CONQUISTA DEL DESIERTO

Durante el siglo XVIII, los araucanos- ya consolidado el proceso de araucanización- se concentraron en fuertes cacicazgos. Entre la Cordillera de los Andes, el río Diamante por el norte, el Limay por el sur, y el Salado por el este se situaron los pehuelches, comandados por jefes como Reuque Curá y Feliciano Purrán.
Desde el Salado hacia el este, ocupando el sur de San Luis, Córdoba y parte de Santa Fe, este de La Pampa y oeste de Buenos Aires, con centro en la denominada región del Monte, se esparcieron los ranqueles, cuyos caciques más importantes fueron Llanquetruz, Painé y Mariano Rosas.
Al sur de la Región del Monte, en las Salinas Grandes, y ocupando gran parte de la Pampa

 húmeda entre las actuales provincias de Buenos Aires y La Pampa, se hallaba la dinastía de los Curá – los salineros- , con renombrados caciques cuya sola pronunciación transmitía una mezcla de respeto y terror, ellos fueron Calfucurá y su hijo Namuncurá.  Al este de los ranqueles y al noreste de los salineros, el la zona de Trenque Lauquen, se encontraban los indios liderados por Pincén. En los campos de Tandil se asentaban las aguerridas huestes de Catriel y Coliqueo. Finalmente, entre el Neuquen y Río Negro, en la Región de las Manzanas, se asentaba otro grupo de araucanos dentro de los cuales se hallaban guénaquen y tehuelches araucanizado; su cacique más importante fue Shaihueque.

 

Pero en el siglo XIX se produjo un gran fenómeno de nuevos agrupamientos, en donde las tribus mantenían su independencia aunque uniéndose a los efectos de un objetivo común. Así se fomalizaron dos importantes confederaciones de aborígenes: una, era liderada por el cacique Calfucurá, quien tenía antepasados pehuenches, y había llevado una buena relación durantes las gobernaciones del brigadier general Juan Manuel de Rosas: pero falleció éste, volvió a "malonear" la frontera. La otra gran unidad la componían los ranqueles.
En las primeras décadas de ese siglo se habían producido algunos intentos por incorporar las tierras de la región pampeana a la nueva nación, como los ocurridos con los gobernadores Martín Rodríguez (1823) y Juan Manuel de Rosas (1833).

Los gobiernos porteños trataron infructuosamente de mantener su frontera mediante la política de establecimiento de fortines y tratados por los cuales se otorgaban beneficios alos aborígenes-yerba, tabaco, azúcar, harina, jabón, ganado, bebidas alcohólicas, etc.-a cambio de que éstos se mantuvieran en paz.

Pero en la segunda mitad del siglo xix, una nueva inserción de la Argentina en la economía mundial dio paso relevante a ciertos elementos-materias primas-cuyos procesos productivos fueron captados por las clases adineradas. Así, comenzó a tener importancia el ganado ovino para abastecer la cada vez mayor producción textil europea, y el ganado vacuno dada la aparición de los barcos frigoríficos que podían trasladar dicha carne hacia diferentes puntos del mundo con cierto grado de eficiencia. De esta manera, surgió como prioritaria, para las presencias de turno, la necesidad de acopiar el mayor número de hectáreas posibles, para así también hacer desaparecer las fronteras in trenas de un país que ya se había dado su Constitución en 1.853.

A partir de la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento(1.868-1.874), el ejército de línea inició una tarea de modernización de su equipo militar, y uno de los cambios fundamentales fue la adquisición del fusil de retrocarga Remington y del revólver, en sustitución de los fusiles y las carabinas de chispa.

En la siguiente presidencia, la de Nicolás Avellaneda(1874-1880), el llamado problema del indio comenzó a finiquitarse. Su primer ministro de Guerra Adolfo Alsina, inició su plan de avanzar la línea de frontera tomando y asentando fuertes y fortines en los lugares claves, a partir de los cuales se levantarían poblaciones. Esta nueva línea de fronteras se comunicaría con Buenos Aires mediante el telégrafo y estaría ayudada en su defensa por un gran foso de dos metros de profundidad para dificultar los malones, particularmente el arrío de ganado hacia sus bases. Entre 1876-1877 quedó establecida una nueva frontera con nuevos fuertes erigidos en Trenque Lauquen, Guaminí, Carhué y Puán.

Para el joven general Julio Argentino Roca esta política para con el indio no le parecía adecuada. Su proposición consistía en localizar a los aborígenes en sus tolderías e iniciar una guerra ofensiva continuada y sistemática. A fines de 1877 moría Alsina y Roca ocupaba su puesto, poniendo en marcha en su plan. Una primera campaña se llevó a cabo en 1878 y la segunda al año siguiente.

En Julio de 1879 todo había terminado. Muchos aborígenes lograron huir hacia la Patagonia, y otros tantos lograron cruzarla. 14000 aborígenes fueron capturados, transladándolos a la fundación de alejadas colonias, incorporándolos a la M arina de guerra, tomándolos como sirvientes, destinándolos como trabajadores forzados a la Isla Martín García, a donde fueron a parar unos 800 ranqueles para picar adoquines para las calles de Buenos Aires. Por cierto, nada sabemos de la cantidad de indios que murieron en combate, fusilados, o muertos de hambre, o por alguna enfermedad mortal ( cólera, fiebre amarilla o viruela).

Los pocos que sobrevivieron, iniciaron una etapa nada feliz: la marginación. Y con ella comenzó no sólo su desaparición física, sino también su desaparición cultural.