
A 3900 metros de altura, a 148 kilómetros de Humahuaca y en medio de la nada se encuentra Casabindo. Allí, bien pegada a la iglesia se encuentra una plaza muy particular que se transforma en centro de los festejos.
Rodeada por una pared, todos los 15 de agosto se tran La fiesta comienza con una procesión encabezada por la banda de música. Detrás vienen los samilantes (cuerpo de bailarines con plumas de avestruz y cascabeles en sus rodillas), las cuartetas (mujeres de edad con cuartos de cordero) y, finalmente, tres niños: dos de ellos imitan a caballos y simulan una constante persecución al tercero que lleva en su cabeza una especie de muñeco en forma de toro.
Todo está listo. Después del almuerzo, comienzan las corridas. forma en una plaza de toros. En esta particular corrida, los bravos vacunos no mueren. La misión de los toreros es quitarles una vincha de terciopelo, tapizada con monedas antiguas, que los animales llevan en su frente. Los improvisados valientes de Casabindo y pueblos cercanos, algunos con ropas de color especialmente diseñadas y otros con sus indumentarias de todos los días, azuzan a las "bestias" haciendo ondear las infaltables capas rojas. Los habituales tropiezos divierten a la concurrencia. Las pantomimas de los hombres para atraer la atención del toro son casi payasescas.
El show alcanza picos máximos de alegría, encendiéndose con bombas de estruendo que también cumplen la función de acelerar las pulsaciones de las mansas fieras que se irritan un tanto.
Una vez que todos los participantes se dieron el gusto de pisar el ruedo, será el momento de entregar los premios a los vencedores quienes caminan entre el público recibiendo aplausos como muestras a su valentía y destreza. El resto, deberá esperar hasta el próximo 15 de agosto en busca de revancha.
