APEU

 

 

 

 

 

 

 


                       KUÁNYIP HACE DE LAS SUYAS

 

En tiempos de los ante­pasados, un día apareció un hombre llamado Kuán­yip. ¡Cuántos dolores de ca­beza trajo! Aunque, para ser justos, también hizo algunas cosas buenas.

Pero vayamos por partes.

¿De dónde vino? Kuányip llegó desde el norte, con su familia: los padres, los hermanos, los sobrinos y la esposa. Vinieron caminando y se dice que cruzaron el estrecho de Magallanes por una espe­cie de. puente de tierra.

Lo primero que extrañó a los onas cuando vieron llegar a esta familia, era que arreaban una gran canti­dad de guanacos, como si fueran ovejas. Kuányip y los suyos caminaban, tranquilos, y los guanacos iban ade­lante, cuidados por unos perros que los vigilaban para que no se perdieran.

Hasta entonces, nunca nadie había visto un guanaco en Tierra del Fuego. Además, era rarísimo ver unos ani­males tan dóciles: ¡ni los perros de los onas eran tan obedientes! Para Kuányip y los suyos, la vida resultaba bastante fácil: si tenian hambre, mandaban un perro a que les trajera uno de estos guanacos mansos, lo dego­llaban y ¡a1 asador! Y cuando quedaban pocos guana­cos, Kuányip hacia un viajecito al norte y volvía trayendo más.

 ­Mientras tanto, en la isla muchas veces faltaba la co­mida. Porque ahí habla gansos salvajes, loros y pájaros para comer, pero ningún guanaco suelto. Y justamente ése era el animal con más carne. Pero ¡ni pensar en pe­dirle un guanaco o un mísero churrasco a Kuányip! ¡Pa­ra qué! Era lo más tacaño que se había visto, y ése era para los onas uno de los peores defectos que podía te­ner una persona. Porque ellos, cuando tenían comida, la compartían siempre con el que tuviera hambre, aun­que eso significara comer menos. Pero Kuányip y sus familiares estaban siempre vigilando que no les faltara un guanaco, y sacaban corriendo al que les pidiera al­go. Por eso se hicieron antipáticos y nadie los quería.

Con el tiempo, y a pesar de los cuidados de Kuán­yip, algunos guanacos se les fueron escapando y tuvie­ron cría solos, en el medio del campo. Para muchos onas, se convirtieron desde entonces en la principal manera de conseguir comida y pieles. Y eso, al fin de cuentas, fue gracias a Kuányip, aunque no haya sido un regalo voluntario. Pero los nuevos guanacos salva­jes eran, como ahora, muy ariscos, y había que cami­nar mucho y ser muy habilidoso para cazarlos.

En esa época, el Sol estaba casi todo el tiempo en el cielo, y la noche era cortísima. Por eso, los onas dor­mían poco y mal: había un par de horas de oscuridad y después tenían que taparse hasta la cabeza para que la luz no los molestara. No era raro ver a la gente con cara de dormida, o que contestara pavadas por falta de sueño. A Kuányip, esto le pareció mal. Y como tenía poderes especiales porque era dueño de una magia po­tentísima, empezó a hacer fuerza para que el Sol se quedara cada vez menos en el cielo. De a poco, cada día un ratito, el Sol se empezó a cansar antes, y la no­che se fue haciendo más larga. Por fin la gente pudo dormir a gusto.

-La verdad es que éste es un favor que hay que agradecerle a Kuányip- decían los onas.

Y, aunque les resultaba antipático por ser tan egoís­ta y mezquino, empezaron a reconocer algunas de sus habilidades.

Esto llegó a oídos de un hombre poderoso y muy orgulloso, llamado Chénuke. Y es cierto que tenía al­gún motivo para su orgullo. Porque antes de irse al cielo, el creador Kinós (enviado por Timáukel, el Ser Supremo) le había encargado que cuidara la Tierra. Y muy especialmente, que se ocupara de atender a la gente cuando ésta se despertaba del sueño rejuvene­cedor que quitaba la vejez, porque en ese tiempo na­die moría.

Pero la verdad es que Chénuke era, por naturaleza, un pedante y un mal tipo, que acostumbraba hacer daño a la gente, por gusto. Si hacía ese servicio a los que rejuvenecían, era porque le venía bien para darse im­portancia y porque Kinós se lo había mandado. Y las órdenes de Kinós eran en realidad órdenes de Timáu­kel. Y aunque Kinós ya no estaba en la Tierra, Timáu­kel veía todo desde el cielo y con él era mejor no ju­gar...

