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¿Cómo son, hoy, los cuatrocientos kilómetros que recorrió el pequeño grupo de Mansilla en 1870, desde el fuerte
Sarmiento, al sur de Córdoba, hasta las tolderías de Leuvuco, al norte de La Pampa, cabalgando por las rastrilladas,
las huellas seculares del desierto?
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Los escritores e investigadores de la literatura solemos trabajar en bibliotecas y gabinetes. Los vastos itinerarios geográficos, por lo general, nos son ajenos, salvo que se hallen indisolublemente unidos, como era mi caso, a la tarea de escribir un libro. Para ser precisos, se trató, más bien, de dos libros: uno de carácter académico, que se tituló después La barbarie en la narrativa Argentina (Corregidor, Buenos Aires, 1994), directamente vinculado con mi trabajo como investigadora, y otro de ficción, la novela La pasión de los nómades (Atlántida, Buenos Aires, 1994), para cuya escritura conté con el apoyo de una beca de creación artística de la Fundación Antorchas. Ambos, desde ángulos distintos, giraban en torno al mismo contexto: la Argentina del siglo pasado, el inmenso fantasma del llamado desierto, que desveló a militares y políticos y enriqueció, empero, las perspectivas de la imaginación estética. Ambos textos tenían un personaje en común: Lucio Victorio Mansilla, figura singularísima de nuestra historia y autor de Una excursión a los indios ranqueles (1870). |
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ESCENA DE COSTUMBRES EN LA PROVINCIA DE CORDOBA, CA 1895.
SOCIEDAD FOTOGRAFICA ARGENTINA DE AFICIONADOS COL. A.G.N.
INDÍGEAS, CA 1895.
SOCIEDAD FOTOGRAFICA ARGENTINA DE AFICIONADOS COL. A.G.N. |
Convendría recordar (acaso porque los clásicos escolares son los autores más vituperados y peor leídos> que nació en
Buenos Aires, en 1831, y - como tantos escritores latinoamericanos - murió en París, en 1913. Que fue hijo del general
Lucio Norberto Mansilla, el héroe de la Vuelta de Obligado (a quien conmemora - y no a su heterodoxo vástago- la calle
Mansilla, en Buenos Aires), y de la bella Agustina Rosas, hermana preferida de don Juan Manuel de Rosas, Restaurador de las
Leyes o sátrapa del Plata, según fuese el variable prisma con que la historia quiso mirarlo, en una u otra época. Lucio
Victorio vivió su infancia en una casona porteña del barrio de San Juan (hoy San Telmo), donde el aprendizaje de las
costumbres, todavía coloniales y patriarcales, alternó con una amplia educación, algo discontinua pero, no obstante,
fecunda, en idiomas y autores extranjeros. Tanto leyó Lucio, que cuando dirigía un saladero familiar (sus padres aspiraban
a hacer del adolescente fantasioso y enamoradizo un 'hombre útil'), don Lucio Norberto lo sorprendió in fraganti con
El contrato social entre las manos. Tales lecturas eran sospechosas en tiempos rosistas y Lucio V. fue
enviado al extranjero, su pretexto de gestiones comerciales, a leer a Rousseau con más provecho.
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Era, entonces, pese a las ambiciones políticas que lo habían llevado a trabajar activamente en la campaña presidencial de Sarmiento, sólo un coronel del ejército nacional, relegado, en definitiva, para su disgusto, a un puesto de subcomandante de frontera. Pero gracias a ese casi destierro escribió una de las obras fundacionales de nuestro siglo XIX, el relato de su excursión, tan entretenida como riesgosa, realizado en un lenguaje coloquial y ameno, salpicado por digresiones, en el que Mansilla dejó un retrato inolvidable de la parcialidad étnica ranquelina. Su libro constituye una viva observación de lo que pasó ante sus ojos; aun con los inevitables prejuicios y en un marco cultural propio del blanco, sus observaciones son considera-das hoy por los especialistas como un aporte útil de datos confiables inteligentemente ponderados. |
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Fuente: Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la Asociación Ciencia Hoy - Volumen 6 - Nº36 - 1997.
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