El tabaco es una planta dicotiledónea que pertenece a la familia de las Solanáceas (igual que la papa) y que se la conoce científicamente como Nicotiana tabacum.  Recibe este nombre en honor a Hean Nicot de Villemain, el primero que descubrió algunos efectos terapéuticos de la planta (La historia cuenta que envió una muestra de la planta recomendándosela como curativa a la regente de Francia en 1560 para que calmara sus fuertes dolores de cabeza).

      La Nicotiana tabacum es tan vital que si se la corta mientras está creciendo, vuelve a brotar. En nuestro país se la cultiva como planta anual  pero en los países tropicales su ciclo de vida dura varios años.

 

Como toda planta presenta las siguientes partes:

Hojas: lanceoladas, alternas, sentadas o pecioladas.

Flores: hermafroditas, casi siempre regulares.

Corola: en forma de tubo engrosado, pentalobulada.

Raíces: Suelen penetrar el suelo profundamente pero los pelos absorbentes se encuentran siempre en el horizonte más fértil.

Fruto: Cápsula con dos valvas que se abren en el extremo superior..

Semillas: Se presentan en grandes cantidades, son  pequeñas y con tegumento sinuoso.

 

 

   

 

      La mayor concentración de sustancias químicas nocivas se encuentra en sus hojas.

        La más importante es la nicotina. Un alcaloide toxico que actúa por contacto cuando está muy concentrada, destruyendo diversas especies de insectos. A fines del siglo XVIII se aconsejaba su uso, realizando con sus hojas una infusión con la que se fumigaban las plantas.

        La nicotina también es responsable de los efectos narcóticos y ligeramente sedantes que tiene el tabaco ya que es un alcaloide sin oxígeno, líquido de consistencia oleosa, incoloro que al contacto con el aire toma color amarillo y luego de algún tiempo pardo oscuro. Desprende vapores de cierta acidez y se disuelve con facilidad en agua o alcohol.