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Un Viaje Largo


Los tres niños consagrados a la "huaca" recorrieron el camino incaico rumbo al volcán apagado del Llullaillaco, ricamente ataviados con tejidos de vicuña y llama, acompañados de un cortejo de funcionarios y religiosos locales. Como pocas veces lo hacían, los pobladores tomaron la sólida senda que partía de los valles, para ascender hasta las altas cumbres nevadas. Así pudieron ser, o de hecho fueron, las últimas horas de los niños ofrendados a las deidades andinas, las momias que hoy asombran al mundo.

El relato imaginario _fundado en las descripciones de cronistas aborígenes y españoles, y en los últimos estudios científicos_ intenta rescatar aquellos dramáticos pero significativos últimos momentos de los tres seres llamados a viajar a la casa de los ancestros. Los sacerdotes y sus ayudantes iban abriendo la marcha, junto a las llamas que cargaban las cerámicas, la comida y las ofrendas rituales. Detrás venían los campesinos, adultos y jóvenes, cantando y danzando, orgullosos de ser los elegidos por sus deidades para ofrendar a sus hijos más bellos y puros. Al atardecer hicieron un alto en el campamento base, cerca de los cinco mil metros de altura, donde guardaron las llamas en los corrales de piedras. Luego encendieron los fuegos y ofrendaron la coca y la chicha a la Pachamama y a la "huaca" _la montaña sacralizada_ en las apachetas construidas sobre las estructuras de piedra. Al amanecer, el nutrido y orgulloso cortejo partió hacia el Llullaillaco. El progreso de la marcha era lento, no sólo por el enrarecimiento del aire, sino por la fatiga natural provocada por el acarreo de los niños. A la mañana siguiente, los sacerdotes, los funcionarios de rango y los pequeños llegaron hasta la construcción de piedra y paja, casi en la cumbre de la pétrea ama de las alturas, allí donde el cielo besa a la tierra y a los hombres que llegan sin desmayar. Los sacerdotes prepararon las últimas ofrendas de comida, bebida y adornos. Los niños hicieron su última comida ritual y bebieron la chicha sagrada, la misma que tomaba el inca, mezclada con las hierbas narcóticas. Los chicos, atontados por la bebida, la droga y la falta de oxígeno, estarían algo asustados, pero a la vez, se sentían honrados por haber sido elegidos para los dioses. Sus familias y la comunidad que los albergaba en los ayllus los habían preparado para este evento a tanta distancia del ombligo del mundo, el Cuzco, la tierra del inca soberano, el representante de Inti. Para todos ellos sus niños tenían el alto honor de viajar a la casa de los ancestros, serían intermediarios entre la comunidad y lo dioses, y ellos mismos serían divinizados y divinizarían la montaña que para siempre los protegería. Ya estaban adormecidos cuando fueron suavemente colocados en sus últimas moradas terrestres, excavadas anteriormente. El rostro de uno de ellos se dirigía hacia el Norte, donde la "huaca" del Socompa vigilaba el cielo. El otro pequeño miraba hacia el mar, en tanto que el último tenía sus ojos cerrados mirando al Sur, donde vive la muerte. Se los cubrió con las joyas sagradas, y se los envolvió en las finas vestimentas y mantas tejidas por las mujeres del inca, en el Cuzco. Sobre éstas, tejidos más gruesos de lana, hasta cubrirlos totalmente. Alrededor de los pequeños se colocaron los utensilios, adornos y granos para que surcasen el más allá sin sobresaltos. Algunas de las estatuillas, ricamente decoradas, serían sus juguetes cósmicos. Luego, una a una, con cuidado sagrado, fueron cubiertos con la piedras, y finalmente con la nieve. La ceremonia incaica, la capacocha (capac hucha) había terminado. La "huaca" estaba consagrada, con la ofrenda de los niños a Inti y la Pachamama. El significado de la "capac hucha"

