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No
es raro que algún inventor venga a visitarme en busca de
consejos. Algunos sólo traen ideas y me piden que les
ayude a desarrollarlas. Otros, con patentes ya registradas
quieren saber cómo comercializarlas. Hay un tercer grupo
que no se atreve a patentar sus invenciones por temor a
que se las roben. Desdichadamente pocas veces puedo ayudar
a mis colegas. Los que han desarrollado completamente sus
ideas, argumentan que circunstancias adversas les han
impedido realizarlas. En la mayoría de los casos sus
palabras me revelan que el obstáculo está más en ellos
que en las circunstancias, pues carecen de la fe en sí
mismos y de la tenacidad indispensable. Quienes ya han
obtenido una patente, por lo general legan tarde, bien
porque desde que la registraron ha pasado tanto tiempo que
por falta de renovación ha perdido vigor; o bien porque
la publicación de la patente argentina revela que no se
trata de una novedad sino de un invento internacional que
ya pertenece al dominio público. En cuanto a los
inventores que temen que sus ideas les sean robadas jamás
he comprendido por qué me consultan. Para mejor
ilustracióndel lector, transcribiré un diálogo típico
con uno de tales colegas. Él – “Señor Biro, tengo un
invento fabuloso, es lo más importante que se ha ideado
en los últimos cien años. Aconséjeme por favor qué
puedo hacer.” Yo – “Lo felicito. ¿Quiere mostrarme
el modelo de su invento?” Él – “¿Modelo? No, no
tengo. Yo no puedo realizarlo porque está fuera de mi
oficio y si se lo encargo a otro, me lo van a robar. Estoy
seguro. Sé cómo es la gente, no se puede confiar en
nadie, etc., ...” Yo – “Pero si se trata de la
construcción de un dispositivo, ¿por qué no hace
fabricar distintas partes en talleres diferentes y
después usted monta el aparato o lo que sea?” Él –
“Usted cree? Yo no me fío. Si en un taller descubren
que se trata de un secreto importante, van a ponerse en
contacto con los otros. ¡No, no! No quiero que me saquen
el invento de las manos.” (Yo enciendo un cigarrillo.
Miro el reloj. Pausa) Él – (Cada vez más ansioso) –
“Dígame usted, señor Biro, ¿qué debo hacer? Yo. –
“Patentarlo. Así asegura sus derechos.” Él. – “¿Cómo,
ir a un agente de marcas y descubrir mi invento?, ¡qué
esperanza!. Me lo robarían instantáneamente. Por favor,
señor Biro, le ruego que me entienda, no se trata de una
idea común, como el bolígrafo, vale una fortuna.” (Me
pregunto si este señor ha inventado la pólvora.) Yo –
“Me imagino que su invento es enteramente original. ¿Ha
hecho ya la búsqueda de antecedentes? Él. – “¿Antecedentes?
Yo lo inventé, es nuevo, se lo puedo jurar”. Yo. –
“Disculpe, señor, pero no entiendo qué consejo desea
obtener de mí sin comunicarme ni un solo dato de su idea”.
Él. – “Lo que quiero, señor Biro, es llegar a un
acuerdo con alguna gran empresa de Europa o los Estados
Unidos. ¿Cómo debo hacer para que ellos depositen un
anticipo? Digamos..., diez millones de dólares contra el
compromiso mío de revelarles todos los detalles. Pero sin
depósito previo, ¡ah, no!, no soy estúpido, ni una sola
palabra a nadie.” Luego, me mira agresivamente, pero
satisfecho de sí mismo. No caerá en la trampa de
descubrir su secreto. Miro la hora y pido disculpas. –
“Olvidé que tengo una cita muy importante – le digo
-. Debo salir enseguida, lo lamento mucho, etc. ... Mi
visitante se pone de pie muy enojado. Él. – “¿No
quiere decirme entonces, cuál es el truco para obtener el
anticipo? Yo. – “No existe tal truco. Con mucho gusto
podremos seguir conversando otro día. Discúlpeme pero
tengo que salir.” El hombre se va, a veces sin
saludarme. Yo subo a mi auto para dar una vuelta a la
manzana. Así me van salir y no se enfadan aún más
conmigo. Con diversas variantes, la escena que acabo de
describir ha ocurrido varias veces. A pesar de las
experiencias que acabo de relatar, estoy convencido de que
hay muchos inventores con ideas originales y muy valiosas,
que saben perfectamente cómo llevarlas a la práctica. A
ellos deseo transmitirles el resultado de mis experiencias
en materia de inventos y patentes en la esperanza de que
mis palabras les permitan ahorrar tiempo y evitarles
contratiempos.
