
| Literatura y el infinito | |
El
infinito ha sido discutido desde varias ciencias tales como las matemáticas y
el arte. La Literatura es una de ellas. Entre los que exploraron “el infinito mundo del infinito”, se destacan Zenón de Elea, con
sus complicadas paradojas, y Jorge Luis Borges, en libros como “El Aleph”.
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Zenón
nació en Elea (hoy Italia) alrededor del 490 a.C. y murió allí alrededor del
425 a.C. Muy poco se sabe de su vida. Zenón ha pasado a la historia por sus
grandes planteos filosóficos, las paradojas. Éstas se basaban en las
dificultades derivadas del análisis de las magnitudes continuas. Probablemente
la más conocida sea la de “Aquiles y la tortuga”.
Cuando Zenón de Elea echó a correr al gran campeón de la vieja Grecia tras
aquel quelonio patizambo puso en marcha la paradoja más universal e
irreductible de las posibles paradojas. El nudo de todos los nudos. Y centenares
de sesudas mentes, a lo largo y ancho de los mapas y los tiempos quisieron desde
entonces convertir al pobre Aquiles, maltrecho en su orgullo olímpico, en
vencedor de una carrera perdida. Inútil. Zenón era listo. Terriblemente sagaz.
Las reglas del juego, con lógica aplastante y pertinaz, no dejaban opción:
aquella tortuga tenía que ganar, y ganaría. Contra la opinión generalizada de
que toda paradoja debía ocultar cierta estratagema por alguna parte, Zenón
propuso un juego de manos sin trampa ni cartón. Aquiles, quien corre 10 veces más
rápido que la tortuga le da 10 metros de ventaja a ésta. Cuando Aquiles
corre esos 10 metros la tortuga a recorrido 1/10 de los 10 metros, es decir, un
metro. Aquiles recorre ese metro y la tortuga 1 decímetro. Aquiles recorre ese
decímetro y la tortuga un centímetro. Aquiles corre ese centímetro y la
tortuga un milímetro y así indefinidamente...

La
irreductibilidad de la paradoja –los grandes pensadores que argumentaban una
imposibilidad física contra el resultado final de la competición no supieron
comprenderlo- reside en su modo argumental.
Zenón
también supone que si algo no tiene magnitud no puede existir, como lo
demuestra en otra de sus paradojas, la de la DICOTOMÍA.
En ella se niega el movimiento: no hay movimiento porque para que algo recorra
un espacio, debe primero llegar a la mitad (1/2), después a los 3/4, después a
los 7/8, después a los 15/16, después a los 31/32 y así indefinidamente. Según
esta paradoja nunca alcanzaríamos el final. Se podría decir de forma más
simple que para llegar al final debemos llegar a la mitad, pero para llegar a la
mitad debemos llegar a la mitad de la mitad, pero antes debemos llegar a la
mitad de la mitad de la mitad, y antes, a la mitad de la mitad de la mitad, y así
indefinidamente. En otras palabras, ¿para qué moverse si igual no vamos a
llegar a ningún lado?
Algo
parecido ocurre con las sumas infinitas:
1/2
+ 1/4 + 1/8 + 1/16 + ... tiende a 1 pero nunca lo alcanza.
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Las
paradojas de Zenón influyeron negativamente en el desarrollo del concepto de
infinitesimales, pero son los primeros antecedentes del razonamiento
infinitesimal. Por
su parte, Borges también da uso al infinito.
El famoso escritor argentino nacido en 1899, escribió sobre el tema en sus
cuentos “El Aleph” y “El jardín de los senderos que se bifurcan” entre
otros.
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"Oh Dios! Podría estar atrapado en una cáscara de nuez, y tenerme en cuenta como rey del espacio infinito." Hamlet, II, 2 ( O God! I could be bounded in a nutshell, and count myself a King on infinite space) |
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"Pero
nos enseñarán que la Eternidad se mantiene en el Tiempo Presente, un Nuncstans
(como lo llaman en las escuelas); que ni ellos, ni cualquier otro entiende, no más
de lo que Hic stans entendería por
una grandeza de Espacio Infinito." Leviathan, IV, 46 (But they will
teach us that Eternity is the Standig still of the Present Time, a Nuncstans (as
the schools call it); which neither they, nor any else understand, no more than
they would a Hic stans for an Infinite greatness os Place.) |
E
"En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera
tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego
comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos
espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros,
pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la
luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía
desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde,
vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una
negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos
inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del
planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas
baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi
racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos
ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que
no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de
pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol,
vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio,
la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo
solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y
perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi
un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala,
vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo
entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin
arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de
una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi
en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de
unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes,
marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un
astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar)
cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos
Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo
que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia
sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph,
desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi
tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto
secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre
ha mirado: el inconcebible universo."
