eyendas

El folklore literario es muy rico y variado, haciéndose presente a través de leyendas de creencia, cuentos, refranes, relaciones, etc

 

a Virgen del Luján

 

Se cumple este 8 de mayo tres siglos y medio del fausto acontecimiento. Han pasado más de 350 años de aquella mañana en que la Virgen dispuso quedarse en Luján y la gente es fiel “porque la tradición es mas fuerte que el olvido”

            

 

 ¿Cómo fue aquello?.  

Se cuenta que en el año 1630, un portugués radicado en Sumampa, 

provincia de Santiago del Estero, escribió a un compatriota que vivía en Brasil, 

le enviara una imagen de la Virgen para que sea venerada por la gente 

del pueblo, para lo cual ya estaba haciendo una capilla. 

 

 

El amigo solícito, no tardó en conseguir dos imágenes bellísimas, encajonarlas 

y enviarlas a Buenos Aires, juntamente con el esclavo, el negrito Manuel 

para que las cuidara en todo el trayecto, enviaba dos, por si una se deterioraba, 

el camino era largo y accidentado. Llegaron al puerto de Buenos Aires 

y de allí tenían que seguir viaje en carreta hacia el interior del país.  

 

A los tres días de emprender la marcha en carreta llegaron a la Cañada 

de la Cruz (a 5 leguas de Luján). Se detuvieron para descansar 

y pernoctar esa noche en la casa de don Rosendo de Oromas.  

            

Al otro día, bien temprano se pusieron en movimiento. Uncieron los bueyes, 

y ya todo listo, quisieron emprender la marcha y la carreta que 

llevaba las imágenes ni se movió. Los bueyes tensaban 

el cuerpo en el esfuerzo y los peones ayudaban empujando de atrás, 

sin embargo la carreta seguía en el mismo sitio.  

             

Bajaron uno de los cajones que el negrito Manuel abrió y se hallaron 

frente a la imagen de la Virgen una estatuilla de 58 cm. de altura, 

cuyo peso no podía influir en lo que había ocurrido, 

pero lo cierto era que al bajar el cajón, 

la carreta comenzó a rodar sin ningún esfuerzo.  

            

Todos se miraron sorprendidos e interpretaron que los deseos 

de Dios eran de que esa imagen quedara allí.  

            

Después de muchos cambios que la historia registró, la imagen 

fue llevada y colocada en la basílica de Luján, 

a cual se inauguro en 1910, y se declaro a la Virgen de Luján 

patrona de la Argentina.  

 

iedra movediza de Tandil 

Era en el principio de los tiempos. El sol y la luna eran marido y mujer: 

dos dioses gigantes, buenos y generosos.  

 

El sol era el dueño de todo el calor y la fuerza del mundo, tanto era 

su  poder que  con solo extender los brazos la tierra se inundaba 

de luz y de sus dedos brotaba el calor a raudales. 

Era el dueño absoluto de la vida y de la muerte.  

 

 

Ella, la luna, era blanca y hermosa. Dueña de la sabiduría, 

el silencio, la paz y la dulzura. Ante su presencia todo se aquietaba.  

Andando por la tierra crearon la llanura: una inmensa extensión que 

cubrieron de pastos y de flores para hacerla más bella.  

 

Luego crearon las lagunas donde el sol y la luna se bañaban después 

de sus largos paseos. Pero los dioses se cansaron de estar solos: 

y poblaron de peces las aguas y de otros animales la tierra. 

¡Qué felices eran viéndolos saltar y correr por su dominio!

Satisfechos de su obra decidieron regresar al cielo. Entonces 

pensaron que alguien debía cuidar esos preciosos campos 

y crearon a sus hijos, los hombres.  

 

Muy tristes se pusieron los hombres cuando supieron que sus amados 

padres los dejarían. Entonces el sol les dijo: Nada debéis temer, 

yo iluminaré las sombras de la noche y velaré vuestro descanso. 

Así pasaron los días y las noches.  

 

Era el tiempo feliz. Los indios se sentían protegidos y les bastaba 

con mirar al cielo para saber que ellos estaban siempre allí 

enviándoles sus maravillosos dones. 

Y les ofrecían sus cantos y sus danzas.  

 

Un día vieron que el sol empezaba a palidecer cada vez más, más  y más...

¿qué pasaba? ¿Qué cosa tan extraña hacía que su sonriente 

rostro dejara de sonreír?.  

 

Algo terrible que no podían explicarse, estaba sucediendo. 

Pronto se dieron cuenta que un gigantesco puma alado, acosaba 

por la inmensidad de los cielos al bondadoso sol y el dios 

se debatía entre los zarpazos del terrible animal que quería destruirlo.  

 

Los indios no lo pensaron más y se prepararon para defenderlo. 

Los más valientes y hábiles guerreros se reunieron 

y empezaron a arrojar sus flechas al intruso que se atrevía a molestar al sol.  

 

Una, dos, miles y miles, de flechas fueron arrojadas, pero no lograban 

destruir al puma, que por el contrario, cada vez se ponía más furioso.  

 

Por fin uno dio en el blanco del animal, cayó atravesado por la flecha que 

entraba por el vientre y salía por el lomo. Sí, cayó pero no muerto y allí 

estaba extendido y rugiendo, estremeciendo la tierra con sus rugidos.  

 

Tan enorme era que nadie se atrevía a acercarse y lo miraban asustados 

desde lejos. En tanto el sol se fue ocultando poco a poco, 

había recobrado su aspecto risueño. Los indios le miraban complacidos 

y él les acariciaba los rostros con la punta de sus tibios dedos.  

 

El cielo se tiñó de rojo...se fue poniendo violeta ... y poco a poco l

legaron las sombras. Entonces salió la luna. Vio al puma allá abajo, 

tendido y rugiendo.  

 

Compadecida quiso acabar con su agonía y empezó a arrojarle piedras 

para ultimarlo. Tantas y tan enormes que se fueron amontonando 

sobre el cuerpo hasta cubrirlo totalmente; sobre la llanura formando 

una sierra: la sierra de Tandil.  

 

La última piedra que arrojó cayó sobre la punta de la flecha, que todavía 

asomaba y allí se quedó clavada.  

 

Allí quedó enterrado, también, para siempre, el espíritu del mal, 

que según los indios no podía salir.  

 

Pero cuando el sol paseaba por los cielos se estremecía de rabia siempre 

con el deseo de atacarlo otra vez. Al moverse hacía oscilar la piedra 

suspendida en la punta de la flecha.