Ideas
Casi
todo el mundo tiene ideas, a veces sumamente simples y muy
útiles que podrían transformarse en inventos. ¿Quién
no conoce el clip de acero que las mujeres usan para
sujetarse el pelo? Se compone de un pedazo de alambre
doblado, como una horquilla, chato y elástico. Durante
mucho tiempo ese clip era completamente liso. A alguien
– que si mal no me acuerdo se llamaba Rosenberg - , se
le ocurrió que si el alambre tuviera una parte ondulada
se fijaría mucho mejor. Esa patente es una de las que
más han rendido en la historia de la invención.
Cualquier persona en su trabajo profesional, o en el
hogar, si es ama de casa, encuentra utensilios incómodos
y poco prácticos, que sería muy interesante mejorar. El
invento nace en el instante en que imaginamos cómo
podríamos perfeccionarlo.
Elaboración
Una
vez concebida la idea, el inventor busca el modo de
realizarla. Esa tarea exige a menudo un arduo trabajo y
requiere dos virtudes imprescindibles: observación y
tenacidad. Entre la idea primitiva y el éxito final, se
interpone por lo general una cadena de fracasos. Cada
experiencia negativa debe ser, para el inventor, una enseñanza
que lo aproxime a lo que busca. Una cuidadosa reflexión
sobre la causa de cada fracaso, debe conducir por lógica
a resultados cada vez mejores. Pero esa labor requiere
gran confianza en sí mismo para no dejarse desalentar, y
enorme tenacidad para superar cada problema y llegar al
final.
Utilidad
del Trabajo
Es natural que una idea cuando nace parezca demasiado
simple y uno ponga en duda su originalidad. Es verdad que
en cada especialidad existen centenares de empresas con
numerosos equipos de profesionales, químicos, ingenieros,
etc., que en laboratorios perfectamente instalados
trabajan continuamente en le mejoramiento de sus productos
y en el desarrollo de otros nuevos, pero ese hecho no debe
influir para nada en le ánimo del inventor. Muchas ideas
brillantes se les han ocurrido a personas que jamás
habían trabajado en el ramo al que pertenece su
invención. Como he relatado en este libro, durante largos
años trabajé en un instrumento para escribir en el que
una bolilla reemplazaba a la clásica pluma. También ha
visto el lector cómo para la alimentación empleé al
principio un émbolo dotado de un resorte cuya presión
aseguraba el suministro de tinta a la bolilla. Me llevó
seis años perfeccionar ese dispositivo que patenté en
todos los países de importancia. Si hubiera insistido en
tal sistema jamás hubiera podido llegar a una lapicera
adecuada. Como me enteré, mucho después, ya en 1888
alguien solicitó una patente de construcción por una
lapicera que empleaba un sistema muy similar y es probable
que durante ese lapso muchos técnicos trabajaran en lo
mismo procurando sin éxito mejorar ese dispositivo. Mi
convicción acerca de la posibilidad de llegar a un
bolígrafo utilizable y mi tenacidad para persistir
durante seis años, efectuando innumerable cantidad de
intentos, me permitieron descubrir – como ya he narrado
– un sistema distinto: el basado en la capilaridad,
gracias al cual logré resolver dificultades que mientras
utilicé el émbolo parecían insolubles. Así pude
obtener patentes de insospechado valor, cuyos principios
son los mismos que sirven de base a la fabricación de
bolígrafos en todo el mundo.
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