Si bien el extraordinario hallazgo de las momias del Llullaillaco puede arrojar nuevas y más ajustadas interpretaciones, puede estimarse, a partir de las provisorias conclusiones de los anteriores descubrimientos, el significado cultural y religioso de los entierros de altura. Para comprender sin prejuicios estas prácticas culturales, es necesario despojarse de los criterios racionalistas de la cultura actual. Para la mentalidad de los pueblos andinos, que demuestra en sus vestigios un gran desarrollo material y espiritual, la muerte ritual formaba parte de su rica cosmovisión andina. La ceremonia se llamaba capacocha (capac hucha), que significaba la muerte ritual de niños menores de doce años, que debían ser "hermosos, puros y sin mancha". La ceremonia era dirigida por los representantes del estado incaico; estos eventos sagrados se llevaban a cabo en ciertas ocasiones, y eran fortuitos o cíclicos. En el primer caso podían deberse a fenómenos naturales como terremotos, erupciones volcánicas, sequías o epidemias. En el segundo, se trataba de las grandes fiestas anuales: "Inti Raymi", cambio del sol en el invierno, o "Capac Raymi", el solsticio de verano en diciembre. De acuerdo a la interpretación que da la historia comparada de las religiones, el fin de estas muertes rituales era el de propiciar el restablecimiento de la armonía del universo y la vida, alterado por alguna causa natural o moral. Las ofrendas humanas eran seres "elegidos" para los dioses, lo que explicaría el rico contexto material con que eran adornados, pues cumplirían el rol de "viajeros al más allá" de alta alcurnia. Desde este punto de vista puede suponerse que, con la ceremonia, la comunidad ofrendaba a uno de los suyos, un ser valioso y puro, para "salvarse" y poder continuar su vida normal en armonía con la naturaleza y los dioses. Esto podía combinarse con razones políticas, por ejemplo cuando un jefe local se integraba de este modo al estado incaico, ofreciendo a su hija al Sol. Históricamente, se estima que estas ceremonias en los santuarios de altura pudieron tener lugar en el Collasuyu (que incluía el Noroeste argentino) durante el dominio del inca Tupac Yupanqui o, más probablemente, de su hijo Huayna Capac, entre 1493 y 1525. El dominio sobre un nuevo territorio debía considerarse como una hazaña del Inca como Hijo del Sol, y ser celebrado mediante una "capac hucha", en los más altas e inaccesibles "huacas" (montañas sacralizadas). Es sumamente probable -lo confirmarán las investigaciones en curso- que algo de esto sucedió con los tres niños hallados, en inmejorables condiciones de momificación, en el Llullaillaco.

Los hallazgos del Llullaillaco fueron exhibidos ayer oficialmente Las momias ya fueron integradas al patrimonio cultural salteño Es, sin dudas, el hallazgo más importante de la arqueología americana en los últimos años. Las tres momias del Llullaillaco -encontradas en un estado de conservación ``único'' en el mundo- fueron presentadas oficialmente ayer en conferencia de prensa que presidieron el propio gobernador Juan Carlos Romero y el jefe del equipo autor del hallazgo, Johan Reinhard.

El encuentro con la conferencia de prensa duró casi dos horas, pero ocurrió que más allá de las palabras, la promesa de presentación de los objetos de los que tanto se había hablado, había generado una expectativa enorme. Los organizadores, por su parte, aprovecharon la presencia de la prensa local y de algunos medios de Buenos Aires, para utilizar parte del ``arsenal'' científico disponible: un video de resumen de tramos de la expedición, exhibición y explicación de las tomografías practicadas a las tres momias, entrega de textos explicativos y fotografías, cedidas por la National Geographic Society, entidad que solventó a Reinhard y a su equipo. No era para menos. Lo hallado permitirá saber de dónde provenían los pueblos que llegaban hasta las altísimas cumbres de los Andes para practicar sus rituales, cuáles fueron sus lazos de parentesco, qué comían y posiblemente cuáles eran sus enfermedades y, así, se esclarecerán muchos otros interrogantes sobre cómo fue el pasado de América. Sin embargo, también hubo lugar para el aspecto social. El propio Reinhard, presentó a cada una de las personas cuyo aporte hizo posible el descubrimiento: desde quienes mostraron el camino a la cima del Llullaillaco, a los que, haciendo alarde de su vigor físico, trasladaron montaña abajo a las momias y a todos los otros elementos encontrados. Ante una mirada de 500 años Sin embargo, todo ello no fue sino el prolegómeno para el asombro. Ante los ojos quietos y lejanos del niño exhibido, cuya vida fue quizá ofrendada por sus propios padres a los seres sagrados andinos, el bullicio en la sala dio lugar al silencio, sólo perturbado por los suspiros profundos. Su mirada rasgada, sus pómulos prominentes, y la boca abierta por lo que fue quizá su último gesto viviente, constituían un milagro. Un prodigio producto del frío, la falta de oxígeno y de 500 años de soledad en una fosa cavada en uno de los picos más altos del mundo. A esa altura ya casi carecía de sentido utilizar el término ``momia''. La que estaba allí era ( un niño) una persona pequeña, aún adormecida en una suerte de sueño interminable, del que había sido sacada sólo para el alborozo de una ciencia que, a partir de sus restos, intentará establecer los secretos de las antiguas culturas americanas, como ya lo permitieron otros famosos restos hallados a lo largo de la cordillera de los Andes. Próximamente esa niña, y sus dos compañeros en la ofrenda hecha a los dioses, podrá ser apreciada por los salteños y, probablemente por incontables extranjeros, entre estudiosos y legos, que llegarán para conocer los cuerpos mejor preservados del mundo. Así lo prometió el gobernador de la Provincia, Juan Carlos Romero, quien reiteró el compromiso oficial de preservar los hallazgos del Llullaillaco en un local diseñado bajo las normas técnicas de rigor para este tipo de restos arqueológicos.

