
La Campaña
“Un mes antes,
preparado ya el Ejercito de los Andes para emprender su primera campaña, que
tantas glorias iba a dar a la republica, él general jefe don José de San
Martín, dispuso se procediese con toda solemnidad juramento de las banderas.
La plaza
principal de lo capital de Cuyo fue el sitio señalado poro espléndido acto.
Desde muy temprano, en uno de los días de Diciembre 1816, improvisase un
suntuoso altor inmediato a la puerta lateral de iglesia Matriz, que
correspondía a la misma piaza. Esta fue decorada con trofeos de armas y sus
edificios ostentaban un lujo de colgaduras y banderas más bello efecto. Toda la
ciudad se encontraba así engalanada con colores patrios. Un gentío inmenso
cubría el vasto cuadrado y los avenidas del lugar destinado a esta marcial
ceremonia, nunca vista por esos dieciséis mil o más espectadores. La naturaleza
misma manifiesta risueña, bañado refulgente luz, con una brisa perfumada y
tibia
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o lo ciudad famosa, .......Nido que fue del águila argentino como llamado a
Mendoza nuestro cele! vate Juan Maria Gutiérrez, treinta ,y seis años después,
al dejar uno b, improvisación en el álbum del que esto escribe.
Se había colocado en aquel
altar una precioso imagen de Nuestra Señora del Carmen, que tenia el suyo en el
Convento de Son Francisco, y c que el general San Martín había regalado una
bandera de la patria y un rico bastón de mando que sostenía en la mano derecha,
Patrona del Ejecito los Andes. Allí se encontraba las banderas que iban a
bendecidse, jurarse y repartirse a los
cuerpos y aquella que serviría de enseña al general en jefe en su cuartel
general.
A la hora conveniente, él
ejercita, de gran parada, se puso en marcha desde su campo de instrucción hacia
lo plaza, a los son de cuatro músicos militares que poseían sus cuerpos de
infantería de las bandas de corne1 de la caballería que se presento montada,
así comino el regimiento artillería.
Llegado que hubo a ese sitio,
desplegó su línea cubriendo los cuatro costados de lo plazo y parte de unas de
sus avenidas. Era grandioso, imponente el espectáculo que allí presentaba este
nuevo ejercito de Republica, creado, organizado, disciplinado equipado en poco
mas de un año a impulso de la actividad, de la elevada inteligencia de su
ilustre general en jefe. Veiase en la actitud, en el porte marcial de esos
soldados, el aplomo del veterano, el orgullo, retratado ya en sus rostros, del
guerrero vencedor en cien combates y batallas.

El general San Martín, de gran
uniforme, con su brillante Estado Mayor, se había colocado a lo derecho del
altar. El Capellán Castrense del ejercito, canónigo doctor don Juan Lorenzo
Guilardes, celebro lo misa y bendijo las banderas. Terminada la ceremonia
religiosa, el general en jefe, tomando una de éstas en su diestra y avanzando
hasta las gradas del atrio, presentándose al pueblo y al ejército en esa
actitud digna, marcial, ton esencialmente característico de su gallarda
persona, con voz sonora, vibrante, dirigió a éste último estas memorables
palabras:
¡Soldados! Son
estas las primeras banderas que se bendicen en América. Jurad sostenerlas,
muriendo en su defensa como yo lo juro!
¡Lo juramos!
Respondieron tres mil y más voces, atronando el aire, llevando al entusiasmado
pueblo en esos ecos repercutidos en todos los corazones, nuevo ardor a su amor
a la patria, a su decidido consagración o lo causa de la libertad.
Arrebatadores vivas al héroe, al ejercito, salieron de entre aquella inmensa
concurrencia. Manifestaciones del más puro civismo colmaron las aspiraciones
del general en jefe del ejército a su santa misión de llevar la libertad a
nuestros hermanos allende los Andes. Cada cuerpo del ejército, en seguida,
aproximándose a los gradas del templo, recibía de manos del general en jefe el
estandarte o bandera que le estaba destinada, volviendo luego a su puesto
llevando en alto la insignia de la patria, del honor y lealtad de sus
defensores, en medio de los aclamaciones del pueblo y de las alegrías de todos,
a que se reunían las marciales armonías de las bandas de músico, de tambores y
clarines.
Poco después
el ejército desfiló al frente del general en jefe y de los autoridades,
retirándose a su campamento.
la ciudad
capital de Cuyo se entregó por tres días a solemnizar aquel acto con fiestas y
diversiones públicas. Ya nada faltaba para abrir su campaña al Ejército de los
Andes, en lo que iba a conquistar por su denuedo, por su moral y disciplina,
por sus gloriosos hechos, el título de Grande. En efecto, un mes después se
puso en marcha internándose en las gargantas de esos gigantes montes.))
Damián Hudson
