Su piel estaba fría, era la última noche y el sonido del péndulo de aquél antiguo reloj marcaban las doce... Sus manos tibias recorrían su cuerpo, la tomó y la besó, sus labios secos no advertían su presencia y su cuerpo percudido le reclamaba al roce de sus manos el tiempo de ausencia. Minuto a minuto ese tiempo estaba controlado por el anfitrión de la casa, el antiguo reloj, el único testigo del tiempo de sufrimiento. Era otoño y hacía frío y lloviznaba sobre la ciudad. Quizás volvería otro otoño, pero ¿por qué dejar pasar el tiempo?... Las hojas de los árboles ya no serían las mismas y el viento no soplaría de la misma forma. Sus suplicas no eran suficientes y entonces él decidió partir. Ella caminaba sin dejar huellas en sus pasos empapada por la lluvia de otoño... pero sus ansias por seguir viviendo la condujeron a ir en busca de los primeros ladrillos, esos que en un futuro construirían sus sueños, armar un castillo donde el tiempo se detuviera. Cuando ella lo deseara y poder transformar su antiguo reloj en una maquina de tiempo y por a sí retroceder sus agujas para cambiar la historia. Ese era su sueño, poseer de ese imperio tan anhelado. Por la mañana despertó y calzó sus zapatitos vistiéndose de primavera, sus ojos simulaban otra estación y lo prometió a la luna conseguir esos ladrillos. Por la mañana siguiente un vacío enorme la inundó y su castillo de ilusiones sintió derrumbarse. El tiempo la volvía a perseguir, decidió partir y se dirigió a la histórica tienda de los relojes a visitar a su amiga, el viejo ermitaño y el dueño de la tienda. Él la miró a los ojos y en un instante pudo tener su alma. Cayó la noche y convivió con la soledad, bailo el vals de las horas que le dedicaron todos los relojes de la tienda y que luego finalmente marcaron la hora de irse, pero antes el ermitaño le dijo que la solución a su problema era que su antiguo reloj debía marcar nuevamente el tiempo de su felicidad. Logré comprenderlo y sin querer sentí engendrar un amor que nunca nació. Salí otra vez en busca de aquellos ladrillos y construí mi castillo, mi imperio tan soñado y lo construí como yo quise. A mi manera con ventanas triangulares y cortinas de hojas de otoño, con muchas puertas invisibles, que solo yo sabía donde se ubicaban, con alfombras de arena y escaleras caracol, con océanos escondidos en cada rincón, con el techo estrellado y la luna de farol, con un jardín repleto de rosas y en el centro del imperio, reservar el lugar del anfitrión, mi antiguo reloj... Silvina Vilaseco – shevi200285@terra.com.ar 3º “polimodal” - 2002