VIDA EN EL FORTÍN

Cómo se vivía en un fortín...

A fines de 1800, sólo una parte de nuestro país estaba ocupada por el hombre blanco. El sur era un territorio tan enorme e inexplorado que se conocía como desierto.
Pero el límite entre la civilización y el desierto era confuso.
Para proteger a las poblaciones fronterizas de los malones se instaló una línea de fuertes o fortines que se extendía desde el mar hasta la cordillera.

Quiénes iban a la frontera

En aquella época el ejército argentino empezaba a ser profesional, no tenía ni hombres ni equipos suficientes. Se usaban los uniformes que habían sobrado de la guerra de Secesión norteamericana. Como faltaban soldados, se obligaba a los gauchos a incorporase al ejército y a trabajar en el fortín. Se los reclutaba violentamente con cualquier pretexto. Por lo general, los paisanos tenían que abandonar su rancho y su familia y, si alguno se rebelaba o desertaba, era castigado muy duramente.

La vida cotidiana

En el desierto vivían numerosas tribus como los pampas (Tandil y Sierra de la Ventana), los ranqueles (en la región central de la pampa seca), los pehuenches (en la zona del río Neuquén y al sur de la cordillera) y los voroganos (en el sur de Buenos Aires).
Vivir en la frontera no era nada fácil, el hambre era un enemigo más peligroso que el indio. Con frecuencia las provisiones se acababan y había que ingeniárselas: cazar mulitas, avestruces y cuises, comer caballos o los pocos yuyos duros que se encontraran en la pampa y hasta hervir las cinchas de cuero para meter en el puchero.
Además, las enormes distancias entorpecían las comunicaciones y, si se necesitaban refuerzos o armas... había que esperar.
A medida que se fueron incorporando adelantos, como el ferrocarril, el telégrafo y armas nuevas como los fusiles Remigton a repetición, la situación comenzó a cambiar.

Reclutas femeninas

A veces los milicianos podían llevar a su familia al fortín. Las mujeres compartieron trabajo y peligros y pelearon a la par de los hombres. En una oportunidad, mientras esperaban refuerzos, los pocos soldados del fuerte General Paz quedaron a cargo de mamá Carmen, una negra que llegó a sargento y hacía guardia en el mangrullo.
Durante un malón, en el fortín Guaminí, el oficial les dijo: Muchachas, rodeen la caballada y no permitan que los indios nos la quiten... Faldas abajo y a ponerse el uniforme.