Desde
el momento en que la especie humana comienza a crear poblaciones estables y
abandonar las costumbres nómadas, la dependencia de los seres humanos de los
suelos productivos empieza a ser mayor.
Los procesos erosivos constituyen un impacto ambiental negativo
porque producen una degradación progresiva del recurso del suelo y, por lo
tanto, una pérdida de fertilidad.
La erosión hace disminuir la biomasa vegetal, con lo que la
protección de los suelos disminuye, y la importancia de la erosión se irá
incrementando progresivamente. Con el paso del tiempo, los suelos se hacen
improductivos y desaparece la mayor parte de ésta.
La intervención humana puede hacer que la velocidad del proceso
de erosión se vea excesivamente incrementada, capaz de superar incluso a los
propios agentes naturales.
La roturación y la puesta en marcha del cultivo suponen una
alteración del equilibrio natural, porque al eliminar la vegetación,
la superficie queda desprotegida; además, recibe menos aportes de materia
orgánica y se incrementa la mineralización del suelo como consecuencia del
laboreo.
La aceleración del proceso erosivo por la acción humana se
produce por la destrucción de la cubierta vegetal natural, mediante
prácticas de laboreo, deforestación, abandono de suelos, o cualquier otra
que favorezca el ataque o el transporte de suelo por el agua o el viento. La
tasa de erosión puede incluso multiplicarse.