El señor Gobernador y el compromiso del Estado Al abrir la conferencia de prensa desarrollada ayer en el Centro Cultural América, el gobernador Romero expresó la ``satisfacción'' del Gobierno por los hallazgos ``porque son producto de muchos años de trabajo del doctor Reinhard'', y mencionó que, ante la importancia de los hallazgos, la provincia creará un ámbito con capacidad para convertirse ``en un centro de investigaciones abierto a todo el mundo''. ``El Estado salteño asume la responsabilidad de poner la infraestructura necesaria para analizar y estudiar lo descubierto, y llegado el caso, apoyará nuevos estudios y nuevas búsquedas'', dijo. Romero indicó inclusive la aspiración de que el Llullaillaco sea declarado patrimonio de la humanidad y quede resguardado para fines exclusivos de investigación. El gobernador fue el responsable, ayer, de descubrir junto a Reinhard y al ministro de Educación, Antonio Lovaglio, la vitrina donde se expuso parte de los objetos rituales hallados junto a las momias, y el ``freezer'' con apertura traslúcida donde se mantuvo a 15 grados bajo cero el cuerpo de una de ellas. El primer mandatario aseguró que para lograr el sitio donde se colocarán definitivamente (por ahora están en predios de la Universidad Católica), la provincia podría construir un edificio propio o reciclar algún otro; no se descarta que el Estado provincial logre finalmente de la Nación el edificio donde otrora funcionaron dependencias las sanitarias nacionales -conocido popularmente como ``La palúdica'', en el Paseo Güemes- para estos fines. Pero en cualquier caso, aseguró Romero, las condiciones para la conservación serán establecidas acorde a lo señalado por los especialistas, bajo el liderazgo probable del propio Reinhard, de acuerdo a un pedido expreso del mandatario.

Los santuarios de altura y la integración política Los santuarios de altura, en los Andes, son sitios ceremoniales de características únicas en el mundo, pues no se los halla en el resto de las montañas americanas, como tampoco en los Alpes, el Cáucaso ni el Himalaya. ¿Qué fue lo que llevó a un pueblo, cuyo territorio era el más extenso de aquella época en occidente, a efectuar tales ceremonias en los techos del mundo, con toda la infraestructura material y el concurso de grandes recursos humanos que se necesitaban? Los incas, un pueblo del Cuzco heredero de las tradiciones andinas de Huari y Tiahuanacu, lograron extenderse territorialmente desde el Sur de Colombia hasta el centro de Chile, comprendiendo, asimismo, extensas regiones del Noroeste y Oeste de Argentina, merced a un singular sistema estatal. Este alto nivel de organización se plasmó en monumentales obras arquitectónicas, cuyos vestigios nos sorprenden en la actualidad. Estos fueron los grandes centros administrativos, las fortalezas (pucarás), los tambos (tampu), los andenes y nichos de cultivo y los acueductos, todos ellos unidos por un amplio e ingenioso sistema vial, los caminos del inca, que unían las costas con las alturas superiores a los 6.000 metros. En estas montañas, tan cerca del sol, la luna y el cielo, se construyeron los santuarios de altura, lugares sagrados que lograron integrar los pueblos y las culturas andinas. Se supone que las vías de comunicación estaban asociados a yacimientos mineros y enclaves de cultivos (coca, papa, quinoa, maíz). Si bien parte de las poblaciones locales formaban parte de la mano de obra del Estado incaico, en general los pueblos dominados, sobre todo en el Collasuyu, conservaron su autonomía cultural. A diferencia de lo que ocurriría pocos años después con la conquista española, los incas no despojaron a las poblaciones locales de sus creencias, no extirparon sus costumbres ni destruyeron sus dioses. Todo lo contrario, las llevaron a un nivel más alto de desarrollo. Según los descubrimientos arqueológicos y relatos etnohistóricos, las poblaciones locales tenían un notable desarrollo económico y cultural. Lo que hicieron los incas fue darles un escalón más alto de organización, a partir del Estado. De este modo, tanto las prácticas económicas como el cultivo en terrazas o andenes, y las ofrendas a la tierra, al sol y al agua, fueron cohesionadas y sistematizadas como prácticas del Estado incaico. Lo más notable es que todo esto se dio en el breve lapso entre los primeros años de 1.400 hasta la entrada de Pizarro al Cuzco, en 1532.