Ese Aleph que Borges encuentra en la calle Garay llega a enloquecer y a matar a la persona que tiene el privilegio de verlo. Es un pequeño espejo, una esfera a través de la cual percibimos ese infinito del que no podemos dar cuenta mediante un elemento finito como el lenguaje. El descenso al sótano es entonces algo tan siniestro y extraordinario como insoportable, pues el incesante pasar de las imágenes y la percepción simultánea de diversas dimensiones del universo sobrepasa la humana condición.
Se podría pensar hoy en día en Internet como el Aleph que Borges encuentra en aquel sótano.
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"El jardín de los senderos que se bifurcan es una enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el tiempo; esa causa recóndita le prohíbe la mención de su nombre. Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrasis evidentes, es quizá el modo más enfático de indicarla.” (Borges)
Borges se refiere a su cuento como a una metáfora
inepta:
Las
palabras
no son más
que cárceles
del pensamiento.
Las
palabras
no son más
que cárceles.
Las
palabras
no son más.
Las
palabras.
“El jardín ... es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts'ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, [Ts'ui Pên] no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan, o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades.”
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No
habrá nunca una puerta. Estás adentro
Y
el alcázar abarca el universo
Y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
Que tercamente se bifurca en otro,
Que tercamente se bifurca en otro,
Tendrá fin. Es de hierro tu destino
Como tu juez. No aguardes la embestida
Del toro que es un hombre y cuya extraña
Forma plural da horror a la maraña
De interminable
piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
En el negro crepúsculo la fiera.
Borges,
«Elogio de la sombra», Obras Completas,
Buenos Aires, Emecé, 1989, vol. II, pág. 364.
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Borges,
al final de su cuento "La Muerte y la Brújula", menciona un laberinto
en línea recta, infinito (en Argentina diríamos un laberinto para gallegos).
Este laberinto es una variante de una de las paradojas de Zenón, la de dicotomía.
Aunque Borges fue uno de los que más se destacó en referirse al infinito en
sus cuentos, no fue el único. Salvador Elizondo, escritor mexicano, lo hace en
un texto de “La Tía Julia y el Escribidor”:
“Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.”
Lo
fascinante de este texto es que puede tender al infinito no sólo en una
dirección (que es la del escritor que se ve escribir que escribe y que escribe
lo que se ve escribir...) sino también el otro infinito que es lo imaginario
(aunque, ¿qué parte de aquí podría llamarse no imaginaria?), aquella donde
dice que “puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me
imaginaria...” no es redundante, es un infinito (por lo menos en dos
direcciones) de actos de escrituras. Como dos espejos colocados uno frente al
otro. Esto también se podría ver imaginando una nena leyendo un libro, que en
su tapa tiene a la misma nena leyendo ese libro, y la tapa de ese libro tiene a
la nena leyendo el libro, y la tapa de ese libro tiene a la nena con el libro, y
así infinitamente.
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Una
tautología es una definición que se contiene a sí misma, pero sin aportar
información. De hecho nuestro título,
El infinito mundo del infinito, es un título
fractal tautológico. Otra, muy común,
es “El fútbol es el fútbol”.
Se
puede objetar que este tipo de historias no tienen naturaleza fractal en su
estructura, pero muchas veces sí existe en su significado. O dicho de otro
modo: muchos significados sólo son expresables mediante este recurso.
Uno
de los ejemplos más rotundos figura en la novela Galápagos de Kurt Vonnegut Jr.
Este libro tiene como tema central la teoría darwiniana de la evolución y
contiene un poema que el autor atribuye a un niño conocido por uno de los
protagonistas de la novela. Se supone el diálogo entre dos gaviotas de las
Islas Galápagos...
«Por
supuesto que te quiero:
Tengamos un hijo
Que haga y diga
Lo mismo que nosotros».
Este
párrafo se repite varias veces, dando a entender que es infinito. Su contenido
refleja a la perfección que en la Naturaleza, lo único duradero no son los
objetos o los seres, sino aquellas acciones que son un fin en sí mismas, en
los que cada fin suponen un nuevo comienzo. Por otra parte, aunque las frases
sean idénticas, está claro que el significado es recursivo: quien las
pronuncia cambia de un párrafo a otro.
Las
cajas chinas son aquellas que se encajan unas dentro de otras... también son un
recurso bastante utilizado, sobre todo en obras experimentales.
