituciones. Así como también sería factible vincular la máquina a vapor con los establecimientos educativos, dado que los contenidos de la primera fase de la revolución industrial están prescriptos para tercer ciclo de EGB y Polimodal.
Estamos convencidos de que nadie elige el momento histórico que le toca vivir, pero si que es responsable de su conciencia crítica, en tanto ésta no preexiste, se hace; y que la única batalla que inexorablemente se pierde es la que se abandona, que en las condiciones más adversas es posible la resistencia y el espíritu de triunfo.
Por eso, como grupo de investigación consideramos significativo cerrar nuestra trabajo con la elevación formal de un proyecto a la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santa Cruz, del pedido de declaratoria de la importancia de conservar y poner en valor los vestigios ferroviarios, para que los hechos y vivencias sigan permaneciendo en la memoria del pueblo: “La memoria, a la que atañe la historia, que a su vez la alimenta, apunta a salvar el pasado sólo para servir el presente y al futuro. Se debe actuar de modo que la memoria colectiva sirva a la liberación, y no a la servidumbre de los hombres.” (1)

La Opinión Austral, 15 de Noviembre de 2002

Proponemos con ello concebir al patrimonio como parte de la política del desarrollo sustentable, lo que significa un desarrollo social y económico a largo plazo que toma en cuenta la limitación de los recursos naturales y sociales y su capacidad de regeneración o no. Además, consideramos que la cuestión de la justicia distributiva, especificando que las necesidades de la sociedad no debe ser satisfechas a costa de las generaciones futuras o de otras regiones. De aquí se deduce que la tarea de la economía y de la sociedad consiste en armonizar el anhelo de bienestar y seguridad de la generación actual con la conservación y el desarrollo de los bienes culturales y naturales.

El patrimonio urbano industrial puesto en valor comienza a ser una extraordinaria oportunidad de desarrollo y un puente hacia el futuro, consolidando en la idea de entender la preservación como un bien social que beneficia a la ciudad y sociedad en su conjunto.

Pero no pasa por una simple declaratoria, sino por la diagramación y ejecución de un plan de manejo que constituya un instrumento de actuación para la regulación del patrimonio. Que garantía, a través de su aplicación, la conservación y el desarrollo sustentable del trazado urbanístico fundacional y de sus conjuntos y de elementos históricos de la nuestra región de acuerdo con las normativas de los ámbitos municipal, provincial, nacional e internacional cuyos contenidos indican dicha finalidad. (Declaración de México, Carta de Venecia, Normas de Quito y la Ley Provincial de Patrimonio).

No estamos dispuestos a abandonar la lucha de construir un país mejor, pero tampoco lo estamos a construir castillos en el aire. Eso le ocurre a las sociedades que no reconocen su pasado. Coherentes con este compromiso, buscamos mantener en la memoria colectiva parte de nuestra historia económica-social desde mediados de siglo XX y las historias de vida que se generaron, haciendo así un pequeño aporte a nuestra identidad regional.

(1)Le Gofft, Jacques, El orden de la memoria, Editorial Paidós,1991.