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Hace
muchos cientos de años que los sacerdotes de Mugenyama, en la provincia
de Totomi, necesitaban una gran campana para su templo. Pidieron, por lo
tanto, a los feligreses que les ayudasen a recoger el bronce, entregando
ellos sus espejos para fundir, y así poder fabricarla. (Esta es una vieja
costumbre japonesa que sigue aún hoy en día).
En los tiempos a que se refiere esta leyenda había una mujer que vivía
en Mugenyama, la cual entregó su espejo para la fundición de la campana.
Luego, pensando en la donación que había hecho a los sacerdotes, se
acordó de que aquel espejo había sido legendario en su familia, y
empezó a lamentarse de haberlo hecho. La pobrecilla iba todos los días
al templo, y allí, entre un montón que aumentaba paulatinamente, siempre
vislumbraba su espejo. Muchas veces trató de recogerlo, mas fue inútil.
Era una mujer pobre, pues de lo contrario hubiese podido entregar una suma
de dinero a los sacerdotes y así haber rescatado su preciado espejo. De
tal manera se amargó la vida, que se le hizo insoportable. Llegaba a
pensar que el espíritu de su madre habitaba el espejo, acordándose del
viejo dicho de su país: "el alma de una mujer está en su
espejo".
Llegó el momento en que los espejos se amontonaron en tal cantidad, que
fueron enviados a la fundición. Mas por mucho que trataban de fundirlos
dentro del molde de la campana, todo era inútil. Una y otra vez trataron
de fundirlo, en balde; no había manera. Los sacerdotes pensaron que una
de las mujeres que había donado su espejo lo había heho de mala gana, y,
por lo tanto, la frialdad de la donación no permitía la fundición.
Naturalmente, en un pueblo tan pequeño todo el mundo se enteró de lo
sucedido y por fin conocieron de quién era el espejo. La pobre mujer, no
pudiendo aguantar tal afrenta, se quitó la vida, dejando una carta que
decía: "Cuando esté muerta, no será muy difícil forjar la
campana. Mas a aquel que llegue a romper la campana, sonándola, mi
espíritu le recompensará con una gran fortuna".
Hay que saber que todos aquellos que mueren en cólera o se quitan la vida
en este estado poseen una fuerza sobrenatural. Ahora bien, una vez que la
campana estuvo fundida y colocada sobre el madero que se utiliza a guisa
de campanario, el pueblo entero se acordó de las palabras de la suicida y
a todas horas estaban al lado de la campana, sacudiéndola con gran
fuerza, por si de esta manera conseguían romperla y ganar la fortuna que
le carta prometía. Hasta tal punto llegó el escándalo, que los
sacerdotes, hartos de oír la maldita campana, que traía de cabeza a todo
el vecindario, la cogieron una noche y la hicieron rodar por la cuesta
abajo, sepultándose en un gran pantano que allí había y de esta manera
desapareció la campana, mas no así la leyenda, que la siguió llamando
la Mugen-Kane o campana de Mugen.
Ahora bien: una de las cosas más curiosas de las costumbres japonesas es
que el efecto mágico de un dicho o de una cosa sigue, aunque el acto u
objeto antiguo haya desaparecido. Por ejemplo: hay que ser muy acaudalado
para poder construir un templo a Buda; mas si un pobre hubiese de
depositar una piedrecita delante del Buda en persona y ofrecérsela como
un templo, el Buda lo tomaría como si se hubiese construido. Tampoco se
puede uno leer los seis mil setecientos setenta y un tomos de los textos
budistas; mas si se hubiese de leer un trocito con la fe firme de que se
habían leído todos, esto serviría ante Buda de la misma manera.
Después que la campana había sido sumergida en el pantano, la gente
seguía rompiendo cosas en memoria de la famosa campana. Y ocurrió una
vez que Umegae estaba viajando con su marido, un famoso guerrero de la
tribu de los Heike, llamado Kajiwara, y se encontraron con dificultades
pecunarias muy estrechas. Umegae, acordándose de la campana de Mugen,
formó una campana de bronce y comenzó a tañerla hasta que se rompió.
Uno de los huéspedes, que estaba en el cuarto contiguo, preguntó a qué
se debía tanto ruido, y al esplicárselo, le regaló a Umegae la cantidad
de trescientos ryo.
De esta experiencia salió una canción que cantaban las bailarinas
japonesas, que dice: "Si por romper la campana de Umegae pudiese yo
ganar suficiente dinero, negociaría la libertad de todas mis
compañeras".
Después de este hecho, la campana de Mugen se revistió de más fama y
mucha gente siguió el ejemplo de Umegae, por ver si les pasaba lo mismo.
Entre la mucha gente que creía en esto se encontraba un campesino que se
había gastado toda su fortuna en juegos y en mal vivir. Este sujeto hizo
una campana de arcilla y la tocó hasta que se rompió, diciendo que era
la campana de Mugen. No había hecho más que romperse, cuando del suelo
surgió la forma de una mujer que llevaba en las manos un jarrón tapado.
La mujer se dirigió a él, diciéndole:
- He venido a contestar a tu ruego tan ferviente; toma este jarrón, en
justo pago por tus rezos.
Diciendo esto, desapareció de la misma manera que había aparecido.
El hombre, dando grandes gritos de alegría, entró corriendo en el cuarto
de su mujer con el jarrón en las manos, que pesaba mucho. Entre los dos
lo destaparon muy cuidadosamente, encontrando que estaba lleno hasta
arriba de...
Pero no; francamente, no os puedo decir de qué estaba lleno.
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