Llevando
el anterior recurso al extremo, podemos encontrar textos cíclicos que se
encajan unos dentro de otros como cajas chinas (obviando la
lectura-dentro-de-la-propia-lectura)
Por
ejemplo:
«Ella
sabía que yo lo sabía.
Yo sabía que ella sabía que yo lo sabía.
Ella sabía que yo sabía que ella sabía que yo lo sabía.
Yo sabía que ella sabía que yo sabía que ella sabía que yo lo sabía...»
Llegado
a este punto el personaje parecía morirse de asco. Quizás el autor no era
consciente, pero creó un fractal literario perfecto.
Otro
ejemplo está tomado de la cultura popular. En Asturias (no sé si en otros
lugares) es muy típico el Cuento de la Buena Pipa; todo niño de la región
tuvo que soportarlo. No es en realidad una obra literaria, sino un diálogo,
casi una meta-obra orgánica que se construye sobre la marcha. La historia como
tal no se transmite; se transmite el método. El método es la historia. A
continuación, un posible Cuento de la Buena Pipa:
«Abuelo:
¿Quieres que te cuente el Cuento de la Buena Pipa?
Nieto: Sí
Abuelo: No, no me digas que sí, dime si quieres que te cuente el Cuento de la
Buena Pipa.
Nieto (fastidiado): Cuéntamelo.
Abuelo: ¿Que te cuente qué? No, te pregunto si quieres que te cuente el Cuento
de la Buena Pipa.
Nieto (harto): ¿Me vas a contar el Cuento de la Buena Pipa o no?
Abuelo: No, te voy a contar el Cuento de la Buena Pipa. ¿Quieres que cuente el
Cuento de la Buena Pipa?»
(...ad nauseam)
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En nuestro grupo del Colegio hay grandes escritores. Bajo la propuesta de escribir una historia donde el infinito estuviera presente, surgieron tres cuentos interesantes:
Era
una ciudad con grandes edificios y largas calles iluminadas con enormes y altos
faroles. En ella había amplias plazas llenas de árboles y de gente que
caminaba a su alrededor. Todas las calles, te llevaban a la avenida principal, y
a su vez esta, te llevaba a todas esas calles donde había grandes edificios y
estaban iluminadas con enormes y altos faroles, en ellas se podían apreciar
amplias plazas llenas de árboles y de gente que caminaba a su alrededor...
La familia García, había decido ir a acampar a las afueras de la
ciudad, todos muy felices, empacaron el equipaje, se subieron al auto, y
salieron rumbo a su destino. Pasaban los segundos, minutos, horas, días,
semanas, pero la familia García, no podía llegar a el lugar deseado, siempre
se encontraban en una ciudad con grandes edificios y largas calles iluminadas
con enormes y altos faroles. Donde también había amplias plazas llenas de árboles
y de gente que caminaba a su alrededor. Todas las calles, te llevaban a la
avenida principal, y a su vez esta, te llevaba a todas esas calles donde había
grandes edificios y estaban iluminadas con enormes y altos faroles, en ellas se
podían apreciar amplias plazas llenas de árboles y de gente que caminaba a su
alrededor...
Intentaron
de mil maneras llegar a las afueras de la ciudad, pero fueran por donde fueran,
siempre se encontraban en la misma ciudad con grandes edificios y largas calles
iluminadas con enormes y altos faroles. En ella había amplias plazas llenas de
árboles y de gente que caminaba a su alrededor. Todas las calles, te llevaban a
la avenida principal, y a su vez esta, te llevaba a todas esas calles donde había
grandes edificios y estaban iluminadas con enormes y altos faroles, en ellas se
podían apreciar amplias plazas llenas de árboles y de gente que caminaba a su
alrededor...
Después de mucho andar, decidieron volverse a su casa, que quedaba en
una ciudad con grandes edificios y largas calles iluminadas con enormes y altos
faroles. En ella había amplias plazas llenas de árboles y de gente que
caminaba a su alrededor. Todas las calles, te llevaban a la avenida principal, y
a su vez esta, te llevaba a todas esas calles donde había grandes edificios y
estaban iluminadas con enormes y altos faroles, en ellas se podían apreciar
amplias plazas llenas de árboles y de gente que caminaba a su alrededor...
Por:
M. Belén Chaud, M. Celeste Sólimo y M. Agustina Massa
Prepararon
los equipos y el sistema, y me insertaron en la cámara de irradiación. Conteo
de 5,4,3,2,1,... cerré mis ojos mientras sentía la poderosa energía correr
por mi cuerpo. Abrí mis ojos, nada había ocurrido. Abrieron las compuertas
1,2,3,4,5,... sentí un escalofrío, todo mi cuerpo vibraba; había comenzado.
