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El
lago de oro
Se
decía que en la laguna de Guatavita vivía una terrible serpiente. Según
algunos se trataba de la diosa Bachué; según otros, del mismísimo diablo.
Sea lo que fuere, los indios muiscas le ofrendaban oro y esmeraldas para
calmar sus iras y obtener sus favores. El
cacique de Guatavita estaba casado con una muchacha muy hermosa pero,
preocupado por conseguir el progreso y el esplendor de su reino y seducido por
el encanto de otras mujeres, comenzó a olvidarse de ella. La mujer se sentía
infeliz y despreciada. Mientras
sufría este abandono, un indio que tenía alto cargo en la corte del
cacique se enamoró de ella. La muchacha se le entregó, olvidándose de que
era la mujer del cacique y madre de su única hija. Enfurecido
porque había sido engañado, el jefe de los muiscas impuso a la pareja los más
crueles castigos, y final-mente hizo matar al amante. Después, en venganza,
ordenó a sus juglares que difundieran con sus cantos y sus versos, en todas
las fiestas de las aldeas, la vergonzosa conducta de su esposa, que tuvo que
soportar una larga y cruel humillación. La
mujer lloró su desgracia y esperó una noche sin luna para llevar a cabo sus
planes. Protegida por las tinieblas, tomó a su hija en brazos y se dirigió
hacia la laguna de Guatavita, cuyas oscuras aguas siempre habían ejercido una
gran fascinación sobre las personas desgraciadas. Las estuvo mirando un
buen rato y, como otros hacían ofertas de oro y perlas, ella arrojó lo que más
quería: su hija. Acto seguido, se sumergió tras ella y las dos se ahogaron. Los
sacerdotes guardianes de la laguna oyeron el chapoteo desde sus cabañas.
Cuando acudieron a ver qué pasaba, ya era demasiado tarde. Madre e hija habían
desaparecido en las profundidades y ya no quedaba más que un temblor en la superticie
del agua. Al
amanecer se confirmaron las sospechas. Los sacerdotes, llorando el trágico
acontecimiento, fueron a comunicar al cacique de los muiscas que su mujer y
su hija habían muerto. En un primer momento, éste reaccionó con
incredulidad pero después, presa de una gran angustia, corrió hacia la
laguna. Contempló anonadado las oscuras y misteriosas aguas, y ordenó al
jefe de los sacerdotes que se sumergiera en ellas por si aún podía rescatar
a la madre y la niña. El
sacerdote se retiró a un lugar discreto a la orilla y puso en práctica unos
viejos ritos a la luz de un~ gran fogata. Metió piedras entre las brasas y,
cuando estuvieron al rojo vivo, los lanzó al agua. Después se tiró él
mientras el cacique esperaba en la orilla con creciente ansiedad. Cuando
el sacerdote salió, dijo: -Su
esposa se encuentra muy bien junto a la serpiente de la laguna. Tanto ella
como su hija son felices allí y no regresarán. -Vuelve
al fondo y exígeles que regresen -le ordenó el cacique, enfurecido. El
sacerdote se zambulló de nuevo y sacó en brazos el cuerpo inerte de la niña.
Antes de dejarla partir; la serpiente le había arrancado los ojos para que el
cacique no tuviera la tentación de quedársela. -¡Que
se cumpla el deseo de la serpiente! -tuvo que decir el cacique,
apesadumbrado y lleno de tristeza y remordimientos, y la devolvió para que
la madre la criara bajo las profundidades del agua. El
terrible dolor que le golpeó el corazón mientras su hija desaparecía le
hizo constatar cuán inmenso era el cariño que sentia tanto por la niña como
por la madre. En
esos momentos de dolor, el cacique de los muiscas se comprometió a
incrementar las ofrendas a la serpiente para ganarse con ellas su benevolencia
y asegurarse que la vida de su esposa sería tan feliz como durante los
primeros años que habían pasado juntos. El
cacique comenzó un período de sacrificios y de purificaciones del cuerpo y
del espíritu como preparación para una gran fiesta. Entre los indios
corrieron rumores de la fastuosa ceremonia que se avecinaba, y en todas las
aldeas comenzaron a preparar deliciosos manjares para comer; y la exquisita
chicha para beber. Afinaron los instrumentos y durante algunos días se
oyeron los ensayos de los músicos. Sacaron las máscaras festivas, y las
mujeres confeccionaron ponchos y vestidos nuevos. Al
amanecer el gran día, los sirvientes untaron el cuerpo del cacique con un
espeso aceite y lo cubrieron con polvo de oro. Después de que lo vistieran
con su manto real, emprendió el camino hacia la orilla de la laguna.
Guerreros y cortesanos que habían llegado de toda la comarca tendían sus
capas y mantos de flores para que el cacique caminara sobre ellos. Entre los
juncos le aguardaba una balsa. El
cacique subió a ella acompañado por algunos nobles de su séquito y se
dirigieron hacia el centro de la laguna. Se quitó la túnica y su cuerpo
resplandeció como una estatua de oro, rodeado de joyas, esmeraldas y los más
exquisitos manjares. Todo eso era lo que quería ofrecer a la serpiente en
memoria de la esposa muerta en la laguna. Puesto en pie invocó a los
dioses, y finalizadas las plegarias fueron lanzadas al fon-
do
todas las ofrendas, y por fin se tiró él mismo. Mientras buceaba se
desprendió de la gruesa capa de oro que le cubría el cuerpo. Cuando
salió a la superficie, los guerreros que lo acompañaban impulsaron la balsa
hasta la orilla, donde dio comienzo una gran fiesta, y todos disfrutaron de la
música, de las danzas y de los manjares que habían preparado. A
fuerza de celebrarlo repetidamente, este rito se convirtió en una tradición.
Con los años, ésta fue la ceremonia que sirvió para investir de poder a los
nuevos jefes de los muiscas. Nadie
sabe qué fue de la mujer del cacique ni qué sucedió con tantos regalos. Lo
que sí es cierto es que el fondo de la laguna se fue llenando de oro, prueba
del amor de su esposo que intentaba desagraviaría. La
leyenda de El Dorado, viva en este cuento colombiano atrajo a muchos
exploradores sedientos de oro. .
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