La cuestión es que a Chénuke le cayó mal Kuányip, y empezó a molestarlo. ¿Qué le hacía? Acá va un ejem­plo.

Un día, Kuányip fue a cazar cormoranes, esos paja­rracos negros, que siempre se zambullen en el agua. (Para atraparlos, los onas buscaban sus nidos en las pa­redes empinadas de los acantilados). Cuando Kuányip estaba trepando, ya a muchos metros del piso, Chénu­ke empezó a usar su magia. Primero, desde lo alto del acantilado, a Kuányip le cayeron tres o cuatro piedritas chicas, que le dieron en la cara justito cuando miraba para arriba. Bufó un poco y siguió subiendo. Entonces, le cayeron tres o cuatro piedras más grandes, que le hi­cieron doler la cabeza. Después siguió una lluvia de piedras como un puño.

-Esto se está poniendo medio feo dijo, pero siguió, porque era un hombre empecinado.

Pero entonces le pasaron zumbando cuatro o cinco piedras grandes como su cabeza. Kuányip decidió dejar a los cormoranes tranquilos y ponerse a salvo. En ese momento, se desprendieron dos peñascos enor­mes, y si no hubiera dado un salto increíble, con doble vuelta para atrás, lo habrían hecho pedazos. Kuányip cayó parado y no se hizo nada (al fin de cuentas, él también tenía su magia, ¿no?), pero con el envión se ca­yó sentado al piso, más precisamente en un charco.

A lo lejos, sintió unas carcajadas groseras.

"¡Esto es cosa de Chénuke!" pensó, y gritó: -¡Ya me las vas a pagar!

Y se las pagó, nomás.

Unos días después, Kuányip siguió a Chénuke, que iba a cazar patos en un pantano. Cuando lo vio muy entretenido, usó su magia y con un canto especial hi­zo que granizara primero y nevara después. Un frío tre­mendo cayó sobre el pantano. Chénuke se asustó, es­pecialmente cuando vio que el agua del pantano se helaba y le empezaba a sujetar los pies.

"Esto es cosa de Kuányip", pensó. "Tengo que esca­parme."

Y corrió, temblando que daba lástima y haciendo un ruido de matraca al entrechocar los dientes por el frío. Salió del pantano, sacudiéndose el hielo de los pies, y

· llegó a una playa. Cuando miró para atrás, vio que un

verdadero témpano de hielo lo venía siguiendo, aplas­tando todo a su paso.

-Si me meto en el mar, este hielo me va a seguir -di­jo-. Lo único que me queda es volar.

Y empezó a mover los brazos, desesperado, como si fueran las alas de un pájaro. Estaba ridiculísimo. Pero por fin, y cuando ya el hielo lo alcanzaba, remontó vue­lo (la magia no le servía sólo para embromar a Kuán­yip). Fue un vuelo mal hecho, con subidas y bajadas, y dos veces casi se cayó al mar. Pero se salvó. De lo que no se salvó fue de las carcajadas de Kuányip.

Pero por fin Kuányip hizo algo muy grave. Parece que le tenía bastante rabia a su hermano menor. ¿Y qué se le fue a ocurrir? Fue terrible. Un día, el hermano se sintió viejo y - como hacían todos- se envolvió en su manto y se durmió profundamente para rejuvenecer, como había enseñado Kinós. Entonces, Kuányip usó su poder mágico, se puso a mirarlo fijo, fijo, fijo, fijo... y el hermano no se despertó más: se murió. Ése fue el primer muerto que hubo, y así entró la Muerte en la Tierra. Desde entonces, la gente se muere cuando se hace muy vieja. Y fue culpa de Kuányip.

Cuando se enteró de esto, Chénuke el encargado de lavar a los que despertaban del sueño rejuvenece­dor- se puso como loco:

-¡Qué hiciste! -gritaba, y se arrancaba los pelos. Lle­no de furia, corrió y corrió hasta el horizonte, dio un salto y subió al cielo. Su familia lo siguió y allí todos se convirtieron en estrellas.

 

               

Anterior   -   Siguiente

 

                   Leyendas del Mundo      Leyendas Argentinas       Leyendas Patagonicas   Mitos Tradicionales    

Mapuches Onas Tehuelches