Me apresuré a salir, y antes, de pisar afuera ya había crecido unos 10 centímetros
e iba en aumento. Todos contemplaban atónitos; esperaban resultados más
lentos. 570 científicos internacionales y ni uno que supiera que hacer. No
esperé más, corrí hacia el muro lateral del laboratorio y lo derribe de un
empellón. Ya tenía 100 veces mi tamaño para cuando crucé la calle, y
aumentaba cada vez más rápido, pronto superé el cielo y dejé atrás la
tierra.
Comencé
a sentirme mareado, y tuve una visión. Nuestro gran sistema solar se asemejaba
mucho a una pequeña imagen del interior de un átomo, que había visto de pequeño.
Y pronto comprobé cuan elocuente era esa visión. De repente la oscuridad del
espacio vacío se fue alternando con materias indescriptibles que pasaron a ser
montañas, luego piedras gigantes, y luego granos de arena en una playa de un
mundo incomprensiblemente similar al mío, pero con criaturas inexplicablemente
diferentes, que quedaron atrás, junto con su sistema solar. Y entonces comprendí
nuestra infinita insignificancia frente a un universo continuamente repetible; y
me puse a pensar, si seguiría creciendo así hasta que se me acabara el aire o
incluso después,... por siempre.
No
podía mas. Se le caían los parpados en medio de la penumbra de la habitación.
Tenía una sed desesperante. El cuerpo le pedía un descanso. El aire estaba
viciado y hacia calor, tanto que lo sentía hasta en los pelos. Estaba muy
cansado. Para esa hora la silla se sentía muy dura. El aire caliente entraba
por la ventana y hasta la brisa era tibia. No había forma de escaparle al
calor. Y esa sed… le llegaba a los huesos. Pero no. No, no podía parar. No.
No, eso estaba mal. Aunque eran agobiantes la presión, el calor y la sed, esa
sed que lo perseguía.
Estaba perdido entre las letras. Lo único que lo reconfortaba era el
fresco en el blanco de las páginas, los secretos entre las palabras.
… Le gustaba la brisa fresca que a veces entraba por la ventana. De
alguna forma lo tranquilizaba, lo armaba de paciencia. Lo que era bueno, pero
mas que nada necesario. Cuando uno desata nudos de ese calibre, lo primero
requerido es la tranquilidad, la que tenia dentro, fuera
y a su alrededor. Era increíble la quietud del cuarto. Todo en su lugar
y meticulosamente ordenado, debía ser así para llevar a cabo tal investigación.
Sus anotaciones eran perfectas y las pistas más que precisas. Solo faltaba eso.
El mapa; la llave que abriría la puerta de las respuestas y le traería, al
fin, verdadera calma. Lo consideraba bajo y lamentable, pero tendría que pedir
ayuda. Y mientras seguía tratando de evitarlo, trabajando en sus notas, eso
llamaba silenciosamente a gritos. Estaba ahí en el estante de la biblioteca,
tentándolo. Y el no lo iba a abrir, pero el llamado fue mas fuerte, la 128 lo
tenia anonadado como a un chico.
… así que lo agarro y fue para allá. Era increíble como lo atrapaba
la magia del lugar. Se le iban los ojos para todos lados. Todo era único y
especial. Y mientras miraba a la gente pasar, se sintió como no lo había hecho
en mucho tiempo. Estaba bien. Por primera vez en años, estaba bien.
Sentado en el banco, vio la genialidad de todas esas cosas y pudo aceptar
su complejidad sin perder la serenidad. Ahora si podía aceptarlo sin sentir la
abrumadora necesidad de resolverlo. Entonces, cuando se sintió por fin listo,
lo saco de su bolsillo. Mágico, esa era la palabra justa. Tenía ahí, en
frente, un misterio por descubrir, algo que no conocía; un mundo y una vida que
no eran suyos. Y mientras la música no sonaba sino en su cabeza, se dedico a
disfrutar.
… Qué se yo, era raro verla ahí. Por lo menos a el le pareció raro.
Pero le gusto; tenia ganas de verla. Eran especiales pero lo más especial era
lo que tenían entre ellos. Así que cuando ella se acerco, a el le brillaron
los ojos. Si, fue extraño, pero las palabras que cruzaron fueron las más
tranquilizadoras. Al menos para ellos, en ese momento. Y fue ella quien lo
invito a pasar un rato en silencio para poder escuchar sus pensamientos y mas
tarde proponerle pasar algunas páginas.
por
Tatiana Pérez Veiga,
Martina Piñeyrúa y Eugenia Espona.
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